"Los que vivimos" - читать интересную книгу автора (Rand Ayn)

Capítulo segundo

¡Proletarios del mundo entero, unios!

Las desnudas paredes de la estación surgieron ante los ojos de Kira; en muchos puntos el revoque había caído, dejando manchas oscuras que daban a la pared el aspecto de tener una enfermedad de la piel. Pero, en cambio, se leían nuevas inscripciones. Rojos letreros advertían: ¡Viva la dictadura del proletariado! ¡Quien no está con nosotros, está contra nosotros! Algunas palabras estaban escritas de través. Alguna de las letras impresas en tinta roja había ido chorreando al secarse, dejando largos regueros de color que serpenteaban por la pared. Bajo el rótulo, un muchacho estaba apoyado al muro. Un deslucido gorro de piel de cordero cubría sus descoloridos cabellos y sombreaba sus descoloridos ojos; miraba fijamente hacia adelante, con indiferencia, masticando pepitas de girasol, cuyas cascaras escupía luego por la comisura de los labios.

Entre el tren y las paredes cubiertas de inscripciones rumoreaba una masa caqui y roja, una especie de avalancha que arrastraba a Kira hacia el centro de un grupo de soldados, entre rostros sin afeitar, pañuelos encarnados, fardos y paquetes. Las bocas se abrían sin parecer emitir sonido alguno; sus gritos se perdían en el rumor de las botas que recorrían el andén, repercutiendo bajo la alta bóveda de acero. Un viejo tonel de enmohecidos aros, con un vaso de estaño atado con una cadena, llevaba la incripción "agua hervida", y junto a él había un gran cartelón donde se leía: "¡Cuidado con el cólera! ¡No bebáis agua sin hervir!" Con el rabo entre las patas un perro errante, de aspecto tan esquelético que podían contársele las costillas, olisqueaba el sucio pavimento en busca de algo que comer.

Dos soldados armados se abrían paso a la fuerza por entre la muchedumbre, arrastrando a una campesina que forcejeaba por escapar y sollozaba:

– ¡Camaradas, yo no he hecho nada! ¿Por qué me detenéis, hermanos? ¡Por el amor de Dios, camaradas, no he hecho nada! En el suelo, entre las botas y las ondeantes faldas llenas de barro, alguien aullaba una especie de lamentación; el aullido no era ni un sonido humano ni un grito de animal; una mujer se arrastraba de rodillas intentando recoger el mijo que se había derramado de un saco; sollozaba e iba recogiendo juntamente con los granos cascaras de pepitas de girasol y colillas de cigarrillo. Kira miró hacia los altos ventanales. Fuera oyó el viejo ruido familiar del tranvía. Sonrió.

Un joven militar estaba de guardia junto a una puerta sobre la que en letras rojas se leía: "Comandante". Kira le miró. Sus ojos eran austeros y amenazadores como una llama que ardiera bajo la fría bóveda gris de una caverna. Todos los músculos de aquella cara bronceada, la mano que cogía la bayoneta, el cuello que sobresalía de su camisa entreabierta, todo denotaba una innata temeridad. A Kira le gustó. Le miró a los ojos y sonrió. Supuso que él debería comprenderla e imaginar qué gran aventura empezaba para ella.

El soldado la miró fríamente, con sorpresa e indiferencia. Ella desvió los ojos, algo desilusionada, pero sin saber por qué. Todo lo que vio el soldado en aquella singular muchacha del gorro de punto fueron sus ojos extraños y su busto apenas pronunciado que se adivinaba debajo del ligero vestido. Y, verdaderamente, esto no le desagradó. -¡Kira!

La voz de Galina Petrovna cubrió los ruidos de la estación. -¿Dónde estás, Kira? ¿Dónde están tus fardos? ¿Qué has hecho de ellos?

Kira volvió al vagón de ganado en que su familia se estaba ocupando de los equipajes. Había olvidado que, por razones del precio inaccesible que exigían los faquines, tenía que llevar sus tres fardos. Galina Petrovna sostenía una verdadera lucha para librarse de unos cuantos faquines de andrajosos uniformes que, sin que nadie se lo hubiera pedido, cogían los equipajes y ofrecían insolentemente sus servicios.

Finalmente, con los brazos cargados con los restos de sus riquezas, la familia Argounov entró en Petrogrado.

Una hoz y un martillo dorados se erguían sobre la puerta de salida. A ambos lados había carteles colgados. En uno se veía a un robusto obrero que con sus fuertes botas aplastaba diminutos palacios, mientras sus brazos en alto, con músculos rojos como bistés, saludaban un sol naciente, no menos rojo que los músculos. En el sol estaban impresas estas letras: "¡Camaradas, vosotros sois los constructores de una nueva vida! " El segundo cartel representaba un gran piojo blanco sobre fondo negro, con una inscripción en letras rojas: "¡Los piojos transmiten las enfermedades! ¡Ciudadanos, incorporaos todos al frente antitífico!"

El edificio de la estación estaba siendo desinfectado para combatir las enfermedades que cada vez que llegaba un tren caían sobre la capital. El olor, parecido al que sale por las ventanas de los hospitales, cundía por el aire como una advertencia y un angustioso recuerdo.

Las puertas de Petrogrado se abrían sobre la plaza Znamensky. Sobre un palo, un cartelón anunciaba su nuevo nombre: "Plaza del Progreso".

Frente a la estación, una gran estatua gris de Alejandro III se elevaba sobre el fondo gris del edificio de un hotel, bajo el dosel gris del cielo. No llovía mucho; a grandes intervalos caían algunas gotas, lentamente, como si el cielo se hubiera resquebrajado y necesitase una reparación, lo mismo que el gastado pavimento de madera en que gotas, al caer sobre los charcos, ponían reflejos de plata.

Los techos negros de los coches parecían relucientes hules que ondeasen mientras las ruedas se hundían en el barro, gruñendo como animales rumiantes. Viejos edificios vigilaban la plaza con los apagados ojos de sus tiendas abandonadas, en cuyas polvorientas ventanas campeaban desde hacía cinco años telarañas y papeles de periódico.

Encima de una ventana, un jirón de grosera tela llevaba escrito: " Centro de abastecimientos".

Una hilera de personas esperaba ante la puerta, prolongándose hasta la esquina. Era una larga hilera de pies embutidos en zapatos hinchados por la lluvia, de manos enrojecidas por el frío, de cuellos levantados que no lograban impedir que las gotas de agua se insinuasen a lo largo de la espalda, porque muchas cabezas estaban inclinadas hacia adelante.

Bien -dijo Alexander Dimitrievitch-, ya estamos de vuelta. -Es maravilloso -dijo Kira.

– Hay el mismo barro de siempre -observó Lidia. -Vamos a tener que tomar un coche. ¡Vaya un gasto! -dijo Galina Petrovna.

Se metieron en uno. Kira se sentó sobre el equipaje. El caballo dio un salto hacia adelante levantando una rociada de barro que fue a caer sobre Kira, y dio la vuelta hacia Nevsky Prospect. La larga calle se extendía ante sus ojos, recta como la espina dorsal de la ciudad. A lo lejos, en la niebla gris, la fina y dorada cúpula del Almirantazgo resplandecía débilmente como un brazo erguido en alto en solemne saludo.

Petrogrado había visto cinco años de revolución. Cuatro de ellos habían cerrado todas sus arterias y todos sus establecimientos, al que la nacionalización extendía el polvo y las telarañas sobre los espléndidos escaparates de cristal; el último año había traído consigo jabón y escobas, y nuevas pinturas y nuevos propietarios, porque el Estado había anunciado que establecería un "compromiso transitorio" y había permitido a los pequeños comerciantes que volviesen a abrir tímidamente sus comercios. La Nevsky, después de un largo sueño, abría lentamente los ojos. Y estos ojos, que habían perdido ya la costumbre de la luz, miraban entre asustados e incrédulos. Trozos de grosera tela, con desgarbadas y desiguales inscripciones, constituían los nuevos rótulos de los establecimientos.

Los viejos eran como lápidas mortuorias de hombres desaparecidos desde mucho tiempo antes. Sobre los escaparates de las tiendas que habían pasado a manos de los nuevos propietarios, las letras doradas hablaban de nombres olvidados; en los cristales podían verse todavía agujeros de las balas, las hendeduras oscurecidas por el sol.

Había tiendas sin rótulo, y rótulos sin tienda. Pero, entre las ventanas y encima de las puertas cerradas, sobre los ladrillos y sobre los tablones, sobre las grietas innumerables de los revoques, la ciudad se había puesto un manto de colores vivos como los de un mosaico, había pasquines en que figuraban camisas rojas y trigo amarillo, banderas rojas y ruedas azules, pañuelos rojos, automóviles y tractores grises y camiones pardos; estos pasquines, humedecidos por la lluvia, casi transparentes, iban multiplicándose sin freno ni límite.

En una esquina, una anciana señora ofrecía tímidamente una bandeja de dulces hechos en casa, pero los pies pasaban por delante sin detenerse. Alguien gritaba: "Pravda! Krasnaia Gazeta! ¡Con las últimas noticias, ciudadanos!" El suelo estaba lleno de barro y de pepitas de girasol; en lo alto, en todas las ventanas se veían banderas rojas cubiertas de manchas que dejaban caer gotitas rosadas.

_ Espero -dijo Galina Petrovna- que mi hermana Marussia estará contenta de vernos.

– ¡Quién sabe -dijo Lidia- qué les habrá sucedido a los Dunaev durante estos años!

– ¡Quién sabe qué les habrá quedado -dijo Galina Petrovna-, si es que les ha quedado algo! ¡Pobre Marussia! ¡Supongo que no les quedará mucho más que a nosotros!

– Y aunque tengan más -dijo suspirando Alejandro Dimitrievitch-, ¿acaso cambiaría algo, Galina? -Nada -dijo Galina Petrovna-. Así lo espero. -De todos modos, todavía no somos parientes pobres -dijo orgullosamente Lidia, levantándose un poco la falda para que los transeúntes vieran sus borceguíes verde oliva, con sus agudas punteras y sus tacones a la francesa. Kira, sin escuchar, observaba la calle.

El coche se detuvo ante la casa donde, cuatro años antes, los Argounov habían visto por última vez a los Dunaev en su espléndido piso. La mitad del imponente portal estaba cerrada por una gruesa vidriera cuadrada, y la otra mitad por tablones de basta madera, precipitadamente clavados.

En otro tiempo el espacioso vestíbulo había estado adornado por una mullida alfombra y una chimenea esculpida a mano. Galina Petrovna se acordaba. Ahora ya no había alfombra, pero, en cambio, estaba todavía la chimenea, sólo que sobre el blanco pecho de mármol de los Cupidos campeaban inscripciones en lápiz y una larga hendedura en diagonal atravesaba el espejo. Un portero soñoliento asomó la cabeza fuera de su quiosco de madera debajo de la escalera y volvió a retirarse con indiferencia. Arrastrando sus fardos por la escalera, los Argounov llegaron ante una puerta acolchada; el hule negro estaba roto por varios puntos y una franja de sucio algodón gris lo rodeaba por todas partes.

– ¡Quién sabe -murmuró Lidia- si tendrán todavía aquel magnífico mayordomo! Galina Petrovna pulsó la campanilla.

Dentro se oyó ruido de pasos. Una llave giró en la cerradura. Una mano cautelosa entreabrió una puerta defendida con una cadena. A través de la abertura asomó el rostro de una vieja, cubierta de greñas grises; a guisa de delantal, llevaba una toalla atada a la cintura, y sus pies calzaban zapatillas de hombre. La mujer contempló en silencio a los recién llegados; les escrutó con hostilidad y sin mantener la menor intención de abrir la puerta.

– ¿Está María Petrovna? -preguntó Galina con voz ligeramente alterada.

– ¿Quién pregunta por ella? -articuló la desdentada boca de la vieja.

– Soy su hermana, Galina Petrovna Argounov. La otra no contestó, sino que volviéndose hacia el interior chilló: -¡María Petrovna, ahí está una que dice que es su hermana! Desde el interior del piso contestó un ataque de tos. Luego se oyeron unos pasos lentos y, finalmente, apareció, detrás de los hombros de la vieja, una pálida cara escrutadora y se oyó un grito:

– ¡Señor Dios mío!

La puerta se cerró de un golpe, se quitó la cadena, la puerta volvió a abrirse de un tirón y dos flacos brazos estrecharon a Galina Petrovna, empujándola contra una caja que se tambaleó:

– ¡Galina, querida, eres tú! -¡Marussia!

Los labios de Galina se hundieron en un carrillo fofo y su nariz se perdió entre los finos y secos cabellos perfumados con algo que olía a vainilla.

María Petrovna había sido siempre la belleza de la familia, la mujercita delicada y mimada a quien su marido, en invierno, llevaba en brazos hasta su coche para que no llegara a pisar la nieve. Ahora se la veía más vieja que Galina. Su tez tenía el color del lino sucio, sus labios no eran bastante encarnados y sus párpados lo eran demasiado.

Detrás de las dos mujeres se abrió ruidosamente una puerta, y algo llegó volando al recibimiento, algo alto, enérgico, un huracán de cabellos y dos ojos como faros de automóvil. Galina Petrovna reconoció a su sobrina Irina, una joven de dieciocho años, con ojos de veintiocho y risa de ocho.

Su hermanita Asha corrió detrás de ella hasta la puerta, donde se detuvo contemplando a los recién llegados con cierta irritación. Tenía ocho años, y le estaban haciendo falta unas ligas y unos tijeretazos a los cabellos.

Galina Petrovna besó a sus sobrinas, y luego se puso de puntillas para besar en la mejilla a su cuñado, Vasili Ivanovitch. Se esforzó en no mirarle. Sus espesos cabellos eran blancos como la nieve, y su cuerpo alto y fuerte se había encorvado. Si se hubiese torcido la torre del Almirantazgo tal vez el ánimo de Galina Petrovna no se hubiera acongojado tanto. Vasili Ivanovitch no acostumbraba hablar mucho. Sólo dijo: -¿Esta es mi amiguita Kira? Y un beso hizo más cariñosa la pregunta.

Una oscura llama resplandecía en sus ojos hundidos, parecidos a carbones ardientes inexorablemente amenazados por la ceniza que poco a poco había de apagarlos. Luego dijo: -Siento que Víctor no esté en casa. Está en el Instituto. ¡Es un muchacho muy trabajador!

Al nombrar a su hijo, los ojos de Vasili volvieron a encenderse como si por un momento una racha de aire hubiera reanimado los carbones que se estaban apagando.

Antes de la revolución Vasili Ivanovitch Dunaex tenía un productivo negocio de peletería.

Había empezado como cazador en Siberia con un fusil, un par de botas y dos brazos capaces de levantar un buey. Odiaba las debilidades. Una herida que le habían causado en una pierna los dientes de un oso le había dejado una profunda cicatriz. Una vez le encontraron enterrado en la nieve: llevaba allí dos días, pero sus brazos estrechaban el cuerpo de la más maravillosa zorra plateada que los asustados campesinos de Siberia habían visto jamás. Durante diez años su familia permaneció sin noticias; pero cuando volvió a San Petersburgo abrió un comercio del que sus padres no hubieran podido pagar ni los pomos de las puertas y compró herraduras de plata para los tres corceles que galopaban arrastrando su coche a lo largo de la Nevsky.

Por sus manos habían pasado armiños que habían barrido luego las escaleras de mármol de palacios reales, chinchillas que habían acariciado blancos hombros de mármol. Sus músculos y las heladas noches de Siberia habían pagado cada pelo de cada una de las pieles que habían pasado por sus manos.

Tenía sesenta años: su espina dorsal era recta como su fusil, y su espíritu derecho como su espina dorsal.

Cuando en el comedor de su hermana, Galina Petrovna se llevó a los labios la cuchara llena de mijo humeante, miró furtivamente a Vasili Ivanovitch. Le daba miedo estudiarlo abiertamente, pero había visto su espalda curvada y no podía evitar preguntarse qué le debía haber ocurrido a su espíritu.

Observó los cambios que se habían producido en la estancia. La cuchara no pertenecía al rico servicio de otros tiempos; era de pesado estaño y comunicaba a la sopa un sabor metálico. Se acordaba de los vasos de plata y de cristal que había habido sobre el aparador; ahora sólo lo adornaba un vaso de loza de Ucrania, y, en las paredes, los clavos cubiertos de moho indicaban el sitio que en otro tiempo habían ocupado cuadros antiguos. Al otro lado de la mesa, María Petrovna hablaba con nervioso apresuramiento, con ademanes que recordaban aquella gracia caprichosa que, un día, había fascinado todos los salones en que entraba aquella hermosa mujer. Pero las palabras que oía Galina Petrovna eran nuevas, eran palabras que parecían jalonar los años de separación y todo cuanto había acontecido durante aquel tiempo.

– Las cartillas de racionamiento están reservadas a los empleados de los soviets y a los estudiantes. Nosotros sólo tenemos dos cartillas: dos para toda la familia; no es mucho. La de estudiante de Víctor en el Instituto y la de Irina en la Academia de Bellas Artes. Pero yo, como no estoy empleada, no tengo cartilla. Y Vasili…

Se detuvo bruscamente como si sus palabras, corriendo, hubieran llegado demasiado lejos. Miró a su marido furtivamente, con unos ojos que parecían implorar. Vasili Ivanovitch contemplaba su plato en silencio.

María Petrovna agitó elocuentemente las manos.

_ Los tiempos son difíciles, Galina, muy difíciles. ¡Dios tenga piedad de nosotros! ¿Te acuerdas de Lili Savinskaia, aquella que no llevaba más que joyas de perlas? Bien; murió. Murió en 1919. Fue un final lamentable. Hacía dos días que no tenían qué comer. Su marido, paseando por la ciudad, vio un caballo que caía muerto de hambre y vio el gentío que luchaba por apoderarse de su carne. El caballo fue despedazado y él logró que le dieran una parte. Se la llevó a casa, la cocieron y la comieron. Pero por lo visto el caballo no había muerto únicamente de hambre, porque los dos cayeron gravemente enfermos. El médico le salvó a él, pero Lili murió. En 1918 lo había perdido todo, naturalmente… Su fábrica de azúcar fue nacionalizada el mismo día que nuestra peletería.

De nuevo se interrumpió bruscamente, y sus párpados batieron palpitando mientras miraba a Vasili Ivanovitch. Este no pronunció una palabra.

– Un poco más -dijo sin miramientos Asha, tendiendo su plato para que le dieran otra porción de mijo.

– Kira -gritó a través de la mesa con una voz clara y fuerte que parecía querer barrer todo lo que se había dicho-. ¿Habéis comido fruta seca en Crimea? -Sí; alguna vez.

– ¡Oh! Yo he estado soñando hasta morirme con comer uva fresca. ¿No te gusta la uva? -No me fijo nunca en lo que como -dijo Kira. -Naturalmente -se apresuró a añadir María Petrovna-, el marido de Lili trabaja actualmente. Está empleado en una oficina de los soviets. Después de todo, hay algunos que logran empleo… Miró decididamente a Vasili Ivanovitch, pero éste no le respondió, y Galina Petrovna preguntó tímidamente: -¿Cómo está…? ¿Cómo está nuestra antigua casa? -¿La tuya? ¿La de Kamenostrovsky? No hay que pensar en ella. Ahora vive un pintor de rótulos. Un verdadero proletario. Dios sabe dónde podrás encontrar un piso, Galina. La gente vive amontonada, como animales. Alexander Dimitrievitch preguntó, vacilando:

¿Y de la fábrica? ¿Habéis sabido algo de lo que le pasó?

– Cerrada -gritó súbitamente Vasili Ivanovitch-. No han sabido hacerla andar, como todo. María Petrovna tosió.

– Un problema grave para todos vosotros, Galina. ¡Un problema grave! Las muchachas irán a la escuela, o… ¿Cómo lo vais a hacer para tener cartillas?

– Pero… yo creía que por medio de la NEP. ¿No hay almacenes privados, ahora?

– Sin duda, la NEP, su nueva política económica… Pero ¿de dónde sacaréis el dinero para las compras?

– Los precios son diez veces más altos que en las cooperativas. No he estado todavía en ningún comercio particular. Una vez Víctor me llevó a una función, pero Vasili no quiere poner los pies en un teatro.

– ¿Y por qué no, Vasili? -preguntó Galina. Vasili Ivanovitch levantó la cabeza. Sus ojos brillaron sombríamente mientras contestaba:

– Cuando la patria agoniza no se buscan distracciones frivolas. Llevo luto por mi país.

– Lidia -dijo Irina con su voz desconcertante-. ¿No has estado nunca enamorada?

– No contesto a preguntas impertinentes -repuso Lidia. -Te diré -empezó a decir con precaución María Petrovna; tosió luego, carraspeó y continuó-: Te diré lo mejor que podéis hacer. Alexander debería buscar una colocación. Galina Petrovna se irguió como si la hubiera pisado.-¿Una colocación de los soviets? -Claro… ahora todos lo son.

– ¡No, en mi vida! -gritó Alexander Dimitrievitch con inesperada energía.

Vasili Ivanovitch dejó caer su cuchara, que chocó ruidosamente contra el plato. Silenciosamente, con solemnidad, tendió el brazo por encima de la mesa y su gran manaza estrechó la de Alexander Dimitrievitch, al paso que dirigía una mirada de hostilidad a María Petrovna.

Esta inclinó la cabeza, tragó una cucharada de mijo y tosió. -No hablaba por ti, Vasili -protestó tímidamente-. Ya lo sé que tú no apruebas… No, ni lo aprobarás jamás… Pero estaba pensando en que los funcionarios soviéticos tienen cupones de pan, manteca, azúcar… algunas veces.

_ Cuando yo tenga que aceptar un empleo de los soviets, serás viuda, Marussia -dijo Vasili Ivanovitch.

_ No digo nada, Vasili… sólo que…

_ Sólo que dejes de atormentarte. Ya nos arreglaremos. Hasta ahora hemos ido pasando. Todavía quedan muchas cosas por vender.

Galina Petrovna se fijó en los clavos de las paredes, miró las manos de su hermana, aquellas manos que habían servido de modelo a artistas famosos. También habían inspirado un poema… "Champaña y las manos de María". El frío las había enrojecido, hinchado, agrietado. María Petrovna había sabido en otro tiempo lo que valían sus manos, había aprendido a lucirlas constantemente, a usarlas con mórbida gracia. Y no había perdido la costumbre. Galina Petrovna lo hubiera preferido. Ahora aquellos estudiados ademanes eran un recuerdo doloroso. De pronto, Vasili Ivanovitch rompió a hablar. Ordinariamente poco inclinado a expresar sus sentimientos, cuando un tema le apasionaba abandonaba toda reserva.

– Todo esto es provisional. ¡Todos perdéis la fe con tanta facilidad…! ¡Qué inteligencias tan pusilámines, tan gimoteras, tan limitadas, tan babosas! ¡He aquí por qué sois lo que sois! No tenéis fe. No tenéis voluntad. Agua en lugar de sangre. ¿Creéis que todo esto puede continuar? ¡Fijaos en Europa! Todavía no ha dicho su última palabra. Ya llegará el día, y a no tardar, en que todos estos asesinos sedientos de sangre, estos locos criminales, esta gentuza comunista… Sonó la campanilla.

La vieja sirvienta se apresuró a abrir la puerta. Se oyeron unos pasos juveniles, enérgicos, seguros, resonantes. Una mano fuerte empujó la puerta del comedor.

Víctor Dunaev tenía el aspecto de un gran tenor italiano. No era ésta su profesión, pero sus anchas espaldas, sus negros ojos llameantes, sus ondulantes cabellos, rebeldes a toda disciplina y negros como el ala del cuervo, su luminosa sonrisa y la fuerte y arrogante seguridad con que se movía le daban apariencia de tal.

En cuanto se paró en el umbral, sus ojos se fijaron en Kira, y cuando ésta se volvió, se fijaron en sus piernas. -Es la pequeña Kira, ¿no? -fueron las primeras palabras que pronunció con su voz clara y limpia. -Lo era -contestó ella.

– ¡Bien, bien! ¡Qué sorpresa! ¡Qué estupenda sorpresa! ¡Tía Galina, más joven que nunca! -y le besó la mano-. ¡Y mi graciosa prima Lidia! -Sus negros cabellos rozaron el brazo de ésta.- Siento haber llegado tan tarde. Tenía una reunión en el Instituto. Soy miembro del Consejo de Estudiantes… lo siento, papá. Papá no aprueba esta clase de elecciones. -A veces hay elecciones justas -dijo Vasili Ivanovitch sin disimular un matiz de orgullo en su voz, y la llama de ternura que brilló en sus ojos les hizo parecer extrañamente ingenuos. Víctor tomó una silla y se sentó al lado de Kira. -Bien, tío Alexander -la sonrisa de dos filas de dientes maravillosamente blancos se dirigió esta vez a su tío-. Han elegido ustedes un momento fascinador para regresar a Petrogrado; un momento difícil, sin duda; un momento cruel, pero fascinador como todos los cataclismos históricos. Galina Petrovna sonrió de admiración. -¿Qué estudias, Víctor?

– Instituto de Tecnología, Ingeniería electrotécnica. El porvenir está en la electricidad… el porvenir de Rusia… Pero papá no lo cree… Irina, ¿no te peinas nunca? ¿Qué proyectos tienes, tío Alexander?

– Quisiera abrir una tienda -anunció Alexander Dimitrievitch, solemnemente, casi con orgullo.

– Pero se necesitan medios, se necesita dinero, tío Alexander. -Hemos hecho algunos ahorros en el Sur.

– ¡Dios mío! -exclamó María Petrovna-, haréis bien en gastarlos de prisa. De la manera que baja el valor de los nuevos billetes… Figúrate, la semana pasada el pan estaba a sesenta mil rublos la libra y ahora está a setenta y cinco mil. -Las nuevas empresas, tío Alexander, tienen un gran porvenir en estos nuevos tiempos -dijo Víctor.

– Sí; mientras el Gobierno no las aplasta -argüyó sombríamente su padre.

_ No hay peligro, papá. Los días de las confiscaciones pasaron ya. El Gobierno de los soviets ha emprendido una nueva política.

_ Por un camino de sangre -siguió Vasili Ivanovitch.

_ Víctor, ¿has visto qué novedades traen del Sur? -se apresu-

ró a decir Irina-. ¿Te has fijado en las graciosas sandalias de

madera de Kira?

_ ¡Muy bien, Sociedad de las Naciones! Este es el nombre de Irina. Siempre intenta restablecer la paz. Me gustaría ver tus sandalias.

Kira levantó el pie con indiferencia. Su falda corta no ocultaba gran cosa de sus piernas. Ella no se fijó, pero Víctor y Lidia sí se fijaron.

– A tu edad, Kira -observó con acritud-, ya es hora de llevar las faldas más largas.

– Si hay tela -contestó Kira con displicencia-. Además, nunca me fijo en lo que llevo puesto.

– Tonterías, querida Lidia -observó Víctor para cerrar la discusión-; las faldas cortas son el colmo de la elegancia femenina, y la elegancia femenina es la más elevada de las Artes. Aquella noche, antes de retirarse, la familia se reunió en el salón. Casi de mala gana, María Petrovna escogió tres trozos de leña, y se encendió fuego en la chimenea. Las llamitas ardieron rompiendo el vitreo abismo de oscuridad que se extendía al otro lado de las grandes ventanas desnudas de cortinas; pequeñas centellas danzaron en los relucientes relieves de los muebles esculpidos a mano, dejando en la sombra el brocado deslucido; lenguas de fuego jugaron por encima del pesado marco dorado del único cuadro de la sala, dejando en la sombra la pintura: un retrato de María Petrovna veinte años antes, con su fina mano apoyada sobre un hombro de marfil y jugueteando con aquel mismo chal bordado a mano con que la María Petrovna de hoy se cubría convulsivamente en sus accesos de tos.

La leña estaba húmeda; una desmayada llama azul silbaba débilmente, bajando y subiendo en medio de una humareda que irritaba los ojos. Kira estaba sentada sobre la espesa piel sedosa de un oso blanco junto a la chimenea, y sus brazos estrechaban tiernamente la feroz cabeza de la enorme fiera. Desde su niñez, había sido su favorita. Cada vez que visitaba a su tío se había hecho referir cómo le había dado muerte, riendo alegremente cada vez que él, amenazándola, le decía que el oso podía volver a resucitar para morder a las niñas desobedientes. -Bien -decía María Petrovna agitando las manos a la luz del fuego-. Ya estáis de nuevo en Petrogrado. -Sí -dijo Galina-, aquí estamos.

– ¡Virgen Santísima -suspiró María Petrovna-, a veces es tan duro pensar en el porvenir! -Es cierto -dijo su hermana.

– ¿Y qué proyectos tenéis para las muchachas? Mi querida Lidia, ¡ahora eres ya toda una señorita! ¿El corazón sigue libre? La sonrisa de Lidia no fue precisamente de gratitud. María Petrovna suspiró.

– ¡Los hombres son tan raros hoy día! ¿Y las muchachas? Yo, a la edad de Irina, ya estaba a punto de tener mi primera criatura. Pero ella no piensa ni en la casa ni en la familia. Para ella no hay más que la Academia de Bellas Artes. Galina, ¿te acuerdas de que apenas salió de los pañales ya empezaba a estropear los muebles con sus endiablados dibujos? ¿Y tú, qué, Lidia? ¿Tienes intención de estudiar?

– No tengo ninguna intención de ello -dijo Lidia-. Demasiada instrucción es perjudicial para las mujeres. -¿Y Kira?

– Parece imposible pensar que la pequeña Kira ya está en edad de elegir un camino para el porvenir -dijo Víctor-. Ante todo debes procurarte un carnet de trabajo… el nuevo pasaporte, ¿sabes? Tienes más de dieciséis años, de modo que… -¡Yo creo que en estos tiempos una profesión es tan útil…! -dijo María Petrovna-. ¿Por qué no envías a Kira a la Facul tad de Medicina? ¡Una doctora tiene tantas raciones, en estos tiempos!

– ¿Kira, doctora? -replicó sonriendo Galina Petrovna-. ¡Pero si es una pequeña egoísta que tiene verdadera repugnancia por los sufrimientos físicos! No sería capaz de curar a un pollo herido.

– Mi opinión… -sugirió Víctor.

En la habitación contigua sonó el teléfono. Irina salió y volvió anunciando en voz alta y de una manera significativa a su hermano:

_ Es para ti, Víctor: Vava.

Víctor salió de mala gana. A través de la puerta entornada se oían algunas de sus palabras.

_… es verdad que prometí ir esta noche. Pero en el Instituto hay un examen inesperado. No puedo perder un minuto… No… Ninguno… Ya lo sabes, querida…

Volvió junto a la chimenea y se sentó cómodamente sobre la espalda del oso blanco, al lado de Kira.

_ Mi opinión, primita, es la de que la carrera de mayor porvenir para una mujer no se aprende en la escuela, sino en un empleo de los soviets.

– Víctor, tú no piensas tal cosa -dijo Vasili Ivanovitch. -En nuestros días hay que ser práctico -contestó lentamente Víctor-. La ración de un estudiante no es ningún gran auxilio para la familia, y tú deberías saberlo.

– Los funcionarios tienen manteca y azúcar -dijo María Petrovna. -Hay muchas mecanógrafas -insistió Víctor-. Las teclas de las máquinas de escribir son los primeros escalones para subir a los empleos altos.

– Y tienen zapatos y pase en los tranvías -siguió diciendo María Petrovna.

– ¡Qué diablos! -explotó Vasili Ivanovitch-, ¡no podéis hacer un caballo de tiro de uno de carreras!

– Pero, Kira -preguntó Irina-, ¿no te interesa esta discusión? -Me interesa -contestó Kira con calma-, pero la considero superflua. Iré al Instituto de Tecnología. -¡Kira!

Las siete voces, maravilladas, profirieron el mismo nombre. Luego, Galina Petrovna dijo:

– ¡Ya lo veis, con una hija como ésta ni su madre puede decir que sabe sus secretos!

– ¿Cuándo tomaste esta determinación? -preguntó estupefacta Lidia.

– Hace cerca de ocho años -contestó Kira. -Pero, Kira, ¿qué te propones ser? -exclamó María Petrovna. -¡Quiero ser ingeniero!

– Francamente -dijo Víctor, amoscado-, no creo que la ingeniería sea una profesión para mujeres.

– Kira -dijo con timidez Alexander Dimitrievítch-, los comunistas no te han gustado nunca y, sin embargo, ahora eliges la profesión que ellos prefieren: ¡Una mujer ingeniero!

– ¿Quieres construir para el Estado Rojo? -preguntó Víctor.

– Quiero construir, porque construir me gusta.

– Pero, Kira -y Lidia la contempló con extrañeza-, esto significa suciedad, hierro y moho, hombres mugrientos y sudados, y ni una mujer para hacerte compañía.

– Precisamente por esto me gusta.

– No es una profesión distinguida para una mujer -añadió María Petrovna.

– Es la única profesión -dijo Kira- que no me obligará a aprender mentiras. El acero es el acero. Cualquier otra ciencia representa el deseo o las elucubraciones de alguien y las mentiras de muchos.

– Pero ¿acaso tu espíritu no te dice nada? -argüyó Lidia.

– Francamente -continuó Víctor-, tu actitud es algo antisocial. Eliges una profesión porque te atrae, sin pensar que, como mujer, serías mucho más útil a la sociedad haciendo algo más femenino. Y todos debemos tener en cuenta nuestros deberes para con la sociedad.

– ¿Para con quién tienes tus deberes, precisamente, Víctor?

– Para con la sociedad.

– ¿Y qué es la sociedad?

– Si me lo permites, te diré que esta pregunta es infantil.

– Pero -insistió Kira, con sus dulces ojos muy abiertos- no entiendo para quién tengo deberes. ¿Para con el inquilino de al lado? ¿Para con el miliciano de la esquina? ¿Para con el empleado de la cooperativa? ¿Para con el viejo que he visto en la cola, el tercero empezando por la puerta, que llevaba un cesto más viejo que él y un sombrero de señora?

– La sociedad, Kira, es un complejo maravilloso.

– Se escribe una línea entera de ceros, y siempre es igual… nada. -Chiquilla -dijo Vasili Ivanovitch-, ¿qué vas a hacer en la Rusia Soviética?

– He aquí lo mismo que me pregunto yo -dijo la muchacha.

– Dejadla ir al Instituto -añadió Vasili Ivanovitch.

– No habrá más remedio -consintió Galina Petrovna-; no hay modo de discutir con ella.

_ Siempre hace lo que se propone -dijo Lidia, resentida

– . No sé cómo lo logra.

Kira se inclinó hacia el fuego y sopló sobre la llama que agonizaba.

Por un momento, una roja lengua de fuego destacó su cara de la

oscuridad. Parecía la de un herrero inclinado sobre su yunque.

_ Temo por tu porvenir, Kira -dijo Víctor-. Es hora de recon

ciliarse con la vida. Y con estas ideas que tienes no andarás muy

lejos.

_ Esto depende del camino que elija.