"Juntos, Nada Más" - читать интересную книгу автора (Gavalda Anna)16– ¿Tenías piojos? -le preguntó Mamadou. Camille se estaba poniendo la bata. No tenía ganas de hablar. Demasiados pedruscos, demasiado frío, demasiada fragilidad. – ¿Estás de morros? Camille negó con la cabeza, sacó su carrito del cuarto de la basura y se dirigió hacia los ascensores. – ¿Vas a la quinta? – Mmmm… – ¿Y por qué siempre te toca a ti la quinta? ¡Eso no es normal! ¡No te dejes! ¿Quieres que hable yo con la jefa? ¡A mí no me importa armar un buen pollo! ¡Lo armo si quieres, ¿eh?! – No, gracias. La quinta planta, o cualquier otra, me da exactamente lo mismo… A las chicas no les gustaba esa planta porque era la de los jefes y los despachos cerrados. Las otras, las de los «open espeis», como decía la Bredart, eran más fáciles, y sobre todo más rápidas de limpiar. Bastaba con vaciar las papeleras, pegar las sillas contra la pared, y pasar la aspiradora por toda la sala. Ni siquiera hacía falta ir con cuidado, te podías permitir chocar contra las patas de los muebles porque eran de mala calidad y a todo el mundo le traía sin cuidado. En la quinta plata, cada habitación exigía todo un ceremonial, era un fastidio: vaciar las papeleras, los ceniceros, las trituradoras de papel, limpiar los escritorios con la orden de no tocar nada, de no cambiar de sitio ni un clip, y por si eso fuera poco, también había que apechugar con los saloncitos anexos y los despachos de las secretarias. Esas brujas que pegaban Post-it por todas partes, como si se dirigieran a sus propias asistentas, ellas que ni siquiera podían permitirse el lujo de tener una asistenta en sus casas… En las plantas inferiores, los ejecutivos dejaban sus cosas más o menos limpias y ordenadas, pero aquí quedaba mejor no mover un dedo. Se trataba de demostrar que estaban desbordados, que seguramente se habían marchado del despacho porque no tenían más remedio, pero podían regresar en cualquier momento para recuperar su lugar, su cargo y sus responsabilidades y volver a tomar las riendas de este mundo. Bueno, por qué no… suspiraba Camille. Pase, podía ser. Cada uno tenía sus propias quimeras… Pero había uno, allá, al fondo del pasillo a la izquierda, que estaba empezando a tocarle las narices de mala manera. Pez gordo o no, ese tío era un guarro, y Camille ya estaba empezando a hartarse. Aparte de ser un puerco, su despacho apestaba a desprecio. Diez veces, o incluso cien, había vaciado y tirado innumerables vasitos de plástico donde flotaban siempre algunas colillas, y había recogido trozos rancios de bocadillo, pero esa noche, no. Esa noche, Camille no tenía ganas. Juntó pues todos los desperdicios del tío ese, sus viejas tiritas llenas de pelos, sus miasmas, sus chicles pegados en el borde del cenicero, sus cerillas y sus papeles arrugados, los reunió en un montoncito sobre su bonita carpeta de piel de cebú, y le dejo una notita: – ¿Y tú de qué te ríes? -preguntó Carine extrañada. – De nada. – Mira que eres rarita tú, eh… – ¿Qué toca ahora? – Las escaleras del B… – ¿Otra vez? ¡Pero si las hemos limpiado hace nada! Carine se encogió de hombros. – ¿Vamos? – No. Hay que esperar a la Superior para el informe… – ¿El informe de qué? – No sé. Parece que utilizamos demasiado producto… – A ver si se aclaran… El otro día, que si no usábamos bastante… Voy a fumarme un cigarro a la calle, ¿te vienes? – Hace demasiado frío… Camille salió pues sola, y se apoyó en una farola. Cayó entonces en la cuenta de qué tendría que haberle contestado antes a Mathilde Kessler cuando ésta le preguntó, con un deje de excitación en la voz, en qué consistía su vida en ese momento. Hala. En eso consistía. |
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