"La señorita Smila y su especial percepción de la nieve" - читать интересную книгу автора (Høeg Peter)

6

Me gustaría entender a Benja. En este momento, más que nunca.

No fue siempre así. No siempre quise entender, por encima de todo. Al menos me digo a mí misma que no siempre fue así. Cuando llegué a Dinamarca por primera vez, experimenté los fenómenos. En su horror, o su belleza, o en su gris tristeza. Pero sin sentir ninguna necesidad fuerte de explicármelos.

A menudo, Isaías no había comido cuando llegaba a casa. Juliana estaba sentada a la mesa con sus amigos y había cigarrillos y risas y lágrimas y un uso excesivo de alcohol, pero, sin embargo, no había ni tan sólo una miserable moneda de cinco coronas para comprar unas patatas fritas. Nunca se quejó. Nunca protestó ante su madre. Nunca se enfadó. Paciente, callado, alerta, se escurría de entre las manos tendidas y se iba. Para encontrar, de ser posible, otra solución. Algunas veces, el mecánico estaba en casa; otras, lo estaba yo. Podía permanecer sentado en mi salón, durante una hora o más, sin decir que tenía hambre. Sometido por un extremo, acaso estúpido, sentido de la cortesía groenlandesa.

Cuando cocinaba para él, cuando hervía una caballa y le ofrecía una pieza entera de kilo y medio, depositándola en el suelo sobre un papel de periódico y él, con la ayuda de ambas manos, sin mediar palabra, con una minuciosidad metódica, se comía todo el pescado; se comía los ojos, succionaba el cerebro, lamía la espina dorsal y trituraba las aletas con los dientes; entonces, me invadían las ganas de explicar. De intentar entender la diferencia entre la educación en Dinamarca y en Groenlandia, respectivamente. Con el fin de llegar a comprender los dramas sentimentales -humillantes, agotadores y monótonos- mediante los que se encadenan los padres e hijos europeos en un odio y una dependencia mutua. Y para llegar a entender a Isaías.

En lo más hondo de mi ser, sé que el querer comprender lleva a la ceguera; que el deseo de entender lleva implícito una brutalidad que borra aquello que anhela la razón. Únicamente la experiencia es sensible. Pero, en tal caso, tal vez yo sea débil y brutal al mismo tiempo. Nunca he podido dejar de intentarlo.

Benja parece haberlo recibido todo. Conocí a sus padres en una ocasión. Son esbeltos, delicados, tocan el piano y hablan varios idiomas. Y cada verano, cuando la escuela del Teatro Real cerraba sus puertas y ellos viajaban al sur, a su casa en la Costa Esmeralda, solían llevar consigo al mejor profesor de ballet francés para que éste tiranizara a Benja cada mañana en la terraza, entre las palmeras, porque así lo había querido ella misma.

Es de suponer que una persona que nunca ha sufrido ni le ha faltado nada que valiera la pena mencionar, se tranquilizaría, acabando por reposar en sí misma. Durante una larga temporada creo que también la estuve juzgando equivocadamente. Cuando se paseaba por los salones delante de Moritz y de mí, sólo con unas braguitas pequeñas, cubriendo las lámparas con pañuelos rojos de seda porque la luz la deslumbraba e irritaba los ojos; y cuando le proponía una serie interminable de citas a Moritz y las volvía a cancelar porque, decía, que ese día necesitaba ver a gente de su edad; entonces yo estaba convencida de que se trataba de un juego entre ambos. Que ella, sobre una ola misteriosa de seguridad en sí misma, ponía a prueba su juventud, su belleza y su capacidad de atracción ante Moritz, que era casi cincuenta años mayor.

Un día fui testigo de cómo le exigía a Moritz que cambiara los muebles de sitio para que ella pudiera disponer del espacio suficiente para bailar. Contra lo esperado, él se negó.

En un primer momento, ella no podía creérselo. Su bello rostro y sus ojos oblicuos en forma de almendra y su frente recta bajo los tirabuzones brillaban ebrios de victoria. Pero luego entendió que él no pensaba dar su brazo a torcer, que no sucumbiría bajo sus deseos. Tal vez fue la primera vez que esto ocurría en su relación. Primero, palideció de ira contenida y, después, su rostro se resquebrajó. Sus ojos se llenaron de desesperación; vacíos, abandonados; su boca se selló en un llanto ahogado, infantil y desesperado que, sin embargo, no quería fluir.

Entonces vi que ella lo amaba. Que, debajo de la coquetería suplicante, había un amor semejante a una operación militar capaz de soportar cualquier cosa y que libraría cualquier batalla blindada que fuera necesario librar, exigiéndolo todo a cambio. Fue entonces cuando también pensé, que, tal vez, siempre me odiaría. Y que ella tenía la batalla perdida de antemano. En algún lugar recóndito de Moritz se esconde un paisaje al que ella nunca podrá acceder. La tierra de sus sentimientos hacia mi madre.

O tal vez esté equivocada. En este momento, ahora mismo, me viene a la mente que ella, a pesar de todo, ha salido vencedora. Si así fuera, yo sería la primera en reconocer que se ha esforzado, que no se ha quedado de brazos cruzados. Que no se ha limitado a seguir meneando su pequeño tutú. Nada de limitarse a enviar miradas lánguidas y enamoradizas desde el escenario al patio de butacas donde suele sentarse Moritz, esperando que surjan efecto a la larga. Nada de confiar en sus influencias en casa y en el seno de la familia. Si, hasta ahora, no lo sabía, ahora lo sé. En Benja hay energía bruta.

Estoy en medio de la nieve, junto al muro de la casa, mirando a través de la ventana de la despensa. Allí, Benja está sirviendo un vaso de leche. La encantadora, flexible Benja. Y se lo ofrece a un hombre que ahora aparece en mi campo visual. Es la Uña.


Llego por la calle Strand, desde la estación de Klampenborg, y es un verdadero milagro que lo haya visto porque he tenido un día muy pesado. Esta mañana no he podido soportarlo más, me he levantado y me he recogido el pelo y mi vendaje, un simple bálsamo para la llaga debajo de un gorro de esquí. Me he puesto unas gafas de sol y un abrigo de lodden y he cogido el tren hasta la Estación Central y, desde allí, he llamado al mecánico, pero nadie contesta.

Entonces he paseado por los muelles, desde el muelle Told hasta Langelinje, con el fin de ordenar mis ideas. Cerca del puerto Norte, hago una serie de compras y encargo el envío de una caja al domicilio de Moritz. Luego, hago una llamada desde una cabina telefónica. Una llamada que sé que constituye una acción decisiva en mi vida.

Sin embargo, por alguna extraña razón, significa muy poco para mí. Bajo determinadas circunstancias, las decisiones importantes, incluso fatales, las cuestiones de vida o muerte, caen en la vida de cada uno con una ligereza y una indiferencia casi apáticas. Mientras que las pequeñas cosas, insignificantes, como, por ejemplo, la manera en que nos aferramos a aquello que, de todos modos, ha terminado, nos resultan decisivas. Lo que, para mí, resulta importante en este día es volver a ver el puente de Knippel, que he cruzado con él en coche, y La Incisión Blanca, donde he dormido con él, y la Sociedad Criolita, y la calle de Skudehavn, por donde hemos paseado cogidos de la mano. Desde la cabina de la estación del puerto Norte, vuelvo a llamarle. Me contesta un hombre. Pero no es él. Es una voz serena y controlada, anónima.

– ¿Sí?

Aprieto el auricular contra la oreja. Entonces cuelgo. Consulto el listín telefónico. No encuentro su taller de coches. Tomo un taxi hasta la plaza de Toftegaard y bajo andando por la avenida de Vigerslev. No hay ningún taller. Desde una cabina, llamo al colegio profesional. El hombre que me atiende es amable y paciente. Sin embargo me dice que nunca ha estado registrado ningún taller de coches en la avenida de Vigerslev.

Hasta este momento no me doy cuenta de lo expuestas que están las cabinas telefónicas. Llamar desde una es como exponerse una misma a ser reconocida inmediatamente.

En el listín de teléfonos constan dos direcciones del Centro para la Investigación y el Desarrollo. Una en el Instituto de August Krogh y otra en la Escuela Superior Técnica de Dinamarca, en Lundtoftesletten. Supongo que la biblioteca y el secretariado se encontrarán en la segunda dirección.


Tomo un taxi hasta la calle de Kampmann, hasta el Registro Mercantil Central. La sonrisa del muchacho, su corbata y su ingenuidad son las mismas.

– Me alegra volver a verte -me dice.

Le muestro el recorte de periódico.

– Tú sueles leer periódicos extranjeros. ¿Te acuerdas de esto?

– El suicidio -dice-. Todo el mundo se acuerda. La secretaria del consulado saltó desde un tejado. El tipo al que detuvieron había estado intentando convencerla de que no lo hiciera. El asunto planteó cuestiones de principio en cuanto a la indefensión de los daneses en el extranjero.

– ¿No recordarás, por casualidad, el nombre de la secretaria?

Se le llenan los ojos de lágrimas.

– Estudié derecho internacional en el mismo curso que ella. Una chica espléndida. Se llamaba Ravn. Natalia Ravn. Ingresó en el Ministerio de Justicia. Se rumoreaba, entre bastidores, que ella podría llegar a ser la primera Directora General de la Policía.

– Ya no hay nada secreto -digo en parte para mis adentros-. Si ocurre algo en Groenlandia, ese algo está relacionado con otra cosa que ocurrió en Singapur.

Me contempla sin comprender y con ojos tristones.

– No has venido a verme a mí -me dice-. Viniste por esto.

– No vale la pena conocerme -digo, y mientras lo digo estoy convencida de que es así.

– Me recuerda a ti. Misteriosa. Tampoco era una mujer que pudieras imaginarte tras un escritorio. No llegué a entender nunca que, de repente, acabara como secretaria en Singapur. Depende de otro Ministerio.

Tomo el tren hasta la estación de Lyngby y, desde allí, un autobús. De alguna manera, me recuerda la época en que tienes diecisiete años. Crees que la desesperación te detendrá por completo, te paralizará, pero, no es así. Se incrusta en algún lugar oscuro de tu interior, obligando al resto del sistema a que funcione, a que realice tareas prácticas que, tal vez, no sean importantes, pero que, a pesar de todo, te mantienen ocupada; que te aseguran que, de alguna manera, sigues estando viva.

Entre los edificios, la nieve yace con un grosor de un metro; sólo han desalojado unos estrechos pasillos.

El Centro para la Investigación y el Desarrollo no está todavía instalado definitivamente. En la recepción han colocado un mostrador, pero lo han vuelto a cubrir porque están pintando el techo. Les explico lo que estoy buscando. Una mujer me pregunta si he solicitado hora para utilizar la base de datos. Le contesto que no. Sacude la cabeza, todavía no han inaugurado la biblioteca. Los archivos del centro están guardados en UNI C, en el Centro de Información para la Investigación y la Educación de Dinamarca, el sistema informático de las escuelas superiores, al que no tiene acceso el público en general.

Doy algunas vueltas alrededor de los edificios durante algún tiempo. Conozco el sitio por mis tiempos de estudiante. Los cursos de agrimensura se impartían aquí. El tiempo ha ido modificando la zona. La ha hecho más dura y extraña de como la recordaba. O quizá sea simplemente el frío. O yo misma.

Paso por delante del edificio de Informática. Está cerrado pero, al salir un grupo de estudiantes, me introduzco en él. En el aula central hay, tal vez, unos cincuenta terminales. Espero un rato. En el momento en que, por fin, entra un señor mayor, le sigo. Cuando toma asiento ante un terminal, estoy detrás de él, muy atenta. No me ve. Permanece detrás de la pantalla durante una hora. Entonces se va. Me siento delante de un terminal libre y aprieto una tecla. La máquina escribe «Log on user id?» Yo escribo «LTH3», tal como lo hizo el señor mayor. La máquina me contesta: «Welcome to Laboratoriet for teknisk hygiejne. Your password?«Tecleo «JPB». Tal como hizo el señor mayor. La máquina me contesta con un «Welcome Mr. Jens Peter Bramslev».

A mi «Centro para la Investigación del Desarrollo», la máquina contesta con un menú. Uno de los títulos es «Library». Tecleo «Toerk Hviid». Sólo hay un título. «Una hipótesis sobre el exterminio de la vida submarina en el océano Ártico en relación con el incidente Álvarez».

Ocupa alrededor de las cien páginas. Las ojeo un poco por encima. Hay tablas cronológicas. Fotografías de fósiles. Ni las fotos ni los pies de foto son inteligibles en el bajo nivel de resolución de la pantalla. Hay diversas curvas. Algunos mapas diagramáticos geológicos del actual estrecho de Davis en diversos momentos de su creación. Todo en general me parece incomprensible. Salto hasta el final.

Detrás de una larga bibliografía, encuentro un breve resumen del contenido del artículo.


«El artículo toma como punto de partida la tesis de los años setenta del físico y Premio Nobel Luis Álvarez, según la cual el contenido de iridio en una estría de arcilla entre sedimentos de creta y terciarias en Gubbio, en los Apeninos septentrionales, y en el acantilado de Stevns, en Dinamarca, es demasiado alto como para que no se deba a la caída de un meteorito de gran tamaño.

»Álvarez presume que el impacto tuvo lugar hace sesenta y cinco millones de años, que el meteorito tenía un diámetro de entre seis y catorce kilómetros y que éste explosionó al chocar con la Tierra, liberando una energía de una magnitud de cien millones de megatoneladas de TNT. La nube de polvo resultante eclipsó totalmente la luz del sol durante un período de, por lo menos, varios días. En este período, diversas cadenas tróficas se colapsaron. El resultado fue que una gran parte de los microorganismos marinos y submarinos se extinguieron, hecho que repercutió, asimismo, en los animales carnívoros y herbívoros.

»El artículo reflexiona, basándose en algunos hallazgos del autor en el mar de Barents y en el estrecho de Davis, sobre la posibilidad de que la radiación resultante de la explosión producida por el impacto del meteorito contra la Tierra, puede explicar una serie de mutaciones entre algunos parásitos marinos en los períodos tempranos del Paleoceno. Asimismo, discurre sobre la posibilidad de que dichas mutaciones puedan ser las causantes de la extinción en masa de algunos animales marítimos mayores.»


Vuelvo atrás en el documento. El lenguaje es claro y conciso; el estilo, pulido, casi transparente. Sesenta y cinco millones de años parecen, de cualquier manera, muchísimo tiempo atrás.


Cuando tomo el tren de vuelta, se ha hecho de noche. El viento arrastra una nieve ligera consigo, pirhuk. Lo registro como si estuviera anestesiada.

En la ciudad se adquiere una manera especial de contemplar el mundo exterior. Una visión enfocada de manera selectiva. Cuando tienes que abarcar un desierto o una superficie de hielo con la vista, miras de una manera distinta. Dejas que los detalles queden fuera de foco en favor de una visión general. Una mirada de este tipo observa una realidad diferente. Si contemplas un rostro de esta manera, éste empieza a descomponerse en una serie cambiante de máscaras.

Para este tipo de vista, la vaharada exhalada por una persona, el velo formado por las gotas enfriadas que, en temperaturas inferiores a los 8 °C, se crea en el aire expirado, no se limita a ser simplemente un fenómeno que existe a cincuenta centímetros de la boca. Es algo amplio, extenso; una modificación estructural del espacio que rodea a un ser de sangre caliente; un aura de desplazamientos térmicos mínimos pero, sin embargo, manifiestos. He visto a cazadores disparar contra liebres de los Alpes en una noche de invierno sin estrellas, a doscientos cincuenta metros de distancia, apuntando únicamente a la neblina que las rodeaba.

Yo no soy cazadora. Y mi interior está dormido. Acaso esté cercana a la resignación. Pero, sin embargo, lo percibo cuando estoy a cincuenta metros, antes de que él me haya oído. Está de pie, entre dos columnas de mármol que flanquean la verja que lleva hasta el portal desde la calle Strand.

En el barrio de Noerrebro, la gente está en las esquinas y en los portales, allí no tiene importancia. En la calle Strand, en cambio, es significativo. Además, me he vuelto hipersensible. Me desprendo, pues, del abandono en el que me había sumido, doy unos pasos atrás y me introduzco en el jardín de los vecinos.

Encuentro el agujero que hay en el seto, que tantas veces he encontrado de pequeña, me escurro a través de él y espero. Tras un par de minutos, veo al otro. Se ha colocado en la esquina, cerca de la casa del portero, donde el camino de grava de la entrada conduce hasta la casa.

Vuelvo sobre mis pasos hasta el lugar desde el que puedo acercarme a la puerta de la cocina sin ser vista por ninguno de los dos. La visibilidad ha empezado a disminuir. La tierra negra entre los rosales está tan dura como la piedra. El baño de los pájaros está incrustado en un enorme cúmulo de nieve.

Camino pegada a los muros de la casa y me viene a la mente el hecho de que yo, que tantas veces me he sentido perseguida, no tenga, tal vez, nada de qué quejarme.

Moritz está solo en el salón, puedo verle a través de la ventana. Está sentado en la silla baja de madera de roble, agarrando el brazo con fuerza. Sigo mi ronda alrededor de la casa, paso por delante de la puerta principal y a lo largo de la parte trasera hasta donde sobresale la galería. Hay luz en la despensa. Allí veo a Benja. Está sirviéndose un vaso de leche fría. Reconfortante en una noche como ésta, en la que hay que velar y esperar. Subo por la escalera de incendios. Lleva hasta el balcón de la habitación que antaño fue mía. Entro y avanzo a tientas. Han traído la caja que envié; está en el suelo, en medio de la habitación.

La puerta que da al pasillo está abierta. En el vestíbulo, Benja acompaña a la Uña hasta la puerta principal.

Le veo cruzar el camino de grava como una sombra en la oscuridad.

Han aparcado en el garaje, por supuesto. Moritz ha movido un poco el coche que usa a diario para dejarles espacio suficiente. Los ciudadanos deben ayudar a la policía en todo lo posible.

Me deslizo sigilosamente escaleras abajo. Las conozco, por lo que no hago ruido. Llego al vestíbulo, lo cruzo, pasando por delante del guardarropa, y me introduzco en el saloncito. Allí está Benja. No me ve. Está mirando por la ventana, contemplando el Oresund. Las luces del puerto de Tuborg, Suecia y el fuerte Flak. Canturrea. Sin sentir verdadera alegría y sin relajarse. Pero, sin embargo, intensamente. Esta noche, piensa, esta noche acabaré con Smila. La groenlandesa de postín.

– Benja -digo.

Se da la vuelta rápidamente, como cuando baila. Pero entonces se queda paralizada.

No digo nada pero hago un gesto con el brazo y, con la cabeza gacha, ella me lleva hasta el salón.

Me quedo de pie en el vano de la puerta, donde las largas cortinas me protegen de las miradas de la calle.

Moritz levanta la cabeza y me ve. No cambia de semblante. Sin embargo, su cara se encoge, se amarga.

– Fui yo.

Benja se ha deslizado a su lado. Él le pertenece.

– Fui yo la que les llamé -insiste.

Él se pasa la mano por la barba. No se ha afeitado esta noche. Los cañones de la barba son negros, con algunas motas grises. Su voz es baja y resignada.

– Nunca he dicho que fuera perfecto, Smila.

Ha dicho millones de veces que lo era, pero no tengo ánimos para recordárselo. Por primera vez noto que es viejo. Que en algún momento, quizá no demasiado lejano, morirá. Durante unos instantes, resisto a los embates pero entonces me rindo y me sobreviene la compasión. En este momento tan mísero y lamentable.

– Te están esperando fuera -dice Benja-. Te van a llevar con ellos. No perteneces a este lugar.

No puedo evitar cierta admiración por ella. Puedes encontrar un poco de esa misma locura en las osas polares, cuando defienden a sus crías.

Moritz parece no haberla oído. Su voz sigue siendo baja, introvertida. Como si, en realidad, estuviera hablándose, sobre todo, a sí mismo.

– Deseaba tanto la tranquilidad. Quería tener a la familia a mi alrededor. Pero no lo logré. Nunca lo he logrado. Pierdo el control de las cosas. Cuando vi la caja que trajeron esta tarde, entendí que volvías a marcharte. Como todas aquellas veces en las que te escapaste. Soy ya demasiado viejo para salir en tu busca y traerte de vuelta a casa. Tal vez también me equivoqué entonces haciéndolo.

Sus ojos están inyectados en sangre cuando me mira.

– No quiero que desaparezcas, Smila.

Cualquier vida encierra una posibilidad de esclarecimiento. Esta oportunidad Moritz la ha quemado, la ha desperdiciado. Los conflictos que ahora lo sujetan, presionándole contra el asiento del sillón, los tenía ya cuando estaba en la treintena, cuando me conoció, cuando se convirtió en mi padre. Todo lo que ha hecho la edad, ha sido mermar sus fuerzas para enfrentarse a ellos.

Benja se pasa la lengua por los labios.

– ¿Quieres salir tú misma -me dice- o prefieres que yo los traiga hasta aquí?

Hasta donde alcanza mi memoria, siempre he intentado abandonar esta casa, este país. Cada vez la existencia lo ha utilizado a él como su herramienta inanimada, carente de voluntad propia, para que me trajera de vuelta. En este instante se hace evidente, como nunca desde que era una niña, que la libertad de elección es una ilusión; que la vida nos conduce a través de una serie de confrontaciones amargas, involuntariamente cómicas e iterativas, con aquellos problemas que no hemos sabido resolver. En otras circunstancias y en otro momento, acaso hubiera podido sonreír. Ahora mismo estoy demasiado cansada. Agacho, pues, la cabeza, disponiéndome a rendirme.

Entonces Moritz se levanta de la silla.

– Benja -dice-, tú te quedas aquí.

Ella lo mira sorprendida.

– Smila -me dice-, ¿qué debo hacer?

Nos medimos el uno al otro con los ojos entornados. En su interior hay algo que se viene abajo.

– El coche -digo-. Lleva el coche a la puerta trasera. Lo suficientemente cerca, para que puedas transportar la caja que envié esta tarde, sin que lo vean. Y para que yo pueda meterme y echarme en el suelo delante del asiento trasero.

Cuando él abandona el salón, Benja se sienta en su silla. Su rostro es distante, inexpresivo, parece estar muy lejos. Oímos que el coche se pone en marcha, sale del garaje; suena el crujir de las ruedas sobre la gravilla delante de la puerta. El sonido de la puerta. Los pasos cautelosos, cansados de Moritz portando la caja hasta el coche.

Al volver a entrar, lleva unas botas de agua, un impermeable y una gorra de lana. Sólo permanece un instante en la puerta. Entonces se da la vuelta y sale.

Me levanto y Benja me sigue despacio. Entro en el saloncito donde está el teléfono y marco un número. Cogen el teléfono enseguida.

– Voy para allá -digo, y después cuelgo.

Cuando me doy la vuelta, Benja está detrás de mí.

– En cuanto os vayáis, saldré y les enviaré detrás de vosotros.

Me acerco a ella. Con el pulgar y el índice le agarro, a través de las mallas, el pubis y aprieto todo lo que puedo. Cuando abre la boca, la agarro con la otra mano por el cuello y le cierro la tráquea. Sus ojos se hacen grandes y están muy asustados. Se desploma sobre las rodillas y yo la sigo, hasta que estamos arrodilladas en el suelo, una delante de la otra. Es más robusta y pesa más que yo, pero su fuerza y su perfidia se encuentran en otro plano distinto al mío. En el Teatro Real no se aprende a conferirle una expresión física a la ira.

– Benja -susurro-, déjame en paz.

Vuelvo a apretar. Sobre su labio superior aparecen unas gotas de sudor.

Entonces la suelto. No despega los labios, no sale ni una sola palabra de su boca. Su rostro está vacío por el terror.

La puerta del vestíbulo está abierta. Justo delante de ella, espera el coche. Me deslizo a gatas hasta el fondo del vehículo. Sobre el asiento trasero está mi caja. Moritz me cubre con una manta y se sienta en el asiento del conductor.

Delante del garaje, se detiene el coche. Moritz baja la ventanilla.

– Muchas gracias por su colaboración -dice la Uña.

Entonces nos vamos.


El Club de Esquí Acuático de Skovshoved tiene una rampa ancha de madera que baja desde el muelle hasta el agua. Allí nos está esperando Lander. Lleva un traje de navegación impermeable de una sola pieza que se introduce en las botas. Es negro.

Negra es también la lona que lleva encima del coche. No es el Jaguar, sino un Land Rover alto.

Negra es, asimismo, la lancha de goma que está amarrada debajo de la lona. Una Zodiac de tela cauchutada con fondo de madera. Moritz quiere ayudar pero no le da tiempo. De un ligero tirón, el hombrecito vuelca la lancha desde el techo del coche, la caza al vuelo con la cabeza y, en un movimiento fluido, la empuja por la rampa.

Del maletero saca un motor fueraborda, lo deposita en el interior de la lancha y finalmente lo ajusta en el armazón de popa.

Los tres levantamos la lancha para meterla en el agua. En mi caja, encuentro unas botas de agua, un pasamontañas, guantes de piel sintética y un mono que me pongo encima de la ropa.

Moritz no nos acompaña hasta la rampa, sino que permanece detrás de la valla.

– ¿Puedo hacer algo por ti, Smila?

Es Lander quien contesta.

– Puede irse lo antes posible.

Entonces desatraca y pone en marcha el motor. Una mano invisible agarra la lancha por debajo y nos transporta lejos de la costa. La nieve está cayendo copiosamente. Después de escasos segundos, la silueta de Moritz desaparece por completo. Justo en el momento en que se da la vuelta y se dirige al coche.

Lander lleva un compás en la muñeca izquierda. En un pasillo de visibilidad que se forma momentáneamente en medio de la nevada, se percibe Suecia. Las luces de Taarbaek. Y como manchas flotantes, algo más claras en la oscuridad, dos barcos que están fondeados entre la costa y el canal de navegación. Al noroeste del fuerte Flak.

– El barco que está a estribor es el Kronos.

Sólo tras un gran esfuerzo, soy capaz de separar a Lander de su despacho, su alcoholismo, sus zapatos alzados, sus trajes de etiqueta. El dominio con que maniobra la lancha entre el oleaje, que, a medida que nos alejamos de la costa, se hace más recio, me resulta impensable e insólito.

Intento orientarme. Hay una milla hasta el canal de navegación. Dos balizas de camino. Los faros en la entrada del puerto de Tuborg. Del puerto de Skovshoved. Los faros sobre las colinas de la carretera de Strand. Un barco portacontenedores de camino hacia el sur.

Cuando la nevada bloquea la visibilidad, le corrijo el rumbo dos veces. Me mira con una mirada escrutadora, pero acaba obedeciendo. No hago ningún intento de explicarle nada. ¿Qué podría contarle?

Se levanta una débil brisa. Nos golpea con frías y duras gotas de agua salada en nuestras caras. Nos arrastramos hasta el fondo de la lancha y nos apoyamos el uno contra el otro. La pesada Zodiac baila sobre el mar rizado. Lander apoya su boca en mi pasamontañas, que me he subido.

– Foejl y yo estuvimos juntos en la Marina de Guerra. En el Cuerpo de Submarinistas. Teníamos veintipocos años. Si eres una persona inteligente, sólo a esa edad puedes soportar tanta mierda. Durante medio año estuvimos levantándonos a las cinco de la mañana. Nadábamos un kilómetro en aguas heladas y corríamos durante una hora y media. Hacíamos saltos nocturnos sobre el agua, a cinco kilómetros de la costa de Escocia, y yo soy prácticamente hemerálope, apenas veo nada de noche. Arrastrábamos aquellos botes de goma de la mierda por los bosques daneses, mientras los oficiales se nos meaban encima, intentando reestructurar nuestra psique para que pudieran sacar buenos soldados de nosotros.

Pongo la mano sobre su brazo que sostiene el timón y corrijo el rumbo. A quinientos metros delante de nosotros, el buque portacontenedores nos corta la proa, con una luz de estribor verde y tres blancas en el árbol de luces.

– Normalmente son los pequeños, los que suelen defenderse mejor. Los de mi tamaño. Éramos nosotros los únicos capaces de seguir adelante siempre. Los grandes hacían un solo levantamiento y ya estaban acabados. Entonces nos veíamos obligados a cargarlos en el bote de goma y llevárnoslos a rastras. Pero con Foejl era distinto. Foejl era grande. Pero tan rápido como si fuera pequeño. No lograban agotarle. Nunca pudieron con él en los cursos de interrogatorios. Simplemente se limitaba a mirarles amablemente, tal como tú lo conoces. Y no cedía ni un solo milímetro. Un día, nos sumergimos debajo del hielo. Estábamos en invierno. El mar estaba cubierto por el hielo. Habíamos tenido que volar el hielo haciendo un agujero en él. Ese día había una corriente muy fuerte. En el descenso me encontré con una corriente fría. Este tipo de cosas pueden ocurrir. El agua condensada del aire espirado se congeló, bloqueando las válvulas de los tanques de aire. En ese momento, todavía no había colocado la cuerda de seguridad para poder volver a encontrar el agujero en el hielo. Suele suceder cuando buceas debajo del hielo. Si estás a dos metros, ya no lo ves. Caí presa del pánico. Perdí la cuerda. Me pareció que ya no podía ver el agujero. Debajo del hielo todo es verdoso, brillante, del color del neón. Tuve la sensación de ser absorbido hasta el Reino de las Sombras. Noté cómo me atrapó la corriente, llevándome hacia abajo y hacia afuera. Me contaron, posteriormente, que Foejl lo vio. Y que cogió un cinturón de plomo en una mano y saltó al agua sin botellas de oxígeno. Únicamente con una cuerda en la mano, porque ya no quedaba tiempo para más. Y se sumergió detrás de mí. Dio conmigo a doce metros por debajo del hielo. Pero llevaba un traje seco. Esto significa que la presión del agua oprime la goma contra la piel y hay que añadir una atmósfera por cada diez metros de descenso. Al llegar a una profundidad de aproximadamente diez metros, el canto de goma atravesó la piel de sus muñecas y tobillos. Lo que mejor recuerdo de nuestro ascenso son las nubes de sangre.

Estoy pensando en las cicatrices alrededor de sus muñecas y sus tobillos, negras como abrazaderas de hierro.

– También fue él quien me sacó el agua de los pulmones. Y quien me practicó la respiración artificial. Tuvimos que esperar mucho tiempo. Sólo disponían de un pequeño helicóptero propulsado por turbinas a reacción y las condiciones eran pésimas. Me aplicó un masaje cardíaco y respiración artificial durante toda la vuelta.

– ¿La vuelta a dónde?

– Al estrecho de Scoresby. Estábamos de maniobras en Groenlandia. Hacía frío. Pero a él le gustaba.

La nieve nos encierra entre unas rejas caóticas, en una confusión de rayas oblicuas.

– Ha desaparecido -digo-. He intentado llamarle por teléfono. Es un extraño el que coge el teléfono. Quizás haya sido encarcelado.

Un minuto antes de que aparezca entre la nieve, percibo la presencia del barco. La tracción del casco en las cadenas del ancla; el desplazamiento paulatino de toda esa enorme masa flotante.

– Olvídalo, tesoro. Es lo que hemos tenido que hacer los demás.

En el lado de babor han extendido un corto puente flotante bajo una sencilla luz amarilla, al final de una escalerilla muy empinada. No apaga el motor pero abarloa y estabiliza la lancha, sujetándose a una viga de hierro.

– Si quieres, puedes volver conmigo, Smila.

Hay un algo conmovedor en él; como si hasta este momento no se hubiera dado cuenta de que hemos dejado de jugar hace ya mucho tiempo.

– Lo que pasa es que, en realidad -digo-, no tengo nada por lo que volver.

Yo misma lanzo mi caja al puente. Cuando la sigo y, una vez allí, me giro, permanece un instante mirándome; una pequeña silueta que sube y baja en un movimiento de baile causado por la enorme lancha. Entonces me da la espalda y zarpa.