"Error Humano" - читать интересную книгу автора (Palahniuk Chuck)De donde viene la carne Uno tarda un par de horas en darse cuenta de qué le pasa a todo el mundo. Son las orejas. Parece que uno haya aterrizado en un planeta donde casi todo el mundo tiene las orejas rotas y aplastadas, derretidas y encogidas. No es lo primero que salta a la vista de esta gente, pero cuando uno se fija, ya no ve nada más. – Para la mayoría de los luchadores, las orejas deformadas son como tatuajes -dice Justin Petersen-. Son como signos de estatus. Es algo que en la comunidad se contempla con orgullo. Quiere decir que uno le ha dedicado tiempo. – Te pasa cuando vienes aquí y peleas y te manosean todo el tiempo las orejas -dice William R. Groves-. Lo que sucede es que de tanto manosearlas y manosearlas, de la abrasión, el cartílago se separa de la piel y, al separarse así, la oreja se llena de sangre y fluidos. Al cabo de un tiempo se vacía, pero el calcio solidifica sobre el cartílago. Muchos luchadores lo ven como una especie de emblema de la lucha, un emblema necesario de la lucha. Sean Harrington dice: – Es como una estalactita o algo así. La sangre se filtra lentamente en la oreja y se apelmaza. Luego se hace otra herida y un poco más de sangre se filtra y se apelmaza, y poco a poco la oreja va quedando irreconocible. Hay tipos que lo ven así, está claro, como un emblema de valor, un emblema de honor. – Yo creo que sí es un emblema de honor -dice Sara Levin-. Así se reconoce a los luchadores. Es otra de esas cosas que hacen que una persona sea tu igual. Y es un vínculo. Es parte del curro. Las orejas. Es parte del juego. Es la naturaleza del deporte, como cicatrices, como heridas de guerra. Petersen dice: – Yo tenía un compañero de equipo que antes de irse a la cama se sentaba y se pasaba diez minutos dándose puñetazos en las orejas. Se moría de ganas por tener orejas deformes. – Yo me las he vaciado un montón de veces -dice Joe Calavitta-. Tengo jeringuillas y, cuando se me hinchan, me dedico a vaciarlas. Y es que se llenan, se llenan de sangre. Y mientras las vayas vaciando antes de que la sangre se endurezca, se puede ir evitando, más o menos. Te lo puede hacer un médico, pero entonces tienes que ir todo el tiempo a la consulta, así que es mejor conseguir las jeringuillas y hacerlo uno mismo. Petersen, Groves, Harrington y Calavitta practican la lucha amateur. Levin es la coordinadora de eventos masculinos de lucha americana, el organismo del gobierno central para la lucha amateur. Lo que tiene lugar en esta página no es lucha, es escritura. En el mejor de los casos, se trata de una postal enviada durante un fin de semana caluroso y seco en Waterloo (Iowa). De donde viene la carne. De los Preolímpicos de la Región Norte, el primer paso, donde por veinte dólares cualquier hombre puede competir por una oportunidad de entrar en el equipo olímpico americano de lucha. El torneo nacional ya ha terminado, igual que los demás torneos regionales, así que esta es la última oportunidad de clasificarse para las finales. Algunos de estos hombres han venido para luchar contra otros luchadores universitarios ahora que la temporada regular ha terminado. Para algunos de estos hombres, cuyas edades oscilan entre los diecisiete y los cuarenta y uno, esta va a ser la última oportunidad de conseguir una plaza para los Juegos Olímpicos. Como dice Levin: – Aquí verás el final de un montón de carreras. Aquí todo el mundo te habla de la lucha amateur. Es el deporte por excelencia, te dicen. El más antiguo. El más puro. El más duro. Es un deporte al que hombres y mujeres atacan por igual. Es un deporte que está muriendo. Es una secta. Es un club. Es una droga. Es una fraternidad. Una familia. Para toda esta gente, la lucha amateur es un deporte in- comprendido. – En el atletismo, uno corre de aquí hasta allí. En el baloncesto, uno mete la pelota por el aro -dice el tricampeón mundial Kevin Jackson-. La lucha tiene dos estilos distintos, además de los estilos tradicional y universitario, lo que conlleva tantas reglas que el público general no puede seguirlo. – No hay animadoras correteando, no cae confeti del techo y Jack Nicholson no está en la tribuna -dice el antiguo luchador universitario y miembro del equipo del ejército Butch Wingett-. Lo que te encuentras es un montón de tipos canosos que pueden ser granjeros o gente a la que han despedido de la planta de John Deere. – Creo que los luchadores somos unos incomprendidos -dice Lee Pritts, que practica la lucha libre en la categoría de cincuenta y cuatro kilos-. En realidad es un deporte elegante. Y muchas veces se considera brutal. La lucha tiene una propaganda muy negativa. – Ahora mismo, la gente no entiende el deporte -dice Jackson-. Y si uno no entiende algo o no sabe quién compite, no le presta atención. – La gente no le da a este deporte el respeto que se merece porque piensan: «Bah, son dos tíos rodando por el suelo», y creo que se equivocan -dice el luchador Tyrone Davis, tres veces campeón de la Asociación Nacional de Deportistas Universitarios, que practica la lucha grecorromana en la categoría de ciento treinta kilos-. Es más que dos tíos rodando por el suelo. Básicamente la lucha es como la vida. Hay que tomar muchas decisiones. La colchoneta es tu vida. Cuando uno vuela a Waterloo (Iowa), la ciudad resulta ser idéntica al mapa que aparece en su página web, plana y atravesada por autopistas. En el Young Arena, cerca del centro vacío y reseco de la ciudad, y durante todo el día previo a los pesajes, entran luchadores de vez en cuando para preguntar si hay una sauna en la ciudad. ¿Dónde está la báscula? El Young Arena es donde los ancianos van entre semana para caminar vueltas y más vueltas por la pista cubierta y con aire acondicionado. Durante un combate de diecisiete minutos, los luchadores pierden hasta medio kilo por minuto. Se cuentan historias de entrenamientos como la de uno que se puso a correr pasillo arriba y abajo en un vuelo de línea, pese a las protestas de la tripulación. Acto seguido empezó a hacer flexiones de brazos en la zona de servicio del avión. Un viejo truco para luchadores de instituto es pedir permiso para ir al baño durante todas las clases para ponerse a hacer flexiones de brazos colgado del borde superior de las paredes de los retretes, dejando que la parte afilada del borde te haga callos en las manos. O la historia de otro que se dedicaba a correr por las tribunas de las pistas de baloncesto en pleno partido, pasando por entre los fans furiosos, a fin de alcanzar el peso requerido al día siguiente. En 1998, dice Wingett, tres luchadores universitarios murieron por deshidratación al intentar bajar de peso con suplementos de creatina. – No creo que exista ningún deporte con unos entrenamientos tan duros o agotadores -dice Kevin Jackson-. Pasar por ello es una buena cura de humildad. Primero te machacan en la sala de entrenamiento. Y luego te agotas corriendo por la pista o subiendo a la carrera las escaleras del estadio. Wingett me habla de largas carreras en pleno verano donde tres luchadores se turnan: dos persiguen a una camioneta que el tercero conduce con las ventanillas cerradas y la calefacción encendida. – Se acaba adoptando un sistema -dice Justin Petersen, que a los diecisiete años ha visto cómo le rompían la nariz más de quince veces-. Piensas: puedo beberme este cartón de leche, puedo comerme ese bagel y para esta hora del día ya lo habré sudado, después podré beberme ese sorbo de agua sin pasarme del peso. Aprendes a calcularlo exactamente. Lee Pritts y Mark Strickland, luchador de estilo libre en la categoría de setenta y seis kilos que lleva «Strick» tatuado en el brazo, se han traído a la ciudad sus bicicletas estáticas y están sudando su peso en la habitación 232 del Hartland Inn. Un tercer amigo, Nick Feldman, ha venido para darles apoyo moral y masajes cuando sus cuerpos se quedan tan deshidratados que empiezan los calambres musculares. Feldman, antiguo luchador universitario que ha venido desde Mitchell, Dakota del Sur, dice: – La lucha es como un club en el que cuando entras ya no puedes salir. – Los demás deportistas de la universidad, los jugadores de baloncesto y los jugadores de fútbol americano, dicen que «la lucha no es tan dura», pero se apuntan al equipo y no duran más de una semana -comenta Sean Harrington, que se ha pasado los últimos seis meses entrenando en Colorado Springs para poder competir en lucha libre en la categoría de setenta y seis kilos. Dice: – Siempre nos enorgullecemos del hecho de que trabajamos más duro que nadie y no tenemos ninguna clase de reconocimiento. O sea, aquí no hay fans. La mayoría del público son padres y madres. No es un deporte popular. – Cuando iba a la universidad lloraba mucho porque era muy duro y nunca se me dio muy bien -dice Ken Bigley, de veinticuatro años, que empezó a luchar en primer curso y ahora es entrenador en la Universidad Estatal de Ohio-. Me preguntaba muchas veces por qué lo hacía. Una analogía que suelo usar es que es como una droga. Uno se vuelve adicto. A veces te das cuenta, te das cuenta de que no es bueno para ti, sobre todo emocionalmente, de que es una de esas prácticas demasiado duras o de esas competiciones negativas, pero sigues viniendo. Si no lo necesitara no estaría aquí. No se gana dinero. No se obtiene ninguna gloria. Supongo que lo único que se persigue es la excitación. Sean Harrington dice: – Llevo tanto tiempo en esto que no me acuerdo de cómo era el dolor antes de dedicarme a la lucha. Dice Lee Pritts, de veintiséis años, entrenador en la Universidad de Missouri: – Es raro. Te metes en la ducha después de un torneo y sueles tener la cara tan vapuleada de luchar todo el día que cuando el agua te toca te escuece. Y sin embargo, si te tomas una semana de descanso lo echas de menos. Echas de menos el dolor. Después de una semana de descanso ya tienes ganas de volver porque echas de menos el dolor. El dolor es tal vez una de las razones por las que la tribuna está casi vacía. La lucha amateur no es fácil de ver. Tal vez sea la versión en carne y sangre de un combate de cosechadoras. Durante el primer minuto de su primer combate, las Navidades pasadas, Sean Harrington se rompió la muñeca. Las lesiones de Keith Wilson incluyen el hombro, el codo, la rodilla, el tobillo derecho y una hernia discal entre las vértebras C5 y C6. Siete operaciones en total. En su casa, en un frasco de formol, el luchador juvenil Mike Engelmann de Spencer (Iowa), guarda una astilla traslúcida de cartílago que los cirujanos le sacaron del menisco. Es su amuleto de la buena suerte. Lo han operado nueve veces. Hablando de su nariz, Ken Bigley dice: – A veces apunta a la izquierda y a veces a la derecha. Un médico con una camiseta naranja en la que puede leerse «Centro de Lesiones Deportivas» dice: – La tiña es increíblemente común entre estos tipos. Una de las normas más antiguas, dice, es que los luchadores tienen que arrodillarse y limpiar su propia sangre con un espray de lejía. – Sus abuelos no paran de decir todo el tiempo que «es una locura» -dice el ingeniero de software David Rodrigues, que ha venido con su hijo de diecisiete años Chris, cuatro veces campeón del estado de Georgia y quinto del mundo en los Juegos Juveniles celebrados el año pasado en Moscú. »Ha tenido lesiones -dice, y las enumera-. Elongación de rodilla, elongación de codo, un ligero desgarro en un músculo de la espalda, se ha roto una mano, un dedo de la mano y un dedo del pie y se ha hecho un esguince en la rodilla, pero hemos visto cosas peores. Hemos visto cómo se llevaban a chavales en camilla. Fracturas de clavícula, brazos rotos, piernas rotas y cuellos rotos. ¡Dios nos libre! En Georgia teníamos a un chico que se rompió el cuello. Esa es la clase de heridas que uno reza para que nunca pasen, pero al mismo tiempo todos entendemos que es la naturaleza del deporte. – Y el diente que se me rompió -dice su hijo Chris. Y David Rodrigues dice: – Se le rompió un diente y se le quedó en la cabeza del otro chico, clavado en su cabeza. Sobre la madre de Chris, David Rodrigues dice: – Mi mujer solamente va a un par de torneos al año. Va a los estatales y luego a los nacionales, pero no quiere ir a muchos porque le dan miedo las lesiones. No quiere estar presente cuando se haga daño. A Chris ya le han pegado los incisivos. Dentro de unos días, Chris Rodrigues se romperá la mandíbula en las eliminatorias del equipo mundial juvenil. Justin Petersen dice: – Hay una foto de mí después del torneo estatal del año en que yo iba a segundo curso. Acababa de darme de bruces contra la rodilla de un tío, de manera que tenía un lado de la cara todo hinchado, y el otro lado estaba raspado por la colchoneta. Muy desagradable. Te sale una costra y la costra se rompe cada vez que mueves los músculos faciales. Y me había vuelto a romper la nariz, así que tenía una bola de algodón metida en los orificios nasales. Y me había hecho otro esguince en el hombro, así que tenía una bolsa enorme de hielo encima. Acababa de terminar mi último combate y alguien me sacó una foto. Timothy O’Rourke, que hoy lucha por primera vez después de diecinueve años, ha venido sin su mujer. – No quiere ver cómo me hago daño -dice-. Rodando por el suelo con esos tiparracos… Tiene miedo de ver cómo me hacen daño, así que se ha quedado en el hotel. En el caso del luchador de grecorromana Phil Lanzatella, fue su mujer la primera que detectó su lesión y le salvó la vida. – Yo me marchaba a Suecia y Noruega y mi mujer me abrazaba y tenía su cabeza contra mi pecho -dice-. Yo acababa de volver del Centro de Entrenamiento Olímpico. Y ella, que mide poco más de metro cincuenta, me dijo: «El corazón te hace un ruido raro. Mejor será que te lo hagas mirar». Así que fui a urgencias. Tenía desgarrada una válvula cardíaca. Lanzatella dice: – En resumidas cuentas, fui a urgencias el domingo por la noche y el martes de la semana siguiente me comunicaron que necesitaba una operación inmediata a corazón abierto. Lo único que pudieron aventurar fue que era culpa de la lucha libre. Uno de los mejores cirujanos del mundo, el que me operó, me dijo que en toda su carrera solo había visto una lesión como la mía. Me dijeron que lo más parecido a un desgarro de válvula es darse de cabeza contra el volante de un coche a cien kilómetros por hora. La válvula cardíaca estaba desgarrada por tres sitios, en forma de V, con otro desgarro horizontal hacia el punto medio de la V, y eso obligaba al corazón de Lanzatella a bombear cinco veces más deprisa de lo normal para mantener el ritmo. Aquello fue en febrero de 1997. Phil Lanzatella se había clasificado para las eliminatorias olímpicas todos los años desde 1980, que fue su momento álgido, cuando todavía era adolescente pero ya un luchador de primera fila, salía con la hija de Walter Móndale e iba a participar en las Olimpiadas de Moscú. Las Olimpiadas que boicoteamos aquel año. Así pues, las opciones de Phil eran una válvula mecánica, una válvula trasplantada de un cerdo o una válvula humana recuperada. La válvula recuperada era la opción que le permitiría seguir compitiendo. Después de aquello ejerció como entrenador ayudante en escuelas secundarias y universidades locales. Empezó a encontrarse mejor y a aumentar un poco su actividad. – No se lo dije a mi mujer. Un día llegué a casa y le dije: «Eh, Mel, ¿qué te parece si vuelvo a luchar?», y ella dijo: «Me parece muy bien si quieres dejarme viuda. No voy a volver a pasar por eso». Pero al final se acostumbró a la idea. Llevan quince años casados. A la postre, Melody Lanzatella le dijo: «Si vas a hacerlo, entonces tienes que ganar». De momento, Phil no ha ganado. No se clasificó en el torneo regional del Sur. – Quedé décimo en el torneo nacional, en Las Vegas, y se clasificaban los ocho primeros. En Tulsa se me averió la furgoneta -dice- y me perdí los pesajes. Me quedé tirado en la autopista. Así que esta es la hora de la verdad. Literalmente. Así que para Phil Lanzatella, de treinta y siete años, esta es su última oportunidad de llegar a los Juegos Olímpicos después de varias décadas de entrenamiento y competición. Es la última oportunidad para Sheldon Kim, de veintinueve años, venido de Orange County (California), que trabaja a tiempo completo como analista de inventarios y ha venido con su mujer, Sasha, y su hija de tres años, Michaela. En estos momentos está muy ocupado intentando perder un kilo extra antes de que terminen los pesajes. Es la última oportunidad para Trevor Lewis, de treinta y tres años, interventor de la Universidad Estatal de Pensilvania con un máster en ingeniería y arquitectura, que ha venido con su padre. Es la última oportunidad para Keith Wilson, de treinta y tres años, que va a ser padre de un niño dentro de dos semanas y se entrena dos o tres veces al día como parte del programa del ejército World Class Athlete. Es la última oportunidad para Michael Jones, de treinta y ocho años, de Southfield (Michigan), cuyo primer proyecto fílmico, Dice Jones: – Mi cuerpo no puede aguantar otros cuatro años de lucha a este nivel. Como suelo decir, empiezan a fallarme las piernas. La espalda está empezando a darme problemas. No quiero llegar a los cincuenta y andar encorvado y con bastón. Está claro que estas van a ser mis últimas Olimpiadas. Es la última oportunidad para el antiguo luchador universitario Timothy O’Rourke, de cuarenta y un años, que luchó por primera vez en 1980 y dice: – Lo vi en internet y pensé: Qué demonios, voy a probar. A pesar de todo lo que hay en juego, el ambiente no es tanto de torneo de lucha como de reunión familiar. Keith Wilson ha venido del Centro de Entrenamiento Olímpico de Colorado Springs para competir en lucha grecorromana en la categoría de setenta y seis kilos. – No me guardo nada dentro -dice-. Estoy feliz todo el tiempo. Y si me estreso, tengo una válvula de escape que no está nada mal. Puedo venir aquí y darle una paliza a alguien sin meterme en líos por ello. Cuando luchas quieres sangre, pero cuando salimos de la colchoneta los dos volvemos a ser amigos. – Es casi como una familia -dice Chris Rodrigues-. Uno conoce a todo el mundo. Yo conozco a todo el mundo. Te reúnes con gente a la que conoces y todo el mundo tiene la oportunidad de conocerse en los grandes torneos nacionales. El nacional juvenil y el nacional que tienen lugar cada año. Es como tener una gran conexión con todo el mundo. Yo conozco a gente en Moscú y Bulgaria. Conozco a gente de todo el mundo. Su padre, David, añade: – Forma parte de una fraternidad y, cuando se vaya a Michigan y se gradúe en empresariales y tal vez lo deje y nunca más vuelva a luchar en su vida, se encontrará con otro tío que luchó en la misma época y la camaradería siempre estará ahí. Sean Harrington dice: – Cuando conoces por primera vez a otro luchador, por ejemplo en un viaje, es como eso que dicen de que la gente que tiene un Corvette siempre se saluda con la mano. Lo mismo pasa con la lucha. Hay camaradería porque uno sabe por lo que ha pasado el otro. – Hay que concentrar la energía para el combate -dice Ken Bigley-. Cuando estamos sobre la colchoneta, solamente queremos partirnos la cara los unos a los otros, pero cuando no estamos luchando, sabemos por lo que estamos pasando porque todos pasamos por lo mismo. Por mucho que te concentres en darle una paliza a tu adversario, por mucho que en la colchoneta seamos enemigos, por muy fuerte que le vayas a pegar, en cuanto dejamos de luchar nos convertimos en gente no violenta, a la que simplemente le gusta un deporte violento. Nick Feldman lo llama «violencia elegante». Durante los combates, los luchadores se tumban alrededor de las colchonetas para mirar. Vestidos con sudaderas holgadas. Permanecen juntos, abrazados entre ellos o bien entrelazados practicando llaves, con esa clase de intimidad tranquila que ya solamente se ve en los anuncios de moda masculina. En los anuncios para revistas de Abercrombie amp; Fitch o de Tommy Hilfiger. Nadie parece necesitar «espacio personal». Nadie está a la defensiva. – Somos hermanos -dice Justin Petersen, que a los diecisiete años tiene una media de matrícula de honor y dirige su propia empresa de marketing en internet-. Comemos juntos. Cuando almorzamos es con los demás luchadores y lo único que hacemos es hablar del hambre que pasamos y de que no podemos esperar a que pasen los pesajes para comer esto o aquello. De cuántos decagramos vamos a perder en un día. Nick Feldman dice: – En general, los luchadores se sienten más cómodos con otros luchadores. No hay demasiados egos hinchándose por todas partes porque todo eso no son más que fantasmadas. Lo nuestro viene a ser lo contrario de la NBA. – El calvario -dice Sara Levin-. Es el resultado de estar sufriendo el mismo calvario. Sabes que hay un tío en Rusia que está pasando por lo mismo que este tío de aquí, intentando bajar de peso para el encuentro. Todos tienen que hacer lo mismo para llegar al combate. Existe un vínculo por el hecho de que no es un deporte glamouroso. No estamos ganando montones de dinero. Ya se sabe que somos unos pringados. Y hasta se parecen como si fueran hermanos. Muchos tienen las narices rotas. Las orejas deformes. Muchos tienen una especie de aspecto pastoso y hervido de tanto sudar y caerse de cara. Están todos musculados como un diagrama de anatomía. La mayoría parecen tener la frente ceñuda. – En nuestra sala de combates solemos tener la calefacción alta -dice Mike Engelmann, cuyas largas pestañas contrastan con su ceño-. Lo que se consigue así es limpiar el cuerpo. Lo sudas todo. Bebes más y lo vuelves a sudar, y eso hace que se te hundan un poco los ojos y las mejillas, y al final lo único que te sobresale es la frente. Te da un aspecto que a mí me gusta, porque demuestra que estás trabajando duro. Ese rollo de hermandad parece terminarse cuando el árbitro hace sonar el silbato. El sábado, a pesar de todos los años de preparación, el torneo de estilo libre se termina en un momento. Joe Calavitta pierde y queda fuera de las Olimpiadas. En la competición juvenil, Justin Petersen gana y en cuanto sale de la colchoneta vomita. La poca gente que hay en la tribuna aplaude. La mujer de Sheldon Kim, Sasha, va repitiendo, sin levantar mucho la voz: – Vamos, Shel, vamos, Shel, vamos, Shel… – Cuando estás ahí, cara a cara con tu adversario -dice Timothy O’Rourke-, no puedes oír lo que está pasando en la tribuna. O’Rourke es inmovilizado en cinco segundos. Sheldon Kim pierde. Trevor Lewis gana el primer combate pero pierde el segundo. Chris Rodrigues gana el primer combate. El hermano menor de Sheldon Kim, Sean, pierde ante Rodrigues. Mark Strickland se enfrenta a Sean Harrington, con Lee Pritts de entrenador en una esquina. Strickland va perdiendo y pide tiempo muerto, y le grita a Pritts con la cara fruncida, como si ya estuviera llorando: – ¡Le voy a romper las costillas! – Los tipos más duros que conozco lloran después de los combates porque ponen mucho en ellos -dice Joe Calavitta. Lee Pritts dice: – Se desarrolla una relación tan íntima con tus compañeros de entrenamiento que acaban siendo como tu familia, y si salen y pierden un combate, si pierden un combate importante, entonces se te rompe el corazón. Strickland pierde ante Harrington. – Odio verlo perder -dice Pritts-, Lo he visto tener tantos éxitos que cuando pierde me destroza. Pritts gana su combate. Chris Rodrigues gana su segundo combate. Ken Bigley gana el primer combate y el segundo, pero pierde el tercero. Rodrigues pierde el tercer combate y queda fuera del torneo de estilo libre. Sean Harrington y Lee Pritts se clasifican para la final preolímpica de Dallas. Un médico se niega a decir la cifra de músculos elongados, huesos rotos y articulaciones dislocadas. Todo eso, dice, es «altamente confidencial». Y el torneo de lucha libre se termina hasta dentro de cuatro años. Esa noche, en un bar, un luchador que no ha ganado dice que lo ha jodido un árbitro para favorecer a un héroe local y que la Federación Americana de Lucha tendría que importar árbitros imparciales de otras partes. Ese mismo luchador habla de ir a Japón a ganar veinte mil dólares en un combate de artes marciales mixtas «sin reglas» y luego usar el dinero para crear una empresa conjunta que combine clubes de topless y torneos de lucha amateur. – Muchos de estos tipos acaban haciendo lucha sin reglas porque se gana mucho dinero -dice Sara Levin-, Tenemos atletas olímpicos que se dedican a eso. Kevin Jackson se dedica a eso. Y la mitad de nuestro equipo de grecorromana de 1996. No me emociona que sea la salida profesional de nuestros muchachos, pero es la única opción que tienen. El luchador del bar dice que puede meter clandestinamente en el país el dinero de Japón sin pagar impuestos. Planea evitar las leyes estatales sobre la lucha profesional pagando a los luchadores en negro. Firma autógrafos para los niños. Es un tipo enorme y nadie se muestra en desacuerdo con nada de lo que dice. Y eso que no para de hablar. A la mañana siguiente, domingo, hay aparcado delante del Young Arena un vehículo militar de reclutamiento de los marines y de un par de altavoces gigantes sale música heavy metal a todo volumen mientras dos reclutadores con uniformes de marines permanecen de pie al lado. Dentro del estadio, las colchonetas están colocadas una sobre otra, en pilas de a dos, a modo de preparación para el torneo de lucha grecorromana. – A mucha gente le da miedo la grecorromana -dice Michael Jones-, Yo tardé años en que me gustara, porque me daba miedo. Es por los lanzamientos. Hay algunos lanzamientos tremendos. Phil Lanzatella se viste para el combate, con la cicatriz de su operación a corazón abierto recorriéndole el centro del pecho. Explica que por lo menos la tercera y última rotura de válvula cardíaca tuvo lugar probablemente mientras estaba practicando lucha grecorromana con Jeff Green en el Centro de Entrenamiento Olímpico en 1997. – Yo pesaba unos ciento treinta kilos y Green venía a pesar unos ciento veinte, así que entre los dos sumábamos unos doscientos cincuenta volando por los aires a no sé cuántos kilómetros por hora. Retorciéndonos y dando vueltas. Y estábamos al lado de unos tipos más pequeños. En aquel sitio estábamos todos muy pegados. Y ellos levantaron las manos y los pies -dice-. Y nosotros veníamos volando y girando por el aire y yo aterricé justo en el pie de un tío. Lanzatella dice: – Lo sentí. Me di cuenta de lo que había pasado, pero no me detuve a pensar mucho en ello. Me había llevado porrazos peores que aquel. Hoy hay quien habla del lado oscuro de la lucha, de cómo alguien entró con una cámara escondida en los pesajes del torneo de las Midlands unos años atrás y los mejores luchadores del mundo acabaron saliendo desnudos en internet. La gente cuenta que los luchadores amateurs son acosados por fans obsesionados. Que los han llamado de madrugada. Que los han seguido. Que los han matado. – Sé que se ha hablado mucho -dice Butch Wingett-. DuPont se pasó mucho tiempo yéndole detrás a Dave Schultz. El antiguo luchador universitario Joe Valente dice: – Este deporte no es nada respetado. La gente cree que son un montón de maricas que solo quieren sobarse. En el momento de empezar la competición grecorromana no hay nadie en la tribuna. Keith Wilson gana su primer combate y pierde el segundo, pero a pesar de todo irá a las finales preolímpicas porque ya se había clasificado en el torneo nacional. Chris Rodrigues gana un solo combate y se clasifica para las finales preolímpicas de lucha grecorromana. El único estudiante de secundaria que se clasifica. Ya con su padre después del combate, dice: – Es genial. Todavía voy al instituto. Voy a volver a casa y contaré a todos mis amigos que voy a ir a los preolímpicos de Dallas. Phil Lanzatella gana su primer combate por tres a cero. En su segundo combate, Phil empata a cero en el primer tiempo, cede un punto a su oponente en el segundo y pierde el combate en la prórroga. Ya quedan pocos luchadores en el evento. La gente se está marchando, cogiendo aviones. Mañana es lunes y todo el mundo tiene que estar de vuelta en el trabajo. Sean Harrington es contratista de pintores. Tyrone Davis es operador de una planta de aguas en la localidad de Hempstead (Nueva York). Phil Lanzatella es portavoz de la empresa que le instaló la válvula en el corazón y representante de cuentas publicitarias para la Time Warner. Lanzatella está sentado en el extremo más alejado de la arena mientras terminan los últimos combates de consolación. Sus zapatillas de lucha están tiradas a unos metros. – Tengo lo que merecía -dice-. No he estado entrenando lo bastante duro. Ahora tengo otras prioridades. Mi mujer. Mis hijos. Mi trabajo. Dice: – Es la última vez que estas zapatillas entran en acción. Dice: – A lo mejor me paso al golfo algo así. Sheldon Kim dice: – Probablemente esto se ha acabado para mí. Tengo otras prioridades. Tengo una niña. Después de esto, se acabó. Ya he aprendido lo bastante de este deporte como para saber hasta dónde he llegado. Los luchadores abandonan «la familia» para concentrarse en sus familias. Ya casi no queda nadie en el Young Arena. – La lucha tiene una especie de culto de seguidores -dice William R. Graves, que esta noche se vuelve en coche a la Universidad Estatal de Ohio, donde está terminando el último año de su doctorado en física-. Vienen tus amigos. Viene tu familia. Y creo que mucha gente ve la lucha como un deporte aburrido. Justin Petersen dice: – Es un deporte que agoniza. He oído decir que el boxeo está un poco peor, pero la lucha le anda a la zaga. Hay muchas universidades que están cerrando sus programas de lucha. También está perdiendo popularidad en los institutos. No le quedan muchos años, por lo que dice la gente. – Sobre todo está muriendo en el ámbito universitario -dice Sean Harrington-, Pero he leído que en el infantil, entre los niños, es más popular que nunca. Hay muchos niños que están entrando en la lucha porque los padres saben lo que les puede dar a sus hijos. Dice: – Es todo culpa del Apartado Nueve. En los veinticinco años desde que se aprobó la ley federal que obliga a las universidades a ofrecer igualdad de oportunidades en el deporte para hombres y mujeres, un total de cuatrocientas sesenta y dos escuelas cancelaron sus programas de lucha. – El Apartado Nueve es un factor importante -dice Mike Engelmann-. A todas esas universidades les están jodiendo los programas de lucha porque tenemos que tener igualdad en el número de deportes. No quiero parecer sexista ni nada así, pero yo no creo en eso. Incluso el campeón olímpico Kevin Jackson dice: – Tengo un hijo que está empezando a luchar un poco, pero ya practica taekwondo, fútbol y baloncesto, y no veo claro lo de presionarlo para que luche porque es mucho trabajo a cambio de una recompensa muy pequeña. Todavía sentado junto a sus zapatillas en el estadio casi vacío, Phil Lanzatella habla de sus hijos: – Es más, yo los pondría a jugar al golfo al tenis. Algo sin contacto físico que dé un montón de dinero. Jackson dice: – Hay mucha gente por todo el país que ha luchado o que conoce a alguien que ha luchado. Y que tiene algún vínculo con la lucha. Simplemente tenemos que promocionar mejor a nuestros deportistas para que la gente que ve la tele pueda establecer ese vínculo. – Esos tipos… -dice Engelmann-. Estoy seguro de que sus hijos también van a luchar. Y por eso va a sobrevivir el deporte. Yo quiero tener hijos, y no los voy a presionar ni nada, pero confío en que quieran dedicarse a la lucha. Phil Lanzatella también tiene que coger un avión. – Tal vez toda esa energía se pueda canalizar en forma de beneficios monetarios -dice. Ha recibido una oferta para escribir un libro-. Ahora tengo tiempo para reflexionar y está claro que tengo historias. Desde mil novecientos setenta y nueve hasta ahora. Presentarme a legislador estatal… Salir con la hija de Móndale cuando boicoteamos los Juegos Olímpicos en mil novecientos ochenta… Formar parte de cinco equipos olímpicos… Algo que nadie ha hecho. Sí, hay muchas historias. Recoge sus zapatillas y dice: – Todavía tengo que llamar a mi mujer… – Es estupendo cuando lo dejas -dice el entrenador de lucha en institutos Steve Knipp-. Tu vida es tan dura cuando estás en activo que cuando dejas de controlarte el peso y te pones a comer, disfrutas de la comida como nunca en tu vida. O cuando simplemente te sientas, nunca has disfrutado tanto de ese sillón. O cuando bebes un vaso de agua, nunca has disfrutado tanto del agua. Y ahora Lanzatella, Harrington, Lewis, Kim, Rodrigues, Jackson y Petersen, con sus orejas, y Davis, Wilson, Bigley, con sus orejas deformes como estalactitas, se dispersan por el ancho mundo y empiezan a integrarse en él. En sus trabajos. En sus familias. Donde solamente serán reconocidas por otros luchadores. Keith Wilson dice: – Es una familia pequeña, pero todos nos conocemos. Y tal vez la lucha amateur esté muriendo, pero tal vez no. En las finales preolímpicas de Dallas hay 50.170 espectadores con entrada y empresas patrocinadoras de peso como The Bank of America, AT amp;T, Chevrolet y Budweiser. En Dallas, un luchador pide permiso para llevar a cabo un antiguo ritual que marque el último combate de su carrera. De acuerdo con la tradición, el luchador deja sus zapatillas en el centro de la colchoneta y las cubre con un pañuelo. Mientras el público guarda silencio, el luchador besa la colchoneta y deja sus zapatillas atrás. Sean Harrington dice: – Tengo un amigo que solía decirme: «Si yo luchara sería el mejor. Sé que sería el mejor. Sé que podría». Pero no lo hizo. Nunca. Así que siempre podía creer que podría haber sido el mejor, pero la verdad es que nunca se puso las zapatillas ni salió a intentarlo. Dice: – Lo importante es que lo has hecho, que te has puesto una meta y has ido a por ella, que nunca has sido uno de esos que dicen «Yo podría», «Si yo hubiera querido…». Lo has hecho de verdad. Ninguno de los mencionados en este artículo llegó al equipo olímpico. |
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