"Octubre" - читать интересную книгу автора (Silva Daniel)

ENERO

1

Belfast – Dublín – Londres

Eamonn Dillon, del Sinn Fein, fue el primero en morir, y murió porque decidió parar a tomarse una pinta de cerveza en el Celtic Bar antes de enfilar Falls Road para acudir a una reunión en Andersontown. Veinte minutos antes de la muerte de Dillon, un poco más al este, su asesino recorría presuroso las calles del centro de Belfast bajo una lluvia gélida. Llevaba un chubasquero verde oscuro con cuello de pana marrón; su nombre en clave era Oveja Negra.

El aire olía a mar y un poco a los astilleros mohosos del Belfast Lough. Eran apenas las cuatro de la tarde, pero ya había anochecido. En invierno, la noche cae temprano en Belfast, y el alba despunta despacio. El centro de la ciudad estaba bañado en la luz amarillenta de las farolas, pero Oveja Negra sabía que la zona oeste, adonde se dirigía, estaría sumida en la oscuridad más absoluta.

Continuó hacia el norte por Great Victoria Street, dejando atrás la peculiar mezcolanza de edificios nuevos y antiguos que configura el centro de Belfast y recuerda las innumerables ocasiones en que estas manzanas han sido destruidas y reconstruidas. Pasó por delante de la reluciente fachada del Europa, infame por ser el hotel más bombardeado del planeta, y por delante de la nueva ópera, preguntándose por qué querría nadie en Belfast escuchar la música de tragedias ajenas. Pasó por delante de una espantosa franquicia estadounidense de rosquillas atestada de risueños colegiales protestantes con americanas de uniforme escolar. Lo hago por vosotros, se dijo. Lo hago para que no tengáis que vivir en un Ulster dominado por los putos católicos.

Dejó atrás los grandes edificios del centro, y las aceras fueron vaciándose hasta que quedó prácticamente solo. Al cabo de otros cuatrocientos metros cruzó el paso elevado sobre la MI, cerca de la barriada de Divis Flats. El paso elevado estaba repleto de pintadas: VOTA SINN FEIN; TROPAS BRITÁNICAS FUERA DE IRLANDA DEL NORTE; LIBERTAD PARA TODOS LOS PRISIONEROS DE GUERRA. Aunque no hubiera sabido nada de la compleja geografía sectaria de la ciudad, Oveja Negra no habría podido pasar por alto las consignas; acababa de cruzar la frontera del territorio enemigo. Se adentraba en West Belfast, la zona católica.

Falls Road se extiende hacia el oeste como un abanico, estrecho en la boca, junto al centro de la ciudad, y más ancho al este, a la sombra de la Montaña Negra. Falls Road, The Road en la jerga de West Belfast, atraviesa el barrio como un río, con afluentes que conducen a las profundidades de las hileras de casas adosadas en las que soldados británicos y residentes católicos libran su guerrilla urbana desde hace tres décadas. El centro comercial de Falls Road se halla en el cruce de Springfield Road y Grosvenor Road. Hay mercados, tiendas de ropa, ferreterías y pubs. Taxis ocupados recorren la calle sin cesar. A primera vista se parece a cualquier barrio británico de clase trabajadora, sólo que los portales están protegidos por jaulas de acero negro y los taxis jamás se apartan de Falls Road por temor a los escuadrones protestantes de la muerte. Las destartaladas casas adosadas de la barriada de Ballymurphy dominan el extremo occidental de Falls Road. Ballymurphy es el núcleo ideológico de la zona occidental de Belfast, y a lo largo de los años ha proporcionado al IRA una corriente constante de nuevos reclutas. Murales de talante belicoso se ciernen sobre Whiterock Road en dirección a las verdes colinas del cementerio municipal, donde muchos hombres de Ballymurphy yacen sepultados bajo sencillas lápidas. Hacia el norte, al otro lado de Springfield Road, un enorme cuartel militar que alberga también una comisaría de policía se erige solitario como una fortaleza asediada en territorio enemigo, lo cual es cierto. Los forasteros no son bienvenidos en el Murph, ni siquiera los forasteros católicos. Los soldados británicos no pisan el barrio sin sus furgones blindados, llamados sarracenos, «cerdos» para los habitantes de Ballymurphy.

Oveja Negra no tenía intención de acercarse siquiera a Ballymurphy; se dirigía al este, hacia la sede central del Sinn Fein, el brazo político del IRA, situada en Falls Road 51-55. Mientras seguía caminando por Falls Road, las agujas de la catedral de san Pedro aparecieron a su izquierda. Tres soldados británicos cruzaban la fea plaza asfaltada que se abría a los pies de la catedral, ora deteniéndose para observar algo por la mira de infrarrojos del rifle, ora girando sobre sus talones para comprobar si los seguía alguien. «No hables con ellos -le habían advertido sus supervisores-. Ni los mires siquiera. Si los miras, sabrán que eres un forastero.» Oveja Negra mantuvo las manos en los bolsillos y la mirada clavada en el suelo.

Al cabo de unos instantes entró en Dunville Park y se sentó en un banco. Pese a la lluvia, varios escolares jugaban al fútbol a la tenue luz de las farolas. Un grupo de mujeres, a juzgar por su aspecto madres y hermanas mayores, seguían el partido con atención desde las líneas imaginaras. Una pareja de soldados británicos cruzó por el centro del campo, pero los chicos siguieron jugando a su alrededor como si fueran invisibles. Oveja Negra metió la mano en el bolsillo del chubasquero y sacó el tabaco, un paquete de diez Benson amp; Hedges, ideal para la economía siempre precaria de la clase trabajadora de West Belfast. Encendió uno y se guardó de nuevo el paquete, rozando de paso la culata de la Walther automática.

Desde su punto de observación, el hombre divisaba a la perfección Falls Road, la sede central del Sinn Fein, donde el objetivo trabajaba a diario, y el Celtic Bar, donde iba a beber cerveza a última hora de la tarde.

«Dillon va a hablar en un encuentro comunitario en Andersontown a las cinco -le habían comunicado sus supervisores-. Eso significa que irá con prisas. Saldrá del cuartel general a las cuatro y media e irá al Celtic para tomarse una cerveza rápida.»

La puerta de la sede central del Sinn Fein se abrió. Por un instante, la iluminación interior bañó la acera mojada. Oveja Negra vio a su víctima, Eamonn Dillon, el tercer hombre del Sinn Fein tras Gerry Adams y Martin McGuinness, miembro además del equipo negociador para los acuerdos de paz. Asimismo era un devoto padre de familia, con mujer y dos hijos, pensó Oveja Negra. Desterró la idea de su mente; no tenía tiempo para pensar en esas cosas. Un guardaespaldas lo acompañaba. La puerta se cerró tras él, y los dos hombres enfilaron Falls Road hacia el oeste.

Oveja Negra arrojó el cigarrillo al suelo, atravesó el parque, subió unos escalones y se detuvo en el cruce de Falls Road y Grosvenor Road. Una vez allí pulsó el botón de cruce para peatones y esperó con toda calma a que el semáforo cambiara de rojo a verde. Dillon y su guardaespaldas aún estaban a unos cien metros del Celtic. El semáforo cambió. No había ningún soldado británico en Falls Road, sólo la pareja apostada en las inmediaciones del partido de fútbol en el parque. Tras cruzar la calle, Oveja Negra giró hacia el este y se situó frente a Dillon y el guardaespaldas.

Empezó a caminar deprisa, con la cabeza gacha y la mano derecha aferrada a la culata de la Walther. En un momento dado alzó la mirada para comprobar la posición de Dillon. Treinta metros, treinta y cinco a lo sumo. Quitó el seguro de la Walther y pensó en los niños protestantes que comían rosquillas en Great Victoria Street.

«Lo hago por vosotros. Lo hago por Dios y por el Ulster.»

Sacó la Walther, apuntó al guardaespaldas y apretó el gatillo dos veces antes de que el hombre pudiera sacar su arma de la sobaquera que llevaba bajo el chubasquero. Los disparos lo alcanzaron en la parte superior del pecho, y de inmediato se desplomó sobre la acera empapada.

Oveja Negra giró el brazo y apuntó el arma hacia el rostro de Eamonn Dillon. Titubeó un instante. No podía hacerlo, no en la cara. Bajó el arma y apretó el gatillo dos veces.

Las balas perforaron el corazón de Dillon.

El hombre cayó de espaldas sobre la acera, con un brazo atravesado sobre el pecho ensangrentado de su guardaespaldas. Oveja Negra oprimió el cañón de la Walther contra la sien de Dillon y apretó el gatillo una vez más.


La segunda acción tenía lugar en ese preciso instante a ciento cincuenta kilómetros al sur de Belfast, en Dublín, donde un hombre menudo cojeaba por un sendero de St. Stephen's Green bajo una lluvia incesante. Su nombre en clave era Maestro. Cualquiera podría haberlo tomado por un estudiante de la cercana institución de Trinity College, y eso era exactamente lo que pretendía. Llevaba una americana de tweed con el cuello subido y pantalones de pana tan gastados que brillaban. Tenía los ojos oscuros y la barba desaliñada de un musulmán devoto, cosa que no era. En la mano derecha transportaba un maletín rectangular y voluminoso, tan viejo que olía a humedad en lugar de a cuero.

Tomó Kildare Street, pasó ante la entrada del hotel Shelbourne, adornada con estatuas de princesas nubias y sus esclavos, y agachó la cabeza al cruzarse con un grupo de turistas que se dirigían a tomar el té en el salón Lord Mayor.

Cuando llegó a Molesworth Street le resultaba casi imposible fingir que el maletín que pendía de su mano derecha no era extraordinariamente pesado. Los músculos del hombro le ardían, y sentía las axilas empapadas en sudor. La Biblioteca Nacional se alzaba ante él. Entró a toda prisa, atravesó el vestíbulo principal y pasó ante una vitrina que exhibía varios manuscritos de Bernard Shaw. Cambió el maletín a la mano izquierda y abordó al empleado.

– Querría un pase para la sala de lectura -pidió, sustituyendo su marcado acento de West Belfast por un suave deje del sur.

El empleado le alargó el pase sin alzar la vista.

Maestro subió la escalera hasta el tercer piso, entró en la famosa sala de lectura y encontró un asiento vacío junto a un hombre de aspecto severo que olía a bolitas de alcanfor y aceite de linaza. Maestro abrió un bolsillo lateral del maletín, sacó un delgado volumen de poesía gaélica y lo dejó con delicadeza sobre la mesa tapizada de cuero antes de encender la lámpara de pantalla verde.

El hombre de aspecto severo alzó la mirada, frunció el entrecejo y volvió a concentrarse en su trabajo.

Durante algunos minutos, Maestro fingió enfrascarse en la lectura del libro mientras las instrucciones le cruzaban la mente como pesados anuncios grabados en una estación de ferrocarril. «El temporizador está puesto a cinco minutos -le había dicho uno de sus supervisores en la última reunión-. Suficiente para que salgas de la biblioteca, pero no para que los de seguridad puedan hacer algo aunque descubran el maletín.»

Mantuvo la cabeza baja y la mirada clavada en el texto. Cada pocos minutos levantaba la mano y garabateaba algunas notas en un pequeño cuaderno de espiral. Oía los pasos amortiguados a su alrededor, el rasgueo de los lápices y algunas toses discretas, consecuencia de la eterna humedad que imperaba en los inviernos de Dublín. Contuvo el deseo de mirar a aquellas personas; quería que permanecieran en el anonimato, que siguieran sin tener rostro para él. No tenía nada contra el pueblo irlandés, tan sólo contra su gobierno, y no le proporcionaba placer alguno derramar sangre inocente.

Miró el reloj. Las cinco menos cuarto de la tarde. Alargó la mano como si quisiera sacar otro libro de poesía, pero una vez que deslizó los dedos en el viejo y mohoso maletín, buscó el diminuto gatillo de plástico que activaba el detonador. Lo apretó con cuidado, sosteniéndolo entre el pulgar y el anular para amortiguar el chasquido, retiró la mano y colocó un segundo libro sin abrir sobre la mesa, junto al primero. Acto seguido volvió a mirar el reloj, un modelo analógico de acero inoxidable con segundero, y anotó la hora exacta en que había activado el detonador.

Luego se volvió hacia el hombre de aspecto severo sentado a la mesa contigua, que lo miraba con el rostro lívido como si acabara de hacer una hora de gimnasia extenuante.

– ¿Podría decirme dónde está el servicio? -murmuró Maestro.

– ¿Qué? -cuchicheó el hombre de aspecto severo al tiempo que se doblaba la oreja violácea con el extremo de un lápiz amarillo mordisqueado.

– El servicio -repitió Maestro en voz un poco más alta, aunque aún susurrando.

El hombre apartó el lápiz, frunció de nuevo el entrecejo y señaló una puerta situada en la otra punta de la sala.

Maestro miró el reloj mientras atravesaba la estancia. Habían transcurrido cuarenta segundos. Apretó el paso al tiempo que se dirigía a la puerta, pero al cabo de cinco segundos oyó un estruendo ensordecedor, una especie de trueno, y sintió una ola de aire caliente que lo alzaba en volandas y lo lanzaba por la sala de lectura como si fuera una hoja muerta atrapada en un vendaval de otoño.


En Londres, una mujer alta que llevaba vaqueros, botas de montaña y cazadora de cuero negra se abría paso entre la muchedumbre que atestaba la acera de Brompton Road. Arrastraba una maleta con ruedas de nailon negro y asa rectangular. Su nombre en clave era Dama.

La lluvia que caía sobre Belfast y Escocia aún no había llevado al sur, y el cielo del atardecer aparecía despejado. Rosa y naranja al oeste, en dirección a Notting Hill y Kensington, negro azulado al este, sobre la City. El aire era desacostumbradamente cálido y pesado. Caminando a buen paso, Dama dejó atrás los llamativos escaparates de Harrods y esperó junto con otros muchos peatones a que el semáforo cambiara en el cruce de Hans Crescent.

Cruzó la pequeña calle, se abrió paso entre en grupo de turistas japoneses que se dirigían a Harrods y llegó a la estación de metro de Knightsbridge. Una vez allí titubeó un instante, contemplando la breve escalera que conducía al vestíbulo donde se vendían los billetes. Por fin empezó a descender, tirando de la maleta hasta que rodó por el primer escalón y cayó sobre el siguiente con un fuerte golpe.

Había bajado otros dos peldaños de aquella guisa cuando un joven de escaso cabello rubio se le acercó.

– Permítame que la ayude -se ofreció con una sonrisa galante. Hablaba con acento centroeuropeo o escandinavo. Sería alemán, holandés o tal vez danés. Dama vaciló. ¿Debía aceptar ayudar de un desconocido? ¿Resultaría más sospechoso rechazarla?

– Muchas gracias -accedió por fin con acento americano, pues había vivido muchos meses en Nueva York y podía prescindir de su acento norirlandés a voluntad-. Se lo agradezco mucho.

El joven cogió la maleta por el asa y la levantó.

– Por el amor de Dios, ¿qué lleva aquí dentro? ¿Piedras?

– Lingotes de oro robados -repuso ella; ambos se echaron a reír.

El joven cargó la maleta hasta el vestíbulo y la dejó en el suelo.

– Gracias otra vez -dijo Dama al tiempo que aferraba el asa.

Se volvió y echó a andar, percibiendo su presencia tras ella. Apretó el paso y miró ostentosamente el reloj para dar a entender que tenía prisa. Al llegar a las máquinas expendedoras de billetes encontró una desocupada. Introdujo tres libras y tres peniques en la ranura y pulsó el botón correspondiente. Su ayudante europeo apareció junto a ella y deslizó algunas monedas en otra máquina sin mirarla. Compró un billete de una libra diez, lo que significaba que efectuaría un trayecto corto, probablemente dentro del centro de Londres. Recogió el billete y se mezcló entre el gentío de la hora punta.

Dama cruzó el torniquete y bajó la larga escalera mecánica hasta el andén. Al cabo de un instante sintió una ráfaga de aire y oyó el estruendo de un tren que se aproximaba. Por increíble que pareciera, quedaban algunos asientos libres. Dejó la maleta junto a la puerta y se sentó. Cuando el tren llegó a Earl's Court, el vagón se había llenado de viajeros, y Dama había perdido de vista la maleta. El tren salió a la superficie y recorrió a toda velocidad los suburbios del oeste de Londres. Pasajeros exhaustos iban bajando a los andenes barridos por el viento de Boston Manor, Osterley y Hounslow East.

Cuando el tren estaba a punto de alcanzar la primera estación de Heathrow, la de la Terminal Cuatro, Dama echó un vistazo a los pasajeros sentados a su alrededor. Un par de jóvenes hombres de negocios ingleses que apestaban a prosperidad, un grupo de hoscos turistas alemanes, cuatro americanos vocingleros que intentaban decidir a gritos si era mejor la Miss Saigon de Londres o la de Broadway… Dama apartó la mirada.

Era un plan sencillo. Tenía instrucciones de apearse en la Terminal Cuatro y dejar la maleta en el tren. Antes de bajar debía pulsar el botón de un pequeño transmisor oculto en el bolsillo de su cazadora. El transmisor, disfrazado de control remoto de apertura de un coche de lujo japonés, armaría el detonador. Si el tren se atenía a su horario, la bomba estallaría pocos segundos después de llegar a la estación de las terminales Uno, Dos y Tres. Los daños ocasionados causarían grandes molestias a los viajeros durante meses, y las reparaciones costarían cientos de millones de libras.

El tren aminoró la velocidad al acercarse a la estación. La mujer se levantó y se acercó a la puerta cuando la negrura del túnel dio paso a la fría luz del andén. Cuando las puertas se abrieron, Dama pulsó el botón del transmisor para activar la bomba y se apeó un instante antes de que las puertas se cerraran de nuevo tras ella. Echó a andar con rapidez hacia la salida, y fue entonces cuando oyó unos golpes en la ventanilla del tren. Se volvió y vio a uno de los hombres de negocios ingleses golpeando el vidrio con el puño. Dama no oía lo que decía, pero sí pudo leerle los labios. «¡La maleta! -estaba gritando-. ¡Se ha dejado la maleta!»

Dama permaneció inmóvil. La expresión levemente preocupada del inglés se trocó en el horror más absoluto cuando se dio cuenta de que la mujer había dejado adrede la maleta en el tren. El joven se abalanzó sobre la puerta e intentó abrirla con las manos, pero aun cuando hubiera logrado llamar la atención de alguien y detener el tren, nada podría haberse hecho en un minuto y quince segundos para evitar la explosión.

Dama siguió el tren con la mirada; al cabo de unos segundos, cuando ya se volvía para marcharse, una detonación descomunal sacudió el túnel. El tren se separó de la vía, y una ráfaga de aire ardiente barrió a Dama. Instintivamente, se llevó las manos al rostro. Sobre su cabeza, el techo empezó a agrietarse. La ola de expansión de la bomba la levantó por los aires. Por un instante lo vio todo con espantosa claridad. El fuego, el cemento desmigajado, los seres humanos como ella atrapados en el feroz remolino de la explosión.

Todo acabó enseguida. No sabía a ciencia cierta cuándo terminó su caída. Había perdido la noción de la dirección, como un submarinista que hubiera pasado demasiado tiempo bajo el agua.

Lo único que sabía era que yacía sepultada bajo los escombros y que no podía respirar ni sentir parte alguna de su cuerpo. Intentó hablar, pero de su boca no brotó ningún sonido. La boca empezó a llenársele de sangre.

Sus pensamientos seguían fluyendo con claridad; se preguntó cómo era posible que los fabricantes de la bomba hubieran cometido semejante error, pero entonces, en los segundos previos a su muerte, se preguntó si realmente había sido un error.