"Pánico" - читать интересную книгу автора (Abbott Jeff)

Capítulo 3

– Volvamos a esta mañana una vez más -dijo Durless, el detective de homicidios. Tenía una cara delgada y afable, con el aspecto demacrado de un corredor de fondo-, si es que puede, hijo.

Los investigadores habían mantenido a Evan alejado de la cocina, pero lo habían traído de vuelta a la casa para que identificara cualquier cosa que faltase o estuviese fuera de su sitio. Ahora se encontraba en la habitación de sus padres. Estaba hecha un desastre. Había cuatro maletas contra la pared, todas abiertas, y su contenido estaba esparcido por el suelo. Las fotos favoritas de su madre, que antes colgaban en las paredes, estaban rotas, pisoteadas sobre la alfombra. Se quedó mirando las fotos tras la telaraña de cristales rotos: el tono anaranjado del golfo de México al amanecer, la soledad de un roble retorcido en una extensión vacía en la pradera, Trafalgar Square, las sombras de la nieve al caer. Todo su trabajo, roto. Su vida, acabada. Aquello no podía estar sucediendo, pero sí era real; la ausencia de su madre parecía invadir la casa, el aire, sus mismos huesos.

«Ahora no puedes permitirte dejarte llevar por tus sentimientos. Tienes que ayudar a la policía a atrapar a esos tipos. Deja los lloros para más tarde. Reacciona.»

– ¿Evan? ¿Me ha oído? -preguntó Durless.

– Sí. Haré cuanto me pidan.

Evan intentó tranquilizarse. Sentado fuera en la entrada, encogido por el dolor, le había dado al oficial una descripción del hombre calvo y de su coche. Llegaron más oficiales que precintaron la casa con eficiencia: habían colocado cinta de prohibido el paso alrededor de la puerta principal y de la entrada junto a la ventana de la cocina, hecha añicos, a la que el hombre había disparado con su escopeta. Evan se había sentado en el cemento frío y llamaba por teléfono a su padre, una y otra vez. No respondía. No había buzón de voz. Su padre trabajaba solo, era asesor independiente, sin empleados. Evan no conocía a nadie a quien pudiese llamar para ayudarle a localizarlo en Sidney.

Le había dejado un mensaje a Carrie en el móvil. Intentó llamarla a su apartamento. No tuvo respuesta.

Al llegar, Durless había entrevistado primero al oficial de la patrulla y al equipo de la ambulancia que había respondido a la llamada inicial. Se había presentado a Evan y le había tomado la primera declaración antes de pedirle que volviese a la casa. Lo acompañó a la habitación de su madre.

– ¿Falta algo? -preguntó Durless.

– No.

Sumido aún en la conmoción, Evan se arrodilló junto a una de las maletas abiertas: estaban atiborradas de pantalones caqui de hombre planchados, camisas de botones, mocasines de piel nuevos y zapatillas de deporte. Todo de su talla.

– No toque nada -le recordó Durless, y Evan recogió la mano hacia atrás.

– No había visto nunca estas maletas ni esta ropa -dijo-, pero parece como si esta bolsa estuviese hecha para mí.

– ¿Adónde iba su madre?

– A ningún sitio. Estaba esperándome aquí.

– Pero había hecho cuatro maletas. Con ropa para usted. Y había metido un arma en su bolso.

Señaló una pistola situada sobre uno de los montones de ropa desparramado de una maleta.

– No puedo explicarlo. Bueno, la pistola parece la Glock de mi padre. La usa para tiro al blanco. Es su pasatiempo. -Evan se limpió la cara-. Solía ir a disparar con él, pero no soy muy bueno. -Se dio cuenta de que estaba divagando y se calló-. Mamá… seguramente no pudo coger el arma cuando llegaron los hombres.

– Debía de estar asustada cuando metió la pistola de su padre en la maleta.

– Pues no lo sé.

– Venga. Volvamos sobre ello. Ella lo llamó esta mañana. A eso de las siete.

– Sí.

Evan volvió a contarle a Durless la llamada de teléfono de su madre insistiéndole que viniese a casa, su viaje desde Houston y el ataque de esos hombres, intentando desenterrar cualquier detalle que hubiese olvidado cuando declaró por primera vez.

– Esos hombres que lo atacaron en la cocina, ¿está seguro de que eran dos?

– Oí dos voces. Estoy seguro.

– Pero en ningún momento les vio las caras.

– No.

– Y luego llegó otro hombre, les disparó, voló el techo y le cortó la cuerda. Le vio la cara.

– Sí. -Evan se pasó una mano por la frente. En la declaración inicial, aún tembloroso por la conmoción, había dicho que era un hombre calvo, pero ahora podía hacerlo mejor-. De unos cincuenta años. Labios finos, dientes muy rectos, un lunar en… -Evan cerró los ojos durante un momento, intentando reconstruir la imagen- la mejilla izquierda. Ojos marrones, constitución fuerte. Posiblemente ex militar. Sobre un metro ochenta de alto. Aspecto de latino. Sin acento. Llevaba unos pantalones negros y una camiseta verde oscura. Sin anillo de casado. Un reloj de acero. No puedo decirle nada más sobre su coche, sólo que era un Ford sedán azul.

Durless escribió los detalles adicionales y se los entregó a otro oficial.

– Da la descripción revisada por radio -dijo. El oficial se fue. Durless levantó una ceja-. Tiene buen ojo para los detalles en momentos de estrés.

– Soy mejor con las imágenes que con las palabras.

Evan oía los susurros del equipo de investigación criminal del Departamento de Policía de Austin mientras analizaban la carnicería en la cocina. Se preguntó si el cuerpo de su madre todavía estaba en la casa. Era extraño estar en su habitación, ver su ropa y sus fotos ahora que estaba muerta.

– Evan, hablemos de quién querría hacerle daño a su madre -dijo Durless.

– Nadie. Era la persona más buena que se pueda imaginar. Amable. Divertida.

– ¿Mencionó que tuviese miedo, que se sintiese amenazada por alguien? Piense. Tómese su tiempo.

– No. Nunca.

– ¿Había alguien que sintiese rencor hacia su familia?

La idea parecía ridícula, pero Evan respiró profundamente, pensó en los amigos y en los socios de sus padres, en sí mismo.

– No. Discutieron con un vecino el año pasado, pero lo arreglaron y el tipo se mudó. -Le dio a Durless el nombre del antiguo vecino-. No se me ocurre nadie que nos desease ningún mal. Esto ha tenido que ser casualidad.

– Pero el hombre calvo le salvó -dijo Durless-. Según usted, persiguió a los asesinos, le llamó por su nombre, afirmó que era amigo de su madre e intentó que se marchara con él. Eso no suena en absoluto casual.

Evan sacudió la cabeza.

– No recuerdo el nombre de su padre -dijo el policía.

– Mitchell Eugene Casher. Mi madre es Dona Jane Casher. ¿Le había dado ya su nombre?

– Sí, lo ha hecho, Evan, lo ha hecho. Hábleme de la relación entre sus padres.

– Siempre han sido un matrimonio muy unido.

Durless se quedó callado. Evan no podía soportar el silencio. El silencio acusador.

– Mi padre no ha tenido nada que ver con esto. Nada.

– De acuerdo.

– Mi padre nunca le haría daño a su familia, jamás.

– De acuerdo -dijo Durless de nuevo-, pero entienda que tenga que preguntar.

– Sí.

– ¿Qué tal se lleva usted con su familia?

– Bien. Genial. Estamos todos muy unidos.

– ¿Me dijo usted que tiene problemas para ponerse en contacto con su padre?

– No contesta al móvil.

– ¿Conoce su itinerario en Australia?

Ahora lo recordaba.

– Mamá lo colgaba normalmente en la puerta de la nevera.

– Es genial Evan, eso sirve de ayuda.

– Yo sólo quiero ayudarles a coger a quienquiera que haya hecho esto. Tienen que cogerlos. Tienen que hacerlo.

Su voz comenzó a temblar. Intentó tranquilizarse de nuevo. Se frotó la quemadura de la cuerda en el cuello.

Durless prosiguió:

– Cuando habló con su madre, ¿parecía asustada? ¿Como si esos tipos estuvieran ya en casa?

– No, no parecía nerviosa, pero sí sonaba algo rara. Como si tuviese malas noticias que contarme, pero no quería decir meló por teléfono.

– ¿Habló con ella ayer o antes de ayer? Hábleme de su estado de ánimo en ese momento.

– Totalmente normal. Mencionó que tenía que realizar un trabajo en China. Es fotógrafa de viajes freelance. -Evan apuntó a los marcos rajados, las fotos distorsionadas bajo el cristal roto-. Ésos son algunos de sus trabajos. Sus favoritos.

Durless le echó un rápido vistazo a Londres, a la costa, a la pradera.

– Son todas de lugares. No hay gente -dijo.

– Le gustan más los lugares que la gente.

Su madre hacía siempre esa broma sobre su trabajo. Las lágrimas asomaron con sigilo y Evan parpadeó. Deseaba con todas sus fuerzas que desapareciesen. No quería llorar delante de aquel hombre. Apretó las uñas contra las palmas de las manos. Oía el chasquido de las cámaras en la cocina, los leves murmullos del equipo criminalista trabajando en la habitación, detallando la peor pesadilla de su familia en estadísticas sin importancia y pruebas químicas.

– ¿Tiene hermanos o hermanas?

– No. No tengo más familia.

– ¿A qué hora llegó aquí? ¿Puede repetírmelo?

Miró su reloj. El cristal estaba roto y las manecillas se habían detenido a las 10.34. Debió de ser cuando cayó al romper la cuerda. Le mostró a Durless el reloj.

– La verdad es que no me fijé en la hora, estaba preocupado por mi madre.

Quería el consuelo de los brazos de Carrie, la seguridad de la voz de su padre. Quería poner su mundo en orden de nuevo.

Durless habló en voz baja con un oficial de policía que estaba en la puerta, y éste se marchó. Luego hizo un gesto señalando el equipaje.

– Hablemos sobre las maletas que hizo para ustedes dos.

– No lo sé. Quizá se iba a Australia a ver a mi padre.

– Así que le ruega que venga a casa, pero se está preparando para marcharse. Con una maleta para usted y un arma.

– No… no puedo explicarlo.

Evan se pasó el brazo por la nariz.

– Quizá toda esta crisis era una artimaña para que viniese a casa y hacer un viaje sorpresa.

– No me asustaría si no tuviese una buena razón.

Durless se daba golpecitos en la barbilla con el bolígrafo.

– Y usted estaba en Houston anoche.

– Sí -dijo Evan. Se preguntaba si ahora le estaban pidiendo una coartada-. Mi novia se quedó conmigo. Carrie Lindstrom.

Durless escribió su nombre y Evan le dio su información de contacto, el nombre de la tienda de ropa de River Oaks en la que trabajaba y su número de móvil.

– Evan, ayúdeme a hacerme una imagen clara. Dos hombres le agarran, le apuntan con un arma, pero luego no le disparan; intentan ahorcarle, y otro hombre lo salva, pero luego intenta secuestrarlo y se marcha cuando usted echa a correr -Durless hablaba con el tono de un profesor que guiaba a un alumno en un problema espinoso. Se inclinó hacia delante-. Ayúdeme a encontrar sentido a todo esto.

– Le estoy diciendo la verdad.

– No lo dudo. Pero ¿por qué no le dispararon simplemente? ¿Y por qué no dispararon a su madre, si tenían armas?

– No lo sé.

– Usted y su madre eran el blanco y necesito que me ayude a entender por qué.

Un recuerdo invadió de nuevo la mente de Evan.

– Cuando me tenían en el suelo… uno de ellos encendió mi portátil. Y tecleó algo.

Durless llamó a otro oficial.

– ¿Podría buscar el portátil del señor Casher, por favor?

– ¿Por qué iban a querer algo de mi ordenador?

Evan oyó cómo la histeria invadía su voz e intentó controlarla.

– Dígame. ¿Qué hay en él?

– Sobre todo material cinematográfico. Programas de edición de vídeo.

– ¿Material cinematográfico?

– Soy director de cine. Dirijo documentales.

– Es usted joven para ser director.

Evan se encogió de hombros.

– Trabajé duro. Acabé la universidad un año antes. Quería entrar más rápido en la escuela de cine.

– Más éxitos de taquilla que dan dinero.

– Me gusta contar historias sobre personas, no sobre héroes de acción.

– ¿Conozco alguna de sus películas?

– Bueno, mi primera película trataba de una familia de militares que perdieron un hijo en Vietnam y luego un nieto en Iraq. Pero la gente probablemente me conocerá por El más mínimo problema, que trata de un policía de Houston que encarceló a un hombre inocente por un crimen.

Durless frunció el ceño.

– Sí, lo vi en la CBS. El policía se suicidó.

– Sí, cuando la policía comenzó a investigar sus actividades. Es triste.

– El tipo al que supuestamente encarceló era un camello. No era tan inocente.

– Un ex camello que había cumplido su condena. Estaba fuera del negocio cuando el policía fue a por él. Y supuestamente no fue ése el motivo.

Durless volvió a meter el bolígrafo en el bolsillo.

– ¿No pensará usted que todos los policías son mala gente, verdad?

– Claro que no -respondió Evan-. Oiga, no estoy contra los policías. Para nada.

– No he dicho eso.

Una tensión distinta invadió la sala.

– Siento mucho lo de su madre, señor Casher -dijo Durless-. Necesito que venga al centro para hacer una declaración más detallada y hablar con el retratista sobre este hombre calvo.

El oficial enviado a recuperar el portátil asomó la cabeza de nuevo por la puerta.

– Aquí no hay ningún portátil.

Evan parpadeó.

– Esos hombres deben de habérselo llevado. O el tipo calvo. -Su voz empezó a aumentar de volumen-. ¡No entiendo nada de esto!

– Yo tampoco -dijo Durless-. Quiero que me acompañe a comisaría y que trabaje con el retratista. Quiero un retrato robot del hombre calvo en los avances de noticias.

– De acuerdo.

– Iremos en un minuto, ¿vale? Quiero hacer un par de llamadas rápidas.

– Vale.

Durless acompañó a Evan afuera. Las emisoras de televisión locales habían llegado. Más policía. Vecinos, sobre todo amas de casa observando el trajín, sujetando a sus hijos, que se les agarraban con los ojos como platos.

Dio la espalda a todo aquel caos e intentó de nuevo llamar al móvil de su padre. No contestaba. Llamó a la tienda de ropa en la que trabajaba Carrie.

– Maison Rouge, habla con Jessica, ¿en qué puedo ayudarle? -su voz era alegre y risueña.

– ¿Está Carrie Lindstrom? Sé que no entra hasta las dos, pero…

– Lo siento -contestó la mujer-. Carrie llamó esta mañana para despedirse.