"El síndrome de Copérnico" - читать интересную книгу автора (Lœvenbruck Henri)05.Inmediatamente después de la explosión, mientras la sangre corría por mis tímpanos y mis manos, sordo, presa del pánico, me puse a correr durante mucho tiempo. Corrí en línea recta, sin reflexionar, en estado de choque. Mi instinto sólo me dictaba que me alejara de aquel humo negro que se ele vaba en el cielo, y de aquellos trozos que seguían cayendo. A pesar del zumbido que se había adueñado de mis oídos, oía a mi espalda el estruendo de la catástrofe. El desgarro de los palastros, la destrucción de vidrio, las sirenas de alarma… La torre no se había derrumbado todavía. Lo haría unos minutos más tarde. Abandoné la explanada en llamas de la Défense, puse rumbo hacia Courbevoie y, sin saber verdaderamente lo que hacía, me subí al autobús. La policía todavía no había cerrado el perímetro, y todavía había gente que no estaba al corriente. Intercambiaban la poca información que tenían, lanzaban exclamaciones de incredulidad y terror. La cacofonía empezaba a invadir el autobús. Ante la mirada perpleja de los otros viajeros, me fui a sentar al fondo, en el último asiento, y no pronuncié palabra en todo el trayecto. Me miraban sin atreverse a hablarme. La mayoría estaban colgados de sus teléfonos móviles e iban descubriendo progresivamente la magnitud del accidente. No tenían duda alguna de que yo venía de aquel infierno, pero no decían nada, nunca decían nada. Me dejaban tranquilo volviendo la mirada. Cuando llegué a París, bajé del autobús y caminé, más bien titubeante, hasta el octavo distrito. Allí también la gente me miraba de reojo, pero para ellos no era más que otro excéntrico de la jungla parisina. Además, el cálido aire veraniego estaba lleno ya de pánico e incomprensión. Se adivinaba por la actitud de la gente, en los atascos… Guiado por la costumbre, bajé por el Boulevard Malesherbes, después llegué a la Rue Miromesnil, donde vivía con mis padres. Sí, con mis padres. A los treinta y seis años, todavía en su casa. No era por capricho, sino que una de las libertades que debía sacrificar por mi esquizofrenia era la independencia. En ese momento volví en mí mismo, más o menos. En mitad de la calle, me crucé con una pareja joven a la que conocía. Intenté torpemente ocultar mis manos ensangrentadas. Ellos me lanzaron una mirada inquieta, pero no se detuvieron debido a esa indiferencia adquirida que tan bien cultivan las capitales occidentales. Enseguida, como si aquellos rostros familiares me hubieran sacado de mi estupor, me di cuenta de mi locura. ¿Qué estaba haciendo yo allí? ¡Podría haber ido a la policía o quedarme en el lugar de los hechos con las fuerzas de rescate y explicar lo que había visto! Podría al menos haberme ido al hospital más cercano para que me curaran, pero no, estaba allí, solo, ausente, bajando por la Rue Miromesnil como un zombi descerebrado. Me preguntaba si debía volví allá, al lugar del atentado, para reunirme con las otras víctimas del atentado y seguir el protocolo oficial; pero estaba demasiado asustado y necesitaba tranquilizarme, reencontrarme, volver a tocar el suelo, y sólo había una forma de hacerlo: debía ir al refugio reconfortante de nuestro antiguo apartamento, cerca del silencio discreto del Parc Monceau. Allí, al menos, sabía quién era, sabía dónde estaba. Y ninguna voz invadía mi cabeza. Así, seguí caminando en dirección a nuestro edificio, subí lentamente la pequeña escalera y después entré exhausto en nuestro gran salón blanco. En nuestra casa, todo era blanco: las paredes, los muebles, el suelo…; por consejo del psiquiatra, para que no trastocara mis sentidos. Tiré las llaves encima de la mesita. Suspiré, después me quedé un momento en silencio, petrificado. Encendí un cigarrillo. El apartamento estaba vacío. Mis padres pasaban el mes de agosto en la playa, como cada año. Solo. Estaba solo en lo más hondo de mi pesadilla, solo frente a mí mismo, frente a mi entendimiento, consciente, no obstante, de no poder confiar plenamente en ella. En mi persona, la soledad y la razón nunca han ido unidas. Tras varios minutos, no sé muy bien cuántos, di unos cuantos pasos titubeantes y me dejé caer en el sillón, como un peso muerto. Con un gesto automático y desenvuelto, cogí el mando a distancia y encendí el televisor, como si quisiera verificar que todo aquello había ocurrido de verdad. Como si ver el atentado en la pequeña pantalla fuera un indicio de verdad más serio que el haberlo vivido yo mismo en directo. Después de todo, yo era esquizofrénico; incluso la televisión era más creíble que yo. Vi las imágenes de la torre SEAM hundiéndose en medio de la Défense en todas las cadenas y desde todos los ángulos durante horas, horas enteras. Y entonces supe que no lo había soñado. Había una decena de versiones de la misma pesadilla. Los puntos de vista variaban, los encuadres cambiaban, pero siempre era la misma escena. El hundimiento lento e irreal, y después esa humareda opaca, como una nube opaca, que se levantaba por encima del oeste parisino. Los gritos de los espectadores impotentes; las voces quebradas de los periodistas… Cambiaba de una cadena a otra. El contraste cambiaba ligeramente, pero las imágenes permanecían idénticas. Siempre eran las mismas secuencias, las de las cámaras de vigilancia o las que habían tomado en directo los turistas perplejos. Eran imágenes que había visto desde más cerca que nadie, a unos pocos metros. Escuchaba sobrecogido los comentarios que los presentadores hacían con voz siniestra, por una vez sincera. Oía las hipótesis que se apuntaban. Desde luego se mencionaba el negocio de la sociedad SEAM, propietaria de la torre: una empresa de armamento europea, un buen blanco para un atentado terrorista. A continuación, hacían comparaciones con otros atentados: el del Drugstore Saint-German en 1974, el de la sinagoga de la Rue Copernic en 1980, después el de la Rue des Rosiers, dos años más tarde; el del RER Saint-Michel, en 1995, y, por supuesto, el del World Trade Center de Nueva York, seguido por los de Madrid y Londres. Todos estos ataques se habían atribuido a fundamentalistas islámicos como Abou Nidal, el GIA, Al-Qaeda… Así que, a la fuerza, la hipótesis que se privilegiaba para el caso de la Défense era la islamista. En el fondo, no sé muy bien qué quiere decir eso. Nunca he entendido las religiones en absoluto. Repitieron en numerosas ocasiones una intervención del ministro de Interior, Jean-Jacques Farkas, un hombre mayor de mirada dura y rostro enjuto, que hacía las promesas habituales: darían con los terroristas y los juzgarían, el asunto se dilucidaría con luz y taquígrafos… A continuación, se hablaba de las víctimas. Se mostraban fotos, el rostro de los desaparecidos en viejas instantáneas donde se los veía sonreír. Había que humanizar el drama. Se mostraba a las familias inquietas, que esperaban respuestas. El periodista daba paso a un psicólogo especializado en estrés postraumático. Hablaba de ansiedad, depresión, abandono… Después, llegaba el turno del análisis de las consecuencias políticas y económicas. Vaticinaban cambios radicales en las relaciones internacionales, en la Bolsa, que es una institución que nunca he entendido. Pero todo esto es muy normal; al fin y al cabo, soy yo el que está loco, ¿no? A aquello le seguía un breve reportaje sobre la SEAM, la sociedad europea de armamento con fondos mixtos cuyo accionariado mayoritario era el Estado francés. Con un volumen de negocios que sobrepasaba los 400 millones de euros, era el segundo mayor exportador de armas de Europa, y obtenía la parte esencial de sus resultados mediante la venta de armas a los países en vías de desarrollo. Fácilmente se llegaba a la conclusión de que la torre habría podido representar un símbolo político y económico para los terroristas, pero todavía no era seguro… Tal vez el ataque a la torre SEAM había sido simplemente un ataque al imperialismo occidental. Fuera como fuese, los periodistas anunciaron rápidamente que la caza de los terroristas había empezado, según las declaraciones del ministro del Interior. Seguro que había gente a la que eso la tranquilizaba. Hipnotizado por las imágenes, no reparé en el paso del tiempo. En aquel instante, me ahogaba en los pozos más oscuros de mi esquizofrenia. Me repetía las mismas frases, flotaba en los mismos pensamientos. Siempre la misma idea, como una voz exterior, intratable, una obsesión. El final de todas las cosas. Mi angustia escatológica. Llegué a darle este nombre después de buscar en diferentes diccionarios, donde por fin encontré la palabra que se ajustaba a mi mayor miedo. Del griego |
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