"El club Dumas o La sombra de Richelieu" - читать интересную книгу автора (Pérez-Reverte Arturo)El vino de Anjou Me llamo Boris Balkan y una vez traduje Pero ciñámonos a la historia. Conocí a Lucas Corso cuando vino a verme con Se descolgó del hombro una bolsa de lona y la puso en el suelo, junto a sus zapatos Oxford sin lustrar, antes de quedarse mirando el retrato enmarcado de Rafael Sabatini que tengo sobre la mesa de despacho, junto a la estilográfica que utilizo para corregir artículos y pruebas de imprenta. Eso me gustó, pues las visitas suelen dedicarle poca atención; lo toman por un viejo pariente. Yo acechaba su reacción y observé que sonreía a medias al sentarse: una mueca juvenil, de conejo al cabo de la calle; de esas que captan de inmediato la benevolencia incondicional del público en cualquier película de dibujos animados. Con el tiempo supe que también era capaz de sonreír como un lobo despiadado y flaco, y que podía componer uno u otro gesto según lo exigieran las circunstancias; pero eso fue mucho más tarde. En aquel momento resultaba convincente, así que resolví arriesgar un santo y seña: – Lo vi mover despacio la cabeza, con gesto lento y afirmativo, y experimenté por él una simpatía cómplice que, a pesar de todo cuanto ocurrió después, aún conservo. Había sacado de alguna parte, escamoteando el paquete, un cigarrillo sin filtro tan arrugado como su viejo gabán y sus pantalones de pana. Le daba vueltas entre los dedos, observándome a través de las gafas de montura de acero torcidas sobre la nariz; con el pelo, que le encanecía un poco, despeinado sobre la frente. La otra mano la mantenía, del mismo modo que si empuñase una pistola oculta, en uno de los bolsillos: fosos enormes deformados por libros, catálogos, papeles y -también lo supe más tarde- una petaca llena de ginebra Bols. – … Levanté la estilográfica en el severo aire para amonestarlo. – Hace mal. – Quizá sea cierto -concedió tras aparente reflexión, y entonces puso el manuscrito sobre la mesa, en su carpeta protectora con fundas de plástico, una por página-. Y es una coincidencia que haya mencionado a Dumas. Empujó la carpeta hasta mí, volviéndola de modo que yo pudiese leer su contenido. Todas las hojas estaban escritas en francés por una sola cara y había dos clases de papel: uno blanco, ya amarillento por el tiempo, y otro azul pálido con fina cuadrícula, envejecido también por los años. A cada color correspondía una escritura distinta, aunque la del papel azul -trazada con tinta negra- figuraba en las hojas blancas a modo de anotaciones posteriores a la redacción original, cuya caligrafía era más pequeña y picuda. Había quince hojas en total, y once eran azules. – Curioso -levanté la vista hacia Corso; me observaba con tranquilas ojeadas que iban de la carpeta a mí y de mí a la carpeta-. ¿Dónde ha encontrado esto? Se rascó una ceja, calculando sin duda hasta qué punto la información que iba a pedirme lo obligaba a corresponder con este tipo de detalles. El resultado fue una tercera mueca, esta vez de conejo inocente. Corso era un profesional. – Por ahí. Un cliente de un cliente. – Comprendo. Hizo una corta pausa, cauto. Además de precaución y reserva, cautela significa astucia. Y eso lo sabíamos ambos. – Claro que -añadió- le diré nombres si usted me los pide. Respondí que no era necesario y eso pareció tranquilizarlo. Se ajustó las gafas con un dedo antes de pedir mi opinión sobre lo que tenía en las manos. Sin responder en seguida, pasé las páginas del manuscrito hasta llegar a la primera. El encabezamiento estaba en mayúsculas, con trazos más gruesos: Leí en voz alta las primeras líneas: Aprés de nouvelles presque désespérées du rol, le bruit de sa convalescence commenéçait á se répandre dans le camp… No pude evitar una sonrisa. Corso hizo un gesto de asentimiento, invitándome a pronunciar veredicto. – Sin la menor duda -dije- esto es de Alejandro Dumas, padre. – Cuarenta y dos -confirmó Corso-. Capítulo cuarenta y dos. – ¿Es el original?… ¿El auténtico manuscrito de Dumas? – Para eso estoy aquí. Para que me lo diga. Encogí un poco los hombros, a fin de eludir una responsabilidad que sonaba excesiva. – ¿Por qué yo? Era una pregunta estúpida, de las que sólo sirven para ganar tiempo. A Corso debió de parecerle falsa modestia, porque reprimió una mueca de impaciencia. – Usted es un experto -repuso, algo seco-. Y además de ser el crítico literario más influyente de este país, lo sabe todo sobre novela popular del xix. – Olvida a Stendhal. – No lo olvido. Leí su traducción de – Vaya. Me halaga usted. – No crea. Prefiero la de Consuelo Berges. Sonreímos ambos. Seguía cayéndome bien, y yo empezaba a perfilar su estilo. – ¿Conoce mis libros? -aventuré. – Algunos. – ¿Ha leído todos esos títulos? – No. Que yo trabaje con libros no significa que esté obligado a leerlos. Mentía. O exageraba, al menos, el aspecto negativo de la cuestión. Aquel individuo pertenecía al género concienzudo; antes de ir a verme le echó un vistazo a cuanto sobre mí pudo encontrar. Era uno de esos lectores compulsivos que devoran papel impreso desde la más tierna infancia; en el caso -poco probable- de que en algún momento la infancia de Corso mereciera calificarse de tierna. – Comprendo -respondí, por decir cualquier cosa. Frunció un momento el ceño, comprobando si olvidaba algo, y después se quitó las gafas, echó aliento a los cristales y se puso a limpiarlos con un pañuelo muy arrugado que extrajo de los insondables bolsillos del gabán. Bajo la falsa apariencia de fragilidad que le daba aquella prenda demasiado grande, con sus incisivos de roedor y el aire tranquilo, Corso era sólido como un ladrillo obstinado. Tenía unas facciones afiladas y precisas, llenas de ángulos, enmarcando unos ojos atentos, siempre dispuestos a expresar una ingenuidad peligrosa para quien se dejara seducir por ella. A veces, sobre todo cuando estaba quieto, daba la impresión de ser más desmañado y lento de lo que era en realidad. Pertenecía a esa clase de tipos desamparados a quienes los hombres ofrecen tabaco, los camareros invitan a una copa extra y las mujeres sienten deseos de adoptar en el acto. Después, cuando caías en la cuenta de lo que estaba ocurriendo, era demasiado tarde para echarle el guante. Galopaba en la distancia añadiendo muescas a su navaja. – Volvamos a Dumas -sugirió mientras señalaba con las gafas el manuscrito-. Alguien capaz de escribir quinientas páginas sobre él, debería reconocer un aire familiar ante sus originales… ¿No le parece? Puse una mano sobre las páginas protegidas en fundas de plástico, con la unción que un sacerdote emplearía respecto a los ornamentos del oficio. – Temo decepcionarlo, mas no siento nada. Nos echamos a reír los dos. Corso tenía una risa peculiar, casi entre dientes: la de quien no está seguro de que su interlocutor y él rían de lo mismo. Una risa atravesada y distante, con algo de insolencia por medio; de esas que quedan flotando en el aire mucho tiempo, hasta cuando se desvanecen. Incluso cuando su propietario hace rato que se ha ido. – Vamos por partes… -precisé-. ¿Es suyo el manuscrito? – Ya le dije que no. Un cliente acaba de adquirirlo, y le sorprende que hasta ahora nadie haya oído hablar de este capítulo original e íntegro de – Me extraña que se ocupe con asuntos menores -era cierto; también yo había oído hablar de Corso, antes-. A fin de cuentas Dumas, hoy en día… Lo dejé en el aire, sonriendo del modo apropiado, con amargura cómplice; mas Corso no aceptó la oferta y se mantuvo a la defensiva: – Mi cliente es amigo -puntualizó, neutro-. Se trata de un servicio personal. – Comprendo, pero no sé si voy a serle útil. He visto algunos originales, y éste podría ser auténtico; aunque certificarlo es otra cosa. Para eso necesita un buen grafólogo… Conozco uno excelente en París: Achille Replinger. Tiene una librería especializada en autógrafos y documentos históricos cerca de Saint-Germain des Prés… Experto en autores franceses del xix, hombre encantador y buen amigo mío -señalé uno de los marcos colgados en la pared-. Esa carta de Balzac me la vendió él hace años. Carísima, por cierto. Saqué la agenda a fin de copiar la dirección, y añadí una tarjeta para Corso. La guardó en una gastada billetera llena de notas y papeles, antes de extraer del gabán un bloc y un lápiz de los que tienen una goma de borrar en el extremo. La goma estaba mordisqueada, igual que la de un escolar. – ¿Puedo hacerle unas preguntas? – Claro que sí. – ¿Conocía la existencia de algún capítulo autógrafo completo de Negué con la cabeza antes de responder, mientras volvía a ponerle el capuchón a la Montblanc. – No. Esa obra apareció por entregas en – Cuatro meses es poco -Corso mordía el extremo del lápiz, pensativo-. Dumas escribió rápido. – En esa época todos lo hacían. Stendhal compuso su – Claro. Como todo el mundo. – Como todo el mundo en otros tiempos, querrá decir… -hojeé con respeto las páginas del manuscrito-. Está lejos la época en que una firma de Dumas multiplicaba tiradas y enriquecía editores. Casi todas sus novelas aparecieron así, por entregas, con el continuará en el próximo número a pie de página, y el público se quedaba con el alma en vilo hasta el siguiente capítulo… Aunque usted ya sabe todo eso. – No se preocupe. Continúe. – ¿Qué más quiere que le diga? En el folletín canónico, la clave del éxito es simple: el héroe, la heroína, tienen virtudes o rasgos que obligan al lector a identificarse con él… Si eso ocurre hoy con las telenovelas, imagínese el efecto, en aquella época sin radio ni televisión, sobre una burguesía ávida de sorpresas y entretenimiento, poco exigente en cuanto a calidad formal o buen gusto… Así lo comprendió el genio de Dumas, y con sabia alquimia fabricó un producto de laboratorio: unas gotas de esto, un poco de aquello, y su talento. Resultado: una droga que creaba adictos -me señalé el pecho, no sin orgullo-. Que aún los crea. Corso tomaba notas. Puntilloso, desaprensivo y letal como una mamba negra, lo definiría después uno de sus conocidos, cuando salió el nombre a colación. Tenía un modo singular de situarse frente a otros, de mirar a través de las gafas torcidas y asentir despacio con cierta duda razonable y bienintencionada; igual que una furcia al encajar, tolerante, un soneto sobre Cupido. Como dándote oportunidad de rectificar antes de que todo aquello fuera definitivo. Al cabo de un momento se detuvo y levantó la cabeza. – Pero usted no limita su trabajo a la novela popular. Es un crítico conocido por otras actividades… -pareció dudar, buscando el término-. Más serias. Y el propio Dumas definía sus obras como literatura fácil… Eso suena a desdén hacia el público. Aquella finta situaba bien a mi interlocutor; era una de sus firmas, como la sota de Rocambole en el lugar de autos. Planteaba las cosas desde lejos, en apariencia sin tomar partido, pero incomodando con pequeños golpes de guerrilla. Alguien que se irrita habla, esgrime argumentos y justificaciones, lo que equivale a más información para el adversario. Aún así, o tal vez por eso, porque no nací ayer y comprendía la táctica de Corso, me sentí irritado: – No caiga en lugares comunes -respondí, impaciente-. El folletín produjo mucho papel deleznable, pero Dumas estaba por encima de eso… En literatura, el tiempo es un naufragio en el que Dios reconoce a los suyos; lo desafío a que cite héroes de ficción que sobrevivan con la salud de d'Artagnan y sus compañeros, salvo, quizás, el Sherlock Holmes de Conan Doyle… El ciclo de Alcé un punto el tono al llegar ahí, acechando la reacción de Corso. Sonreía a medias sin soltar prenda, pero yo recordaba la expresión de sus ojos cuando cité a Scaramouche, y me sentía en buen camino. – Sé a qué se refiere -dijo por fin-. Sus opiniones son conocidas y polémicas, señor Balkan. – Mis opiniones son conocidas porque he procurado que lo sean. Y en cuanto a despreciar al público, como aseguraba usted hace un momento, quizá no sepa que el autor de – Aunque su respeto por el rigor de los hechos fuese relativo. – Eso es lo de menos. ¿Sabe qué respondía a quienes le acusaban de violar la Historia?… « Puse la estilográfica sobre la mesa y me levanté, acercándome a las vitrinas llenas de libros que cubren las paredes de mi despacho. Abrí una para elegir un tomo encuadernado en piel oscura. – Como todos los grandes fabuladores -añadí-, Dumas era un embustero… La condesa Dash, que lo conoció bien, dice en sus memorias que le bastaba contar una anécdota apócrifa para que esa mentira se diese por histórica… Fíjese en el cardenal Richelieu: fue el hombre más grande de su tiempo; pero después de pasar por las tramposas manos de Dumas, su imagen llega hasta nosotros deformada y siniestra, con la catadura de un villano… -me volví hacia Corso, el libro en las manos-. ¿Conoce esto?… Lo escribió Gatien de Courtilz de Sandras, un mosquetero que vivió a finales del siglo xvii. Son las memorias de Artagnan, el auténtico: Carlos de Batz-Castelmore, conde de Artagnan. Un gascón nacido en 1615 que, en efecto, fue mosquetero; aunque no vivió en la época de Richelieu, sino en la de Mazarino. Murió en 1673 durante el sitio de Maestrich cuando, igual que su homónimo de ficción, iba a recibir el bastón de mariscal… Como ve, las violaciones de Alejandro Dumas engendraron hermosas criaturas… Al oscuro gascón de carne y hueso, cuyo nombre había olvidado la Historia, el genio del novelista lo convirtió en gigante de leyenda. Corso permanecía en su asiento, escuchando. Le puse en las manos el libro y lo hojeó con interés y cuidado. Pasaba despacio las páginas, rozándolas apenas con las yemas de los dedos, sin tocar más que el reborde en cada hoja. De vez en cuando se detenía en un nombre, o un capítulo. Tras los cristales de sus gafas los ojos actuaban seguros y rápidos. En cierto momento se detuvo para anotar los datos en el bloc: « – Usted lo ha dicho: era un tramposo. – Sí -concedí mientras me sentaba de nuevo-. Pero genial. Donde otros se hubieran limitado a plagiar, él construyó un mundo novelesco que aún se sostiene hoy… « – No me diga que también hubo un Porthos. – Lo hubo. Se llamó Isaac de Portau y tuvo que conocer a Aramis, o Aramitz, porque ingresó en los mosqueteros tres años después que él, en 1643. Según la crónica murió prematuramente: enfermedad, la guerra, o un duelo como Athos. Corso tamborileó con los dedos sobre las – De un momento a otro va a decirme que también existió una Milady… – Exacto. Mas no se llamaba Ana de Brieul, ni fue duquesa de Winter. Tampoco llevaba una flor de lis marcada en el hombro, aunque sí era agente de Richelieu. Se llamaba condesa de Carlille, y le robó, en efecto, dos herretes de diamantes en un baile al duque de Buckhingam… No me mire con esa cara. Lo cuenta La Rochefoucauld en sus memorias. Y La Rochefoucauld era un hombre muy serio. Corso me observaba con fijeza. No parecía de los que se admiran con facilidad, y mucho menos en cuestión de libros; pero se mostraba impresionado. Después, cuando lo conocí mejor, llegué a preguntarme si la admiración era sincera, o una de sus retorcidas argucias profesionales. Ahora que todo ha terminado, creo estar seguro: yo era una fuente más de información, y Corso le daba hilo a la cometa. – Todo esto es muy interesante-dijo. – Si va a París, Replinger podrá contarle mucho más que yo… -miré el original sobre la mesa-… Aunque ignoro si compensa el gasto de un viaje… ¿Qué puede valer ese capítulo en el mercado? Mordió de nuevo el extremo del lápiz, componiendo un gesto escéptico: – No mucho. En realidad voy por otro asunto. Sonreí con tristeza cómplice. Entre mis escasas posesiones se cuentan un – Sé a qué se refiere -dije, en tono solidario. Corso hizo un gesto que podía interpretarse como de resignación. Sus incisivos de roedor asomaban en ácida mueca: – Hasta que los japoneses se harten de Van Gogh y Picasso -sugirió- y lo inviertan todo en libros raros. Me eché hacia atrás en el asiento, escandalizado. – Que Dios nos ampare cuando esto ocurra. – Eso dígalo por usted -me miraba con sorna a través de sus lentes torcidas-. Yo pienso forrarme, señor Balkan. Guardó el bloc en el bolsillo del gabán mientras se levantaba, colgándose al hombro la bolsa de lona. No pude menos que detenerme a considerar su aspecto equívocamente apacible, con aquellas gafas metálicas nunca estables sobre la nariz. Más tarde supe que vivía solo, entre libros propios y ajenos, y además de cazador a sueldo era experto en juegos de simulación napoleónicos, capaz de reproducir sobre un tablero, de memoria, el orden de batalla exacto en la víspera de Waterloo: una historia familiar, algo extraña, que hasta mucho después no llegué a conocer del todo. He de admitir que, evocado así, Corso parece desprovisto del menor atractivo. Y sin embargo, ateniéndonos al rigor con que narro esta historia, debo precisar que en su desmañada apariencia, justo en aquella torpeza que podía ser -ignoro cómo lo conseguía- cáustica y desamparada, ingenua y agresiva al mismo tiempo, acechaba eso que las mujeres llaman gancho y los hombres simpatía. Positivo sentimiento que se esfuma cuando nos palpamos el bolsillo para comprobar que acaban de quitarnos la cartera. Corso recuperó el manuscrito y lo acompañé hasta la puerta. Se detuvo a estrecharme la mano en el vestíbulo, donde los retratos de Stendhal, Conrad y Valle-Inclán otean adustos la atroz litografía que la comunidad de vecinos, con mi voto en contra, decidió colgar hace unos meses en el rellano de la escalera. Sólo entonces me animé a formular la pregunta: – Le confieso que siento curiosidad por saber dónde encontraron eso. Se detuvo, indeciso, antes de responder. Sin duda analizaba los pros y los contras. Pero yo lo había recibido amablemente y estaba en deuda conmigo. También podía volver a necesitarme, así que no le quedaba opción. – Tal vez usted lo conociera -respondió por fin-. El manuscrito se lo compró mi cliente a un tal Taillefer. Me permití una mueca de sorpresa, sin exageraciones: – ¿Enrique Taillefer?… ¿El editor? Su mirada vagaba por el vestíbulo. Al cabo movió la cabeza una vez, de arriba abajo. – El mismo. Nos quedamos en silencio los dos. Corso encogió los hombros, y yo sabía muy bien por qué. La causa podía encontrarse en las páginas de sucesos de cualquier diario; Enrique Taillefer llevaba muerto una semana. Lo habían encontrado ahorcado en el salón de su casa: el cordón del batín de seda en torno al cuello y los pies girando en el vacío, sobre un libro abierto y un jarrón de porcelana hecho pedazos. Algún tiempo después, cuando todo hubo terminado, Corso accedió a contarme el resto de la historia. Puedo así reconstruir ahora con razonable fidelidad ciertos hechos que no presencié: el encadenamiento de circunstancias que condujeron al fatal desenlace y la resolución del enigma en torno a – La razón comercial – ¿De qué me acusan? -preguntó Corso. – De engañar a una viejecita y saquear su biblioteca. Juran que esa operación la tenían ellos comprometida. – Pues que hubieran madrugado, como hice yo. – Eso dije, pero están furiosos. Cuando fueron por el lote, habían volado el – Sé cómo se llama -Corso descubría el colmillo en una sonrisa malévola-. Y Armengol e Hijos lo saben también. – Una crueldad innecesaria -precisó La Ponte, objetivo-. Pero lo que más les duele es el – Allí lo iba a dejar: glosa latina de Díaz de Montalvo, sin indicaciones tipográficas pero impreso en Sevilla, Alonso del Puerto, posiblemente 1482… -se ajustó las gafas con el índice para mirar a su amigo-. ¿Qué te parece? – A mí, de perlas. Pero están muy nerviosos. – Que tomen tila. Era la hora del aperitivo. Había poco sitio libre en la barra y se apretaban hombro con hombro, entre humo de cigarrillos y rumor de conversaciones, procurando que sus codos evitaran los charquitos de espuma sobre el mostrador. – Y por lo visto -añadió La Ponte – el Corso negó con la cabeza. – Por Hardy. En tafilete. – Mejor me lo pones. De todas formas garanticé que yo no tenía nada que ver. Ya sabes que soy alérgico a los pleitos. – Pero no a tu treinta por ciento. El otro alzó una mano, digno. – Alto ahí. No mezcles las churras con las merinas, Corso. Una cosa es la hermosa amistad que nos profesamos. Otra muy distinta, el pan de mis hijos. – No tienes hijos. La Ponte hizo una mueca guasona. – Dame tiempo. Aún soy joven. Era bajito, guapo, coqueto y pulcro, con el pelo escaso en la coronilla; se lo arregló un poco con la palma de la mano, estudiando su efecto en el espejo del bar. Después atisbó en torno con ojos profesionales, al acecho de eventual presencia femenina. Siempre estaba atento a ese tipo de cosas, como a construir frases breves en la conversación. Su padre, un librero muy instruido, le había enseñado a escribir dictándole textos de Azorín. Pocos recordaban ya a Azorín, pero La Ponte seguía construyendo como él. Con mucho punto y seguido. Aquello le daba cierto aplomo dialéctico a la hora de seducir a las clientes en la trastienda de su librería de la calle Mayor, donde guardaba los clásicos eróticos. – Además -añadió, retomando el hilo- con Armengol e Hijos tengo asuntos pendientes. Delicados. Rentables a corto plazo. – También conmigo -puntualizó Corso por encima de su cerveza-. Eres el único librero pobre con el que trabajo. Y esos ejemplares los vas a vender tú. – Bueno – La Ponte se excusaba, ecuánime-. Ya sabes que soy un tipo práctico. Pragmático. Rastrero. – Lo sé. – Imagínate una película del Oeste. A título de amigo yo aceptaría, como mucho, un tiro en el hombro. -Como mucho -admitió Corso. – De todas formas, da igual – La Ponte miraba alrededor, distraído-. Ya tengo comprador para el Persiles. – Pues págame otra caña. A cuenta de tu comisión. Eran viejos amigos. Amaban la cerveza con mucha espuma y la ginebra Bols en su caneco marino de barro oscuro; pero sobre todo, los libros antiguos y las viejas almonedas del Madrid castizo. Se habían conocido muchos años atrás, cuando Corso husmeaba en librerías especializadas en autores españoles por encargo de un cliente, interesado en una Celestina fantasma que alguien citaba como anterior a la edición conocida de 1499. La Ponte no tenía ese libro; ni siquiera había oído hablar de él. Pero sí contaba con una edición del Aquello fue remojado en debida forma, hasta el punto de que La Ponte dejó de mirar a las chicas que entraban y salían del bar para jurarle a Corso amistad eterna. En el fondo era un tipo algo ingenuo -a pesar de su cinismo militante y la carroñera profesión de librero de viejo que ejercía- e ignoraba que su nuevo amigo de gafas torcidas ejecutaba una sutil maniobra de flanqueo: al ojear sus anaqueles había localizado un par de títulos sobre los que pensaba negociar. Pero lo cierto fue que La Ponte, con su barbita rubia y rizada, los ojos dulces de gaviero Billy Budd y sus ensueños de cazador frustrado de ballenas, llegó a despertar la simpatía de Corso. Era capaz, incluso, de recitar la lista completa de tripulantes del – Me voy a París -dijo Corso, mirando por el espejo a una mujer gorda que introducía monedas cada quince segundos por la ranura de la máquina tragaperras, cual si la musiquilla y el movimiento de los reclamos de colores, frutas y campanas, la fuesen a tener allí, hipnotizada e inmóvil excepto la mano que oprimía los pulsadores del juego, hasta la consumación de los siglos-. A ocuparme de tu Vio a su amigo arrugar la nariz y observarlo de reojo. París equivalía a gastos extra, complicaciones. Ponte era un librero modesto y tacaño. – Sabes que no puedo permitirme eso. Corso apuraba despacio su vaso. – Sí puedes -sacó unas monedas para pagar la ronda-. Voy por otro asunto. – Otro asunto -repitió La Ponte, mirándolo con interés. Makarova puso dos cervezas más en el mostrador. Era grande, rubia y cuarentona, con el pelo corto y un aro en una oreja, recuerdo de cuando navegaba a bordo de un pesquero ruso. Llevaba pantalones estrechos y camisa remangada hasta los hombros, y sus bíceps excesivamente fuertes no eran lo único masculino que podía olfatearse en ella. Siempre tenía un cigarrillo encendido en el extremo de la boca, dejándolo consumirse allí. Con un aire báltico y su forma de moverse, parecía un oficial ajustador en una fábrica de cojinetes de Leningrado. – Leí el libro -le dijo a Corso desguazando las erres. Al hablar, la ceniza del cigarrillo se desplomaba sobre su camisa húmeda-. Esa fulana, Bovary. Pobre idiota. – Celebro que captaras el fondo del asunto. Makarova enjugó el mostrador con un paño. Desde el otro extremo de la barra, Zizi la vigilaba mientras hacía sonar la caja registradora. Era el polo opuesto de Makarova: mucho más joven, menuda y muy celosa. A veces, a punto de cerrar, se peleaban a golpes, borrachas, ante los últimos parroquianos de confianza. En cierta ocasión, tras una de esas broncas y con un ojo morado, Zizi había puesto tierra de por medio, vengativa y furiosa. Hasta que volvió, tres días más tarde, las lágrimas de Makarova estuvieron haciendo – Se va a París – La Ponte señaló a Corso con un movimiento de cabeza-. A sacarse ases de la manga. Recogió Makarova los vasos vacíos mientras miraba a Corso a través del humo de su cigarrillo. – Siempre tiene algo escondido -dijo, gutural y desapasionadamente-. En alguna parte. Luego puso los vasos en el fregadero y se fue a atender a otros clientes, balanceando los hombros cuadrados. Corso era el único ejemplar masculino que escapaba a su desdén por el sexo opuesto, y solía pregonarlo cuando se negaba a cobrarle una copa. Incluso Zizi lo miraba con cierta neutralidad. En una ocasión en que Makarova fue detenida por romperle la cara a un guardia en una manifestación de gays y lesbianas, Zizi había esperado toda la noche sentada en un banco de la comisaría. Corso la acompañó con bocadillos y una botella de ginebra, tras recurrir a sus contactos en la policía para suavizar las cosas. Todo aquello ponía a La Ponte absurdamente celoso. – ¿Por qué París? -preguntó, aunque tenía la atención puesta en otra parte. Su codo izquierdo acababa de hundirse en algo deliciosamente blando. Parecía encantado de descubrir que su vecina de barra era una joven rubia, con unas tetas enormes. Corso bebió otro sorbo de cerveza. – También voy a Sintra, en Portugal -seguía mirando a la gorda de la tragaperras. Desplumada por la máquina, le daba un billete a Zizi para que se lo cambiara en monedas-. Es cosa de Varo Borja. Oyó a su amigo silbar entre dientes: Varo Borja, el más importante librero del país. Su catálogo era escueto y selecto, y además poseía una sólida reputación como bibliófilo que no reparaba en gastos. Impresionado, La Ponte pidió más cerveza y más datos, con aquel aire suyo de cernícalo rapaz que se le disparaba de modo automático al oír la palabra – ¿Has oído hablar de El librero, que se hurgaba sin prisa en los bolsillos para que Corso pagara también aquella ronda, y estaba a punto de volverse a estudiar con más detenimiento a su opulenta vecina, pareció olvidarlo todo en el acto. Tenía la boca abierta – No me digas que Varo Borja quiere ese libro… Corso puso sus últimas monedas sobre el mostrador. Makarova traía otras dos cañas. – Lo tiene hace tiempo. Y pagó por él una fortuna. – Seguro que la pagó. Sólo hay tres o cuatro ejemplares conocidos. – Tres -precisó Corso. Uno estaba en Sintra, en la colección Fargas. Otro en la fundación Ungern, de París. Y el tercero, procedente de la subasta de la biblioteca Terral-Coy, de Madrid, era el adquirido por Varo Borja. Interesadísimo, La Ponte se acariciaba los rizos de la barba. Por supuesto que había oído hablar de Fargas, el bibliófilo portugués. En cuanto a la baronesa Ungern, aquella vieja loca se había hecho millonaria escribiendo libros sobre ocultismo y demonología. Su último éxito, – Lo que no entiendo -concluyó La Ponte – es qué tienes tú que ver en eso. – ¿Conoces la historia del libro? – Muy por encima -admitió el otro. Corso mojó un dedo en espuma de cerveza y se puso a hacer dibujos sobre el mármol del mostrador: – Época, mediados del xvii. Escenario, Venecia. Protagonista, un impresor llamado Aristide Torchia, a quien se le ocurre editar el llamado Makarova se había acercado por el otro lado de la barra y escuchaba, interesada, secándose las manos en la camisa. La Ponte, a medio levantar el vaso, detuvo el gesto mientras hacía una mueca instintiva de avidez profesional. – ¿Qué fue de la edición? – Te lo puedes figurar: hicieron con ella una hermosa hoguera -Corso compuso una mueca esquinada y cruel; parecía lamentar de veras no haber visto el asunto-. También cuentan que al arder se oyó gritar al diablo. De codos sobre los garabatos húmedos, junto a las palancas de la cerveza a presión, Makarova emitió un gruñido escéptico. Su aplomo rubio, nórdico y viril, era incompatible con supersticiones y nieblas meridionales. La Ponte, más sugestionable, hundió la nariz en su cerveza, acometido por repentina sed: – A quien tuvo que oírse gritar fue al impresor. Supongo. – Imagínate. La Ponte se estremeció imaginándolo. – Torturado -proseguía Corso- con ese pundonor profesional que la Inquisición desplegaba frente a las artes del Maligno, el impresor terminó por confesar, entre alarido y alarido, que todavía quedaba un libro, uno solo, a salvo. En cierto lugar escondido. Después cerró la boca y no volvió a abrirla hasta que lo quemaron vivo. Incluso entonces fue sólo para decir Makarova dedicó una sonrisa despectiva a la memoria del impresor Torchia, o tal vez a los verdugos incapaces de arrancarle el último secreto. La Ponte fruncía el entrecejo. – Dices que sólo se salvó un libro -objetó-. Pero antes hablaste de tres ejemplares conocidos. Corso se había quitado las gafas, y las miraba al trasluz para comprobar la limpieza de los cristales. – Ahí está el problema -dijo-. Los libros han ido apareciendo y desapareciendo entre guerras, robos e incendios. Se ignora cuál es el auténtico. – Quizá todos sean falsos -sugirió el sentido común de Makarova. – Quizá. Y yo tengo que despejar la incógnita, averiguando si Varo Borja tiene el original o le dieron gato por liebre. Por eso voy a Sintra y a París -se ajustó las gafas para mirar a La Ponte -. De paso me ocuparé de tu manuscrito. El librero asentía, pensativo, vigilando por el rabillo del ojo a la chica de las tetas grandes reflejada en el espejo del bar. – Comparado con eso, parece ridículo hacerte perder el tiempo con – ¿Ridículo? -Makarova abandonaba su papel neutral para mostrarse ahora realmente ofendida-. ¡Es la mejor novela que leí nunca! Subrayó aquello con una palmada sobre el mostrador de la barra, moldeándose con rudeza los músculos en sus antebrazos desnudos. « – Tranquilo -dijo a La Ponte -. Pienso cargar los gastos a Varo Borja. Aunque yo diría que tu – Hay gente para todo -apuntó Makarova, con sabiduría infinita. La Ponte compartía la opinión de Corso; en aquel caso, una manipulación resultaba absurda. El difunto Taillefer le había garantizado la autenticidad: puño y letra de don Alejandro. Y Taillefer era de confianza. – Solía llevarle antiguos folletines; los compraba todos -bebió un trago, dejando escapar una risita por el borde del vaso-. Buen pretexto para verle las piernas a su mujer. Una rubia tremenda. Espectacular. El caso es que un día lo veo abrir un cajón. Pone Un cliente reclamó la atención de Makarova en demanda de un bitter sin alcohol y ésta lo mandó a paseo. Seguía inmóvil en la barra, el pitillo consumiéndose en su boca y los ojos entornados por el humo; pendiente de la historia. – ¿Eso es todo?-preguntó Corso. La Ponte hizo un gesto vago. – Prácticamente todo. Intenté disuadirlo, pues conocía su afición. Era de esos fulanos capaces de dar el alma a cambio de una rareza. Pero estaba resuelto. « – Aclaración ociosa -precisó Corso-. Es la única fibra que te conozco. En demanda de calor humano, La Ponte se volvió hacia los ojos color de plomo de Makarova; mas desistió al primer vistazo. Allí había la misma calidez que en un fiordo noruego a las tres de la madrugada. – Qué bonito es sentirse querido -dijo por fin, despechado y mordaz. Sin duda el individuo aficionado al bitter tenía sed, observó Corso, porque volvía a insistir. Makarova, mirándolo de soslayo y sin cambiar de postura, sugirió que buscase otro bar antes de que le partiera una ceja. Tras meditarlo un poco, el otro pareció comprender la esencia del mensaje y se quitó de en medio. – Enrique Taillefer era un tipo raro – La Ponte se alisaba una vez más el pelo sobre la calva incipiente de su coronilla, sin perder nunca de vista a la rubia opulenta en el espejo-. Quería que yo vendiese el manuscrito dándole publicidad al asunto… -bajó el tono para ahorrarle inquietudes a la rubia-. « – Muerto -repitió gutural Makarova, paladeando el término y cada vez más interesada. – Suicidio -aclaró Corso; pero ella encogió los hombros como si entre el suicidio y el asesinato no mediaran grandes diferencias. Había un manuscrito dudoso y un muerto seguro: suficiente para justificar la trama. Al oír lo del suicidio, La Ponte hizo un lúgubre gesto afirmativo: – Eso dicen. – No pareces muy seguro. – Es que no lo estoy. Todo es muy raro -arrugó otra vez la frente, ensombrecido, olvidando el espejo-. Me huele mal. – ¿Nunca te contó Taillefer cómo obtuvo el manuscrito? – Al principio no le pregunté. Después era tarde. – ¿Hablaste con la viuda? La alusión despejó el ceño del librero. Ahora sonreía de oreja a oreja. – Te reservo ese episodio -su tono era el de quien recuerda un truco estupendo olvidado en la chistera-. Así cobras en especies. Yo no puedo ofrecer ni la décima parte de lo que sacarás de Varo Borja por su – Lo mismo haré contigo, cuando descubras un La Ponte volvió a mostrarse dolido. Para un cínico de su envergadura, observó Corso, parecía muy sensible a la hora del aperitivo. – Creí que me ayudabas por amistad -protestó el librero-. Ya sabes. El Club de los Arponeros de Nantucket. Por allí resopla y todo eso. – Amistad -Corso miró alrededor, esperando que alguien le explicara la palabra-. Los bares y los cementerios están llenos de amigos imprescindibles. – ¿De qué parte estás, maldito? – De la suya -suspiró Makarova-. está de la suya. Desolado, La Ponte comprobó que la chica de las tetas grandes se iba del brazo de un tipo elegante, con andares de figurín. Corso seguía mirando a la gorda de la tragaperras. Desaparecida su última moneda, permanecía junto a la máquina, desconcertada y vacía, caídas las manos a lo largo del cuerpo. La relevaba ante las palancas y los botones un individuo alto y moreno; tenía un bigote negro, poblado, y una cicatriz en la cara. Su aspecto avivó en Corso un recuerdo familiar, fugaz, esfumado sin concretarse. Para desesperación de la mujer gorda, la máquina escupía ahora una ruidosa sucesión de monedas. Makarova invitó a Corso a una última cerveza. Esta vez La Ponte tuvo que pagar la suya. |
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