"El camino blanco" - читать интересную книгу автора (Connolly John)PrólogoDos hombres pararon en la gasolinera de Cebert Yaken, LA PEQUEÑA GASOLINERA MÁS SIMPÁTICA del SUR, muy cerca de la ribera del río Ogeechee, en la carretera que lleva a Caina. Cebert había pintado aquel letrero de un rojo y un amarillo chillones en 1968 y, desde entonces, subía cada año a la azotea el primer día de abril para darle una mano de pintura, a fin de que el sol no pudiera ensañarse jamás con el letrero y decolorar su mensaje de bienvenida. Día tras día, el letrero proyectaba su sombra en el solar vacío, en los macetones de flores, en los brillantes surtidores de gasolina y en los cubos que Cebert tenía siempre llenos de agua para que los conductores pudieran limpiar los restos de insectos de los parabrisas. Más allá había unos campos baldíos, y, a principios del caluroso septiembre, la calima que ascendía del asfalto hacía que los árboles del sasafrás danzaran, espejeantes, en el aire inmóvil. Las mariposas se confundían con las hojas caídas: las anaranjadas mariposas dormilonas, las blancas mariposas escaqueadas y las azules mariposas con cola del este se agitaban tras el paso de los vehículos como si fueran las velas de unos barcos de vivos colores que se balancearan en un mar agitado. Desde el taburete que estaba junto a la ventana, Cebert veía llegar los coches y comprobaba si las matrículas eran de otro estado para, de ser así, preparar una cordial bienvenida al viejo estilo sureño, servir quizás algunos cafés y donuts o bien deshacerse de algunos mapas turísticos cuyas cubiertas amarilleadas por el sol indicaban el fin inmediato de su utilidad. Cebert llevaba la indumentaria previsible: un mono azul con su nombre bordado en el lado izquierdo del pecho y una gorra de propaganda de la empresa Beef Feeds echada hacia atrás como un toque de informalidad. Tenía el pelo blanco y un largo bigote que se curvaba de forma pintoresca sobre el labio superior y cuyas puntas casi se le unían en la barbilla. A sus espaldas, la gente murmuraba que parecía como si un pájaro acabase de salir volando de la nariz de Cebert, aunque nadie lo decía con mala intención. La familia de Cebert había vivido en aquella región durante varias generaciones y Cebert era uno de los suyos. En las ventanas de la gasolinera ponía anuncios de picnics y de rastrillos benéficos donde se vendían pasteles y hacía donaciones para cualquier buena causa. Si el hecho de vestirse y de comportarse como el abuelo Walton le ayudaba a vender un poco más de gasolina y un par de chocolatinas más, pues mejor para Cebert. Encima del mostrador de madera, detrás del que Cebert se sentaba un día sí y otro también, a lo largo de los siete días de la semana, compartiendo las tareas con su mujer y su hijo, había un tablón de anuncios encabezado por la siguiente frase: «¡Mira quién se dejó caer por aquí!». Cientos de tarjetas de visita estaban clavadas en él. Había más tarjetas en las paredes, en los marcos de las ventanas y en la puerta que comunicaba con la pequeña oficina trasera. Miles de don nadies que pasaban por Georgia, en su ruta para vender tinta para fotocopiadoras o productos para el cuidado del pelo, le habían dado al viejo Cebert su tarjeta como recuerdo de su visita a LA PEQUEÑA gasolinera más simpática del sur. Cebert nunca las quitaba, de modo que las tarjetas habían ido acumulándose hasta el punto de formar estratos, como si se tratase de una roca. Si bien algunas habían ido cayéndose con el paso de los años o habían ido a parar detrás de las cámaras frigoríficas, por lo general, si los don nadies pasaban de nuevo por allí al cabo de unos años, acompañados de pequeños don nadies, era casi del todo probable que encontrasen sus tarjetas sepultadas bajo cientos de ellas, como una reliquia de la vida de la que una vez disfrutaron y de la clase de hombre que fueron. Pero los dos hombres que llenaron el tanque de gasolina y que echaron agua al radiador de su mierda de Taurus, justo antes de las cinco de la tarde, no eran de esos que dejan su tarjeta de visita. Cebert se dio cuenta enseguida de ese detalle y sintió que algo se le revolvía en las tripas cuando aquellos dos hombres le miraron. Se comportaban de un modo que sugería una amenaza que ni se molestaban en disimular, un peligro potencial tan evidente como una pistola amartillada o una espada desenvainada. Cebert apenas los saludó con la cabeza cuando entraron y tuvo buen cuidado de no pedirles su tarjeta. Aquellos hombres no querían que los recordaran, y cualquier persona inteligente, como lo era Cebert, haría bien en darse la maña de olvidarlos en cuanto pagaran la gasolina (en efectivo, por supuesto) y la última mota de polvo que levantase su coche volviese al suelo. Porque si unos días después decidieras recordarlos, tal vez cuando la poli llegase haciendo preguntas y pidiéndote que los describieras, entonces, bueno, ellos podrían enterarse y decidir también acordarse de ti. Y la próxima vez que alguien se dejase caer por el establecimiento del viejo Cebert sería para llevarle flores, y el viejo Cebert no tendría que darle palique ni venderle un descolorido mapa turístico, porque el viejo Cebert estaría muerto y nunca más tendría que preocuparse de sus mercancías amarillentas ni de la pintura descascarillada del letrero. De modo que Cebert tomó el dinero y vio cómo el más bajo de los dos, el tipejo blanco que había echado agua al radiador cuando llegaron a la gasolinera, echó un vistazo a los discos compactos más baratos y a los escasos, libros de bolsillo que había en un expositor junto a la puerta. El otro, un negro alto que llevaba una camisa negra y unos vaqueros de marca, miraba con aire despreocupado los ángulos del techo y las estanterías que estaban detrás del mostrador, cargadas hasta arriba de paquetes de cigarrillos. Cuando comprobó que no había ninguna cámara de vigilancia, sacó la cartera y, con la mano enguantada en piel, cogió dos billetes de diez dólares para pagar la gasolina y dos refrescos. Esperó con paciencia a que Cebert le diese el cambio. El coche era el único que había en el surtidor. Tenía matrícula de Nueva York, y tanto la matrícula como el coche estaban bastante sucios, de manera que Cebert no pudo apreciar mucho más que la marca, el color y la estatua de la señora Libertad oteando a través de la mugre. – ¿Necesitan un mapa? -preguntó Cebert, esperanzado-. ¿Tal vez una guía turística? – No, gracias -dijo el negro. Cebert hurgó en la máquina registradora. Sin saber por qué, las manos empezaron a temblarle. Nervioso, se sorprendió a sí mismo iniciando justo el tipo de conversación idiota que se había jurado evitar. Le daba la impresión de hallarse fuera de su propio cuerpo, viendo cómo un viejo tonto con unos bigotes caídos se hablaba a sí mismo dentro de una tumba prematura. – ¿Van a quedarse por aquí? – No. – Entonces me temo que no volveremos a vernos. – Puede que tú no. Había algo en el tono de voz de aquel hombre que hizo que Cebert levantase la vista de la caja registradora. Le sudaban las manos. Sacó con rapidez una moneda de un cuarto de dólar con el dedo índice y dejó que se deslizara por la cuenca de su mano derecha antes de dejarla caer de nuevo en la caja registradora. El negro seguía, muy tranquilo, al otro lado del mostrador, pero Cebert sintió una opresión inexplicable en la garganta. Parecía como si aquel cliente fuese dos personas a la vez: una de ellas vestida con vaqueros negros y camisa negra, con un leve deje sureño en la voz, y la otra una presencia invisible que se había colocado detrás del mostrador y que constreñía poco a poco las vías respiratorias de Cebert. – O puede que volvamos alguna vez -prosiguió-. ¿Estarás aquí todavía? – Eso espero -carraspeó Cebert. – ¿Crees que te acordarás de nosotros? Lo preguntó como quien no quiere la cosa, con algo que podría interpretarse como el esbozo de una sonrisa, pero no había lugar a dudas sobre lo que quería decir. Cebert tragó saliva. – Jefe -dijo-, ya mismo me he olvidado de vosotros. Oído esto, el negro asintió con la cabeza y salió de allí con su acompañante. Cebert no pudo recobrar el aliento hasta que el coche se perdió de vista y la sombra del letrero se proyectó de nuevo en el solar vacío. Cuando, uno o dos días después, los polis llegaron haciendo preguntas sobre aquellos dos hombres, Cebert negó con la cabeza y les dijo que no sabía nada, que no podía recordar si dos tipos como aquéllos habían pasado por allí a lo largo de la semana. Mierda, montones de gente pasaban por allí en dirección a la 301 o a la carretera Interestatal, como si aquello fuese una atracción de Disney. Y, en cualquier caso, todos esos tipos negros son iguales, ya sabes. Invitó a los polis a café y a pastelillos y se deshizo de ellos. Se sorprendió a sí mismo, por segunda vez en aquella semana, recuperando el aliento. Echó un vistazo a las tarjetas de visita que atiborraban lo que antes eran paredes blancas, se inclinó y sopló el polvo acumulado en el rimero que le quedaba más próximo. El nombre de Edward Boatner quedó al descubierto. Según aquella tarjeta, Edward trabajaba para una fábrica que estaba a las afueras de Hattiesburg, en Mississippi, como vendedor de repuestos. Bien, si Edward volvía alguna vez, podría echarle un vistazo a su tarjeta. Aún estaría allí, porque Edward quería que lo recordasen. Pero Cebert no se acordaba de nadie que no quisiera ser recordado. Él podía ser amigable, pero no era tonto. Virgil Gossard salió al aparcamiento que había junto a la taberna de Little Tom y eructó ruidosamente. El cielo despejado de la noche se extendía por encima de él, presidido por una espectacular luna amarilla. Al noroeste se veía con claridad la cola de la constelación de Draco, con la Osa Menor debajo y Hércules arriba, pero Virgil no era un tipo que perdiese el tiempo mirando las estrellas, sobre todo si por mirarlas corría el riesgo de dejar pasar por alto una moneda caída en el suelo, así que el dibujo de las estrellas le importaba muy poco. Desde los árboles y arbustos se oían los últimos grillos, ya sin las perturbaciones del tráfico ni de la gente, porque aquél era un tramo tranquilo de carretera, con pocas viviendas y aún menos vecinos, pues la mayoría de ellos hacía muchos años que había abandonado sus casas en busca de sitios que ofrecieran más oportunidades. Las cigarras ya se habían ido y el bosque se prepararía pronto para el sosiego invernal. A Virgil le alegraría la llegada del invierno. No le gustaban los bichos. Aquel día, muy temprano, algo que parecía unas hebras verdosas de algodón se deslizó por su mano mientras estaba en la cama y sintió una pequeña picadura cuando una chinche de campo, buscando chinches de cama entre las mugrientas sábanas de Virgil, le aguijoneó. Un segundo después, aquella cosa estaba muerta, pero la picadura aún le escocía. Por ese motivo, Virgil pudo decirles a los polis la hora exacta en que llegaron los hombres. Había visto los números verdes que brillaban en su reloj cuando se rascó la picadura: las nueve y cuarto de la noche. En el aparcamiento tan sólo había cuatro coches, cuatro coches para cuatro hombres. Los otros estaban todavía en el bar viendo la repetición de un memorable partido de hockey en el televisor cutre de Little Tom, pero a Virgil nunca le había interesado mucho el hockey. No tenía buena vista y el disco se movía con demasiada rapidez para poder seguirlo. Aunque la verdad es que todo se movía demasiado deprisa como para que Virgil Gossard pudiera seguirlo. Así estaban las cosas. Virgil no era muy inteligente, pero al menos lo sabía, lo que quizá le hacía más inteligente de lo que él mismo pensaba. Había otros muchos tipos que se creían Alfred Einstein o Bob Gates, pero Virgil no. Virgil sabía que era bobo, así que mantenía la boca cerrada el mayor tiempo posible y procuraba tener los ojos bien abiertos, y sólo se preocupaba de vivir su vida. Sintió un dolor en la vejiga y suspiró. Tendría que haber ido al lavabo antes de salir del bar, pero los lavabos de Little Tom olían peor que el mismísimo Little Tom, y ya es decir, teniendo en cuenta que el pequeño Tom olía como si estuviera pudriéndose por dentro en una larga agonía. Carajo, todo el mundo estaba pudriéndose, por dentro o por fuera, pero la mayoría de la gente se daba un baño de tarde en tarde para mantener alejadas a las moscas. Pero Little Tom Rudge no. Si Little Tom decidiera bañarse, el agua huiría de la bañera como forma de protesta. Virgil se apretó la ingle y se apoyó agobiado sobre la pierna izquierda y luego sobre la derecha. No quería volver a entrar, pero si Little Tom le pillaba meando en el aparcamiento, Virgil regresaría a casa con la bota de Little Tom estampada en el culo, y Virgil ya había tenido demasiados problemas allí como para añadir un maldito enema de cuero a sus pesares. Podía echar una meada en un lugar apartado de la carretera, pero cuanto más pensaba en ello, más ganas le entraban. Notaba que le quemaba por dentro: si esperase más… Bueno, joder, no estaba dispuesto a esperar. Se bajó la cremallera, hurgó dentro de los pantalones y se dirigió con andares de pato a la pared de la taberna de Little Tom justo a tiempo para dejar su firma, que era a lo más que llegaba el nivel intelectual de Virgil. Resoplaba con alivio a medida que la presión disminuía, con los ojos en blanco por aquel breve éxtasis. Sintió que algo frío le rozaba detrás de la oreja izquierda y se le pusieron los ojos como platos. No se movió. Concentró toda su atención en la sensación del metal sobre la piel, en el sonido del líquido en la madera y en la piedra y en la presencia de una figura alta detrás de él. De repente oyó una voz: – Te lo advierto, blanco de mierda: como me salpique una sola gota de tu asquerosa meada en los zapatos, van a tener qué ponerte un cráneo nuevo antes de meterte en la caja. Virgil tragó saliva. – No puedo parar. – No te pido que pares. No te pido nada. Lo único que te digo es que procures que no me salpique ni una sola gota de tu orina matarratas en los zapatos. Virgil dejó escapar un pequeño sollozo y procuró desviar el chorro a la derecha. Sólo se había tomado tres cervezas, pero parecía que estuviese meando el Mississippi. Por favor, para, pensó. Echó un ligero vistazo a la derecha y vio una pistola negra en una mano negra. La mano salía de la manga negra de un abrigo. En el extremo de la manga negra del abrigo había un hombro negro, una solapa negra, una camisa negra y el contorno de un rostro negro. La pistola le golpeó el cráneo con fuerza, advirtiéndole que mirase al frente, pero a Virgil le vino un repentino arrebato de indignación. Había un negrata con una pistola en el aparcamiento de la taberna de Little Tom. No había muchos temas sobre los que Virgil Gossard tuviese una opinión firme ni formada del todo, pero uno de ellos era los negratas con pistola. El gran problema de este país no era que hubiese muchas armas, el problema consistía en que muchas de esas armas estaban en manos de la gente equivocada, y con toda seguridad y contundencia la gente equivocada que llevaba armas era negra. Virgil veía la cosa de la siguiente manera: los blancos necesitaban pistolas para protegerse de los negratas con pistola, mientras que todos los negratas tenían una pistola para cargarse a otros negratas y, si se terciaba, también a los blancos. De modo que la solución era quitarles las pistolas a los negratas y entonces habría menos blancos con pistola, ya que no tendrían nada que temer, y además habría menos negratas cargándose a otros negratas, con lo cual se producirían también menos crímenes. Así de simple: los negratas no podían tener armas. Y ahora, justo detrás de él, precisamente un miembro de la gente equivocada estaba en ese instante apuntándole al cráneo con una de esas pistolas inconvenientes, cosa que a Virgil no le hacía ninguna gracia. Aquello reforzaba su teoría. Los negratas no debían tener pistola y… La pistola en cuestión le golpeó con fuerza detrás de la oreja y una voz dijo: – Eh, vale, ¿sabes que estás hablando muy alto? – Mierda -dijo Virgil, y en esa ocasión oyó su propia voz. Virgil tenía la certeza de que estaba a punto de morir. El ser un bocazas le había ayudado a meterse en un montón de problemas, y quizás aquél fuese el último que tendría que afrontar. Pero el buen Dios estaba sonriendo por encima de la cabeza de Virgil, aunque no lo suficiente como para hacer que el ne…, perdón, que el pistolero se fuese. Por el contrario, notaba el aliento de éste en la mejilla y olía su loción de afeitado mientras hablaba. Olía a cosa cara. – Como vuelvas a pronunciar esa palabra, mejor que disfrutes de la meada, porque será la última. – Perdón -dijo Virgil, pero cada vez que intentaba quitarse esa palabra ofensiva de la cabeza le volvía con más fuerza. Empezó a sudar-. Lo siento -dijo otra vez. – Bueno, está bien. ¿Has acabado por ahí abajo? Virgil asintió con la cabeza. – Entonces, guárdala. Puede que una lechuza la confunda con un gusano y se la lleve. Virgil tuvo la vaga sospecha de que acababan de insultarlo, pero se apresuró a meter su virilidad en la bragueta, por si acaso, y se secó las manos en los pantalones. – ¿Llevas alguna arma? – ¡No! – Apuesto a que te gustaría llevar una. – Sí -admitió Virgil en un arranque inoportuno de sinceridad. Advirtió que unas manos le palpaban, cacheándole, pero la pistola seguía en el mismo sitio, presionándole el cráneo. Virgil supuso que había más de uno. Joder, podía tener la mitad de Harlem detrás de sí. Sintió una presión en las muñecas al ser esposado con las manos a la espalda. – Ahora vuélvete a la derecha. Virgil hizo lo que le dijo. Estaba de cara al campo abierto que había detrás del bar y cuyo verdor se prolongaba hasta el río. – Contesta mis preguntas y dejaré que te vayas por esos campos. ¿Comprendes? El bobo de Virgil asintió con la cabeza. – Thomas Rudge, Willard Hoag, Clyde Benson. ¿Están ahí dentro? Virgil era de esa clase de tipos que instintivamente mienten por sistema, incluso cuando saben que no van a obtener ningún beneficio por ocultar la verdad. Mejor mentir y cubrirte las espaldas que decir la verdad y verte envuelto en problemas desde el principio. Virgil, fiel a su naturaleza mentirosa, negó con la cabeza. – ¿Estás seguro? Virgil asintió y abrió la boca para adornar la mentira. Pero el chasquido de la saliva en su boca coincidió con el impacto de su cabeza contra la pared, cuando la pistola le presionó la base del cráneo. – Mira, de todas formas vamos a entrar. Si entramos y no están, no tendrás de qué preocuparte, a menos que regresemos para preguntarte de nuevo por dónde andan. Pero si entramos y los vemos sentados juntos en el bar, mamándose unas cervezas, entonces habrá muertos que tengan más posibilidades que tú de estar vivos mañana. ¿Me entiendes? Virgil lo entendió. – Están dentro -confirmó. – ¿Y quién más? – Nadie más. Sólo ellos tres. El negro, cuando Virgil recobró por fin la memoria, le apartó la pistola de la cabeza y le palmeó el hombro. – Gracias… -dijo-. Lo siento, no oí tu nombre. – Virgil. – Bueno, Virgil, gracias -dijo el hombre, y luego le pegó con la culata de la pistola en la cabeza-. Te has portado bien. El blanco bajito fue el primero que entró en el bar. Un olor a cerveza rancia y derramada flotaba en el ambiente. En el suelo, el polvo y las colillas se amontonaban alrededor de la barra, hacia donde los habían barrido, pero faltaba recogerlos. El entarimado estaba lleno de círculos negros por las miles de colillas allí aplastadas, y la pintura naranja de las paredes se había abombado formando burbujas que reventaban como una piel infectada. No había un solo cuadro, sólo carteles de propaganda de cerveza que tapaban los desperfectos más acusados. El bar no era muy grande. Unos nueve metros de largo por cuatro y medio de ancho. La barra estaba a la izquierda, en forma de cuchilla de patín, con el extremo curvo pegado a la puerta. En el otro extremo había una pequeña oficina y un almacén. Los lavabos se hallaban al fondo de la barra, junto a la puerta trasera. A la derecha había cuatro mesas con asientos adosados pegadas a la pared. A la izquierda, un par de mesas redondas. Había dos hombres sentados a la barra, y otro tras ella. Los tres debían de pasar los sesenta años. Los dos que estaban en la barra llevaban gorras de béisbol, descoloridas camisetas de manga corta debajo de camisas de algodón aún más descoloridas y vaqueros baratos. Uno de ellos tenía un cuchillo grande al cinto. El otro ocultaba Una pistola bajo la camisa. El hombre que estaba detrás de la barra daba la impresión de que alguna vez, mucho tiempo atrás, había sido fuerte y estuvo en forma. Los músculos que tuviera en su día en los hombros, el tórax y los brazos, estaban ahora sepultados bajo una gruesa capa de grasa, y el pecho le colgaba como a una vieja. Tenía manchas amarillas de sudor reseco debajo de las mangas de la camiseta blanca y llevaba los pantalones muy bajados de cadera, de un modo que podría resultar atractivo en un chico de dieciséis años, pero que quedaba ridículo en un hombre que contaba cincuenta años más. Tenía el pelo rubio canoso, aunque aún tupido, y parte de la cara oscurecida por la barba de una semana. Los tres hombres estaban viendo el partido de hockey en el viejo televisor que había colgado encima de la barra, pero se volvieron al unísono cuando entró el recién llegado. Iba sin afeitar, llevaba zapatillas de deporte sucias, una chillona camisa hawaiana y unos chinos arrugados. Tenía pinta de vivir en Christopher Street, aunque nadie en el bar supiese con exactitud dónde estaba Christopher Street, la calle gay más emblemática de Nueva York. Pero ellos conocían a esa clase de individuos, vaya si los conocían. Podían olerlos desde lejos. No importaba si no iba afeitado ni su desaliñada manera de vestir. El tipo tenía la palabra «maricón» escrita por todo el cuerpo. – ¿Me pones una cerveza? -preguntó mientras se acercaba a la barra. El camarero se quedó inmóvil durante al menos un minuto, después sacó una Bud de la nevera y la puso sobre la barra. El hombre bajito cogió la cerveza y la miró como si viese una botella de Bud por primera vez. – ¿No tienes otra? – Tenemos Bud Light. – Vaya, las dos clases. El camarero se la sirvió sin inmutarse. – Dos cincuenta -porque aquél no era de esos locales donde permiten crecer la cuenta. El tipo sacó tres billetes de un grueso fajo y añadió cincuenta centavos para dejar un dólar de propina. Los ojos de los otros tres hombres se quedaron fijos en sus manos finas y delicadas mientras guardaba el dinero en el bolsillo, y después se volvieron a mirar el partido de hockey. El hombre bajito agarró una mesa con los asientos adosados que había detrás de los dos clientes, la arrimó al rincón, puso los pies encima y se dedicó a ver la televisión. Los cuatro hombres se quedaron en esa posición durante cinco minutos, más o menos, hasta que la puerta volvió a abrirse con suavidad y otro hombre con un Cohiba apagado en la boca entró en el bar. Lo hizo de un modo tan sigiloso que nadie se percató de su presencia hasta que estuvo a menos de un metro de la barra, y fue justo en ese instante cuando uno de los hombres miró a la izquierda, lo vio y dijo: – Little Tom, hay un tipo de color en tu bar. Little Tom y el otro hombre apartaron la vista del televisor para examinar al negro que, en ese momento, se hacía con un taburete que estaba en el extremo de la barra en forma de L. – Whisky, por favor -dijo. Little Tom no se movió. Primero un maricón y ahora un negrata. Vaya nochecita. Sus ojos se pasearon por la cara del hombre, por la camisa cara, por los vaqueros negros planchados con esmero y por el abrigo cruzado. – Tú no eres de aquí, ¿verdad, chico? – Exacto. -Ni siquiera parpadeó ante el segundo insulto que le dedicaban en menos de treinta segundos. – Hay un sitio para negratas a un par de kilómetros más abajo -dijo Little Tom-. Allí podrás tomar una copa. – Me gusta este sitio. – Bueno, pues a mí no me gusta que tú estés aquí. Mira, chico, mueve el culo antes de que empiece a tomármelo como un asunto personal. – Entonces, no vas a ponerme la copa, ¿verdad? -dijo, sin parecer en absoluto sorprendido. – No, a ti no. Y ahora lárgate. ¿O vas a obligarme a que te eche? A su izquierda, los dos hombres saltaron de los taburetes, preparados para la pelea que daban por inminente. Pero, en vez de eso, vieron cómo el objeto de su atención se sacaba del bolsillo una botella de whisky metida en una bolsa de papel de estraza y desenroscaba el tapón. Little Tom sacó de debajo del mostrador un bate de béisbol metálico. – Oye, chico, no puedes beberte eso aquí -le advirtió. – Lástima -dijo el negro-. Y no me llames «chico». Mi nombre es Louis. Entonces puso la botella boca abajo y observó cómo fluía su contenido por la barra y daba una cuidadosa vuelta en el recodo del mostrador. El reborde impedía que el líquido cayese al suelo, de modo que pasó por delante de los tres hombres, que miraron con sorpresa cómo Louis encendía el puro con un Zippo de bronce. Louis se puso de pie y dio una larga chupada al Cohiba. – Levantad la cabeza, blancos de mierda -dijo, y arrojó el mechero encendido al reguero de whisky. La barra empezó a llamear y se alzó una pequeña columna de fuego que les chamuscó la barba, las cejas y el pelo a los tres hombres. El tipo que tenía la pistola al cinto dio un salto atrás. Se cubrió los ojos con el brazo izquierdo, mientras que con la mano derecha buscaba el arma. – Vaya, vaya -dijo una voz. Tenía una Glock 19 a unos centímetros de la cara, que el hombre de la camisa chillona empuñaba firmemente con ambas manos. La mano del que buscaba su pistola se detuvo de inmediato, dejando a la vista el arma. El bajito, que se llamaba Ángel, le sacó la pistola de la funda y le apuntó con ella, de modo que en ese instante el borrachín tenía dos armas a unos centímetros de la cara. Junto a la puerta, Louis empuñaba una SIG y apuntaba con ella al hombre que llevaba un cuchillo al cinto. Detrás de la barra, Little Tom sofocaba con agua las últimas llamas. Tenía la cara roja y respiraba con dificultad. – ¿Por qué coño lo has hecho? -Miraba al negro y a la SIG, que en ese instante le apuntaba al pecho. En la cara de Little Tom se insinuó un cambio de expresión, una leve llamarada de miedo que de inmediato se extinguió apagada por su naturaleza agresiva. – ¿Qué pasa? ¿Algún problema? -le preguntó Louis. – Sí que lo hay. Era el hombre del cuchillo al cinto, envalentonado en ese momento que la pistola no le apuntaba. Tenía unos rasgos raros, como hundidos: una barbilla floja que se le perdía en el cuello delgado y fibroso, unos ojos azules que se hundían mucho en las cuencas, y unos pómulos que daban la impresión de haber sido rotos y aplastados por un antiguo y ya casi olvidado golpe. Aquellos ojos sin brillo miraron al negro con impasibilidad mientras mantenía las manos alzadas, lejos del cuchillo, aunque no demasiado. Era una buena idea obligarlo a que se deshiciera del cuchillo. Un hombre que lleva un cuchillo igual que ése sabe cómo usarlo, y además sabe hacerlo con rapidez. Una de las dos pistolas que empuñaba Ángel dibujó un arco en el aire y fue a posarse en él. – Quítate el cinturón -dijo Louis. El hombre del cuchillo se quedó quieto durante un momento y luego hizo lo que se le ordenaba. – Tíralo lejos. Enrolló el cinturón y lo tiró. El cinturón dio varias vueltas antes de que el cuchillo se saliera de la vaina y cayese al suelo. – Eso ha estado bien. – Todavía hay un problema. – Lo lamento -replicó Louis-. ¿Eres Willard Hoag? Los ojos hundidos no delataban ningún tipo de emoción. Permanecían fijos e imperturbables en la cara del intruso. – ¿Te conozco? – No, no me conoces. Los ojos de Willard se avivaron. – De todas formas, a mí todos los negratas me parecen iguales. -Sospechaba que ése era tu punto de vista, Willard. El tipo que está detrás de ti es Clyde Benson. Y tú -levantó la SIG para señalar al dueño del bar-, tú eres Little Tom Rudge. La rojez de la cara de Little Tom se debía sólo en parte al calor del licor quemado. Su furia crecía por momentos. Se manifestaba en el temblor de sus labios, en el modo en que apretaba y estiraba los dedos. El tatuaje del brazo se le movía, como si los ángeles estuviesen ondeando con lentitud la banderola con el nombre de Kathleen. Y toda aquella ira iba dirigida al negro que le amenazaba en su propio bar. – ¿Se puede saber qué está pasando aquí? -le preguntó Little Tom. Louis se rió. – Una expiación. Eso es lo que está pasando aquí. – ¿Os acordáis de Errol Rich? -preguntó Louis. Nadie contestó, pero un músculo se contrajo en la cara de Clyde Benson. – He preguntado que si os acordáis de Errol Rich. – No sabemos de qué estás hablando, chico -dijo Hoag-. Te equivocas de personas. La pistola giró y dio una sacudida en la mano de Louis. El pecho de Willard Hoag empezó a escupir sangre por el agujero que tenía en el corazón. Dio un traspié hacia atrás, derribando un taburete, y cayó de espaldas. La mano izquierda tanteaba el suelo como si buscase algo. Después dejó de moverse. Clyde Benson empezó a dar gritos y, a partir de ese instante, todo fue a peor. Little Tom se tiró al suelo detrás de la barra y buscó la escopeta que guardaba debajo del fregadero. Clyde Benson le arrojó a Ángel un taburete y salió corriendo hacia la puerta. Llegó hasta el aseo de hombres antes de que su camisa sufriera dos desgarros a la altura del hombro. Salió dando traspiés por la puerta trasera y se perdió, sangrando, en la oscuridad. Ángel, que le había disparado, fue tras él. El canto de los grillos cesó de repente y el silencio de la noche adquirió una rara cualidad premonitoria, como si la naturaleza aguardara las consecuencias inevitables de lo que estaba sucediendo en el bar. Benson, desarmado y sangrando, casi había llegado al aparcamiento cuando el pistolero le alcanzó. Resbaló y cayó lastimosamente al suelo, salpicándolo todo de sangre. Empezó a arrastrarse hacia la hierba alta, como si creyese que llegando allí tendría alguna posibilidad de salvarse. Una bota le hizo palanca bajo el pecho, traspasándolo de un dolor ardiente mientras lo forzaba a darse la vuelta. Apretaba fuertemente los ojos. Cuando volvió a abrirlos, el hombre de la camisa chillona le apuntaba con su pistola a la cabeza. – No lo hagas -suplicó Benson-. Por favor. La expresión del joven se mantenía impasible. – Por favor -rogó Benson sollozando-. Me arrepiento de mis pecados. He encontrado a Jesús. El dedo apretó el gatillo y el hombre llamado Ángel dijo: – Entonces no tienes que preocuparte por nada. Cuando Little Tom se incorporó con la escopeta, se encontró ante un local vacío y con un cadáver tendido en el suelo. Tragó saliva y se dirigió a la izquierda, hacia el final de la barra. Había dado tres pasos cuando la madera astillada y las balas le desgarraron el muslo y le hicieron añicos el fémur izquierdo y la espinilla derecha. Se desplomó y gritó cuando la pierna herida pegó contra el suelo, pero aún se las arregló para vaciar los dos cañones contra la madera barata de la barra, formando una lluvia de perdigones, de astillas y de cristales rotos. Le llegaba el olor de la sangre, de la pólvora y del whisky derramado. Los oídos le zumbaban cuando cesó el estrépito, y entonces sólo se oyó el gotear del líquido y el crujido de las astillas que caían al suelo. Y pisadas. Miró a la izquierda y vio a Louis de pie. El cañón de la SIG apuntaba al pecho de Little Tom. Le quedaba un poco de saliva en la boca y se la tragó. La sangre brotaba de su muslo a causa de la arteria rota. Intentó detener la hemorragia con la mano, pero la sangre le manaba entre los dedos. – ¿Quién eres? -preguntó Little Tom. De afuera llegó el sonido de dos disparos: Clyde Benson moría tirado en el suelo. – Voy a preguntártelo por última vez: ¿te acuerdas de un hombre llamado Errol Rich? Little Tom negó con la cabeza. – Mierda, no sé… – Lo quemaste tú. Tienes que acordarte de él. Louis apuntó con la SIG al puente de la nariz del dueño del bar. Little Tom levantó la mano derecha y se cubrió la cara. – ¡Vale, vale, me acuerdo! Por Dios, sí, yo estuve allí. Vi lo que le hicieron. – Lo que tú hiciste. Little Tom negó furiosamente con la cabeza. – No, te equivocas. Yo estaba allí, pero no le hice ningún daño. – Mientes. No me mientas. Dime sólo la verdad. Según dicen, la confesión es buena para el alma. Louis bajó el arma y disparó. La punta del pie derecho de Little Tom voló convertida en un amasijo de piel y sangre. Cuando el arma apuntó a su pie izquierdo lanzó un alarido. Las palabras le estallaban desde las vísceras como bilis vieja. – Para, por favor. Por Dios, que esto duele. Tienes razón. Fuimos nosotros. Siento mucho lo que le hicimos. Éramos muy jóvenes entonces. No sabíamos lo que hacíamos. Aquello fue algo horrible, lo sé. -Miró a Louis con ojos suplicantes. Tenía la cara bañada en sudor, como si estuviera derritiéndose-. ¿Crees que pasa un solo día sin que me acuerde de él y de lo que le hicimos? ¿Crees que no tengo que vivir a diario con el peso de esa culpa? – No -replicó Louis-. No lo creo. – No me hagas esto -dijo Little Tom con la mano extendida en gesto de súplica-. Encontraré el modo de reparar lo que hice. Por favor. – Conozco el modo en que puedes repararlo -dijo Louis. Y entonces Little Tom Rudge murió. En el coche desmontaron las pistolas y limpiaron cada pieza con unos trapos. Fueron esparciendo las piezas por los campos y los arroyos a medida que avanzaban por la carretera, pero no se dirigieron la palabra hasta que estuvieron a muchos kilómetros del bar. – ¿Cómo te encuentras? -preguntó Louis. – Como anestesiado -contestó Ángel-. Excepto la espalda. La espalda me duele. – ¿Qué pasó con Benson? – No era a él a quien quería matar, pero lo maté de todas formas. – Se llevaron su merecido. Ángel hizo un gesto despectivo con la mano, como si todo aquello fuese algo sin importancia ni sentido. – No me malinterpretes. No he tenido ningún problema en hacer lo que acabamos de hacer, pero matarlo no me ha hecho sentirme mejor, si es eso lo que me preguntas. No era a él a quien quería matar. Cuando apreté el gatillo, en realidad no veía a Clyde Benson. Veía al predicador. Veía a Faulkner. Se quedaron en silencio durante un rato. Iban dejando atrás los campos sumidos en la oscuridad y la silueta hueca de las casas abandonadas se recortaba en el horizonte. Fue Ángel quien reanudó la conversación. – Parker debió matarlo cuando tuvo la oportunidad. – Es posible. – No hay posible que valga. Debió quemarlo. – Él no es como nosotros. Se atormenta mucho, piensa demasiado las cosas. Ángel suspiró profundamente. – Atormentarse y pensar no es lo mismo. Ese viejo cabrón no va a morirse nunca. Mientras esté vivo es una amenaza para todos nosotros. Louis asintió sin decir nada en la oscuridad. – Me cortó la piel y juré que nadie volvería a hacerme tal cosa. Nadie. Al rato, su compañero le dijo en voz baja: – Tenemos que esperar. – ¿Esperar qué? – El momento adecuado y la ocasión adecuada. – ¿Y si no se presentan? – Se presentarán. – No me vengas con ésas -dijo Ángel antes de repetir la pregunta-. ¿Qué pasa si no se presentan? Louis le acarició la cara cariñosamente. – Entonces nosotros mismos haremos que se presenten. Poco después cruzaron la línea fronteriza y entraron en Carolina del Sur, justo por debajo de Allendale, y nadie los detuvo. Dejaban tras de sí a Virgil Gossard semiinconsciente y los cadáveres de Little Tom Rudge, de Clyde Benson y de Willard Hoag, los tres hombres que se habían mofado de Errol Rich, que lo habían sacado de su casa y que lo habían colgado de un árbol para matarlo. Y en el límite de Ada's Field, en su extremo norte, allí donde el terreno se escarpa, ardió un roble negro, y sus hojas se abarquillaron hasta volverse pardas, y la savia crepitaba y rezumaba a medida que se quemaba el tronco, y las ramas parecían los huesos de una mano en llamas que amenazase a la oscuridad salpicada de estrellas del cielo anochecido. |
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