"Lo que los muertos saben" - читать интересную книгу автора (Lippman Laura)

PRIMERA PARTE

Miércoles

Capítulo 2

– ¿Es tuyo ese teléfono?

La mujer arrugada de sueño que miraba a Kevin Infante estaba furiosa por algo, cosa que a él no le pillaba de nuevas. Kevin no estaba seguro de cómo se llamaba ella, aunque estaba convencido de que lo recordaría en un instante. Tampoco eso le pillaba de nuevas.

No, era la suma de ambas cosas -la mujer desconocida unida a la mirada de odio- lo que convertía esa mañana en un momento único de lo que el sargento llamaba «los anales de Infante», un nombre extranjero que su jefe pronunciaba tan mal como podía. Si Infante no conocía a esa mujer lo bastante bien como para recordar su nombre, ¿qué diablos podía haberle hecho para merecer que le mirase con esos ojos de mártir que le odiaba? Normalmente Infante necesitaba tratar a una mujer tres o cuatro meses para fomentar en ella esa clase de furia.

– ¿Es tuyo ese teléfono? -repitió la mujer, con una voz tan tensa y peligrosa como la expresión de su rostro.

– Sí -dijo él. Era un alivio que la pregunta con la que estaba comenzando todo fuese tan sencilla-. Seguro.

Se le ocurrió que tal vez no sería mala idea tratar de localizar el teléfono, incluso contestar la llamada, pero el timbre había dejado de sonar. Esperó que la línea fija tomara el relevo del móvil, pero enseguida recordó que la habitación donde se encontraba no estaba en su casa. Rebuscó por el suelo con la mano izquierda, pues la derecha estaba situada todavía bajo el cuello de la mujer, y encontró los pantalones tirados, con el móvil en su funda sujeta al cinturón. Cuando lo cogió, el teléfono vibró en su palma y emitió un ruido estridente, riñéndole también.

– Ah, es la oficina -dijo, mirando el número.

– ¿Una urgencia? -preguntó la mujer, y si Infante hubiese estado algo más alerta habría mentido, habría dicho que sí, claro, era una urgencia, y se hubiera vestido y largado de allí a toda prisa.

Medio confundido aún por el sueño, contestó sin embargo:

– En mi departamento no hay urgencias.

– ¿No dijiste que eras un poli? -A la mujer se le notaba cómo iba acumulándose el cabreo, el enfado, en el filo de sus palabras.

– Inspector.

– ¿No es lo mismo?

– Más o menos.

– ¿Y los polis no tienen nunca asuntos urgentes?

– Sin parar. -Y esta vez era uno de esos asuntos-. Pero mi especialidad dentro de la policía… -Se interrumpió antes de identificarse como un inspector de la sección de Homicidios, por temor a que ella lo encontrase súper interesante y quisiera volver a verle, iniciar una relación en serio. Rondaban por ahí muchas fans de los polis, cosa de la que él solía sacar partido-. Yo trabajo con un tipo de personas… suelen ser muy pacientes.

– Vamos, que trabajas en el despacho…

– Podría decirse así. -Tenía, en efecto, una mesa de despacho. Un trabajo. A veces hacía su trabajo en el despacho-. Debbie. -Intentó no dar la sensación de que se sentía extraordinariamente orgulloso por haber sido capaz de acordarse del nombre de ella-. Sí, Debbie, podríamos decir que trabajo en el despacho.

Infante recorrió la habitación con la mirada en busca de un reloj, tratando también de ver dónde estaba. Era un dormitorio, claro, y la verdad es que no estaba nada mal, con unos pósters de flores la mar de artísticos, y decorado, por decirlo con la expresión de su ex esposa, la más reciente, con los colores organizados de acuerdo con un plan, que según ella era algo bueno, pero que a Infante le sonaba siempre mal. Un plan era un complot, un intento de salir sin ser pillado tras cometer alguna fechoría. Pensándolo bien, esa planificación de los colores era parte de la trampa, la que luego te conducía a comprar un anillo excesivamente caro, a pagarlo con tarjeta de crédito y a pedir una hipoteca, y que terminaba -y en su experiencia personal había ocurrido ya dos veces- en una de las salas de los juzgados del condado de Baltimore, donde la mujer se lo llevaba todo y él se quedaba con las deudas. El plan de colores estaba formado, en este caso, por verde y amarillo pálidos, y él no tenía en absoluto nada en contra de esa combinación, pero le producía ciertas náuseas. Mientras iba cogiendo su ropa y separándola de la de ella, comenzó a notar algunos detalles extraños de la habitación, cosas que no acababan de encajar. La mesa empotrada al pie del ventanal, la mini nevera con una funda de ropa encima, el pequeño microondas situado justo encima de esa neverita, la pancarta de tela que adornaba una pared, y que brindaba por los Towson Wildcats… «No te jode -pensó-. No te jode.»

– Y tú, ¿a qué te dedicas? -dijo él.

La chica, una chica de verdad, una chica sin más, que probablemente aún no había cumplido los veintiún años (por encima de los dieciséis ya estabas dentro del marco de lo legal, pero a Infante le gustaba cumplir ciertas reglas personales), le dirigió una mirada helada, y reptó por encima de él envolviéndose en la sábana amarilla y verde. Con mucho aparato, agarró de un gancho de la pared una bata de fibras esponjosas y se la puso encima, sin soltar la sábana hasta haberse anudado el cinturón de la bata. Pero él tuvo tiempo de echar una ojeada y recordar qué era lo que le había llevado hasta ese lugar. Bien sabía Dios que no era por las facciones, aunque seguramente le habían parecido más atractivas cuando no estaban tan hinchadas de sueño como ahora. A la luz de la mañana la tal Debbie tenía la piel demasiado pálida, era una de esas rubias con cara de huevo cuyos ojos, sin maquillaje, desaparecían. Se agachó para coger un cubo al pie de la alacena, lo cual provocó en él una fracción de segundo de pánico. ¿Iba a golpearle con el cubo? ¿Vaciárselo en la cabeza? Pero Debbie se limitó a escabullirse, camino de la ducha. Para, probablemente, lavar hasta la última huella de la noche que había pasado con Kevin Infante. ¿Tan mal había ido? Decidió no esperar. Largarse sin averiguarlo.

Era todavía temprano para lo que suelen ser los horarios universitarios, y apenas salía de la habitación cuando se cruzó en el camino de otra alumna, una chica rolliza y de ojos grandes a la que la presencia de aquel extraño pareció acobardar. No sólo era un varón, sino que vestía un traje, y era mayor, así que sin duda no era ni otro alumno ni un profesor.

– Policía -dijo él-. Condado de Baltimore.

Cosa que no pareció servirle a ella de consuelo.

– ¿Ha ocurrido algo?

– No, una simple comprobación rutinaria de los sistemas de seguridad. No olvides cerrar la puerta del cuarto por dentro, y evita pasar por las zonas sin luz de los parkings por la noche.

– De acuerdo, agente -dijo ella con solemnidad.

La mañana de marzo era fría; el campus, un desierto. Encontró su coche en una zona en la que estaba prohibido aparcar, cerca del pabellón de los dormitorios. Por la noche, cuando trató de desembarazarse de ella, había creído que era un bloque de pisos. Comenzó a recordar la velada. Había ido a Souris's, cansado de su bar de siempre, Wagner's, que era el sitio frecuentado por sus colegas. Había un montón parlanchín de chicas al final de la barra, y aunque se había dicho a sí mismo que entraba sólo para tomarse una copa y largarse enseguida, pronto sintió la compulsión de pillar a uno de los miembros del rebaño. No se fue con la mejor de todas, pero la que le acompañó estaba bastante bien. Como mínimo, tenía ganas de complacerle, y se la mamó en el coche cuando aparcó en Allegheny Avenue. Luego la llevó hasta el edificio de mediana altura y escasa belleza donde ella dijo que vivía, un sitio silencioso y vacío a las dos de la madrugada. Tenía la intención de esperar a que girara el llavín en la cerradura y luego largarse no sin hacer sonar el claxon prolongadamente a modo de despedida, pero era evidente que ella esperaba algo más, de manera que la siguió y entró en su cuarto con ella. Estaba seguro de haber dado la talla antes de caer dormido. Entonces, ¿qué le pasaba al chochito enfadado esa mañana?

Un poli de la universidad estaba a punto de empapelarle el coche, pero Infante le mostró su placa y el tipo hizo marcha atrás, y eso que tenía ganas de pelea. Probablemente ése hubiera sido el gran momento de la jornada para él, una discusión por una simple multa de aparcamiento. Infante comprobó los mensajes del móvil: Nancy Porter, su ex colega, susurrando de forma apremiante «¿Dónde estás?» Mierda, volvía a llegar tarde. Si pretendía ir al curro con una puntualidad aunque fuese mediocre, no le quedaba otro remedio que elegir entre una ducha o el desayuno, un desayuno de los de verdad, algo que tranquilizara su estómago. Llegó a la conclusión de que iba a resultarle más tolerable andar por ahí con el estómago vacío que soportando su propio hedor, de modo que dirigió el coche a su apartamento de Baltimore Noroeste. Siempre podía excusarse diciendo que había estado siguiendo una pista… del caso McGowan, sí, eso es. Tuvo el instante de inspiración bajo la ducha, y se quedó allí más tiempo de lo debido, dejando que el agua caliente le golpeara la piel mientras sus poros soltaban los olores de la noche. Diría que había estado buscando al ex novio de la chica, no el último ni el anterior, sino tres novios atrás. Pensándolo bien, no era mala idea. La muerte de la chica McGowan, un asunto de estilo antiguo, navajazo y luego el cadáver abandonado en el parque estatal de Gunpowder Falls, se caracterizaba por una brutalidad que no solía producirse cuando el asesino era un desconocido. No había sido suficiente con clavarle el navajazo. Quien la mató tuvo luego que quemar el cadáver montando con ramas secas una pequeña hoguera que hizo que acudieran al escenario varios coches de bomberos, cuando, sin esta circunstancia, el cadáver habría podido languidecer, sin ser descubierto por nadie, durante días, semanas, meses. A los ciudadanos les sorprendía siempre que la poli no fuera capaz de localizar un cadáver, pero por mucho que fueran construyéndose más y más casas y bloques en toda el área metropolitana de Baltimore, aún había hectáreas y más hectáreas de terrenos solitarios. Por eso, de vez en cuando, algún cazador tropezaba con un montón de huesos y acababan comprobando que eran de la víctima de un crimen de hacía cinco y hasta diez años.

Al comienzo de su carrera en la poli, Infante tuvo que trabajar en uno de esos casos, un asesinato evidente, pero en el que no había modo de localizar el cadáver. Se trataba de una familia rica y con buenas relaciones, con recursos suficientes para volver loco a todo el departamento. Cuando se les dijo que las cosas que exigían -rastreos, trabajo de laboratorio muy sofisticado- iban a comerse el presupuesto de toda la policía para un año entero, se encogieron de hombros. «¿Y?», dijeron. Tuvieron que pasar tres años antes de que apareciese el cadáver, apenas a diez metros de la carretera estatal de la playa norte, descubierto por un tipo que andaba mal de la próstata y era además muy tímido, y que había caminado por entre los hierbajos costeros para echar una meada. «Traumatismo producido con un objeto contundente y sin filo», dijo el forense que examinó el cadáver, de modo que era un asesinato, sin duda. Pero ni en el cadáver ni en el lugar donde fue hallado había ningún indicio más, y el marido, que desde el principio había sido el principal sospechoso, había fallecido antes del descubrimiento. La única pregunta que rondaba la cabeza de Infante era si el golpe fatal había sido un accidente, una pelea más de sábado por la noche en una familia muy proclive a esta clase de enfrentamientos, o si el golpe era plenamente intencionado. Infante se pasó muchas horas con el marido antes de que el cáncer de esófago se lo llevara. El marido llegó a imaginar incluso que Infante iba a verle a su casa por amabilidad, o por un sentimiento amistoso. Hacía un gran espectáculo del dolor que le había infligido la pérdida de su esposa, e Infante llegó a la conclusión de que aquel tipo se veía a sí mismo como la verdadera víctima. Pensó que el hombre le había dado a su mujer un empujón, no más fuerte que ninguno de los empujones que le había dado durante años a su esposa, sólo que esta vez ella no volvió a levantarse. Así que el buen maridito la recogió del suelo, la arrojó en algún lugar desierto y se dedicó el resto de sus días a pensar que era inocente. Lo normal habría sido que la familia de la esposa estuviera satisfecha cuando se produjo la muerte de él, un proceso muy feo y doloroso, pero no les bastó. Hay gente para la cual nunca es suficiente.

Infante salió de la ducha. En teoría llevaba un retraso de media hora solamente. Pero estaba mareado de hambre; y lo suyo no era ir a cualquier establecimiento de comida rápida y coger la comida desde la ventanilla del coche.

Se encaminó al Bel Loe Dinner, donde las camareras revolotearon a su alrededor, se aseguraron de que le llegara un filete con huevos cocinado exactamente como a él le gustaba, con las yemas casi líquidas todavía. Clavó la punta del tenedor en ellas, dejó que el espeso jugo amarillo se desbordara por encima del filete y volvió a preguntarse: «¿Qué cono hice para que Debbie estuviera tan mosqueada conmigo?»

– Tenemos a una lunática babeante en el Hospital de St. Agnes, dice que tiene pistas de un asesinato de hace años -dijo Lenhardt, su sargento-. Vete para allá.

– Estoy siguiendo una pista del caso McGowan. De hecho, iba a pillar a un tipo esta mañana, antes de que se fuese al trabajo. Por eso he llegado tarde.

– Tengo que mandar a alguien, hemos de hablar con ella. Y le ha tocado en suerte al que ha llegado tarde.

– Te he dicho que tengo que ir…

– Sí, claro. Ya he oído lo que me has dicho. Pero no es motivo para llegar tarde por la mañana, tonto del culo.

Lenhardt había formado pareja con Infante el año anterior, faltaba personal en el departamento, y desde que había regresado a sus tareas como sargento a jornada completa se mostraba mucho más cabrón que antes, como si Infante necesitara que le recordasen quién mandaba allí.

– ¿Y para qué hay que escucharla? ¿No dices que está chiflada?

– Lo está o finge estarlo para desviar la atención del hecho de que ha abandonado el escenario de un accidente grave.

– ¿Sabemos al menos cuál es el caso que promete resolver?

– Ayer noche murmuraba no sé qué del caso Bethany.

– ¿Bethany Beach? Si ni siquiera está en este condado. Eso es en otro estado…

– Habla de las niñas Bethany, graciosillo. Un caso de personas desaparecidas, ocurrió hace muchos años.

– ¿Y dices que la tía está chiflada?

– Exacto.

– Y me mandas a verla para hacerme perder medio día… St. Agnes está tan lejos de aquí que es como ir más allá de la frontera del condado… ¿En serio quieres que vaya a hablar con ella?

– Exacto.

Infante dio media vuelta, irritado y furioso. De acuerdo, se merecía que le tocasen las pelotas un poco, pero Lenhardt no podía saber que lo que le había contado era un camelo, así que era injusto.

A su espalda oyó la voz del sargento:

– ¡Eh, Kevin!

– ¿Sí?

– ¿Has oído alguna vez eso de que un tío tiene la cara manchada de huevo? [1] Siempre había pensado que era una metáfora, pero esta mañana me has hecho pensar que se puede tomar al pie de la letra. ¿De verdad llevas toda la mañana hablando con gente por ahí, y nadie te ha dicho que tienes una mancha de huevo en la cara?

Infante alzó la mano prestamente, y enseguida localizó el trocito de yema delator pegado en la comisura de sus labios.

– Hemos hablado mientras desayunábamos -dijo-. Era un informador que podía saber algo del caso McGowan.

– ¿Te salen las mentiras así, automáticamente? -El tono del sargento no era antipático-. ¿O haces ejercicios para no perder la costumbre hasta que te cases otra vez?