"El Libro del Día del Juicio Final" - читать интересную книгу автора (Willis Connie)

27

Subieron a Rosemund a la habitación, y le prepararon un jergón en el suelo en el estrecho espacio junto a la cama. Roche la cubrió con una sábana de lino y se encaminó al altillo del granero para traer mantas.

Kivrin temía que Rosemund quisiera huir al ver al clérigo, con su grotesca lengua y la piel ennegrecida, pero apenas lo miró. Se quitó la saya y los zapatos y se tendió graciosamente en el estrecho jergón. Kivrin quitó de la cama la manta de piel de conejo y la tapó con ella.

– ¿Gritaré y atacaré a la gente como el clérigo? -preguntó Rosemund.

– No -dijo Kivrin, y trató de sonreír-. Intenta descansar. ¿Te duele algo?

– El estómago -respondió Rosemund, y se llevó la mano a la cintura-. Y la cabeza. Sir Bloet me dijo que la fiebre hace danzar a los hombres. Pensé que era una patraña para asustarme. Dijo que bailaban hasta que les salía sangre por la boca y se morían. ¿Dónde está Agnes?

– En el desván, con tu madre.

Kivrin le había dicho a Eliwys que se llevara a Agnes e Imeyne al desván y se encerraran allí, y Eliwys lo hizo sin dirigir siquiera otra mirada a Rosemund.

– Mi padre vendrá muy pronto -murmuró Rosemund.

– Ahora debes callar y descansar.

– Abuela dice que es un pecado mortal temer a tu marido, pero yo no puedo evitarlo. Me toca de forma indecorosa y me cuenta relatos de cosas que no pueden ser verdad.

Espero que tenga una larga agonía, pensó Kivrin. Espero que ya esté contagiado.

– Mi padre ya está en camino.

– Intenta dormir.

– Si sir Bloet estuviera aquí ahora, no se atrevería a tocarme -musitó la niña, y cerró los ojos-. Sería él quien tendría miedo.

Roche entró con un puñado de mantas y volvió a marcharse. Kivrin las apiló encima de Rosemund, la arropó, y devolvió al clérigo la piel que le había quitado de la cama.

El clérigo permanecía tranquilo, pero el rumor que hacía al respirar había comenzado de nuevo, y de vez en cuando tosía. Tenía la boca abierta, y la parte inferior de la lengua estaba cubierta de espuma blanca.

No puedo dejar que Rosemund acabe así, pensó Kivrin, sólo tiene doce años. Tengo que hacer algo. Algo. El bacilo de la peste era una bacteria. La estreptomicina y las sulfamidas eran eficaces, pero Kivrin no podía fabricarlas, y no sabía dónde estaba el lugar de recogida.

Y Gawyn se había marchado a Oxford. Claro. Eliwys había corrido hacia él, lo había abrazado, y él habría ido a cualquier sitio, habría hecho cualquier cosa por ella, aunque significara traer a su marido a casa.

Intentó calcular cuánto tiempo tardaría Gawyn en ir a Bath y volver. Estaba a setenta kilómetros de distancia. Cabalgando rápido, podría llegar en un día y medio. Tres días, ida y vuelta. Si no se retrasaba, si lograba encontrar a lord Guillaume, si no caía enfermo. La doctora Ahrens había dicho que las víctimas de la peste que no recibían atención morían al cabo de cuatro o cinco días, pero no imaginaba que el clérigo fuera a durar tanto. La fiebre le volvía a subir.

Había metido el cofre de lady Imeyne bajo la cama cuando subieron a Rosemund. Lo sacó y buscó entre las hierbas y polvos. Los contemporáneos usaban remedios caseros como verrugas de san Juan y dulcamara durante la peste, pero resultaron tan inútiles como el polvo de esmeraldas.

La coniza podría ayudar, pero no encontró ninguna de las flores rosas o moradas en las bolsitas de lino.

Cuando Roche volvió, Kivrin le pidió que fuera a buscar ramas de sauce del arroyo, y las puso en un té amargo.

– ¿Qué es esto? -le preguntó Roche, tras probarlo y hacer una mueca.

– Aspirina -dijo Kivrin-. Al menos eso espero.

Roche le dio una taza al clérigo, a quien no le importaba ya el sabor, y eso pareció bajarle un poco la temperatura, pero Rosemund estuvo con fiebre toda la tarde, hasta que tiritó con escalofríos. Para cuando Roche se marchó a decir vísperas, casi estaba demasiado caliente para tocarla.

Kivrin la destapó e intentó bañarle los brazos y piernas en agua fría para que le bajara la temperatura, pero Rosemund se apartó de ella, furiosa.

– No me parece digno que me toquéis de esta forma, señor -dijo, mientras le castañeteaban los dientes-. Tened por seguro que se lo diré a mi padre cuando regrese.

A la mortecina luz parecía peor: con la cara pálida y atormentada. Murmuraba, repitiendo el nombre de Agnes incesantemente, y una vez preguntó temerosa:

– ¿Dónde está? Ya tendría que haber llegado.

Tienes razón, pensó Kivrin. La campana había anunciado vísperas hacía media hora. Seguramente Roche estará en la cocina, se dijo, preparándonos sopa. O habrá ido a decirle a Eliwys cómo se encuentra Rosemund. Pero se levantó y se subió a la ventana y se asomó al patio. Empezaba a hacer frío, y el cielo oscuro estaba nublado. No había nadie en el patio, ninguna luz ni sonido en ninguna parte.

Roche abrió la puerta, y Kivrin se bajó de la ventana con una sonrisa.

– ¿Dónde habéis estado? Me… -se interrumpió.

Roche llevaba sus hábitos y traía el aceite y el viático. No, pensó ella, mirando a Rosemund. No.

– He estado con Ulf el molinero -dijo-. Le he oído en confesión.

Gracias a Dios que no es Rosemund, pensó Kivrin, y entonces advirtió lo que él estaba diciendo. La peste ya había llegado a la aldea.

– ¿Estáis seguro? ¿Tiene los bultos de la peste?

– Sí.

– ¿Cuántos más viven en su casa?

– Su esposa y dos hijos -respondió él, cansado-. Le ordené a ella que se pusiera una máscara y envié a sus hijos a cortar sauces.

– Bueno -dijo ella. No había nada de bueno en todo aquello. No, eso no era cierto. Al menos era peste bubónica y no neumónica, así que seguía habiendo una posibilidad de que la mujer y los dos hijos no la contrajeran. ¿Pero a cuántas otras personas había contagiado Ulf, y quién le había contagiado a él? Ulf no habría tenido ningún contacto con el clérigo. Debía de haberla contraído a través de uno de los criados.

– ¿Hay más enfermos?

– No.

Eso no significaba nada. Sólo mandaban llamar a Roche cuando estaban muy graves, cuando tenían miedo. Ya podía haber tres o cuatro casos más en la aldea. O tal vez una docena.

Se sentó junto a la ventana, intentando decidir qué hacer. Nada, pensó. No hay nada que puedas hacer. La peste barrió una aldea tras otra, mató a familias enteras, a ciudades enteras. Entre un tercio y la mitad de Europa.

– ¡No! -gritó Rosemund, y se esforzó por levantarse.

Kivrin y Roche se lanzaron hacia ella, pero ya se había tendido. La cubrieron, aunque Rosemund volvió a destaparse.

– Se lo diré a madre, Agnes, niña mala -murmuró-. Déjame salir.

Hizo más frío durante la noche. Roche trajo más carbones para el brasero, y Kivrin se subió de nuevo a la ventana para colocar el lino encerado, pero seguía haciendo frío. Kivrin y Roche se acurrucaron por turnos ante el brasero, intentando dormir un poco, y despertaron tiritando como Rosemund.

El clérigo no tiritaba, pero se quejaba de frío, con palabras pastosas y confusas, como de borracho. Tenía los pies y las manos fríos, inertes.

– Deben acercarse al fuego -dijo Roche-. Debemos llevarlos al salón.

No lo entiendes, pensó ella. Su única esperanza estribaba en mantener a los pacientes aislados, en no dejar que la infección se extendiera. Pero ya se había extendido, pensó, y se preguntó si las extremidades de Ulf se estaban enfriando y en cómo encendería un fuego. Ella misma se había sentado en una de sus chozas, junto a una de sus hogueras. No serviría ni para calentar a un gato.

Los gatos también murieron, pensó, y miró a Rosemund. Los temblores sacudían su pobre cuerpecillo, y ya parecía más delgada, más agotada.

– La vida se les escapa -observó Roche.

– Lo sé -asintió ella, y empezó recoger las mantas-. Decidle a Maisry que esparza paja sobre el suelo del salón.

El clérigo pudo bajar las escaleras, con la ayuda de Kivrin y Roche, pero el sacerdote tuvo que bajar a Rosemund en brazos. Eliwys y Maisry colocaban paja al otro lado del salón. Agnes aún dormía, e Imeyne se arrodillaba en el mismo lugar de la noche anterior, con las manos cruzadas ante el rostro.

Roche acostó a Rosemund y Eliwys empezó a taparla.

– ¿Dónde está mi padre? -preguntó Rosemund roncamente-. ¿Por qué no está aquí?

Agnes se agitó. Despertaría de un momento a otro y se acercaría al jergón de Rosemund, para observar al clérigo. Kivrin tenía que idear algún sistema para mantener a la niña apartada. Miró las vigas, pero eran demasiado altas, incluso bajo el altillo, para colgar cortinas, y todas las colchas y mantas disponibles ya estaban siendo utilizadas. Empezó a volcar los bancos para formar una separación.

Roche y Eliwys fueron a ayudarla, y volcaron la mesa y la apoyaron contra los bancos.

Eliwys regresó junto a Rosemund y se sentó a su lado. La niña dormía, con el rostro enrojecido por la luz del fuego.

– Debéis poneros una máscara -dijo Kivrin.

Eliwys asintió, pero no se movió. Le apartó a Rosemund el pelo enmarañado de la cara.

– Era la preferida de mi esposo -dijo.

Rosemund estuvo durmiendo casi toda la mañana. Kivrin apartó el tronco de Navidad del hogar y apiló leños cortados en el fuego. Destapó los pies del clérigo para que le llegara el calor.

Durante la Peste Negra, el médico del Papa le hizo sentarse en una habitación entre dos grandes hogueras, y no contrajo la enfermedad. Algunos historiadores pensaban que el calor había matado al bacilo de la peste. Lo más probable era que el hecho de permanecer apartado de su contagioso rebaño le hubiera salvado, pero merecía la pena intentarlo. Merecía la pena intentar cualquier cosa, pensó, mirando a Rosemund. Apiló más madera.

El padre Roche fue a decir maitines, aunque ya era más de media mañana. La campana despertó a Agnes.

– ¿Quién ha volcado los bancos? -preguntó, corriendo a la separación.

– No debes pasar esta barrera -advirtió Kivrin, manteniéndose bien lejos-. Debes quedarte junto a tu abuela.

Agnes se subió a un banco y se asomó por encima de la mesa volcada.

– Veo a Rosemund. ¿Está muerta?

– Está muy enferma -dijo Kivrin seriamente-. No te acerques a nosotros. Ve y juega con tu carrito.

– Quiero ver a Rosemund -la niña pasó una pierna por encima de la mesa.

– ¡No! -gritó Kivrin-. ¡Ve y siéntate con tu abuela!

Agnes pareció sorprendida y de repente se echó a llorar.

– ¡Quiero ver a Rosemund! -gimió, pero se dio la vuelta y se sentó malhumorada junto a Imeyne.

Roche entró.

– El hijo de Rulf está enfermo. Tiene los bultos.

Se manifestaron dos casos más durante la mañana y uno por la tarde, incluyendo a la esposa del senescal. Todos tenían bubas o pequeños bultos como semillas en las glándulas linfáticas, excepto la mujer del senescal.

Kivrin fue con Roche a verla. Estaba amamantando al bebé, su cara fina y delgada parecía aún más afilada que de costumbre. No tosía ni vomitaba, y Kivrin esperaba que las bubas simplemente no se hubieran desarrollado todavía.

– Poneos máscaras -le dijo al senescal-. Dad al bebé leche de la vaca. Mantened a los niños apartados de ella.

Lo dijo sin ninguna esperanza. Seis niños en dos habitaciones. No dejes que sea peste neumónica, rezó. No dejes que todos se contagien.

Al menos Agnes estaba a salvo. No se había acercado a la barricada desde que Kivrin le gritó. Permaneció sentada durante un rato, mirándola con una expresión tan feroz que habría resultado cómica en otras circunstancias, y luego subió al altillo a coger su carrito. Lo había colocado en la mesa, y ahora estaba jugando.

Rosemund estaba despierta. Pidió de beber a Kivrin con voz ronca, y en cuanto Kivrin le dio agua, se quedó dormida. Incluso el clérigo dormitaba, y el rumor de su respiración ya no era tan fuerte. Kivrin se sentó agradecida junto a Rosemund.

Tendría que salir y ayudar a Roche con los hijos del senescal, asegurarse al menos de que llevaba puesta la máscara y se lavaba las manos, pero de pronto se sintió demasiado cansada para moverse. Si pudiera acostarme un ratito, lograría pensar en algo.

– Quiero ver a Blackie -dijo Agnes.

Kivrin sacudió la cabeza, al despertar sobresaltada.

Agnes se había puesto la capa roja y la capucha y se encontraba lo más cerca de la barricada que se atrevía.

– Prometisteis que me llevaríais a ver la tumba de mi perro.

– Calla, despertarás a tu hermana.

Agnes empezó a llorar, pero no era el fuerte gemido que empleaba cuando quería salirse con la suya, sino unos sollozos silenciosos. También ha llegado al límite, pensó Kivrin. Sola todo el día, con Rosemund y Roche fuera de su alcance, todo el mundo ocupado, distraído y asustado. Pobrecilla.

– Lo prometisteis -insistió Agnes con labios temblorosos.

– No puedo llevarte a ver a tu perro ahora -dijo Kivrin amablemente-, pero te contaré una historia. Pero debes estarte muy callada -se llevó un dedo a los labios-. No querrás despertar a Rosemund o al clérigo, ¿verdad?

Agnes se frotó con la mano la nariz mojada.

– ¿Me contaréis una historia de la doncella del bosque? -murmuró.

– Sí.

– ¿Puede escuchar Carro?

– Sí -susurró Kivrin, y Agnes cruzó el salón para coger el carrito, regresó corriendo y se sentó en el banco, dispuesta a franquear la barricada.

– Debes sentarte en el suelo contra la mesa -indicó Kivrin-, y yo me pondré al otro lado.

– No oiré nada -repuso Agnes, haciendo un puchero otra vez.

– Claro que sí, si te estás callada.

Agnes se bajó del banco y se sentó, apoyándose en la mesa. Colocó el carro en el suelo a su lado.

– Debes estar muy callada -le advirtió.

Kivrin se acercó a examinar rápidamente a sus pacientes y luego se sentó apoyada contra la mesa, sintiéndose agotada.

– Érase una vez en una tierra lejana -apuntó Agnes.

– Érase una vez en una tierra lejana, una doncella. Vivía junto a un gran bosque…

– Su padre le decía: «No vayas al bosque», pero ella era mala y no hacía caso -apuntó Agnes.

– Era mala y no hacía caso -repitió Kivrin-. Se puso su capa…

– Su capa roja con una capucha -dijo Agnes-. Y se fue al bosque, aunque su padre le advirtió que no lo hiciera.

Aunque su padre le advirtió que no lo hiciera. «Estaré perfectamente bien -le había dicho ella al señor Dunworthy-. Sé cuidar de mí misma.»

– No se fue al bosque, ¿verdad? -le preguntó Agnes.

– Quería ver qué había allí. Pensó en caminar sólo un ratito.

– No tendría que haberlo hecho -juzgó Agnes-. Yo no lo haría. El bosque está oscuro.

– El bosque está oscuro y lleno de sonidos aterradores.

– Lobos -deslizó Agnes, y Kivrin oyó cómo se acercaba a la mesa, para estar lo más cerca posible de ella. Se la imaginaba acurrucada contra la madera, con las rodillas dobladas, abrazada al carrito.

– La doncella se dijo, «No me gusta estar aquí», y trató de volver, pero no encontró el camino, pues estaba muy oscuro. De pronto, algo saltó hacia ella.

– Un lobo -jadeó Agnes.

– No, no. Era un oso. Y el oso dijo: «¿Qué estás haciendo en mi bosque?»

– La doncella se asustó -añadió Agnes con voz temerosa.

– Sí. «Oh, por favor, no me comas, oso», dijo la doncella. «Me he perdido y no encuentro el camino a casa.» El oso era un oso bueno, aunque parecía malo, y dijo: «Te ayudaré a encontrar la salida del bosque», y la doncella dijo: «¿Cómo? Está muy oscuro.» «Se lo preguntaremos al búho», dijo el oso. «Él ve en la oscuridad.»

Siguió hablando, inventando el cuento sobre la marcha, extrañamente reconfortada por ello. Agnes dejó de interrumpir, y después de un rato Kivrin se levantó, sin dejar de hablar, y se asomó a la barricada.

– «¿Sabes dónde está la salida del bosque?», le preguntó el oso al cuervo. «Sí», dijo el cuervo.

Agnes estaba dormida contra la mesa, con la capa arrugada a sus pies, abrazada al carrito.

Tendría que taparla, pero no se atrevió. Todas las mantas estaban llenas de gérmenes de la peste. Miró a lady Imeyne, que seguía rezando en el rincón, de cara a la pared.

– Lady Imeyne -llamó en voz baja, pero la anciana no dio muestras de haberla oído.

Kivrin echó más leña al fuego y se sentó contra la mesa, apoyando la cabeza en ella.

– «Sé el camino de salida», dijo el cuervo. «Te lo mostraré», pero se marchó volando sobre las copas de los árboles, tan rápido que no pudieron seguirlo.

Debió de quedarse dormida, porque cuando abrió los ojos el fuego se había apagado y le dolía el cuello. Agnes seguía durmiendo, pero el clérigo estaba despierto. Llamó a Kivrin con palabras ininteligibles. La borra blanca le cubría toda la lengua, y su aliento hedía tanto que Kivrin tuvo que apartar la cabeza para poder respirar. La buba había empezado a supurarle de nuevo, un líquido denso y oscuro que olía a podredumbre. Kivrin le cambió el vendaje, apretando los dientes para no vomitar, y llevó el vendaje sucio al otro extremo del salón. Luego salió y se lavó las manos en el pozo, vertiendo el agua helada del pozo sobre una mano y luego la otra, tomando a sorbos el aire frío.

Roche entró en el patio.

– Ulric, el hijo de Hal -dijo, camino de la mansión-, y uno de los hijos del senescal, Walthef -se desplomó en el banco más cercano a la mesa.

– Estáis agotado -dijo Kivrin-. Tendríais que descansar.

Al otro lado del salón, Imeyne se levantó torpemente, como si se le hubieran quedado dormidas las piernas, y cruzó el salón hacia ellos.

– No puedo quedarme. He venido a coger un cuchillo para cortar sauces -dijo Roche, pero permaneció sentado junto al fuego, contemplándolo abstraído.

– Descansad al menos un minuto. Os traeré un poco de cerveza -Kivrin apartó el banco a un lado y se marchó.

– Habéis traído esta enfermedad -le dijo lady Imeyne.

Kivrin se volvió. La anciana se encontraba en medio del salón, mirando a Roche. Apretaba el libro contra su pecho. El relicario colgaba de sus manos.

– Vuestros pecados han traído la enfermedad.

Se volvió hacia Kivrin.

– Dijo la letanía de san Martín el día de san Eusebio. Lleva el alba sucia -hablaba como lo había hecho al quejarse a la hermana de sir Bloet, y sus manos jugueteaban con el relicario, contando sus pecados en los eslabones de la cadena-. Apagó las velas con los dedos y rompió los pabilos.

Kivrin la miró, pensando que trataba de justificar su propia culpa. Le escribió al obispo pidiendo un nuevo capellán, le dijo dónde estaban. No puede soportar la idea de haber contribuido a traer la peste, pero tampoco es capaz de sentir piedad. No tienes ningún derecho a culpar a Roche, pensó, ha hecho todo lo que puede. Y tú te has arrodillado a rezar en el rincón.

– Dios no ha enviado esta plaga como castigo -le dijo a Imeyne con frialdad-. Es una enfermedad.

– Olvidó el Confiteor Deo -Imeyne regresó a su rincón y se arrodilló-. Puso las velas del altar en la reja.

Kivrin se acercó a Roche.

– Nadie tiene la culpa.

Él contemplaba el fuego.

– Si Dios nos castiga, debe de ser por algún terrible pecado.

– Ningún pecado. No es un castigo.

– Dominus! -gritó el clérigo, intentando sentarse. Volvió a toser, una tos terrible y seca que parecía capaz de romperle el pecho, aunque no escupió nada. El sonido despertó a Rosemund, que empezó a gemir. Si no es un castigo, pensó Kivrin, desde luego lo parece.

Rosemund no había mejorado durante el sueño. Otra vez tenía mucha fiebre, y sus ojos empezaban a parecer hundidos. Se sacudía por el menor movimiento como si la hubieran golpeado.

La está matando, pensó Kivrin. Tengo que hacer algo.

Cuando Roche volvió a entrar, ella subió a la habitación y cogió el cofre de las medicinas de Imeyne. La anciana la observó, moviendo los labios en silencio, pero cuando Kivrin lo colocó delante de ella y le preguntó qué había en las bolsas de lino, se llevó las manos a la cara y cerró los ojos.

Kivrin reconoció algunas cosas. La doctora Ahrens le había hecho estudiar hierbas medicinales, y reconoció la consuelda y la pulmonaria, y las hojas aplastadas de la balsamita. Había una bolsita de sulfato de mercurio en polvo, que nadie en su sano juicio ofrecería, y un paquete de dedalera, que era casi igual de pernicioso.

Hirvió agua y echó en ella todas las hierbas que reconoció. Olía a gloria, como un soplo de verano, y no sabía peor que el té de corteza de sauce, pero tampoco sirvió de nada.

Al anochecer, el clérigo tosía continuamente, y en el estómago y los brazos de Rosemund empezaron a aparecer manchas rojas. Su buba tenía el tamaño y la dureza de un huevo. Cuando Kivrin la tocó, la niña gritó de dolor.

Durante la Peste Negra los médicos pusieron emplastos en las bubas o las abrían. También sangraban a la gente y las dormían con arsénico, aunque el clérigo pareció mejorar cuando se le reventaron las bubas, y estaba todavía vivo. Pero si la rompía podía extender la infección o, aún peor, llevarla a la sangre.

Calentó agua y trapos mojados para colocarlos sobre las bubas, pero aunque el agua estaba tibia, Rosemund gritó al primer contacto. Kivrin tuvo que volver a buscar agua fría, que no sirvió de nada. Nada sirve, pensó, sosteniendo el trapo mojado contra la axila de Rosemund. Nada.

Debo encontrar el lugar, pensó. Pero el bosque se extendía durante kilómetros, con cientos de robles, docenas de claros. Nunca lo encontraría. Además, no podía dejar a Rosemund.

Tal vez Gawyn regresaría. Habían cerrado las puertas de algunas ciudades: posiblemente no podría entrar, o tal vez hablaría con alguien por el camino y advertiría que lord Guillaume debía de estar muerto. Vuelve, suplicó, rápido. Vuelve.

Kivrin rebuscó de nuevo en el cofre de Imeyne, probando el contenido de las bolsas. El polvo amarillo era azufre. Los médicos lo usaban durante las epidemias: lo quemaban para fumigar el aire, y recordó haber aprendido en Historia de la Medicina que el azufre mataba algunas bacterias, aunque no recordaba cuáles. Sin embargo, era menos arriesgado que abrir las bubas.

Esparció un poco en el fuego para probarlo, y el azufre se convirtió en una nube amarilla que le irritó la garganta incluso a través de la máscara. El clérigo jadeó buscando aire, e Imeyne, en su rincón, entonó una salmodia continua.

Kivrin esperaba que el olor a huevos podridos se dispersara al cabo de unos minutos, pero el humo amarillo gravitó en el aire como un palio, irritándole los ojos. Maisry salió corriendo al exterior, tosiendo en su delantal, y Eliwys llevó a Imeyne y a Agnes al desván para escapar del humo.

Kivrin abrió la puerta y agitó el aire con uno de los paños de la cocina, y poco después el ambiente se despejó un poco, aunque la garganta seguía molestándole.

El clérigo continuó tosiendo, pero Rosemund calló, y su pulso se redujo hasta que Kivrin apenas lo percibió.

– No sé qué hacer -dijo Kivrin, sujetando su muñeca seca y caliente-. Lo he intentado todo.

Roche entró, tosiendo.

– Es el azufre -dijo Kivrin-. Rosemund ha empeorado.

Él la miró y le tomó el pulso, luego volvió a salir. Kivrin lo interpretó como una buena señal. No se habría marchado si Rosemund estuviera realmente mal.

Volvió unos minutos después, con sus vestiduras, los óleos y el viático de los últimos sacramentos.

– ¿Qué pasa? -preguntó Kivrin-. ¿Ha muerto la mujer del senescal?

– No -contestó él, mirando a Rosemund.

– No -Kivrin se levantó para interponerse entre los dos-. No os dejaré.

– No debe morir sin confesión -dijo él, sin apartar la mirada de Rosemund.

– Rosemund no se está muriendo -declaró Kivrin, y siguió su mirada.

Ya parecía muerta, con los labios entreabiertos, los ojos ciegos y sin parpadear. Su piel había cobrado un tono amarillento y tenía la carita tensa. No, pensó Kivrin, desesperada. Debo hacer algo para impedir esto. Solo tiene doce años.

Roche avanzó con el cáliz y Rosemund levantó el brazo como si suplicara, y lo dejó caer.

– Debemos abrir el bulto de la peste -dijo Kivrin-. Así saldrá el veneno.

Pensó que el sacerdote se negaría, que insistiría en oír primero la confesión de Rosemund, pero no fue así. Depositó los óleos y el cáliz sobre el suelo de piedra y fue a coger un cuchillo.

– Que esté afilado -dijo Kivrin-, y traed vino.

Puso la olla al fuego otra vez. Cuando Roche volvió con el cuchillo, lo lavó con agua del cubo, frotando la suciedad del mango con las uñas. Lo tendió al fuego, con el mango envuelto en la saya; luego le echó agua hirviendo encima, después vino y otra vez agua.

Acercaron a Rosemund al fuego, con la buba expuesta para tener la mejor luz posible, y Roche se arrodilló ante la cabeza de la niña. Kivrin le pasó la mano amablemente por encima y dobló las mantas para prepararle una almohada. Roche la cogió por el brazo y lo volvió para que la hinchazón quedara al descubierto.

Tenía casi el tamaño de una manzana, y toda la articulación del hombro estaba inflamada y tumefacta. Los bordes de la buba era suaves y casi gelatinosos, pero el centro seguía duro.

Kivrin abrió la botella de vino que había traído el sacerdote, vertió un poco en un trapo y frotó suavemente la buba. Parecía como si hubiese una piedra dentro de la piel. No estaba segura de que el cuchillo fuera capaz de cortarla.

Levantó el cuchillo sobre la hinchazón, temiendo cortar una arteria, extender la infección, empeorar la situación de la enferma.

– Ni siquiera siente el dolor -declaró Roche.

Kivrin la miró. No se había movido, ni siquiera cuando Kivrin presionó la hinchazón. Miraba más allá de ellos, a algo terrible. No puedo empeorarlo, pensó. Aunque la mate, no puede ser peor.

– Sujetadle el brazo -indicó, y Roche le sujetó la muñeca y el antebrazo contra el suelo. Rosemund siguió sin moverse.

Dos cortes rápidos y limpios, pensó Kivrin. Inspiró profundamente y acercó el cuchillo a la hinchazón.

El brazo de Rosemund se sacudió, retorció el hombro para apartarse del cuchillo, con la mano convertida en una garra.

– ¿Qué hacéis? -exclamó roncamente-. ¡Se lo diré a mi padre!

Kivrin volvió a acercar el cuchillo. Roche cogió a Rosemund por el brazo y lo apoyó de nuevo contra el suelo, y ella le golpeó débilmente con la otra mano.

– Soy la hija de lord Guillaume d'Iverie. No podéis tratarme así.

Kivrin se retiró y se levantó, procurando que el cuchillo no tocara nada. Roche la cogió fácilmente por las muñecas, pero Rosemund se debatió débilmente. El cáliz se cayó y el vino se derramó en un charco oscuro.

– Debemos atarla -dijo Kivrin, y advirtió que sujetaba el cuchillo en alto, como una asesina. Lo envolvió en una de las telas que había rasgado Eliwys y rompió otra en tiras.

Roche ató las muñecas de Rosemund por encima de su cabeza mientras Kivrin le ataba los tobillos a la pata de uno de los bancos volcados. Rosemund no se resistió, pero cuando Roche le subió la camisa para descubrir su pecho, la niña dijo:

– Os conozco. Sois el asesino que asaltó a lady Katherine.

Roche se inclinó hacia delante y apoyó todo su peso sobre el antebrazo. Kivrin cortó la hinchazón.

La sangre manó y luego borboteó. He seccionado una arteria, pensó Kivrin. Roche y ella rebuscaron en el montón de trapos, y cogió unos cuantos gruesos y los apretó contra la herida. Enseguida quedaron empapados, y cuando Kivrin apartó la mano para coger el que Roche le tendía, salió sangre del pequeño corte. Kivrin lo cubrió con su falda y Rosemund gimió, un sonido ahogado e indefenso que le recordó al perrillo de Agnes, y pareció desplomarse, aunque no había ningún sitio donde caer.

La he matado, pensó Kivrin.

– No puedo detener la hemorragia -dijo, pero ya había cesado. Apretó la falda de su saya contra la herida, contó hasta cien y luego hasta doscientos, y levantó con precaución una esquina.

Todavía manaba sangre del corte, pero estaba mezclada con un pus denso, grisáceo y amarillento. Roche se inclinó para limpiarlo, pero ella se lo impidió.

– No, está lleno de gérmenes de la plaga -dijo, quitándole el paño-. No lo toquéis.

Limpió el repulsivo pus. Volvió a manar, seguido de un suero acuoso.

– Ya está, creo. Acercadme el vino.

Buscó un trapo limpio alrededor.

No había ninguno. Los habían usado todos, intentando contener la hemorragia. Volcó la botella con cuidado y dejó que el líquido oscuro goteara en el corte.

Rosemund no se movió. Tenía la cara macilenta, como si le faltara la sangre. Y no puedo hacerle una transfusión. Ni siquiera tengo un trapo limpio.

Roche desató a Rosemund. Cogió su mano flácida.

– Ahora su corazón late con más fuerza.

– Necesitamos más lino -dijo Kivrin, y se echó a llorar.

– Mi padre os ahorcará por esto -murmuró Rosemund.


Transcripción del Libro del Día del Juicio Final
(071145-071862)

Rosemund está inconsciente. Intenté desbridarle la buba anoche para sacar la infección, pero me temo que sólo he empeorado las cosas. Ha perdido mucha sangre. Está muy pálida y su pulso es tan débil que apenas se lo encuentro.

El clérigo también está peor. Sigue teniendo hemorragias en la piel, y salta a la vista que se encuentra cerca del final.

Recuerdo que la doctora Ahrens dijo que la peste bubónica sin tratar mata a la gente en cuatro o cinco días, pero no creo que dure tanto.

Lady Eliwys, lady Imeyne y Agnes aún no han caído enfermas, aunque lady Imeyne parece haberse vuelto medio loca en su afán de encontrar a alguien a quien echar la culpa. Le tiró a Maisry de las orejas esta mañana y le dijo que Dios nos castigaba a todos por su pereza y estupidez.

Desde luego, Maisry es perezosa y estúpida. No se puede confiar en que vigile a Agnes cinco minutos seguidos, y cuando la envié a buscar agua para lavar la herida de Rosemund esta mañana volvió sin ella más de media hora después.

No dije nada. No quería que lady Imeyne volviera a pegarle, y es sólo cuestión de tiempo antes de que me eche las culpas a mí. La vi observándome por encima de su Libro de las Horas cuando fui a por el agua que Maisry olvidó, y ya me imagino lo que está pensando: que sé demasiado acerca de la peste para no haber estado huyendo de ella, que se supone que he perdido la memoria, que no estaba herida sino enferma.

Si hace esas acusaciones, me temo que acabará convenciendo a lady Eliwys de que soy la causa de la peste y que no debería escucharme, que deberían derribar la separación y rezar todos juntos a Dios para que les perdone.

¿Y cómo me defenderé? ¿Diciendo que vengo del futuro, donde sabemos todo lo necesario acerca de la Peste Negra excepto cómo curarla sin estreptomicina y cómo regresar allí?

Gawyn no ha vuelto aún. Eliwys está frenética de preocupación. Cuando Roche fue a decir vísperas se quedó en la puerta, sin capa, sin cofia, mirando el camino. Me pregunto si se le habrá ocurrido pensar que él tal vez estuviera ya infectado cuando se marchó hacia Bath. Cabalgó hasta Courcy con el grupo del obispo, y cuando volvió ya sabía de la peste.

(Pausa)


Ulf el molinero no tardará en morir, y su mujer y sus hijos tienen la peste. No tienen bubas, pero a la mujer le han salido varios bultitos como semillas en la parte interior del muslo.

Tengo que recordar constantemente a Roche que se ponga la máscara y no toque a los pacientes más de lo necesario.

Los vids de historia dicen que los contemporáneos se comportaron con pánico y cobardía durante la Peste Negra, que huyeron y no atendieron a los enfermos, y que los sacerdotes fueron los peores de todos, pero no es así en absoluto.

Todo el mundo está asustado, pero se hace todo lo posible, y Roche es maravilloso. Se sentó y sostuvo la mano de la mujer del molinero todo el tiempo que la estuve examinando, y no vacila ante los trabajos más repulsivos: lavar la herida de Rosemund, vaciar orinales, limpiar al clérigo.

Nunca parece tener miedo. No sé de dónde saca el valor.

Sigue diciendo maitines y vísperas y rezando, hablándole a Dios de Rosemund y de quién tiene la peste ahora, informando de los síntomas y contando qué hacemos por ellos, como si Él de verdad pudiera oírle. Es como cuando yo le hablo a usted.

No dejo de preguntarme si Dios está aquí también, pero separado de nosotros por algo peor que el tiempo, incapaz de atravesar la barrera, incapaz de encontrarnos.

(Pausa)

Oímos la peste. Las aldeas tocan a muerto después de un enterramiento, nueve golpes por un hombre, tres por una mujer, uno por un bebé, y luego una hora de firmes tañidos. Esthcote tuvo dos esta mañana, y Osney ha estado tocando continuamente desde ayer. La campana del sureste, la que le dije que oí cuando atravesé, ha callado. No sé si eso significa que la peste ha terminado o si no queda nadie con vida para tocar la campana.

(Pausa)

Por favor, no dejes que Rosemund muera. No dejes que Agnes se ponga enferma. Envía a Gawyn de vuelta.