"Los atormentados" - читать интересную книгу автора (Connolly John)

Old Orchard Beach, Maine, 1986

El Adivinador sacó del bolsillo el fajo de billetes doblado, se lamió el pulgar y contó discretamente las ganancias de la jornada. El sol ya se ponía y se derramaba sobre el agua en jirones de un rojo incandescente, como de sangre y de fuego. Aún deambulaba gente por el entarimado del paseo, bebiendo refrescos y comiendo palomitas calientes con mantequilla, mientras siluetas lejanas recorrían la playa, unas de la mano y otras solas. Como el tiempo había cambiado, se había producido un notable descenso de las temperaturas nocturnas y se había levantado un viento cortante que jugueteaba con la arena al anochecer, augurio de alteraciones mayores, los visitantes se entretenían menos que días atrás. El Adivinador presintió que sus días allí, en la playa, tocaban a su fin, ya que si el público no se detenía, él no podía trabajar, y si no trabajaba, ya no era el Adivinador. Pasaba a ser sólo un viejo menudo ante un precario tenderete de rótulos y balanzas, baratijas y quincalla, porque sin espectadores para presenciar su demostración era como si sus habilidades no existiesen siquiera. Los turistas empezaban a escasear, y pronto aquel lugar carecería de interés para el Adivinador y sus colegas: los vendedores ambulantes, los puestos de baratillo, los feriantes y los timadores. Se verían obligados a partir hacia climas más propicios o buscar un refugio donde vivir en invierno de los ingresos del verano.

El Adivinador percibía el sabor del mar y de la arena adherida a la piel, un sabor salado, una reafirmación de la vida. Lo notaba en todo momento, aun después de tantos años. El mar le proporcionaba su medio de vida, ya que atraía a los veraneantes, y el Adivinador estaba allí esperándolos cuando llegaban; pero su afinidad con el mar no se reducía al dinero que le daba. No, reconocía algo de su propia esencia en él, en el sabor de su sudor, que era un eco de su propio origen lejano y del origen de todas las cosas, y opinaba que un hombre incapaz de comprender la atracción del mar era un hombre que se había perdido a sí mismo.

Pasó los billetes diestramente con el pulgar, moviendo un poco los labios mientras llevaba la cuenta en la cabeza. Cuando acabó, sumó la cantidad al total y luego lo comparó con las ganancias del último año por las mismas fechas. Habían bajado, del mismo modo que el último año habían bajado respecto al anterior. Ahora la gente era más cínica, y tanto ellos como sus hijos estaban menos dispuestos a pararse ante un hombrecillo extraño y su barraca de aspecto primitivo. Se veía obligado a trabajar cada vez más para ganar incluso menos, aunque no tan poco como para plantearse abandonar la profesión que había elegido. Al fin y al cabo, ¿qué otra cosa podía hacer? ¿Recoger las mesas en un bufé libre? ¿Trabajar detrás de la barra en un McDonald's, como algunos de los jubilados más desesperados que conocía, reducidos a limpiar lo que ensuciaban niños lloricas y adolescentes descuidados? No, eso no era para el Adivinador. Él había seguido ese camino durante casi cuarenta años y, por cómo se sentía, calculaba que le quedaban todavía unos cuantos, siempre y cuando así lo decidiese el que repartía las cartas allá en el cielo. Conservaba la mente despierta, y los ojos, detrás de las gafas de montura negra, le permitían aún captar todo aquello que necesitaba saber sobre los incautos a fin de seguir ganándose modestamente la vida. Quizás algunos calificarían lo suyo de don, pero él no lo llamaba así. Era una aptitud, un oficio, perfeccionado y desarrollado año tras año, un vestigio de un sexto sentido que fue poderoso en nuestros antepasados pero que ahora se había atrofiado a causa de las comodidades del mundo moderno. Lo que él poseía era algo elemental, como las mareas y las corrientes oceánicas.

Dave Glovsky, alias «el Adivinador», llegó por primera vez a Old Orchard Beach en 1948, cuando tenía treinta y siete años, y desde entonces su fraseología y las herramientas de su oficia apenas habían cambiado. En su pequeña barraca del paseo destacaba una vieja silla de madera que pendía, sujeta mediante cadenas, de una antigua balanza R.H. Forschner. Un letrero amarillo, toscamente pintado a mano con una vacilante caricatura de Dave, anunciaba la actividad a la que se dedicaba y su emplazamiento, para aquellos que, al llegar allí, acaso no estuvieran del todo seguros de dónde se hallaban o qué tenían ante los ojos. El letrero rezaba: EL ADIVINADOR, PALACE PLAYLAND, OLD ORCHARD BEACH, YO.

El Adivinador formaba parte de la decoración de Old Orchard. Estaba tan integrado en aquel centro de veraneo como la arena en los refrescos y los caramelos blandos que provocaban la caída de los empastes de las muelas. Aquél era su sitio, y él lo tenía interiorizado. Llevaba tanto tiempo acudiendo allí, para ejercer su oficio, que percibía todo cambio en su entorno, por intrascendente que pareciese: una mano de pintura aquí, un bigote afeitado allá. Para él, esas cosas tenían su importancia, ya que así era como mantenía alerta la mente, y como, a la vez, llevaba comida a su mesa. El Adivinador reparaba en todo cuanto ocurría alrededor y archivaba los detalles en su fabulosa memoria, a punto para utilizarlos en el momento más oportuno. En cierto modo, su sobrenombre era poco apropiado. Dave Glovsky no adivinaba. Percibía. Calculaba. Evaluaba. Por desgracia, Dave Glovsky el Percibidor no sonaba tan bien. Como tampoco Dave el Calculador, así que era Dave el Adivinador, y con Dave el Adivinador se quedaría.

El Adivinador te adivinaba el peso con un margen de error de un kilo y medio, y si fallaba, ganabas un premio. Aunque igual que había gente que no tenía el menor interés en que se pregonase su peso ante una risueña muchedumbre un radiante día de verano -no, ni hablar, decían, gracias por preguntar pero métase en sus asuntos-, del mismo modo el Adivinador no se moría de ganas por poner a prueba la resistencia de su balanza colgando de ella ciento cincuenta kilos de pura fémina americana sólo para demostrar que acertaba el peso, y en tales casos lo intentaba muy gustosamente con la edad, la fecha de nacimiento, el empleo, la elección de coche (extranjero o nacional), o incluso la marca de tabaco preferida. Si el Adivinador se equivocaba, seguías tan campante por tu camino con una horquilla de plástico o una bolsa de gomas elásticas en la mano, ufanándote de haberle ganado la partida al hombrecillo raro de los letreros torcidos e infantiles -¿acaso no eras tú el listo?-, y tardarías un rato en darte cuenta de que acababas de pagarle cincuenta centavos a un hombre por el placer de saber algo que ya sabías antes de llegar, y que para colmo habías recibido diez gomas elásticas que al por mayor costaban alrededor de un centavo. Y podía ser que te volvieras a mirar al Adivinador, con su camiseta blanca en la que aparecía escrito con letras mayúsculas: DAVE EL ADIVINADOR, y que le habían estampado como un favor, pues todo el mundo conocía a Dave, en la barraca de camisetas situada un poco más allá, y llegaras a la conclusión de que el Adivinador era en realidad un tipo listo.

Porque el Adivinador sí era listo, listo en el sentido en que lo eran Sherlock Holmes, Dupin o Poirot, el pequeño belga. Era un observador, un hombre capaz de determinar las circunstancias de la existencia de otro a partir de su ropa, su calzado, la manera de llevar el dinero, el estado de sus manos y uñas, las cosas que atraían su atención y despertaban su interés mientras recorría el paseo, e incluso las más nimias pausas y vacilaciones, las inflexiones vocales y los gestos inconscientes mediante los cuales se delataba de mil maneras distintas. El Adivinador prestaba atención en el marco de una cultura que ya no atribuía valor alguno a un acto tan simple. La gente no escuchaba ni veía: sólo creía escuchar o ver. Pasaban por alto más cosas de las que percibían. Sus ojos y sus oídos se adaptaban continuamente a lo nuevo, a la última novedad que les arrojaba la televisión, la radio, el cine, y desechaban lo viejo aun antes de empezar a comprender su sentido y su valor. El Adivinador no era como ellos. Pertenecía a un orden distinto, a un sistema organizativo más antiguo. Estaba preparado para identificar imágenes y olores, susurros que llegaban altos y claros a sus oídos, insignificantes aromas que le producían un cosquilleo en el vello de la nariz y se traducían en forma de luces y colores en su mente. La vista era sólo una de las facultades que usaba, y a menudo desempeñaba un papel secundario respecto a las otras. Al igual que el hombre primitivo, no dependía de los ojos como principal fuente de información. Confiaba en todos sus sentidos y los aprovechaba al máximo. Su mente era como una radio, sintonizada siempre para captar incluso las transmisiones más débiles de los demás.

Había una parte fácil, claro: la edad y el peso le resultaban relativamente sencillos. También los coches estaban casi cantados, por lo menos al principio, cuando la mayoría de la gente que iba de vacaciones a Old Orchard tenía coches de fabricación nacional. Sólo más tarde proliferarían los automóviles de importación, pero aun así las probabilidades seguían siendo de un cincuenta por ciento para el Adivinador.

¿Y en cuanto a las profesiones? Bueno, a veces surgían detalles útiles durante la fraseología inicial, mientras el Adivinador escuchaba sus saludos, sus respuestas, la forma en que reaccionaban a ciertas palabras clave. Incluso mientras escuchaba lo que decían, Dave examinaba su ropa y su piel en busca de signos reveladores: el puño de la manga derecha de la camisa gastado o sucio podía ser indicio de alguien con un empleo de oficina, y de poca monta si tenía que llevar la camisa de trabajo en vacaciones, en tanto que un examen más detenido de sus manos podía poner de manifiesto la huella de un bolígrafo en el pulgar y el índice. A veces se advertía un leve achatamiento en las yemas de los dedos en una mano o en las dos: en el primer caso, indicaba tal vez que era una persona habituada a usar una sumadora; en el segundo, casi con toda seguridad se trataba de una mecanógrafa. Los cocineros siempre tenían pequeñas quemaduras en los antebrazos, marcas de la parrilla en las muñecas, callos en el dedo índice de la mano con que cogían el cuchillo, cicatrices o heridas todavía tiernas allí donde se les había ido la hoja, y el Adivinador aún no había conocido a un solo mecánico capaz de limpiarse hasta el último rastro de grasa de las arrugas de la piel. Distinguía a un policía sólo con verlo, y a un militar con igual claridad que si fuera con uniforme de gala.

Pero la observación sin memoria no servía de nada, y el Adivinador se pasaba el día asimilando detalles del gentío que abarrotaba la costa, desde los retazos de una conversación hasta los destellos de algún efecto personal. Si decidías encender un pitillo, Dave recordaría que el tabaco era Marlboro y que llevabas puesta una corbata verde. Si aparcabas el coche a la vista de su barraca, eras «el Ford y los tirantes rojos». Todo se compartimentaba por si acaso llegaba a tener alguna utilidad, ya que si bien el Adivinador, de hecho, nunca perdía en sus apuestas, estaban también la cuestión del orgullo profesional y la necesidad de dar un buen espectáculo a quienes miraban. El Adivinador no había sobrevivido en Old Orchard durante décadas sólo por equivocarse al adivinar y endosar luego gomas elásticas a los turistas a modo de disculpa.

Se metió las ganancias en el bolsillo y echó una última ojeada alrededor antes de prepararse para cerrar. Estaba cansado y le dolía un poco la cabeza, pero echaría de menos todo aquello cuando la gente se marchase. Como el Adivinador sabía, cierta gente lamentaba el estado en que se encontraba Old Orchard y opinaba que esa hermosa playa se había echado a perder debido a un siglo de desarrollo urbanístico, a la llegada de las montañas rusas, las casas de la risa y los tiovivos, al olor a algodón de azúcar y perritos calientes y bronceador. Quizá tuviesen razón, pero quedaban muchos otros sitios adonde podía acudir esa clase de personas, mientras que no había tantos adonde la gente pudiese ir con sus hijos y, por relativamente poco dinero, disfrutar del mar, la arena y el placer de intentar ganarle a hombres como el Adivinador. Old Orchard había cambiado, eso desde luego. Los chicos eran más gallitos, tal vez incluso un poco más peligrosos. El pueblo ofrecía un aspecto más chabacano que antes, y se percibía una sensación de inocencia perdida más que de inocencia recobrada. Ocean Park, el centro turístico religioso orientado a las familias sito en Old Orchard, parecía cada vez más un salto al pasado, a una época en que la educación y la autosuperación formaban parte de las vacaciones en igual medida que el entretenimiento y la relajación. Se preguntaba cuántos de los que iban allí a beber cerveza barata y comer langosta en platos de cartón sabían algo de los metodistas que habían fundado la Asociación de Acampada de Old Orchard allá por 1870, congregando a veces a multitudes de diez mil personas o más para oír cómo los oradores ensalzaban las ventajas de una vida virtuosa y libre de pecado. Difícil lo tendría quien intentase hoy día convencer a los turistas de que renunciasen a tomar el sol una tarde para escuchar las historias de la Biblia. No hacía falta ser Dave el Adivinador para calcular las probabilidades de éxito.

A pesar de todo, al Adivinador le encantaba Old Orchard. Gracias a aquella pequeña barraca había tenido el privilegio de conocer a hombres como Tommy Dorsey y Louis Armstrong, y sus fotos colgaban de la pared para demostrarlo. Pero si bien esos encuentros representaban los grandes hitos de su trayectoria, su trato con personas corrientes le había proporcionado una satisfacción continuada y permitido conservarse joven y despierto por dentro. Sin la gente, Old Orchard habría significado mucho menos para él, con mar o sin mar.

El Adivinador guardaba ya sus letreros y sus balanzas cuando se acercó aquel hombre; o quizá sería más fiel a la verdad decir que el Adivinador percibió que se acercaba incluso antes de verlo, como aquellos remotos antepasados suyos que no habían confiado en sus sentidos para jugar a las adivinanzas en cavernas iluminadas por el fuego. No, habían necesitado esos sentidos para conservar la vida, para prevenirlos de la llegada de depredadores y enemigos, y por tanto su supervivencia había dependido de su compromiso con el mundo que los rodeaba.

De inmediato, el Adivinador se volvió despreocupadamente y empezó a asimilar los rasgos del desconocido: cerca de cuarenta años, pero aparentaba más edad; los vaqueros más holgados de lo que solían llevarse en esos tiempos; la camiseta blanca pero un poco manchada en el vientre; las botas robustas, más aptas para ir en moto que en coche, aunque sin el desgaste en las suelas propio de un motorista; el pelo oscuro, engominado y peinado hacia atrás, terminando en punta sobre la nuca; las facciones rectas, casi delicadas; el mentón pequeño; la cabeza comprimida como si hubiese estado largo tiempo bajo un gran peso; los huesos de la cara con forma de cometa bajo la piel. Tenía una cicatriz bajo el nacimiento del pelo: tres líneas paralelas, como si le hubiesen introducido en la carne las púas de un tenedor y se las hubiesen hundido hasta el puente de la nariz. La boca torcida, con una comisura apuntando permanentemente hacia abajo y la otra un poco levantada, creaba la impresión de que las máscaras simbólicas del teatro se hubiesen bisecado y sus dispares mitades se hubiesen fundido sobre su cráneo. Los labios eran demasiado grandes. Casi podrían haberse calificado de sensuales, pero todo lo demás en él desmentía esa sensación. Tenía los ojos castaños, pero salpicados de pequeñas manchas blancas, como estrellas y planetas suspendidos en la oscuridad de éstos. Olía a colonia y, justo por debajo, se percibía un fétido hedor de grasas animales derretidas, de sangre y descomposición y excrementos evacuados en ese momento final en que la vida se convierte en muerte.

De pronto, Dave el Adivinador lamentó no haber decidido marcharse quince minutos antes, no tener ya la barraca recogida y el cerrojo echado, y no haber puesto ya la máxima distancia posible entre él, un hombre de aquella avanzada edad, y sus queridas balanzas y letreros. Pero a la vez que eludía el contacto visual con el recién llegado, no pudo por menos de analizarlo, extraer información de sus movimientos, su ropa, su olor. El hombre se metió la mano en un bolsillo delantero del pantalón y sacó un peine de acero, que se pasó por el pelo con la mano derecha, seguida por la izquierda para alisarse cualquier cabello suelto. Al hacerlo, ladeó la cabeza un poco a la derecha, como si se mirase en algún espejo visible sólo para él, y el Adivinador tardó un momento en darse cuenta de que el espejo era él mismo. El desconocido lo sabía todo sobre Dave y su «don», y el Adivinador, por más que intentaba contenerse, seguía descomponiendo en sus partes integrantes a aquel hombre mientras se acicalaba, y el hombre lo sabía y disfrutaba viéndose reflejado en las percepciones del viejo.

Vaqueros limpios y planchados, pero con las rodillas sucias. La mancha en la camiseta parecía sangre seca. La tierra bajo las uñas. El olor. Dios santo, qué olor…

Y el desconocido estaba ya delante de él y envainaba de nuevo el peine en la ceñida funda de su bolsillo. Con una sonrisa aún más ancha, toda falsa cordialidad, el hombre habló.

– ¿Es usted el que adivina? -preguntó. En su voz, junto a un dejo sureño, se advertía también un ligero acento del nordeste. Pretendía disimularlo, pero Dave tenía el oído muy fino.

Sin embargo, ese tonillo de Maine no era autóctono. No, aquél era un hombre capaz de integrarse a voluntad, un hombre que adquiría la forma de hablar y las particularidades de quienes lo rodeaban, camuflándose igual que…

Igual que los depredadores.

– Ya he acabado por hoy -dijo el Adivinador-. No puedo con mi alma. No me queda nada.

– Vamos, sí que tiene tiempo para uno más -fue la respuesta, y el Adivinador supo que aquello no era un intento de engatusarlo. Era una orden.

Miró alrededor en busca de algo con que distraer la atención, un pretexto para marcharse, pero era como si el desconocido hubiese creado un espacio para sí, ya que nadie más lo oía y era obvio que los transeúntes tenían la atención en otra parte. Miraban las otras barracas, el mar, la arena cambiante. Miraban los coches lejanos y los rostros desconocidos de quienes pasaban junto a ellos. Miraban el entarimado y sus propios pies, y clavaban la vista en los ojos de sus respectivos maridos y esposas, a quienes habían dejado de considerar interesantes hacía mucho tiempo pero que sin embargo, de pronto, ejercían en ellos una insospechada, aunque pasajera, fascinación. Y si alguien les hubiese insinuado que, de algún modo, habían decidido desviar su atención del pequeño Adivinador y el hombre que ahora se hallaba ante él, habrían rechazado la idea sin pensárselo dos veces. Pero al contestar habría asomado a sus caras una fugaz expresión de inquietud, y eso, para una persona observadora -para alguien como Dave el Adivinador-, habría bastado para desmentir sus respuestas. En ese momento se parecían en algo al Adivinador; esa despejada tarde de verano, cuando se ponía aquel sol de color rojo sangre, se había despertado en ellos un instinto primario, ancestral, hasta entonces en estado latente. Quizá realmente no se daban cuenta de que lo hacían, o quizá, por respeto a sí mismos o por instinto de supervivencia, no lo reconocían, ni siquiera para sí, pero le cedían espacio al hombre del pelo engomina-do. Irradiaba amenaza y daño, y el mero hecho de reconocer su existencia entrañaba el riesgo de atraer su atención. Mejor, pues, desviar la mirada. Mejor que no se interesara en los asuntos de uno, mejor que sufriera otro, que un desconocido fuera blanco de su desagrado. Mejor seguir andando, meterse en el coche, alejarse sin mirar una sola vez atrás por miedo a descubrir que él clavaba la vista en nuestros ojos, que se ensanchaba lentamente su indolente media sonrisa mientras memo-rizaba las caras, los números de matrícula, el color de la pintura, el cabello oscuro de una esposa, el cuerpo en flor de una hija adolescente. Mejor fingir, pues. Mejor no fijarse. Mejor eso que despertarse una noche y encontrar a un hombre así mirándote, manchado de sangre caliente, y ver una luz reveladora en la habitación contigua, mientras dentro hay algo que gotea en el parquet desnudo, algo que antes estaba vivo y ahora ya no lo está…

Dave supo entonces que ese hombre no se diferenciaba tanto de él. Era un observador, un catalogador de características humanas, pero en el caso del desconocido la observación era el preludio del daño. Y en ese momento sólo se oía el sonido de las olas al romper, y voces que se alejaban, y los ruidos de las atracciones de la feria, amortiguados mientras el desconocido hablaba con un tono insistente para captar la atención de su interlocutor hasta el punto de excluir todo lo demás.

– Quiero que adivine algo sobre mí -dijo.

– ¿Qué quiere saber? -preguntó el Adivinador, y toda apariencia de buena voluntad abandonó su voz. Dadas las circunstancias, no servía de nada fingir. En cierto modo eran iguales.

El hombre apretó el puño de la mano derecha. Dos monedas de veinticinco centavos asomaban entre sus dedos contraídos. Levantó la mano hacia Dave, y éste retiró las monedas con sus dedos apenas temblorosos.

– Dígame cómo me gano la vida -exigió el desconocido-. Y quiero que intente acertar. Intente acertar.

Dave percibió la advertencia. Podría haber inventado algo inocuo, algo inocente. Abre zanjas en la construcción de carreteras, quizá. Trabaja de jardinero. Trabaja…

Trabaja en un matadero.

No, demasiado cerca. No debo decirlo.

Desgarra cosas. Cosas vivas. Hace daño y mata y entierra las pruebas. Y a veces se defienden. Veo las cicatrices en torno a sus ojos, y en la carne blanda bajo la mandíbula. Tiene unos cuantos mechones ralos justo encima de la frente, y una porción de piel inflamada en torno a las raíces allí donde el pelo no ha vuelto a crecer como es debido. ¿Qué ocurrió? ¿Liberó la víctima una mano? ¿Lo agarró desesperadamente con los dedos y le arrancó un trozo de cuero cabelludo? E incluso en pleno dolor, ¿no se deleitó una parte de usted con la lucha, no disfrutó por tener que esforzarse para conseguir su premio? ¿Y qué me dice de esas incisiones bajo el nacimiento del pelo? ¿Qué me dice? Es usted un hombre violento, y ha padecido también la violencia. Ha sido marcado para advertir a otros, de manera que incluso los tontos y los despistados lo conozcan cuando se acerca. Demasiado tarde para el que lo hizo, quizá, pero no obstante una advertencia.

Una mentira podía costarle la vida. Tal vez no en ese momento, tal vez ni siquiera al cabo de una semana, pero ese hombre se acordaría y regresaría. Una noche, Dave el Adivinador volvería a su habitación y el desconocido estaría sentado en un sillón en la oscuridad, delante de la ventana, dando largas caladas a un cigarrillo que sostendría con la mano izquierda mientras, con la derecha, juguetearía con una navaja.

Me alegro de que haya llegado por fin. He estado esperándole. ¿Se acuerda de mí? Le pedí que adivinase algo sobre mí, pero no acertó. De premio me dio un juguete, de premio por ganar al Adivinador; pero para mí ése no es premio suficiente, e hizo usted mal en pensarlo. Me parece que debería sacarlo de su error. Me parece que debería saber cómo me gano la vida realmente. Venga, permítame enseñárselo…

– Dígamelo, pues -insistió-. Dígame la verdad.

Dave lo miró a los ojos.

– Usted causa dolor -dijo.

Al parecer, el desconocido lo encontró gracioso.

– ¿Usted cree?

– Hace daño a la gente.

– ¿Sí?

– Ha matado. -Y en el momento en que se oía pronunciar estas palabras, Dave se veía desde fuera. Flotando, se apartaba de la escena que se desarrollaba ante él; su alma se anticipaba ya a la separación de esta vida que iba a producirse.

El desconocido movió la cabeza en un gesto de incredulidad y se miró las manos, como si hubiera quedado mudo de asombro ante tal revelación.

– Bueno -dijo por fin-, supongo que eso vale cincuenta centavos del dinero de cualquier hombre, las cosas como son. Tal cual. Tal cual. -Y asintió, ensimismado-. Ajá -susurró-. Ajá.

– ¿Quiere reclamar el premio? -preguntó Dave-. Tiene derecho a un premio si no he acertado.

Señaló hacia atrás, en dirección a las gomas elásticas, las horquillas, los paquetes de globos.

Llévese uno. Llévese uno, por favor. Lléveselos todos, lo que quiera, pero aléjese de mí. Váyase por donde ha venido, sin detenerse, y no vuelva nunca por aquí, jamás. Y si le sirve de consuelo, sepa que nunca olvidaré su olor o su aspecto. Nunca. Los grabaré en mi memoria, y permaneceré siempre atento por si vuelve a aparecer.

– No -dijo el desconocido-. Quédeselos. Me he entretenido. Usted me ha entretenido.

Se apartó de Dave el Adivinador, aún asintiendo, aún repitiendo «ajá» una y otra vez.

En el preciso momento en que el Adivinador tenía la certeza de que iba a librarse de él, el desconocido se detuvo.

– Orgullo profesional -dijo de pronto.

– ¿Disculpe? -preguntó el Adivinador.

– Creo que es eso lo que tenemos en común: estamos orgullosos de lo que hacemos. Usted podría haberme mentido, pero no lo ha hecho. Y yo podría haberle mentido a usted y llevarme esos globos de mierda, pero tampoco lo he hecho. Usted me ha respetado a mí, y a cambio yo lo he respetado a usted.

El Adivinador no contestó. No había nada que decir. Notó un sabor en la boca. Era agrio y desagradable. Deseó abrir la boca y aspirar una bocanada de aire salitroso, pero aún no, no mientras el desconocido estuviese cerca. Antes quería deshacerse de él, por temor a que algo de su esencia penetrase en su cuerpo con esa única bocanada y corrompiese su ser.

– Puede hablarle a la gente de mí si quiere -dijo el desconocido-. Tanto me da. Pasará mucho tiempo antes de que alguien se plantee ir en mi busca, e incluso si me encuentran, ¿qué van a decir? ¿Que un charlatán de feria con una camiseta barata los ha mandado por mí, que quizá tengo algo que esconder o una historia que contar?

Se entretuvo con las manos en recuperar del vaquero el paquete de tabaco, manoseado y un poco chafado. Sacó de dentro un estilizado mechero metálico y a continuación un cigarrillo. Hizo rodar el cigarrillo entre el dedo medio y el pulgar antes de encenderlo, y luego el mechero y el paquete volvieron a desaparecer en el bolsillo.

– Puede que algún día me pase otra vez por aquí -dijo-. Lo buscaré.

– Aquí estaré -respondió el Adivinador.

Vuelva si quiere, animal. No me malinterprete: le tengo miedo, y creo que no me falta razón para ello, pero no piense que voy a exteriorizarlo. De mí no recibirá esa satisfacción.

– Eso espero -dijo el desconocido-. Eso espero, no le quepa duda.

Pero el Adivinador nunca volvió a verlo, aunque pensó en él a menudo, y una o dos veces en los años que le quedaron de vida, mientras estaba en el paseo y evaluaba a los transeúntes, se sintió observado y tuvo la certeza de que, en algún lugar cercano, el desconocido lo miraba; quizá por diversión o quizá, como con frecuencia temía el Adivinador, arrepentido de permitir que la verdad sobre él se hubiera revelado de ese modo, y deseando enmendar el error.

Dave Glovsky el Adivinador murió en 1997, casi cincuenta años después de llegar por primera vez a Old Orchard Beach. Les habló del desconocido a quienes estuvieron dispuestos a escucharle, les habló del hedor a grasa que despedía, de la mugre bajo las uñas y de las manchas de color cobre en la camiseta. La mayoría de quienes le prestaron oídos se limitaron a menear la cabeza ante lo que, creían, era sólo un intento más por parte de un feriante de alimentar su leyenda; pero algunos lo escucharon con atención y encomendaron sus palabras a la memoria, y las hicieron correr para que otros estuvieran alerta por si regresaba aquel hombre.

El Adivinador, claro está, tenía razón: el hombre volvió años después, en efecto, a veces por iniciativa propia y a veces por órdenes de otros, y quitó vidas pero también creó una. Sin embargo, cuando regresó por última vez, atrajo las nubes y se envolvió en ellas a modo de capa, oscureciendo el cielo a su paso, buscando la muerte y el recuerdo de una muerte en los rostros de los demás. Era un hombre roto y, en su cólera, rompería a otros.

Era Merrick, el vengador.