"Relatos De Poder" - читать интересную книгу автора (Castaneda Carlos)EL SUSURRO DEL NAGUALCuando nos acercamos a los eucaliptos vi a don Genaro sentado en un tronco. Sonriente, agitó la mano. Fuimos hasta él. Había en los árboles una bandada de cuervos. Graznaban como asustados. Don Genaro dijo que permaneciéramos quietos y en silencio hasta que los cuervos se calmaran. Don Juan reclinó la espalda contra un árbol y me indicó otro que estaba cerca, a su izquierda. Ambos dábamos la cara a don Genaro, que estaba a tres o cuatro metros de nosotros. Con un sutil movimiento de los ojos, don Juan me indicó reacomodar mis pies. Se erguía de pie, con firmeza, los pies ligeramente separados, y sólo la parte superior de sus omoplatos, y el centro de su nuca, tocaban el tronco. Los brazos le pendían a los lados. Estuvimos así tal vez una hora. Yo los vigilaba detenidamente, sobre todo a don Juan. En determinado momento se dejó resbalar suavemente por el tronco y tomó asiento, manteniendo aún las mismas áreas de su cuerpo en contacto con el árbol… Sus rodillas quedaron alzadas, y descansó en ellas los brazos. Imité sus movimientos. Tenía las piernas sumamente fatigadas, y el cambio de postura me confortó. Los cuervos cesaron poco a poco de graznar, hasta que no hubo un sonido en el campo. El silencio me turbaba más que el ruido de los cuervos. Don Juan me habló en voz baja. Dijo que el crepúsculo era mi mejor hora. Miró el cielo. Pasarían de las seis. El día fue nublado y yo no había tenido manera de comprobar la posición del sol. Oí a lo lejos alboroto de gansos y quizá pavos. Pero en el campo de los eucaliptos no había rumor alguno. Desde un largo rato atrás, no se escuchaban pájaros ni insectos grandes. Los cuerpos de don Juan y don Genaro habían guardado una inmovilidad perfecta, hasta donde yo podía juzgar, excepto en los instantes en que, para descansar, desplazaban su centro de gravedad. Cuando don Juan y yo estábamos sentados en el suelo, don Genaro hizo un movimiento súbito. Alzó los pies y se puso en cuclillas sobre el tronco. Luego giró cuarenta y cinco grados, y me hallé mirando su perfil izquierdo: Busqué en don Juan una indicación. Él echó hacia adelante la barbilla; era una orden de mirar a don Genaro. Una agitación monstruosa me invadió. Era incapaz de contenerme. Mis intestinos se soltaban. Pude sentir en lo absoluto lo que Pablito debe de haber sentido al ver el sombrero de don Juan. Experimentaba tal tumulto intestinal que me fue necesario correr a los arbustos. Oí a los viejos aullar de risa. No me atreví a regresar con ellos. Titubeé un rato; pensé que mi repentina explosión habría roto el hechizo. No tuve que meditar mucho tiempo; don Juan y don Genaro vinieron a donde me hallaba. Me flanquearon y fuimos a otro campo. Nos detuvimos en su centro mismo, y recordé que estuvimos allí en la mañana. Don Juan me habló. Me dijo que fuera fluido y silencioso y detuviera mi diálogo interno. Yo escuché con atención. Don Genaro debe haber advertido que toda mi concentración se enfocaba en las admoniciones de don Juan, y aprovechó ese momento para repetir lo que hizo en la mañana; de nuevo soltó su grito enloquecedor. Me pescó de sorpresa, pero no desprevenido. Casi inmediatamente recuperé mi equilibrio por medio de la respiración. El choque fue aterrador, pero no tuvo un efecto prolongado, y pude seguir con la vista los movimientos de don Genaro. Lo miré saltar a una rama baja. Al seguir su curso en una distancia de más o menos veinticinco metros, mis ojos experimentaron una extravagante distorsión. No era que saltara por medio de la acción elástica de sus músculos; más bien se deslizaba por el aire, catapultado en parte por su formidable alarido, y jalado por unas vagas líneas emanadas del árbol. Era como si el árbol lo chupara a través de esas líneas. Don Genaro quedó un momento encaramado en la rama. Yo veía su perfil izquierdo. Empezó a ejecutar una serie de movimientos extraños. Su cabeza oscilaba, su cuerpo se estremecía. Varias veces ocultó la cabeza entre las rodillas. Mientras más se movía y se agitaba, mayor era mi dificultad para enfocar los ojos en su cuerpo. Parecía disolverse. Parpadeé como desesperado y luego alteré mi línea de visión torciendo la cabeza a diestro y siniestro, como don Juan me había enseñado. Desde mi perspectiva izquierda vi el cuerpo de don Genaro como nunca antes lo había visto. Parecía haberse puesto un disfraz. Lucía un traje peludo, del color de un gato siamés: ante claro, con toques de chocolate oscuro en las piernas y la espalda; tenía una cola gruesa y larga. El atavío de don Genaro lo hacía verse como un cocodrilo peludo y café, de patas largas, sentado en una rama. No se discernían su cabeza ni sus facciones. Enderecé la cabeza hasta una postura normal. La visión de don Genaro disfrazado se mantuvo sin alteración. Sus brazos se estremecieron. Se paró en la rama, pareció agacharse, y saltó hacia el suelo. La rama estaba a cinco o seis metros de altura. Hasta donde yo podía juzgar, fue el salto ordinario de un hombre ataviado con un disfraz. Vi el cuerpo de don Genaro a punto de tocar el suelo, y entonces la gruesa cola de su disfraz vibró y, en vez de aterrizar, despegó como impelido por un silencioso motor de turbina. Ascendió por encima de los árboles y luego planeó casi hasta el suelo. Repitió una y otra vez la maniobra. En ocasiones asía una rama y se mecía dando la vuelta al árbol, o se escondía como una anguila entre las ramas. Y luego planeaba y describía círculos en torno nuestro, o aleteaba con los brazos al tocar su estómago la punta de los árboles. Los juegos de don Genaro me llenaban de asombro. Mis ojos lo seguían, y dos o tres veces percibí con toda claridad que usaba unas líneas brillantes, como si fueran poleas, para deslizarse de un sitio a otro. Luego pasó, hacia el sur, por encima de los árboles, y desapareció tras ellos. Traté de anticipar el sitio donde reaparecería, pero ya no se mostró. Advertí que yacía bocarriba, aunque no había tenido conciencia de ningún cambio en la perspectiva. Todo el tiempo creí estar de pie mirando a don Genaro. Don Juan me ayudó a sentarme, y entonces vi que don Genaro se acercaba. Caminaba con un aire de descuido. Sonrió con recato y preguntó si me había gustado su vuelo. Traté de decir algo, pero me hallaba mudo. Don Genaro cruzó con don Juan una extraña mirada y volvió a acuclillarse. Inclinándose, susurró en mi oído izquierdo. Lo oí decir: – ¿Por qué no vienes a volar conmigo? Repitió la frase cinco o seis veces. Don Juan se acercó y me susurró en el oído derecho: – No hables. Tú nomás sigue a Genaro. Don Genaro me hizo poner en cuclillas y susurró de nuevo. Yo lo oía con precisión cristalina. Repitió unas diez veces: – Confía en el nagual. El nagual te va a llevar. Entonces don Juan susurró otra frase en mi oído derecho. Dijo: – Cambia tus sentimientos. Yo los oía hablarme a la vez, pero también percibía sus voces por separado. Cada una de las indicaciones de don Genaro tenía que ver con el contexto general de deslizarse por el aire. Las que repetía docenas de veces parecían ser aquellas que se grababan en mi memoria. En cambio, las palabras de don Juan se referían a órdenes específicas que repitió incontables veces. El efecto del susurro doble fue por demás extraordinario. Parecía que el sonido de sus palabras individuales me partiera por la mitad. Finalmente, el abismo entre mis oídos fue tan ancho que perdí todo sentido de unidad. Había algo que sin duda era yo, pero carecía de solidez. Semejaba una niebla resplandeciente, una neblina amarillo oscuro dotada de sentimientos. Don Juan dijo que iba a moldearme para el vuelo. Tuve entonces la sensación de que las palabras eran como unas pinzas que torcían y moldeaban mis "sentimientos". Las palabras de don Genaro eran una invitación a seguirlo. Sentí que deseaba hacerlo, pero no podía. La disociación era tan grande que me incapacitaba. Oí entonces las mismas frases cortas interminablemente repetidas por ambos; cosas como: – Mira qué bonita figura para volar. – falta, salta. – Tus piernas te subirán a la copa de los árboles. – Los eucaliptos son puntos verdes. – Los gusanos son luces. Algo ha de haber cesado en mí en un momento dado; quizá la conciencia de que se me dirigía la palabra. Sentía que don Genaro se hallaba aún conmigo, pero en lo tocante a percepción sólo discernía una masa enorme de las más extraordinarias luces. A ratos el fulgor disminuía y a ratos se intensificaba. Asimismo, yo experimentaba movimiento. El efecto era el de ser jalado por un vacío que no me daba tregua. Cada vez que mi movimiento parecía disminuir y me era posible enfocar la atención en las luces, el vacío me jalaba de nuevo. En cierto momento, entre el jalón hacia adelante Y hacia atrás, experimenté la máxima confusión. El mundo en torno mío, fuera lo que fuese, iba y venía al mismo tiempo; de allí el efecto de vacío. Yo veía dos mundos por separado; uno que se alejaba de mí Y otro que se acercaba. No me di cuenta de esto en forma ordinaria; es decir, no tomé conciencia de ello como de algo que hasta entonces no se revelaba. Más bien tuve dos percepciones que no llegaron a unificarse. Después, mis percepciones se opacaron. O carecían de precisión, o eran demasiadas y no había modo de diferenciarlas. El siguiente grupo de percepciones discernibles fue una serie de sonidos en el extremo de una larga configuración semejante a un tubo. El tubo era yo mismo y los sonidos eran don Juan y don Genaro, que de nuevo me hablaban uno por cada oído. Conforme hablaban, el tubo se iba acortando, hasta quedar los sonidos en una gama que yo reconocía. Es decir: el sonido de las palabras de don Juan y don Genaro alcanzó mi gama normal de percepción; los sonidos se hicieron reconocibles primero como ruidos, luego como palabras gritadas, y finalmente como palabras susurradas en mis orejas. A continuación noté objetos del mundo familiar. Al parecer me hallaba tendido bocabajo. Distinguía terrones, piedras, hojas secas. Y luego me percaté del campo de eucaliptos. Don Juan y don Genaro estaban de pie junto a mí. Aún había luz. Sentí que debía meterme en el agua para consolidarme. Fui al río, me quité la ropa y permanecí en el agua fría el tiempo suficiente para restaurar mi equilibrio perceptual. Don Genaro se marchó apenas llegamos a su casa. Al despedirse, me dio una palmada en el hombro. Me aparté de un salto por acción refleja. Pensaba que su contacto sería doloroso; para mi sorpresa, no fue más que un suave golpecito en el hombro. Don Juan y don Genaro rieron como dos niños celebrando una travesura. – No seas tan nervioso -dijo don Genaro-. El nagual no anda tras de ti todo el tiempo. Chasqueó los labios como reprobando mi reacción excesiva, y con aire de candor y camaradería abrió los brazos. Lo abracé. Me palmeó la espalda en un gesto sumamente cálido y amistoso. – Debes preocuparte del nagual sólo en ciertos momentos -dijo-. El resto del tiempo, tú y yo somos como cualquier otra gente de este mundo. Se volvió a don Juan y le sonrió. – ¿No es así, Juancho? -preguntó. – Así es, Gerancho -repuso don Juan. Ambos tuvieron una explosión de risa. – Debo prevenirte -me dijo don Juan-: tienes que ejercer la vigilancia más exigente para estar seguro de cuándo un hombre es un nagual y cuándo es simplemente un hombre. Puedes morir si entras en contacto físico directo con el nagual. Don Juan se volvió a don Genaro y con ancha sonrisa preguntó: – ¿No es así, Gerancho? – Pues así es, Juancho -repuso don Genaro y ambos rieron. Su alegría infantil me conmovió en alto grado. Los sucesos del día habían sido agotadores y mi emotividad estaba a flor de piel. Una oleada de autocompasión me envolvió. Casi lloraba al repetirme una y otra vez que lo que ellos me habían hecho, fuera lo que fuese, poseía carácter de irreversible y probablemente de perjudicial. Don Juan parecía leer mis pensamientos; meneó la cabeza en un gesto de incredulidad. Chasqueó la lengua. Hice un esfuerzo por detener mi diálogo interno, y la autocompasión desapareció. – Genaro es muy cariñoso -comentó don Juan cuando don Genaro se fue-. El designio del poder fue que hallaras un benefactor gentil. No supe qué decir. La idea de que don Genaro era mi benefactor me intrigaba sobremanera. Quise que don Juan me dijera más al respecto. Él no parecía tener ganas de hablar. Miró el cielo y la cima de la oscura silueta de unos árboles al lado de la casa. Tomó asiento con la espalda contra un grueso palo ahorquillado, plantado casi frente a la puerta, y me indicó sentarme junto a él, a su izquierda. Así lo hice. Tomándome del brazo me jaló más cerca, hasta que nuestros cuerpos se tocaron. Dijo que esa hora de la noche era peligrosa para mí, sobré todo en aquella ocasión. Con voz muy tranquila me dio una serie de instrucciones: no nos moveríamos del sitio hasta que él lo creyera conveniente; seguiríamos hablando, en tono sosegado, sin interrupciones largas; yo debía respirar y parpadear como si me hallara frente al nagual. – ¿Está por aquí el nagual? -pregunté. – Desde luego -dijo, y rió por lo bajo. Prácticamente me acurruqué contra don Juan. Él empezó a hablar y solicitó de mí cualquier tipo de preguntas. Incluso me dio mi libreta y mi lápiz, como si yo pudiera escribir en la oscuridad. Afirmó que yo necesitaba estar lo más tranquilo y normal que fuese posible, y no había mejor modo de fortificar mi tonal que el de tomar notas. Planteó el asunto en un nivel conminatorio; dijo que si anotar era mi predilección, debía ser capaz de hacerlo aun entre tinieblas. Había en su voz un tono de reto cuando me dijo que yo podía convertir la anotación en una tarea de guerrero, en cuyo caso la oscuridad no sería ningún obstáculo. De algún modo debe de haberme convencido, pues logré garrapatear partes de nuestra conversación. El tema principal fue don Genaro como benefactor mío. Yo tenía curiosidad de saber cuándo se había vuelto tal, y don Juan me instó a recordar un supuesto suceso extraordinario que tuvo lugar el día en que conocí a don Genaro, y que sirvió de señal propicia. No pude recordar nada por el estilo. Empecé a recontar la experiencia; hasta donde recordaba, fue un encuentro de lo más común y casual, ocurrido en la primavera del año 1968. Don Juan me detuvo. – Si eres tan tonto que no te acuerdas -dijo-, más vale dejarlo así. Un guerrero sigue los dictados del poder. Lo recordarás cuando se haga necesario: Don Juan dijo que tener benefactor era un asunto muy difícil. Citó como ejemplo el caso de su aprendiz Eligio, que llevaba muchos años con él. Dijo que Eligio no había podido encontrar benefactor. Le pregunté si a la larga lo hallaría; repuso que no había modo de predecir los caprichos del poder. Me recordó que una vez, años atrás, habíamos encontrado un grupo de indios jóvenes explorando el desierto en el norte de México. Dijo que había "visto" en aquella ocasión que ninguno de ellos tenía benefactor, y que el entorno general y el ánimo del momento eran propicios para que él les diera una ayuda mostrándoles el nagual. Hablaba de una noche en que cuatro jóvenes presenciaron, sentados junto al fuego, lo que yo consideré un truco espectacular, en el cual don Juan pareció manifestarse en diferente forma ante cada uno de nosotros. – Esos muchachos ya sabían bastante -dijo-. Tú eras el único novato entre ellos. – ¿Qué les ocurrió después? -pregunté. – Algunos hallaron benefactor -fue la respuesta. Don Juan dijo que el deber del benefactor era entregar a su pupilo al poder, y que el benefactor impartía al neófito su toque personal, tanto como el maestro o más todavía. Durante una corta pausa en la plática, oí un extraño ruido rasposo en la parte trasera de la casa. Don Juan me retuvo; yo casi me había levantado como reacción. Antes del ruido, nuestra conversación había sido para mí una cosa común y corriente. Pero cuando ocurrió la pausa, y hubo un momento de silencio, el extraño ruido se metió por él. En ese instante tuve la certeza de que nuestra conversación era un suceso extraordinario. Sentí que el sonido de las palabras de don Juan y las mías, era como una capa quebradiza, y que el ruido había estado al acecho, en espera de una oportunidad para irrumpir. Don Juan me ordenó seguir sentado sin prestar atención al entorno. El sonido rasposo evocaba a un topo cavando en suelo duro y seco. En el momento en que pensé en el símil, tuve asimismo la imagen visual de un roedor como el que don Juan me había enseñado en la palma de su mano. Era como si me estuviese durmiendo y mis pensamientos se hicieran visiones o sueños. Inicié el ejercicio de respiración y sostuve mi estómago con las manos entrelazadas. Don Juan seguía hablando, pero yo no lo escuchaba. Mi atención se hallaba en el suave crujir de una cosa serpentina al deslizarse sobre pequeñas hojas secas. Tuve un momento de pánico y repulsión física ante la idea de que una serpiente me pasara encima. Involuntariamente metí los pies bajo las piernas de don Juan mientras respiraba y parpadeaba frenéticamente. Oí el ruido tan cerca que parecía estar a menos de un metro. Mi pánico aumentó. Don Juan dijo calmadamente que la única manera de repeler al nagual era permanecer inalterable. Me ordenó estirar las piernas y no enfocar la atención en el ruido. Imperioso, exigió que escribiera c preguntara, e hiciera un esfuerzo por no sucumbir. Tras una gran pugna le pregunté si era don Genaro quien hacía el ruido. Dijo que era el nagual y que no los confundiese; Genaro era el nombre del tonal. Añadió otra cosa, pero no pude entenderle. Algo describía círculos en torno a la casa y yo no podía concentrarme en la conversación. Me ordenó hacer un esfuerzo supremo. En determinado momento me hallé balbuciendo inanidades. Tuve una sacudida de miedo y entré en un estado de gran lucidez. Don Juan me dijo entonces que podía escuchar. Pero no había sonido alguno. – El nagual ya se fue -dijo don Juan, y levantándose entró en la casa. Encendió una linterna de kerosén y preparó comida. La consumimos en silencio. Le pregunté si el nagual volvería. – No -dijo con expresión seria-. Nada más te estaba probando. A esta hora, justo después del crepúsculo, siempre deberías de ocuparte en algo. Cualquier cosa es buena. Se trata sólo de un periodo corto, acaso una hora, pero en tu caso, una hora mortal. "Esta noche, el nagual quiso hacerte perder el paso, pero fuiste lo bastante fuerte para rechazar su asalto. Una vez sucumbiste y tuve que echarte agua en todo el cuerpo; ahora lo hiciste mejor." Observé que la palabra "asalto" daba a lo ocurrido un aire de peligro. – ¿Un aire de peligro? Bonita manera de decirlo -repuso-. No estoy tratando de asustarte. Las acciones del nagual son mortales. Ya te lo he dicho, y no es que Genaro trate de hacerte daño; al contrario, su preocupación por ti es impecable, pero si no tienes el poder suficiente para detener la embestida del nagual, te mueres, pese a mi ayuda o a la preocupación de Genaro. Cuando terminamos de comer, don Juan tomó asiento junto a mí y por encima de mi hombro miró las notas. Comenté que probablemente tardaría años en ordenar todo lo que me había pasado ese día. Me habían inundado percepciones que ni siquiera tenía la esperanza de entender. – Si no entiendes, estás pero muy bien -dijo él-. Cuando entiendes es cuando te va mal. Eso es desde el punto de vista de un brujo, por supuesto. Desde el punto de vista de un hombre común, si no entiendes te vas a pique. En tu caso, yo diría que un hombre común creería que estás disociado, o que empiezas a disociarte. Reí ante su elección de términos. Supe que me devolvía el concepto de disociación; yo se lo había mencionado alguna vez antes en conexión con mis temores. Le aseguré que en esta ocasión no iba a preguntar nada acerca de lo que había atravesado. – Nunca te he prohibido hablar -dijo él-. Podemos hablar del nagual todo lo que se te dé la regalada gana, siempre y cuando no trates de explicarlo. Si recuerdas correctamente, dije que el nagual es sólo para presenciarse. Conque podemos hablar de lo que presenciamos y de cómo lo presenciamos. Pero tú quieres abordar la explicación de cómo es todo aquello posible, y eso es una abominación. Quieres explicar el nagual con el tonal. Eso es una estupidez, especialmente en tu caso, puesto que tú ya no puedes esconderte en -tu ignorancia. Tú sabes muy bien que nosotros tenemos sentido al hablar sólo porque permanecemos dentro de ciertas fronteras, y esas fronteras no se aplican al nagual. Intenté aclarar el asunto. No era solamente que yo quisiese explicarlo todo desde un punto de vista racional; mi tendencia a explicar brotaba de la necesidad de mantener el orden a través de los tremendos asaltos de percepciones y estímulos caóticos que había sufrido. El comentario de don Juan fue que yo trataba de defender un argumento en el que no creía. – Sabes muy bien que te estás entregando -dijo-. Mantener el orden significa ser un tonal perfecto, y ser un tonal perfecto significa darse cuenta de todo cuanto ocurre en la isla del tonal. Pero tú no estás haciendo eso. Conque tu argumento de mantener el orden carece de verdad. Lo usas sólo para ganar una discusión. No supe qué decir. Don Juan me consoló, más o menos, diciendo que se requería una pugna titánica para limpiar la isla del tonal. Luego me pidió relatar cuanto había percibido en mi segunda sesión con el nagual. Después de escucharme, señaló que lo que v; como un cocodrilo peludo era el epítome del sentido humorístico de don Genaro. – Qué lástima que todavía seas tan pesado -dijo-. Siempre te atoras en el desconcierto y pierdes de vista el verdadero arte de Genaro. – ¿Advirtió usted su apariencia, don Juan? – No. La función era nada más para ti. – ¿Qué vio usted? – Todo lo que pude ver hoy fue el movimiento del nagual, deslizándose entre los árboles y girando en torno nuestro. Cualquiera que vea puede presenciar eso. – ¿Y alguien que no ve? – No presenciaría nada; sólo, quizá, los árboles agitados por un ventarrón. Nosotros siempre interpretamos cualquier expresión desconocida del nagual como algo que conocemos; en este caso el nagual podría interpretarse como una brisa que sacude las hojas, o aún como una luz extraña, como una luciérnaga de gran tamaño. Si un hombre que no ve se halla presionado, dirá que creyó ver algo pero no pudo recordar qué. Esto es muy natural. Él estaría diciendo la verdad. Después de todo, sus ojos no habrían juzgado nada extraordinario; siendo los ojos del tonal, tienen que limitarse al mundo del tonal, y en ese mundo no hay nada asombrosamente nuevo, nada que los ojos no puedan captar y el tonal no pueda explicar. La pregunté por las insólitas percepciones que me produjeron al susurrar en mis oídos. – Ésa fue la mejor parte de todo lo ocurrido -dijo-. Podríamos prescindir de los demás, pero ése fue el punto final del día. La regla pide que el benefactor y el maestro hagan ese arreglo final. El más difícil de todos los actos. Tanto el maestro como el benefactor deben ser guerreros impecables antes de intentar siquiera la hazaña de partir a un hombre. Tú no sabes eso, porque todavía está más allá de tu dominio, pero el poder ha sido otra vez benévolo contigo. Genaro es el guerrero más impecable que existe. – ¿Por qué es el partir a un hombre tan grande hazaña? – Porque es peligrosa. Podrías haber muerto como un bicho. O, peor todavía, podríamos no haber logrado juntarte de nuevo y te habrías perdido en ese extraño plano de sentimientos. – ¿Por qué era necesario que ustedes me hicieran eso, don Juan? – Hay un cierto momento en que el nagual debe susurrar en el oído del aprendiz y partirlo. – ¿Qué significa eso, don Juan? – Para ser un tonal común y corriente, un hombre debe tener unidad. Todo su ser debe pertenecer a la isla del tonal. Sin esa unidad el hombre se saldría de quicio; un brujo, sin embargo, debe romper esa unidad, pero sin poner en peligro su ser. La meta de un brujo es durar; es decir, no corre riegos innecesarios, por ello pasa años barriendo su isla hasta el momento en que puede, por así decirlo, escaparse de ella. Partir a un hombre en dos es la puerta para esa fugó. "El partirte en dos, lo cual ha sido la cosa más peligrosa que has atravesado, fue sencillo y fácil. El nagual te guió con maestría. Créeme, sólo un guerrero impecable puede hacer eso. Me sentí muy bien por ti." Don Juan me puso una mano en el hombro y experimenté un enorme impulso de llorar. – Ya estamos llegando al punto en que usted no volverá a verme, ¿verdad? -pregunté. Riendo, meneó la cabeza. – Te entregas a tu vicio como un hijo de la… -dijo-. Pero todos lo hacemos. De diferentes modos, eso es todo. A veces yo también me entrego. Mi modo es sentir que te he consentido y debilitado. Sé que Genaro siente lo mismo con respecto a Pablito. Lo consiente como a un niño. Pero así lo dispuso el poder. Genaro da a Pablito todo lo que es capaz de dar, y uno no puede desear que hiciera otra cosa. Uno no puede criticar a un guerrero por hacer cuanto impecablemente puede. Calló un rato. Yo estaba demasiado nervioso pasa guardar silencio. – ¿Qué cree usted que me pasaba cuando me sentía chupado por un vacío? -pregunté. – Te deslizabas -dijo como si tal cosa. – ¿Por el aire? – No. Para el nagual no hay tierra, ni aire, ni agua. En este momento, tú mismo puedes estar de acuerdo con esto. Des veces estuviste en ese limbo y sólo estabas a las puertas del nagual. Me has dicho que todo cuanto encontraste era insólito. Así pues el nagual se desliza, o vuela, o hace lo que haga, en la hora del nagual, que nada tiene que ver con la hora del tonal. Las dos cosas no casan. Mientras don Juan hablaba, sentí un temblor en el cuerpo. Mi quijada descendió y mi boca se abrió involuntariamente. Mis oídos se destaparon y pude escuchar un zumbido o vibración apenas perceptible. Al describir mis sensaciones a don Juan, noté que mis palabras sonaban como si alguien más las pronunciase. Era una sensación compleja, equivalente a oír lo que aún no decía. Mi oído izquierdo era una fuente de percepciones extraordinaria. Sentí que era más potente y exacto que mi oído derecho. Tenía algo que no había tenido antes. Cuando me volví a encarar a don Juan, que estaba a mi derecha, advertí, en torno a ese oído, un campo de clara percepción auditiva. Era un espacio físico, un campo dentro del cual los sonidos adquirían una fidelidad increíble. Volviendo la cabeza, yo podía barrer el entorno con mi oído. – El susurro del nagual te hizo eso -dijo don Juan cuando describí mi experiencia sensorial-. Vendrá a ratos y luego se perderá. No le tengas miedo a esto, ni tampoco a ninguna sensación desacostumbrada que tengas de aquí en adelante. Pero sobre todo, no te des a tu vicio ni te obsesiones con esas sensaciones. Sé que tendrás éxito. El momento que escogimos para partirte fue correcto. El poder dispuso todo eso. Ahora lo demás depende de ti. Si tienes poder suficiente, soportarás el gran choque de la partición. Pero si eres incapaz de soportarlo, perecerás. Empezarás a marchitarte, a perder peso; te volverás pálido, distraído, irritable, callado. – Quizá -dije- si usted me hubiera dicho hace años lo que usted y don Genaro hacían, yo tendría bastante… Alzó la mano y me impidió terminar. – Lo que dices no tiene sentido -dijo-. Una vez me dijiste que, de no ser por el hecho de que eres terco y dado a explicaciones racionales, ya serías un brujo hoy en día. Pero ser brujo significa, en tu caso, que debes superar la terquedad y la necesidad de explicaciones racionales, que obstruyen tu camino. Más aún: esas limitaciones son tu camino al poder. No puedes decir que el poder fluiría hacia ti si tu vida fuera diferente. "Genaro y yo tenemos que actuar igual que tú; dentro de ciertos límites. El poder dispone esos límites y un guerrero es, digamos, un prisionero del poder; un prisionero que puede hacer una decisión: la decisión de actuar como un guerrero impecable, o actuar como un asno. A fin de cuentas, quizás el guerrero no sea un prisionero sino un esclavo del poder, porque la decisión ya no es una decisión para él. Genaro no puede actuar en ninguna otra forma más que impecablemente. Actuar como un asno lo agota ría y lo llevaría a la tumba. "La razón por la que tienes miedo de Genaro, es porque él debe usar la avenida del susto para encoger tu tonal. Tu cuerpo sabe eso, aunque tal vez tu razón lo ignore, y por esto tu cuerpo quiere salir corriendo cada vez que Genaro anda cerca." Mencioné que tenía curiosidad por saber si don Genaro se proponía deliberadamente asustarme. Don Juan dijo que el nagual hacía cosas extrañas, cosas que no podían preverse. Puso como ejemplo lo que había ocurrido entre nosotros esa mañana, cuando él me impidió voltear a la izquierda para mirar a don Genaro en el árbol. Dijo que se dio cuenta de lo que su nagual había hecho, aunque no tenía manera de saberlo por adelantado. Su explicación del asunto fue que mi súbito movimiento hacia la izquierda era un paso en dirección de mi muerte, un acto suicida que mi tonal realizaba a propósito. Ese movimiento agitó el nagual de don Juan, con el resultado de que una parte suya cayó encima de mí. Hice un gesto involuntario de perplejidad. – Tu razón te está diciendo otra vez que eres inmortal -dijo. – ¿Qué quiere usted decir con eso, don Juan? – Un ser inmortal tiene todo el tiempo del mundo para dudas y desconciertos y temores. Un guerrero, en cambio, no puede aferrarse a los significados que se hacen bajo las órdenes del tonal, porque el guerrero sabe con certeza que la totalidad de sí mismo tiene sólo un poquito de tiempo sobre esta tierra. Quise presentar un argumento serio. Mis temores, mis dudas, mi desconcierto, no se daban en un nivel consciente y, por mucho que intentara controlarlos, me sentía desamparado cada vez que me enfrentaba con don Juan y don Genaro. – Un guerrero no puede sentirse desamparado -dijo él-. Ni desconcertado ni asustado, bajo ninguna circunstancia. Para un guerrero, sólo hay tiempo para su impecabilidad; todo lo demás agota su poder, la impecabilidad lo renueva. – Volvamos a mi vieja pregunta, don Juan. ¿Qué es la impecabilidad? – Sí, volvemos a tu vieja pregunta y por supuesto volvemos a mi vieja respuesta: "La impecabilidad es hacer lo mejor que puedas en lo que fuese." – Pero, don Juan, yo me refiero a que siempre tengo la impresión de estar haciendo lo mejor que puedo, cuando por lo visto no lo hago. – No es tan complicado como lo haces parecer. La clave de todos estos asuntos de impecabilidad es el sentido de tener o no tener tiempo. Por regla general, cuando te sientes y actúas como un ser inmortal que tiene todo el tiempo del mundo, no eres impecable; en esos momentos debes volverte, mirar alrededor tuyo, y entonces te darás cuenta de que tu sentimiento de tener tiempo es una idiotez. ¡No hay sobrevivientes en esta tierra! |
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