"Modelos De Mujer" - читать интересную книгу автора (Grandes Almudena)1No hay escalera sin barandilla ni hortera sin zapatos de rejilla, solíamos decir en aquella época, pero lo peor no era la abominable trama tejida con tiritas de cuero marrón que estigmatizaba cruelmente sus empeines, sino el grosero repiqueteo de esos tacones -tap tap tap tap-, que acechaban mis pasos cuatro veces al día, todas las mañanas y todas las tardes, de casa al instituto, del instituto a casa, y vuelta a empezar. De vez en cuando, mientras cambiaba de acera en cada semáforo para que, por lo menos, le costara trabajo seguirme, me preguntaba por qué se empeñaría él en llevar todos los días a clase aquellos zapatos de domingo, siempre impecables, tan lustrosos y brillantes, aunque sus costuras ya hubieran empezado a reventar. Él no necesitaba esos tacones, una base insólita para sus eternos pantalones de chándal de espuma azul, porque era un chico muy alto, pero aquel mínimo detalle no bastaba para convertir en un misterio el vulgar acertijo de su existencia. No hay parto sin dolor, ya se sabe, ni hortera sin transistor, y él, naturalmente, solía llevar un transistor pegado a la oreja, el volumen a tope mientras me esperaba, emboscado en la esquina de mi casa. Algunas tardes, el eco melancólico, antiguo, de aquella canción que le gustaba tanto, me advertía de su presencia antes aun que la sombra de su figura escurrida y triste, tan larga y, sin embargo, tan extrañamente desamparada. Luego, sus tacones -tap tap tap tap- ponían una nota de más en la dulzona salmodia de aquel amor terminal y desgarrado que nos acompañaba, – No sé cómo le aguantas -me decía mi prima Ángeles, que por aquel entonces ya había conseguido que todas sus amistades la llamaran Angelines, abreviatura madrileña que ella encontraba muy fina, pero que en casa, mal que la pesara, seguía siendo Angelita, y por muchos años-. Es que es lo que le faltaba ya, al tío, que le gusten Los Módulos. Yo asentía en silencio y, a veces, sin darme cuenta del todo, tarareaba aquella infamia sin mover los labios, Nunca llegué a cruzar una palabra con él, ni siquiera sabía cómo se llamaba -Abencio, seguro, o Aquilino, aventuraba mi prima, todo lo más Dionisio, no lo dudes-, ni podría ahora reconstruir el momento exacto en el que mis hombros comenzaron a acusar el peso de sus ojos, esa mirada sólida, compacta como un espejo animado, turbio y caliente, frente al que me vi cumplir trece, y luego catorce, y luego quince, y dieciséis años. No era del barrio, eso sí lo sabía, y que vivía en Valdeacederas, una estación de metro que estaba muy lejos, por Tetuán más o menos, pero cuya reputación era entonces lo bastante conocida como para que mi madre se sintiera satisfecha de no haberse movido en toda su vida de la insignificante calle de San Dimas. – Mira, mira -solía decir a las visitas en el balcón, obligándoles a torcer el cuello hasta forzar un ángulo inverosímil mientras señalaba a lo lejos con el índice-. Eso que se ve allí es la cúpula de la Unión y el Fénix. ¡Pero si vivimos casi en la Gran Vía! Lo que yo te diga… Ella podía hartarse de decir lo que quisiera pero, por supuesto, no vivíamos en la Gran Vía, sino en un barrio antiguo y pequeño, muchos conventos y casas sin portero, sin ascensor, sin calefacción central y con más de un siglo a cuestas, una parcela del centro de Madrid – Noviciado para algunos, Malasaña para otros, San Bernardo, Conde Duque o hasta Argüelles para los taxistas- que ni siquiera hoy tiene nombre definido. Allí se había criado mi padre y allí se había criado mi madre, allí se conocieron, y se miraron, se gustaron y se hicieron novios. Allí mismo, en la iglesia de las Comendadoras, se casaron, y alquilaron un piso grande y destartalado, los techos abombados por el peso del cañizo viejo, reseco, y un suelo bailarín de baldosines pequeños, blancos y rojos, una casa que yo ya no conocí, porque mamá sucumbió a la fiebre de las reformas antes de que yo me rindiera al uso de razón. El pasillo, dividido en varios segmentos equitativamente absurdos, seguía siendo eterno y angosto, eso sí, y mi dormitorio, que conservaba el airoso nombre de gabinete, era en realidad un minúsculo cuarto ciego, pero eso no significaba que hubiera dejado de haber ricos y pobres. Pues no faltaría otro escándalo, hasta ahí podríamos llegar. – ¿Valdeacederas? -mi madre frunció aparatosamente el ceño-. ¡Uf! Eso es un barrio malísimo, medio de chabolas o así. – ¿Valde qué? -terció mi abuela, que no sabía estar callada-. Eso no es Madrid. – ¡No poco, abuela! Pero si hay hasta metro y todo. – ¡Metro, metro! Claro que habrá metro, si ahora debe llegar hasta Toledo… ¡No te digo! Para la señora Camila, como la seguían llamando en el barrio, Madrid seguía estando restringido a los estrictos límites de la ciudad donde transcurrió su juventud, indultando a lo sumo Ventas, y por la plaza de toros, que si no, para ella, lo mismo que Segovia. Era mejor no llevarle la contraria, porque a la mínima oportunidad te volvía a contar cómo la eligieron Miss Chamberí por aclamación en el año 1932, cómo impusieron sobre su pecho una banda verde con letras doradas, cómo llegó por la noche con ella a la taberna de su padre y cómo mi bisabuelo le arreó un bofetón -por Miss- que le dejó los dedos marcados en la cara durante una semana, así que me callé y nunca volví a preguntar por ese desgarbado y sigiloso espectro que parecía vivir sólo para mirarme. El paso del tiempo y Conchita, la panadera, recompensaron mi paciencia al alimón, consintiéndome averiguar algunas cosas. El Macarrón era nieto de la señora Fidela, una anciana bronca y robusta, muy descarada y peor hablada, que vivía en Montserrat esquina con Acuerdo, a dos pasos de mi casa. Su marido, un hombrecito convenientemente insignificante y a quien, por supuesto, nadie conocía por su nombre de pila -en mi barrio, ése parecía un privilegio exclusivo de las mujeres, y el señor Fulano nunca era tal, sino el marido de la señora Fulana-, había trabajado toda la vida como bedel en el Cardenal Cisneros, y así había conseguido una plaza en el instituto de la calle de los Reyes para un alumno que vivía tan disparatadamente lejos. Yo, que asistía al Lope de Vega porque no me quedaba más remedio, estaba a punto de descubrir el valor de aquellos ojos que tal vez me concedieran el privilegio de existir, en lugar de nutrirse con ventaja de mi existencia, cuando Angelita hizo un descubrimiento mucho más aparatoso, una auténtica hazaña que la convertiría definitivamente en Angelines. En el instante en que atravesé el umbral de Topaz, sentí más bien que ingresaba de golpe en otro mundo. Aquella discoteca lujosísima – cristales ahumados hasta en los cuartos de baño, grandes espejos con marcos dorados en los pasillos, sofás profundos como camas de matrimonio, ambientes muy mal iluminados y, fundamentalmente, camareros con esmoquin, detalle que no tengo más remedio que calificar como la pera limonera de lo que yo entendía entonces por distinción- no tenía nada que ver con los baretos del distrito Centro que hasta aquel momento habían jalonado, como las estaciones de un Vía Crucis, el lento peregrinar de las horas por las tardes de mis viernes y de mis sábados. Claro que Angelines y yo tampoco teníamos mucho en común con la selecta ganadería de Chamartín de la Rosa que pastaba en aquel local. Recuerdo todavía aquella incomodísima sensación de impropiedad que hormigueaba en mis tobillos como una plaga, la infección de vergüenza que amenazaba con delatarme a cada paso mientras buscaba un sitio que me correspondiera, un lugar donde mi aspecto no desentonara entre tanta chica rubia con culo respingón embutido en vaqueros de importación y miles de sortijas de plata en cada mano, y tanto tío gigantesco de pelo engominado enfundado en – No está mal para ir a vacilar y eso, hay muchas tías, pero, o sea, el ambiente es más de campo que las amapolas… Entonces empecé a ir a tomar copas a un bar que estaba muy cerca, en los bajos de Orense, y que sin embargo se parecía a los antros más vulgares de mi barrio como una gota de agua pueda llegar a parecerse a otra. Era un local muy pequeño, con un par de mesas y una barra siempre tan abarrotada que la mayor parte de los clientes se tomaba la copa fuera, en un lúgubre pasillo subterráneo de paredes de cemento. No tenía nombre, pero todo el mundo lo llamaba Pichurri, como al jugador de rugby que lo había montado, y no tardé mucho en inventarme razones suficientes para cimentar su fama de lugar selecto. Y fue precisamente allí, en el agudo vértice de mi impostura, donde se desencadenó lo inevitable. – Te advierto que ese tío ya está empezando a tocarme los cojones… Yo fingía no darme cuenta de nada, acatando la norma que obedecía invariablemente desde que comprendí que, por mucho que dejara atrás mi barrio, nunca lograría desprenderme de su sombra, pero a mi lado, Angelines se retorcía las manos con tanta saña como si pretendiera desollárselas, y aunque sentí la tentación de intervenir, de interponer por una vez mi cuerpo, y mi voluntad, en el transparente curso de los acontecimientos, el sentido común me dijo que Nacho tenía razón, que ya estaba bien, todas las tardes lo mismo, la misteriosa aparición de esa figura solitaria y huidiza a la que nunca fui capaz de despistar, aquel cuerpo encogido que buscaba amparo en el filo de todas las esquinas, los brazos colgando, los hombros hundidos, la cabeza gacha, una impecable máscara de fragilidad para unos ojos que no cambiaban nunca, ojos duros como rocas, hondos como pozos, relucientes y tenaces como dos cuchillos. – ¿Qué miras tú, eh, gilipollas? ¿Se puede saber qué miras tú? No, ¿eh…? ¡Pues te vas a llevar dos hostias, mira por dónde! Me escondí en el baño para no ser testigo de la masacre, pero antes de llegar, mis oídos registraron ya el eco de un par de puñetazos y una queja apagada. Cuando volví, mi novio seguía gritando, chillando, furioso como un cerdo en un matadero, mientras el Macarrón, con una ceja abierta, manando sangre por la nariz, echaba a correr por los sótanos de Azca sin querer todavía perderse del todo, porque aún se detuvo un momento, afrontó el riesgo de un golpe aplazado, se dio la vuelta, y me miró, y yo alcancé a recoger su última mirada y me entraron una ganas tremendas de llorar. Aquella noche no hubo despedida, porque me sentía incapaz de besar a Nacho, de tocarle, de responder al más leve roce de sus dedos. No le dije nada porque sabía que no lo entendería. Yo tampoco lo entendía, pero le dejé al día siguiente, de todas formas. Un par de meses más tarde conocí a mi segundo novio, que se llamaba Borja y tenía un velero atracado en Mallorca y una intensa predilección por las terrazas de Pozuelo, en una de las cuales me tropecé con Charlie, que había dejado de estudiar para montar un gimnasio, y él me presentó a su primo Jacobo, cuyo padre, eterno aspirante a la presidencia del Real Madrid, me invitó un año a veranear en la inmensa mansión que poseía a orillas del Cantábrico, en una playa espléndida, blanca y desierta, donde no me atreví a bañarme ni una sola vez en todo un mes, porque la temperatura del agua amorataba los dedos de los pies, aunque eso no debía importarme, porque veranear en el Mediterráneo, por lo visto, también era una paletada, con la única excepción de las Baleares, que tenían un pase. Y no me casé con Jacobo, ni con Charlie, ni con Borja, ni con Nacho, pero estuve a punto de casarme con Miguel, creo que lo habría hecho si no hubiera tardado tanto en llevarme a casa de sus padres, diplomático de carrera con señora, por los que sentía un respeto que rayaba abiertamente en el temor, desentonando con similar intensidad en el carácter de un hombre de casi treinta años. Yo, mientras tanto, estudiaba Químicas, y a despecho del entusiasmo de mi madre, que ya me veía de blanco en los Jerónimos, sentía que cada mañana, al levantarme, me parecía un poco más a mi abuela, e iba comprendiendo lentamente que todas aquellas familias adineradas que casi siempre venían de Santander eran, en el fondo, tan de provincias como Angelita, que había terminado por echarse un novio estupendo en Alcalá la Real, y contemplaba sin horror alguno la posibilidad de irse a vivir una temporada al pueblo de su padre, tal y como hiciera su madre tantos años antes pese a los nigérrimos augurios que emitió la mía cuando se enteró. – Pero, cuando vas por allí, ¿no se te queda pequeño? -le pregunté una vez. – Pues no sé -me contestó-. Total, no salgo de la cama… – Ya saldrás -insistí-. Y entonces tendrás que soportar el chismorreo, y las vecinas, y que si llevas faldas demasiado cortas… – ¡Pues anda que tú! -me cortó-. En esa urbanización de Aravaca, todo el santo día barbacoa va y barbacoa viene, y cuánto gana tu marido y cuánto gana el mío, y que si partidos de Eso era verdad, y casi todo lo demás también. Miguel se negaba a vivir en la ciudad porque llamaba campo a una intolerable amalgama de urbanizaciones de medio pelo con pretensiones, y a mí no me daba vergüenza no tener ninguna casa con jardín y paredes de hiedra, ningún pueblecito marinero, ninguna dehesa, ningún prado, ninguna playa a la que volver en vacaciones y, a cambio, como única raíz, sólo un balcón, un minúsculo pañuelo de baldosas al que sacar una banqueta en las noches de verano para tomar el fresco con mi abuela, cambiando el sempiterno olor a garbanzos cocidos que ascendía por el patio en las mañanas de invierno por los uniformes ecos de un bullicio universal, toda la ciudad abierta, maquillada de espumas y de luces, disfrazada repentinamente de jardín, como una inabarcable, inmensa terraza. No me había marchado aún y ya lo echaba todo de menos, y sin embargo, no era sólo el paisaje de mi vida lo que fallaba. Tardé mucho tiempo en comprender, en advertir por qué caminaba con los hombros demasiado ligeros, por qué sentía como si mis pies no tuvieran peso, como si ningún cuerpo fuera capaz de asentarlos en el suelo que pisaban. Todos mis actos me parecían soluciones provisionales, remiendos anticipadamente insuficientes para un hundimiento inevitable, pero el suelo empezó a crujir cuando menos lo esperaba. Miguel conducía hacia la casa de sus padres, que por fin me habían invitado a cenar. Yo miraba por la ventanilla el monótono espectáculo de Capitán Haya, las torres acristaladas que se sucedían, idénticas, en las dos aceras, garajes y jardines, palmeras en los portales, alardes de nuevos ricos que ya no me impresionaban, siempre lejos, cada vez más lejos. Un giro a la izquierda me precipitó en una calle donde nunca había estado, pero me daba lo mismo porque era igual que las demás, y otra vez a la izquierda y todavía más lejos, y más, y ahora despacio, porque buscábamos un sitio para aparcar y no lo encontrábamos, y todas las calles, todas las fachadas, todas las esquinas parecían iguales, pero de repente, en el enésimo giro, bordeando una manzana de casas de lujo, me encontré en casa, un barrio distinto, viejo, con aire de pueblo viejo, que parecía haber brotado repentinamente de la tierra por un capricho del destino, tiendas baratas, edificios de un par de pisos, música de rumba escapando por los balcones y señoras en bata comprando pan, y una boca de Metro con un nombre familiar y doloroso, cinco sílabas que estallaron entre mis dos cejas como una pedrada. – Para -dije entonces-. Me bajo aquí. – Bueno, si quieres… Mis padres viven justo detrás de esta esquina, en la otra mitad de la manzana, espérame… – No me has entendido -expliqué, abriendo la puerta del coche-. No voy a ir a casa de tus padres. Me vuelvo a la mía, en el metro. Pisé la acera con fuerza, y sentí el cemento en las plantas de los pies y una emoción extraña, como si al descubrir el secreto de la ciudad de las dos caras ésta me hubiera desvelado la clave de mi única vida, y sólo entonces me incliné hacia delante, para despedirme desde la ventanilla. – Tú no me miras, Miguel -dije despacio, aunque estaba segura de que no me entendería-. Porque no sabes mirarme. Luego, la estación de Valdeacederas cerró sus brazos sobre mí como sólo saben cerrarse los brazos de una madre. |
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