"El Libro del Día del Juicio Final" - читать интересную книгу автора (Willis Connie)

24

Dunworthy pasó los dos días siguientes llamando a la lista de técnicos de Finch y a guías de pesca escoceses, e instalando otro pabellón en Bulkeley-Johnson. Quince retenidos más habían caído con la gripe, entre ellos la señora Taylor, que se había desplomado cuando sólo faltaban cuarenta y nueve toques para completar un repique.

– Se desmayó y soltó la campana -informó Finch-. Dio la vuelta con un ruido infernal y la cuerda se agitó como si estuviera viva. Se me enrolló al cuello y por poco me estrangula. La señora Taylor quiso continuar cuando volvió en sí, pero naturalmente ya era demasiado tarde. Me gustaría que hablara usted con ella, señor Dunworthy. Está muy deprimida. Dice que nunca se perdonará por haber dejado tiradas a las otras. Le dije que no era culpa suya, que a veces las cosas escapan a nuestro control, ¿no le parece?

– Sí -dijo Dunworthy.

No había conseguido encontrar a un técnico, mucho menos convencerlo de que fuera a Oxford, ni había encontrado a Basingame. Finch y él habían telefoneado a todos los hoteles de Escocia, a todos los albergues y chalets de alquiler. William había conseguido los registros de las tarjetas de crédito de Basingame, pero no había compras de equipo de pesca ni alquileres en algún pueblo escocés perdido, como Dunworthy esperaba, ni entradas después del quince de diciembre.

El sistema telefónico era cada vez más precario. El visual se cortó otra vez, y la voz grabada, anunciando que debido a la epidemia todos los circuitos estaban ocupados, interrumpía casi todas las llamadas que intentaba hacer después de sólo dos dígitos.

No se preocupaba tanto por Kivrin, puesto que la llevaba consigo, una pesada carga, mientras marcaba una y otra vez los números, esperaba ambulancias, escuchaba las quejas de la señora Gaddson. Andrews no había vuelto a telefonear, o tal vez no había conseguido comunicar. Badri murmuraba incesantemente acerca de la muerte, y las enfermeras apuntaban todos sus delirios. Mientras Dunworthy esperaba a los técnicos, a los guías de pesca, a alguien que respondiera al teléfono, repasó las palabras de Badri, en busca de alguna pista. «Negra», había dicho Badri, y «laboratorio», y «Europa».

El sistema telefónico empeoró. La voz grabada interrumpía en cuanto marcaba el primer número, y varias veces no obtuvo línea. Decidió dejarlo de momento y trabajó en las listas de contactos. William había conseguido los archivos médicos confidenciales del Ministerio, y Dunworthy los repasó, buscando tratamientos de radiación y visitas al dentista. A uno de los primarios le habían examinado la mandíbula por rayos X, pero había sido el día veinticuatro, después de que comenzara la epidemia.

Fue al hospital para preguntar a los primarios que no deliraban si tenían animales de compañía o habían cazado patos últimamente. Los pasillos estaban atestados de camillas, cada una con un paciente. Se apoyaban contra las puertas de Admisiones y delante del ascensor. No había manera de pasar. Fue por las escaleras.

La estudiante de enfermería rubia se reunió con él en la puerta de Aislamiento. Llevaba una bata blanca y una mascarilla.

– Me temo que no puede entrar -dijo levantando una mano enguantada.

Badri ha muerto, pensó él.

– ¿Ha empeorado el señor Chaudhuri?

– No. Parece que descansa un poco mejor. Pero nos hemos quedado sin RPE. Londres prometió enviar equipo mañana, y el personal se las arregla con trajes de tela, pero no tenemos suficiente para las visitas -rebuscó en su bolsillo una tira de papel-. He anotado todo lo que ha dicho. Me temo que la mayor parte es ininteligible. Dijo su nombre y… ¿Kivrin?… ¿Es correcto?

Él asintió, mirando el papel.

– Y a veces palabras sueltas, pero casi todo carece de sentido.

Había intentado anotarlo fonéticamente, y cuando entendía una palabra, la subrayaba. Badri había dicho «no puedo», y «ratas», y «muy preocupado».

Más de la mitad de los retenidos había caído el domingo por la mañana, y todos los que no estaban enfermos los atendían. Dunworthy y Finch habían renunciado a ponerlos en pabellones, y en cualquier caso se habían quedado sin colchones. Los dejaban en sus propias camas, o los trasladaban, con cama y todo, a las habitaciones de Salvin, para que sus enfermeros improvisados no se agotaran.

Las campaneras fueron cayendo una por una, y Dunworthy ayudó a acostarlas en la vieja biblioteca. La señora Taylor, que todavía podía andar, insistió en ir a visitarlas.

– Es lo menos que puedo hacer -dijo, jadeando por el esfuerzo de cruzar el pasillo-, después de haberlas abandonado de aquel modo.

Dunworthy la ayudó a acostarse en el colchón hinchable que había traído William y la tapó con una sábana.

– El espíritu está dispuesto, pero la carne es débil -dijo.

Él mismo se sentía débil, agotado por la falta de sueño y las constantes decepciones. Mientras hervía agua para el té y limpiaba cuñas, por fin consiguió contactar con una de los técnicos de Magdalen.

– Está en el hospital -dijo su madre. Parecía triste y cansada.

– ¿Cuándo cayó enferma?

– El día de Navidad.

La esperanza brotó en él.

Tal vez la técnico de Magdalen era la fuente.

– ¿Qué síntomas tiene su hija? -preguntó ansiosamente-. ¿Dolor de cabeza? ¿Fiebre? ¿Desorientación?

– Apendicitis.

El lunes por la mañana las tres cuartas partes de los retenidos estaban enfermos. Como Finch había predicho, se les acabaron las sábanas limpias y las mascarillas, y algo mucho más urgente, también se quedaron sin temps, antimicrobiales y aspirinas.

– Intenté llamar al hospital para pedir más -dijo Finch, quien tendió una lista a Dunworthy-, pero los teléfonos están todos fuera de servicio.

Dunworthy fue caminando al hospital a buscar los suministros. La calle delante de Admisiones estaba abarrotada con un buen número de ambulancias, taxis y manifestantes con un gran cartel que proclamaba: «El primer ministro nos ha dejado para que muramos.» Mientras Dunworthy conseguía pasar entre ellos y llegaba a la puerta, Colin salió de allí corriendo. Iba mojado, como de costumbre, y con la cara y la nariz rojas de frío. Llevaba la chaqueta abierta.

– Los teléfonos no funcionan. Las líneas están saturadas. Estoy transmitiendo mensajes -del bolsillo de su chaqueta sacó un desordenado montón de hojas dobladas-. ¿Quiere que le lleve un mensaje a alguien?

Sí, pensó él. A Andrews. A Basingame. A Kivrin.

– No -respondió.

Colin se guardó en el bolsillo los papeles ya mojados.

– Pues me marcho. Si busca a mi tía Mary, está en Admisiones. Acaban de llegar cinco casos más. Una familia. El hijo menor estaba muerto.

Se internó corriendo entre el atasco de tráfico.

Dunworthy se abrió paso hasta Admisiones y mostró su lista a la encargada, quien le envió a Suministros. Los corredores seguían llenos de camillas, aunque ahora estaban alineadas a ambos lados, de modo que quedaba un estrecho pasillo entre ellas. Inclinada sobre una de las camillas había una enfermera con una mascarilla rosa y una bata leyendo algo a uno de los pacientes.

– «El Señor hará que la peste caiga sobre vosotros -decía, y de repente Dunworthy reconoció a la señora Gaddson. Estaba intensamente concentrada en su lectura y no levantó la cabeza-. Hasta que os haya hecho desaparecer de la tierra.»

La peste caerá sobre vosotros, dijo él en silencio, y pensó en Badri. «Fueron las ratas -había dicho-. Los mató a todos. Media Europa.»

Ella no puede estar en la Peste Negra, pensó mientras se dirigía a Suministros. Andrews había dicho que el deslizamiento máximo era de cinco años. En 1325 la peste ni siquiera había comenzado en China. Andrews había asegurado que las dos únicas cosas que no habrían abortado automáticamente el lanzamiento eran el deslizamiento y las coordenadas, y Badri, cuando podía contestar a las preguntas de Dunworthy, insistía en que había comprobado las coordenadas de Pulhaski.

Entró en Suministros. No había nadie en el mostrador. Llamó al timbre.

Cada vez que Dunworthy le preguntaba, Badri decía que las coordenadas del estudiante eran correctas, pero empezaba a mover los dedos nerviosamente sobre la sábana, tecleando, tecleando el ajuste. Esto no puede estar bien. Algo falla.

Volvió a llamar al timbre y una enfermera salió de entre los estantes. Era evidente que había abandonado la jubilación expresamente para la epidemia. Tenía al menos noventa años, y su uniforme blanco estaba amarillento, pero aún seguía tieso por el almidón. Crujió cuando cogió la lista.

– ¿Tiene una autorización?

– No.

Le tendió su lista y un impreso de tres páginas.

– Todas las órdenes deben ser autorizadas por la enfermera jefa del pabellón.

– No tenemos ninguna enfermera de pabellón -dijo él, controlando su mal genio-. No tenemos ningún pabellón. Tenemos cincuenta retenidos en dos dormitorios y ningún suministro.

– En ese caso el médico que está al cargo debe firmar la autorización.

– La médica al cargo está en un hospital atestado de enfermos. No tiene tiempo para firmar autorizaciones. ¡Estamos en plena epidemia!

– Soy bien consciente de ello. Todas las órdenes deben estar firmadas por el médico al cargo -dijo la enfermera gélidamente, y se marchó crujiendo entre los pasillos.

Dunworthy volvió a Admisiones. Mary ya no estaba allí. La encargada lo envió a Aislamiento, pero tampoco estaba allí. Jugueteó con la idea de falsificar la firma de Mary, pero quería verla, quería contarle su fracaso en localizar a los técnicos, su fracaso para encontrar una forma de esquivar a Gilchrist y abrir la red. Ni siquiera podía conseguir una miserable aspirina, y ya era tres de enero.

Finalmente encontró a Mary en el laboratorio. Hablaba por teléfono, que por lo visto volvía a funcionar, aunque en la visual sólo aparecía nieve. Mary no lo miraba. Contemplaba la consola, donde aparecían las gráficas de contactos.

– ¿Qué problema hay? -preguntó-. Ustedes dijeron que estaría aquí hace dos días.

Hubo una pausa mientras la persona perdida en la nieve ponía algún tipo de excusa.

– ¿Cómo que fue rechazado? -exclamó ella, incrédula-. Aquí hay mil personas con gripe.

Hubo otra pausa. Mary tecleó algo en la consola y apareció una gráfica diferente.

– Bien, pues vuelvan a enviarlo -gritó-. ¡La necesito ahora mismo! ¡Mis pacientes se están muriendo! Lo quiero aquí para… ¿oiga? ¿Está usted ahí?

La pantalla se volvió negra. Mary se volvió para pulsar el interruptor y vio a Dunworthy.

Le indicó que entrara en el despacho.

– ¿Está usted ahí? -dijo al teléfono-. ¿Oiga? -colgó-. ¡Los teléfonos no funcionan, la mitad de mi personal ha caído con el virus, y los análogos no han llegado porque algún idiota no los dejó pasar a la zona de cuarentena!

Se sentó ante la consola y se frotó los pómulos con los dedos.

– Lo siento -suspiró-. Ha sido un mal día. Hubo tres ingresos cadáveres esta mañana. Uno de ellos tenía seis meses.

Todavía llevaba la ramita de acebo en la bata. Tanto la bata como la ramita estaban completamente arrugadas, y Mary parecía exhausta. Las líneas alrededor de la boca y los ojos surcaban profundamente su cara. Dunworthy se preguntó cuánto tiempo llevaba sin dormir, y si lo sabría siquiera.

Se frotó los párpados con dos dedos.

– Nunca me acostumbraré a la idea de que no hay nada que hacer -dijo.

– Claro.

Ella le miró, casi como si no hubiera advertido que estaba allí.

– ¿Necesitabas algo, James?

Ella no había dormido, ni había recibido ninguna ayuda, y había visto tres ingresos cadáveres, uno de ellos un bebé. Ya tenía bastantes problemas sin preocuparse por Kivrin.

– No -dijo él, levantándose. Le tendió el impreso-. Únicamente tu firma.

Ella lo firmó sin mirarlo.

– Fui a ver a Gilchrist esta mañana -dijo al devolvérselo.

Él la miró, demasiado sorprendido y conmovido para hablar.

– Fui a verlo para ver si lograba convencerlo de que abriera la red antes. Le expliqué que no hay necesidad de esperar a que haya inmunización plena. Cierto porcentaje de inmunización reduce las posibilidades de contagio.

– Y ninguno de tus argumentos tuvo el más mínimo efecto.

– No. Está plenamente convencido de que el virus vino del pasado -Mary suspiró-. Ha dibujado gráficas de las pautas de mutación cíclica de los mixovirus tipo A. Según su teoría, uno de los mixovirus tipo A existente en 1318-1319 era un H9N2 -volvió a frotarse la frente-. No abrirá el laboratorio hasta que se haya completado la inmunización plena y se levante la cuarentena.

– ¿Y cuándo será eso? -preguntó él, aunque tenía una ligera idea.

– La cuarentena tiene que permanecer en efecto hasta siete días después de la inmunización total o cuarenta días después de la incidencia final -dijo ella, como si le estuviera dando malas noticias.

Incidencia final. Dos semanas sin ningún nuevo caso.

– ¿Cuánto tardará la inmunización a toda la nación?

– Cuando consigamos suficientes suministros de la vacuna, no mucho. La Pandemia sólo duró dieciocho días.

Dieciocho días. Después de que se fabricaran suficientes suministros de la vacuna. Finales de enero.

– Demasiado tarde -dijo él.

– Sí, lo sé. Debemos identificar positivamente la fuente, eso es todo -se volvió a mirar la consola-. La respuesta está ahí. Simplemente, no sabemos mirar en el lugar adecuado -recuperó una nueva gráfica-. He estado haciendo correlaciones, buscando estudiantes de veterinaria, primarios que vivan cerca de zoos, direcciones rurales. Ésta es de los secundarios que estuvieron en DeBrett, cazando pájaros y todo eso. Pero lo más parecido que tenemos a un ave son los que comieron ganso en Navidad.

Recuperó la gráfica de contactos. El nombre de Badri seguía apareciendo en cabeza. Se sentó y la contempló durante un largo rato, tan absorta como Montoya mirando sus huesos.

– Lo primero que tiene que aprender un médico es a no ser demasiado duro consigo mismo cuando pierde a un paciente -dijo, y Dunworthy se preguntó si se refería a Kivrin o a Badri.

– Tengo que abrir la red.

– Eso espero.

La respuesta no se encontraba en las gráficas de contacto ni en los encuentros comunes. Había que buscarla en Badri, cuyo nombre, a pesar de todas las preguntas que habían hecho a los primarios, a pesar de todas las falsas pistas, seguía siendo la fuente. Badri era el caso índice, y en algún momento de cuatro a seis días antes del lanzamiento había entrado en contacto con un portador.

Subió a verlo. Había un enfermero distinto ante la habitación, un joven alto y nervioso que no parecía tener más de diecisiete años.

– ¿Dónde está…? -empezó a preguntar Dunworthy, y entonces advirtió que no sabía el nombre de la enfermera rubia.

– Lo ha pillado. Ayer. Ya hay veinte enfermos entre el personal, y se han quedado sin sustitutos. Pidieron a los estudiantes de tercero que ayudaran. Yo sólo estoy en primero, pero he recibido formación en primeros auxilios.

Ayer. Entonces había pasado todo un día sin que nadie registrara lo que decía Badri.

– ¿Recuerda algo de lo que haya dicho Badri mientras estaba con él? -preguntó sin esperanza. Un estudiante de primero-. ¿Alguna palabra o frase que fuera inteligible?

– Usted es el señor Dunworthy, ¿verdad? -dijo el muchacho. Le tendió un paquete de RPE-. Eloise me advirtió que quería usted saber todo lo que dijera el paciente.

Dunworthy se puso las RPE recién llegadas. Eran blancas y estaban marcadas con pequeñas cruces negras en la abertura trasera de la bata. Se preguntó de dónde las habrían sacado.

– Estaba muy enferma y no paraba de repetir lo importante que era.

El muchacho condujo a Dunworthy a la habitación de Badri, miró a las pantallas y luego al enfermo. Al menos ha mirado al paciente, pensó Dunworthy.

Badri yacía con los brazos por fuera de las sábanas y tironeaba de ellas con manos que parecían sacadas de la ilustración de la tumba del caballero en el libro de Colin. Sus ojos hundidos estaban abiertos, pero no miró al enfermero ni a Dunworthy, ni siquiera a las sábanas, que sus manos inquietas no parecían poder agarrar.

– Había leído sobre esto, pero nunca lo había visto -comentó el muchacho-. Es un síntoma terminal común en casos respiratorios -se dirigió a la consola, tecleó algo y señaló la pantalla superior izquierda-. He anotado todo esto.

Lo había hecho. Incluso los galimatías. Lo había escrito fonéticamente, con elipses para representar las pausas, y (sic) después de las palabras dudosas. «Media», había escrito, y «atrás» (sic) y «¿Por qué no viene?».

– Eso es casi todo de ayer -dijo. Movió el cursor al tercio inferior de la pantalla-. Habló un poco esta mañana. Ahora, como ve, no dice nada.

Dunworthy se sentó junto a Badri y le cogió la mano. La notó helada, incluso a través del guante impermeable. Miró la pantalla de la temperatura. Badri ya no tenía fiebre ni el color oscuro que la acompañaba. Parecía haber perdido todo color. Su piel tenía el tono de la ceniza mojada.

– Badri. Soy el señor Dunworthy. Tengo que hacerte algunas preguntas.

No hubo respuesta. Su mano fría yació flácida en la de Dunworthy, y la otra siguió tirando en vano de la sábana.

– La doctora Ahrens piensa que podrías haber contraído tu enfermedad por algún animal, un pato silvestre o un ganso.

El enfermero miró interesado a Dunworthy y luego a Badri, como si esperara que mostrara otro fenómeno médico que aún no había observado.

– Badri, ¿lo recuerdas? ¿Tuviste algún contacto con patos o gansos la semana anterior al lanzamiento?

La mano de Badri se movió. Dunworthy la miró con el ceño fruncido, preguntándose si intentaba comunicarse, pero cuando aflojó un poco la mano, los delgadísimos dedos sólo intentaron tirar de su palma, de sus dedos, de su muñeca.

Se sintió súbitamente avergonzado por estar allí torturando a Badri con preguntas, aunque no le oía, aunque no sabía que Dunworthy estaba allí, ni le importaba.

Colocó la mano de Badri sobre la sábana.

– Descansa -dijo, palmeándola amablemente-, intenta descansar.

– Dudo que pueda oírle -declaró el enfermero-. En este estado ya no son conscientes.

– Sí, lo sé -asintió Dunworthy, pero continuó sentado allí.

El enfermero ajustó el gotero, lo miró nerviosamente, y volvió a ajustarlo. Observó a Badri, ajustó el gotero por tercera vez, y por fin salió de la habitación. Dunworthy continuó sentado, viendo cómo Badri tiraba a ciegas de la sábana, intentando agarrarla pero incapaz de hacerlo. Quería incorporarse. De vez en cuando murmuraba algo, con voz demasiado baja para que resultara audible. Dunworthy le frotó el brazo amablemente, arriba y abajo. Al cabo de un rato, los movimientos del enfermo se hicieron más lentos, aunque Dunworthy no sabía si eso era un buena señal.

– Cementerio -dijo Badri.

– No. No.

Dunworthy se quedó un rato más, acariciando el brazo de Badri, pero su agitación pareció empeorar poco después. Se levantó.

– Intenta descansar -dijo, y salió.

El enfermero estaba sentado ante el mostrador, leyendo un ejemplar de Patient Care.

– Por favor, avíseme cuando… -dijo Dunworthy, y advirtió que no era capaz de terminar la frase-. Por favor, avíseme.

– Sí, señor. ¿Dónde estará usted?

Dunworthy rebuscó en su bolsillo un pedazo de papel para anotarlo y se encontró con la lista de suministros. Casi lo había olvidado.

– Estoy en Balliol, envíe un mensajero -pidió, y regresó a Suministros.


– No lo ha rellenado del todo -señaló la anciana almidonada cuando le tendió el impreso.

– Lo tengo firmado -contestó él, tendiéndole la lista-. Rellénelo usted.

Ella miró la lista con expresión de desaprobación.

– No tenemos temps ni mascarillas -sacó un frasquito de aspirinas-. Nos hemos quedado sin sintamicina y AZL.

El frasco de aspirinas contenía unas veinte tabletas. Dunworthy se lo guardó en el bolsillo y recorrió la High hasta la farmacia. Un grupito de manifestantes esperaba bajo la lluvia, empuñando pancartas que decían: ¡injusto! y «¡Abusón!». Dunworthy entró. No tenían mascarillas, y los temps y las aspirinas habían subido espantosamente de precio. Compró todas las existencias.

Se pasó toda la noche administrando los medicamentos y estudiando la gráfica de Badri, buscando alguna pista que indicara la fuente del virus. Badri había dirigido un lanzamiento in situ para Siglo Diecinueve en Hungría el diez de diciembre, pero la gráfica no decía dónde, y William, que coqueteaba con las retenidas que aún seguían en pie, no lo sabía. Los teléfonos habían vuelto a estropearse.

Seguían sin funcionar por la mañana cuando Dunworthy intentó llamar para saber del estado de Badri. Ni siquiera consiguió línea, pero en cuanto colgó, el teléfono sonó.

Era Andrews. Dunworthy apenas podía oír su voz a través de la estática.

– Lamento haber tardado tanto -se disculpó, y luego dijo algo que se perdió por completo.

– No le oigo -dijo Dunworthy.

– He dicho que he tenido dificultades para ponerme en contacto. Los teléfonos… -más estática-. Hice las comprobaciones de parámetros. Usé tres L-y-L diferentes y triangulé la… -el resto se perdió.

– ¿Cuál fue el deslizamiento máximo? -gritó al teléfono.

La línea se despejó momentáneamente.

– Seis días. Eso fue con un L-y-L de… -más estática-. Calculé las probabilidades, y el máximo posible para cualquier L-y-L en una circunferencia de cincuenta kilómetros seguía siendo de cinco años -la estática interrumpió de nuevo la conversación, y la línea se cortó.

Dunworthy colgó. La noticia tendría que haberle tranquilizado, pero no parecía capaz de experimentar ninguna emoción. Gilchrist no tenía ninguna intención de abrir la red el seis de enero, estuviera allí Kivrin o no. Fue a coger el teléfono para llamar a la Oficina de Turismo Escocesa, y entonces volvió a sonar.

– Diga, soy Dunworthy -miró la pantalla, pero las visuales sólo mostraban nieve.

– ¿Quién? -preguntó una voz de mujer que parecía ronca o agotada-. Lo siento -murmuró-. Quería llamar… -añadió algo más, demasiado confuso para que pudiera entenderse, y la visual se volvió negra.

Dunworthy esperó por si volvían a llamar, y luego se dirigió a Salvin. La campana de Magdalen daba la hora. Sonaba como un toque de difuntos en medio de la incesante lluvia. Al parecer, la señora Piantini también había oído la campana. Estaba de pie en el patio, vestida con una bata, levantando solemnemente los brazos para seguir un compás insólito.

– Al centro, mal, y a la caza -dijo mientras Dunworthy intentaba conducirla al interior.

Finch apareció, con aspecto agotado.

– Son las campanas, señor -dijo, agarrando a la mujer por el otro brazo-. La perturban. Dadas las circunstancias, creo que no deberían sonar.

La señora Piantini se libró de la mano de Dunworthy.

– Cada hombre debe ceñirse a su campana sin interrupción -declaro, furiosa.

– Estoy de acuerdo -asintió Finch, agarrando su brazo con tanta fuerza como si fuera la cuerda de una campana, y la condujo a su jergón.

Colin llegó corriendo, empapado como de costumbre y casi azul por el frío. Tenía la chaqueta abierta y llevaba la bufanda gris de Mary inútilmente colgada del cuello. Le tendió a Dunworthy un mensaje.

– Es del enfermero de Badri -dijo. Abrió un paquete de pastillas de jabón y se metió una celeste en la boca.

La nota también estaba empapada. Decía «Badri pregunta por usted», aunque la palabra «Badri» estaba tan borrosa que sólo se distinguía la B.

– ¿Dijo el enfermero si Badri estaba peor?

– No, sólo me pidió que le diera el mensaje. Y tía Mary dice que cuando llegue usted, vaya a recibir su potenciación. Me ha comentado que no sabe cuándo recibirá el análogo.

Dunworthy ayudó a Finch a acostar a la señora Piantini y corrió al hospital y luego a Aislamiento. Había una enfermera nueva, una mujer de mediana edad con los pies hinchados. Estaba sentada y los apoyaba en las pantallas. Estaba mirando un vidder portátil, pero se levantó inmediatamente cuando él entró.

– ¿Es usted el señor Dunworthy? -preguntó, bloqueándole el paso-. La doctora Ahrens dijo que fuera usted a verla inmediatamente.

Lo dijo en voz baja, incluso con amabilidad, y Dunworthy pensó que se compadecía de él. No quiere que entre a ver qué hay dentro. Quiere que Mary me lo diga primero.

– Es Badri, ¿verdad? Ha muerto.

Ella pareció genuinamente sorprendida.

– Oh, no, está mucho mejor esta mañana. ¿No ha recibido mi nota? Se ha sentado.

– ¿Sentado? -Dunworthy la miró fijamente, preguntándose si deliraba de fiebre.

– Todavía está muy débil, claro, pero su temperatura es normal y está despierto. Tiene que ver usted a la doctora Ahrens en Admisiones. Dijo que era urgente.

Él miró hacia la puerta de la habitación de Badri.

– Dígale que vendré a verlo en cuanto pueda -salió corriendo por la puerta.

Casi chocó con Colin, que al parecer iba a entrar.

– ¿Qué estás haciendo aquí? -preguntó-. ¿Ha llamado alguno de los técnicos?

– Me han asignado a usted. Tía Mary dice que no se fía de que vaya a recibir su potenciación de leucocitos-T. Se supone que he de llevarlo a que se la pongan.

– No puedo. Hay una emergencia en Admisiones -alegó él, andando rápidamente por el pasillo.

Colin lo alcanzó.

– Bueno, pues entonces iremos después de la emergencia. Tía Mary me advirtió que no le dejara salir del hospital sin la potenciación.

Cuando el ascensor se abrió, Mary estaba allí para recibirlo.

– Tenemos otro caso -anunció, sombría-. Es Montoya -se dirigió a Admisiones-. La traen de Witney.

– ¿Montoya? Eso es imposible. Ha estado sola en la excavación.

Ella empujó las puertas dobles.

– Pues parece que no.

– Pero ella dijo… ¿estás segura de que es el virus? Ha estado trabajando en medio de la lluvia. Tal vez sufra alguna otra enfermedad.

Mary sacudió la cabeza.

– El equipo de la ambulancia realizó un chequeo preliminar. Encaja con el virus -se detuvo en el mostrador de Admisiones y preguntó al encargado-. ¿Ha llegado ya?

Él negó con la cabeza.

– Acaban de atravesar el perímetro.

Mary se acercó a las puertas y se asomó, como si no le creyera.

– Recibimos una llamada suya esta mañana. Estaba muy confundida. Llamé a Chipping Norton, que es el hospital más cercano, y les pedí que enviaran una ambulancia, pero me dijeron que la excavación estaba oficialmente en cuarentena. Y no pude conseguir una de las nuestras para que fuera a buscarla. Al final tuve que convencer al ministerio de que enviaran una dispensa para mandar una ambulancia -se asomó de nuevo a las puertas-. ¿Cuándo se marchó a la excavación?

– Yo… -Dunworthy intentó recordar. Montoya le había telefoneado para preguntarle por los guías de pesca escoceses el día de Navidad y luego aquella misma tarde para decir «No importa», porque había decidido falsificar la firma de Basingame-. El día de Navidad. Si las oficinas del ministerio estaban abiertas. O el veintiséis. No, ése fue el día del aguinaldo. El veintisiete. Y no ha visto a nadie desde entonces.

– ¿Cómo lo sabes?

– Cuando hablé con Montoya, se quejó de que no podría secar la excavación ella sola. Quería que yo llamara al ministerio para que le enviara ayudantes.

– ¿Cuándo fue eso?

– Hace dos… no, tres días -respondió él, frunciendo el ceño. Los días se unían unos a otros cuando uno no se acostaba.

– ¿Podría haber encontrado a alguien en la granja después de hablar contigo?

– No hay nadie allí en invierno.

– Que yo recuerde, Montoya recluta a cualquiera que se le ponga a tiro. Tal vez alistó a alguien que estaba de paso.

– Dijo que no había nadie. La excavación está muy aislada.

– Bueno, pues tiene que haber encontrado a alguien. Lleva siete días en la excavación, y el período de incubación es sólo de cuarenta y ocho horas.

– ¡La ambulancia ya está aquí! -informó Colin.

Mary empujó las puertas, con Dunworthy y Colin siguiéndola. Los hombres de la ambulancia, protegidos con mascarillas, levantaron una camilla y la colocaron sobre unas ruedas. Dunworthy reconoció a uno de ellos. Había ayudado a entrar a Badri. Colin se inclinó sobre la camilla, mirando interesado a Montoya, que yacía con los ojos cerrados. Su cara tenía el mismo tono rojo que la señora Breen. Colin se inclinó más y ella le tosió directamente en la cara.

Dunworthy agarró a Colin por el cuello de la chaqueta y lo apartó de ella.

– Apártate de ahí. ¿Quieres pillar el virus? ¿Por qué no llevas puesta tu mascarilla?

– No queda ninguna.

– No deberías estar aquí. Vete directamente a Balliol y…

– No puedo. Me han asignado a usted para que me asegure de que recibe su potenciación.

– Entonces siéntate por aquí -ordenó Dunworthy, y lo arrastró a una silla en la zona de recepción-. No te acerques a los pacientes.

– Será mucho mejor que no intente escapar de mí -advirtió Colin, pero se sentó, sacó su chicle del bolsillo, y lo frotó en la manga de la chaqueta.

Dunworthy regresó a la camilla.

– Lupe -decía Mary-, tenemos que hacerle algunas preguntas. ¿Cuándo cayó enferma?

– Esta mañana -Montoya estaba afónica, y Dunworthy advirtió de repente que debía ser la persona que le había telefoneado-. Anoche tuve mucho dolor de cabeza… -levantó una mano sucia y se frotó las cejas-, pero pensé que era porque estaba forzando demasiado la vista.

– ¿Quién había con usted en la excavación?

– Nadie -dijo Montoya. Parecía sorprendida.

– ¿Y los repartos? ¿No le llevó suministros alguien de Witney?

Empezó a sacudir la cabeza, pero al parecer eso le dolió, y se detuvo.

– No. Me lo llevé todo conmigo.

– ¿Y no había nadie ayudándola en la excavación?

– No, le pedí al señor Dunworthy que se pusiera en contacto con el Ministerio para pedir ayuda, pero no lo hizo -Mary miró a Dunworthy, y Montoya siguió su mirada-. ¿Van a enviar a alguien? -le preguntó a él-. Nunca lo encontrarán si no mandan a alguien.

– ¿Qué tienen que encontrar? -dijo él, preguntándose si debían fiarse de la respuesta de Montoya o si estaba delirando.

– La excavación está medio sumergida -dijo ella.

– ¿Qué deben encontrar?

– El grabador de Kivrin.

Él recordó de repente a Montoya junto a la tumba, rebuscando en la caja de huesos en forma de piedra. Huesos de muñeca. Eran huesos de muñeca, y estaba examinando los bordes irregulares, buscando un espolón óseo que era en realidad una pieza del equipo grabador. El grabador de Kivrin.

– Aún no he excavado todas las tumbas -dijo Montoya-, y sigue lloviendo. Tienen que enviar a alguien enseguida.

– ¿Tumbas? -preguntó Mary, mirándolo sin comprender-. ¿De qué habla?

– Ha estado excavando en el cementerio de la iglesia medieval buscando el cuerpo de Kivrin -explicó él amargamente-, buscando el grabador que le implantaste en la muñeca.

Mary no estaba escuchando.

– Quiero las gráficas de contacto -pidió al encargado. Se volvió hacia Dunworthy-. Badri estuvo en la excavación, ¿verdad?

– Sí.

– ¿Cuándo?

– El dieciocho y el diecinueve.

– ¿En el cementerio?

– Sí. Montoya y él abrieron la tumba de un caballero.

– Una tumba -dijo Mary, como si ésa fuera la respuesta a una pregunta. Se inclinó hacia Montoya-. ¿De cuándo era la tumba?

– De 1318 -contestó Montoya.

– ¿Ha estado trabajando en la tumba del caballero esta semana?

Montoya intentó asentir, pero se detuvo.

– Me mareo mucho cuando muevo la cabeza… Tuve que trasladar el esqueleto. Entraba agua en la tumba.

– ¿Qué día trabajó en la tumba?

Montoya frunció el ceño.

– No lo recuerdo. El día antes de las campanas, creo.

– El treinta y uno -intervino Dunworthy. Se inclinó hacia ella-. ¿Ha trabajado en la tumba desde entonces?

Ella intentó sacudir la cabeza otra vez.

– Las gráficas de contacto están aquí -anunció el encargado.

Mary se acercó rápidamente al mostrador y cogió el teclado. Pulsó varias teclas, miró la pantalla, volvió a teclear.

– ¿Qué pasa? -preguntó Dunworthy.

– ¿Cómo está el cementerio?

– ¿El cementerio? Hay barro. Ella lo ha cubierto con toldos, pero entraba mucha lluvia.

– ¿Hacía calor?

– Sí. Al menos eso dijo ella. Tenía varios calefactores eléctricos conectados. ¿Qué ocurre?

Ella pasó el dedo por la pantalla, buscando algo.

– Los virus son organismos extraordinariamente resistentes. Pueden permanecer latentes durante largos períodos de tiempo y revivir. Se han encontrado virus vivos en las momias egipcias -su dedo se detuvo en una fecha-. Lo que sospechaba. Badri estuvo en la excavación cuatro días antes de contraer el virus.

Se volvió hacia el encargado.

– Quiero que un equipo vaya a la excavación inmediatamente. Consiga permiso del Ministerio. Dígales que tal vez hayamos encontrado la fuente del virus -recuperó una nueva pantalla, pasó el dedo por los nombres, tecleó algo más y se echó hacia atrás, contemplando la pantalla-. Teníamos cuatro primarios sin ninguna conexión positiva con Badri. Dos de ellos estuvieron en la excavación cuatro días antes de pillar el virus. El otro visitó el lugar tres días antes.

– ¿El virus está en la excavación? -preguntó Dunworthy.

– Sí -Mary sonrió tristemente-. Me temo que, después de todo, Gilchrist tenía razón. El virus vino del pasado: de la tumba del caballero.

– Kivrin estuvo en la excavación.

Ahora fue Mary quien le miró sin comprender.

– ¿Cuándo?

– La tarde del domingo antes del lanzamiento. El diecinueve.

– ¿Estás seguro?

– Sí, me lo dijo antes de marcharse. Quería estropearse un poco las manos para que no parecieran tan cuidadas.

– Oh, Dios mío. Si estuvo expuesta cuatro días antes del lanzamiento, no había recibido aún su potenciación de leucocitos-T. Es posible que el virus se replicara e invadiera su sistema. Puede que lo haya pillado.

Dunworthy la agarró por el brazo.

– Pero eso es imposible. La red no la habría dejado pasar si hubiera el menor peligro de contagiar a los contemporáneos.

– No habría nadie a quien contagiar si el virus salió de la tumba del caballero -objetó Mary-. No si éste murió en 1318. Los contemporáneos ya lo habrían tenido. Serían inmunes -se acercó rápidamente a Montoya-. Cuando Kivrin visitó la excavación, ¿trabajó en la tumba?

– No lo sé, yo no estaba. Tuve una reunión con Gilchrist.

– ¿Quién podría saberlo? ¿Quién más estuvo allí ese día?

– Nadie. Todo el mundo se fue a casa por vacaciones.

– ¿Cómo sabía Kivrin lo que tenía que hacer?

– Los voluntarios se dejan notas unos a otros cuando se marchan.

– ¿Quién estuvo allí esa mañana? -intervino Mary.

– Badri -respondió Dunworthy, y se dirigió a Aislamiento.

Entró directamente en la habitación de Badri. Pilló desprevenida a la enfermera, que tenía los pies sobre las pantallas.

– No puede entrar sin RPE -advirtió.

Le siguió, pero Dunworthy ya estaba dentro.

Badri yacía reclinado en una almohada. Parecía débil y muy pálido, como si la enfermedad le hubiera quitado todo el color de la piel, pero levantó la cabeza cuando entró Dunworthy y empezó a hablar.

– ¿Trabajó Kivrin en la tumba del caballero? -le preguntó Dunworthy.

– ¿Kivrin? -su voz era tan débil que apenas se oía.

La enfermera llamó a la puerta.

– Señor Dunworthy, no puede entrar aquí…

– El lunes -insistió Dunworthy-. Fuiste a dejarle un mensaje donde le especificabas qué debía hacer. ¿Le pediste que trabajara en la tumba?

– Señor Dunworthy, se está usted exponiendo al virus…

Mary entró, poniéndose un par de guantes.

– No puedes estar aquí sin RPE, James.

– Se lo he dicho, doctora Ahrens, pero no me hizo caso y…

– ¿Le dejaste a Kivrin un mensaje en la excavación para que trabajara en la tumba? -insistió Dunworthy.

Badri asintió débilmente.

– Estuvo expuesta al virus -dijo Dunworthy a Mary-. El domingo. Cuatro días antes de partir.

– Oh, no -susurró Mary.

– ¿Qué ocurre? ¿Qué ha pasado? -preguntó Badri, e intentó incorporarse en la cama-. ¿Dónde está Kivrin? -miró de Dunworthy a Mary-. La sacaron, ¿verdad? Advirtieron lo sucedido y la rescataron, ¿no?

– Lo sucedido… -repitió Mary-. ¿A qué se refiere?

– Tienen que sacarla de allí -dijo Badri-. No está en 1320, sino en 1348.