"El síndrome de Copérnico" - читать интересную книгу автора (Lœvenbruck Henri)

03.

Me llamo Vigo Ravel, tengo treinta y seis años y soy esquizofrénico. Al menos, eso es lo que siempre he creído.

Cuando tenía veinte años, si lo recuerdo bien, pues mis recuerdos no llegan hasta tan lejos y he de fiarme de lo que mis padres me han dicho, me diagnosticaron problemas psicológicos sintomáticos de una esquizofrenia paranoide aguda: perturbación de la memoria a corto y largo plazo, alteración del pensamiento lógico y, sobre todo, mi principal síntoma, llamado «positivo», alucinaciones auditivas verbales.

Sí. Oigo voces en mi cabeza.

Centenares de voces, diferentes, nuevas, cercanas o lejanas. Todos los días, en todos sitios, aquí, ahora. Son murmullos venidos de ninguna parte, amenazas, insultos, gritos o sollozos, voces surgidas de los raíles del metro, voces que flotan en las alcantarillas, que gruñen tras las paredes… Llegan acompañadas de crisis en las que mi vista se turba y mi cerebro grita de dolor.

Desde aquella época, me han hecho seguir un tratamiento a base de neurolépticos antiproductivos, que reducen más o menos mis delirios y alucinaciones. Los medicamentos han evolucionado, pero mi enfermedad, no. He aprendido a vivir con ella y con los efectos secundarios de los antipsicóticos: ganancia de peso, apatía, mirada esquiva, pérdida de libido… La apatía, a fin de cuentas, ayuda enormemente a asumir los demás y a dejar de luchar.

A la fuerza, he acabado por aceptar que estaba simplemente enfermo, que esas voces no eran más que producto de mi cerebro que fallaba. A pesar del sorprendente realismo de mis alucinaciones, las reconocí como tales, me rendí ante la evidencia, tal y como me pedía mi psiquiatra. Al cabo de los años, me rendí. En el fondo, creo que me resultaba menos fatigoso aceptar mi locura que seguir negándola. Mi psiquiatra incluso consiguió encontrarme trabajo hace cerca de diez años. Me contrataron para entrar datos en el ordenador en Feuerberg, una sociedad de patentes. No era complicado, bastaba con teclear kilómetros de cifras y palabras sin preocuparse de los que significaban. Mi jefe, François de Telême, sabía que era esquizofrénico, y esto no le suscitaba ningún problema. Lo principal era que yo lo supiera también.

Sin embargo, después de la explosión de la torre SEAM, ya no estaba seguro de nada, ni siquiera de todo aquello. Aquel día todo cambió para siempre.

Allí ocurrió un misterio que sólo yo conocía y que hizo cuestionarme muchas cosas. Sé que probablemente nadie me crea, pero eso carece de importancia. Además, me he acostumbrado. Hace un tiempo, ni siquiera me creía a mí mismo.

Es difícil hablar de uno mismo cuando no se tienen recuerdos. Es difícil quererse cuando no se tiene historia, pero desde aquella horrible mañana del 8 de agosto, vi a la vida saltarme encima. De repente, tengo muchas garas de hablar. Así que voy a hablar.