"¡Increíble Kamo!" - читать интересную книгу автора (Pennac Daniel)15 Catín;? Cathy!– ¡No estaba enfermo, puñeta; estaba feliz! Feliz. – ¡Pero Kamo. alguien se estaba quedando contigo! -¡De eso nada! Alguien me estaba haciendo soñar. Un sueño extraordinario. Ni siquiera la noche puede inventarlos más bonitos. – ¡Narices! ¡Creías en el! ¡Te estabas volviendo majara! – ¡No! Yo sabía que era un sueño. – Puede. Pero ya no sabías lo que era la realidad. – La realidad… Me suelta de pronto, como si todos sus nervios se distendiesen de golpe. Y luego, con las dos manos sobre mis hombros: – Por tu bien, espero que esa realidad tuya esté a la altura de mi sueno, de lo contrario… Muestra los dientes con un susurro feroz. Y yo vuelvo a pensar en la aparición de correos, la responsable de la agencia Babel, la Cathy de Kamo. Sudor ardiente y sudor helado. ¡Cathy! Me matará cuando lo sepa. Me matará… 0 quizá peor.,. Escalón a escalón, Una verdadera subida al cadalso. – Tú dirás… – Es aquí. Me aparta y llama él a la puerta. Nada. Desgraciadamente la llave está en su sitio dentro del cajetín del gas. Y es la llave buena. Y abre la puerta. Y yo penetro en la habitación con Kamo, La luz. Como la otra vez: silencio, mare mágnum y olor a tabaco. Kamo lanza una prolongada mirada circular y luego, sin decir una palabra, se agacha, recoge una hoja y la desarruga. Se puede leer en ella una docena de veces la misma frase tachada y, al pie de la página, la versión definitiva: – Caray… Kamo vuelve a dejar la hoja de papel en el suelo muy despacio, como con respeto. – Todos estos borradores… -"te das cuenta? ¡Menudo trabajo! Yo no me doy cuenta de nada en absoluto. Soy todo oídos. Porque alguien está subiendo la escalera. Sube tosiendo con una tos cavernosa de fumador. Cathy. La Cathy de Kamo. Y yo no he tenido el valor de describírsela. – Kamo… Su mano cae sobre mi brazo. Me hace una señal para que me calle. Los pasos se detienen en el rellano. Escucho el chirrido de la puertecilla de hierro del escondrijo. Evidentemente, la llave ya no está allí. Siento una vacilación al otro lado de la puerta. No veo más que el picaporte. Y claro, como en el cine, el picaporte acaba girando sobre sí mismo. Y la puerta se abre. Y lo que Kamo y yo vemos, de pie en el umbral, nos deja mudos de estupor. No es mi aparición de correos. Es otra persona. ¡Es la madre de Kamo! Se queda allí, con una sonrisa divertida en los labios. Sujeta en su mano una humeante taza de café y aprieta un cartón de tabaco rubio bajo el brazo. Silencio. Luego, dice: – Se ha derramado el café, el platillo está hasta arriba. Instintivamente Kamo le quita la taza de las manos y va a dejarla en la mesa, junto a la pila de tazas vacías. Ella cierra la puerta y pregunta: – ¿Sabes a qué día estamos? Su sonrisa, medio afectuosa medio irónica, sigue notándole en los labios. – ¿A catorce? ¿A quince? – A quince, querido mío. Hoy hace tres meses, día por día, que te pusiste con el inglés. Están los dos de pie, el uno frente al otro. No se tocan. Pero se miran como si no se hubiesen visto hace años. Por último, Kamo murmura: – Sí con la cabeza. Y una risita: – Aquí por lo menos no tengo broncas con nadie, trabajo sola. La agencia Babel soy yo. Con un gesto cansino, tira los cigarrillos sobre la mesa. Luego, se deja caer en su silla. – Fumas demasiado. – Fumo demasiado, bebo demasiado café y hablo demasiadas lenguas extranjeras, Ya no hay ironía en su mirada, sólo queda la sonrisa. El talante de quien se siente feliz por poder tomarse un momento de recreo, ni más ni menos. En cuanto a Kamo, no me explico su tranquilidad. Parece como si nada que viniese de su madre pudiera sorprenderle. Sin embargo, hay admiración en su voz cuando termina por preguntar, en inglés: – So, you are my Cathy? – ¡Ah. no! Cathy no soy yo. Disfruta con nuestro atónito silencio durante un segundo. Luego: – No soy yo, pero te la voy a presentar. Se pone de pie trabajosamente, atraviesa el cuarto levantando oleadas de papeles arrugados y saca un libro de la bibiioteca. – Aquí está tu Cathy. Kamo y yo hacemos el mismo movimiento hacia el libro que nos tiende. Es un tocho viejo de hojas amarillentas por el paso del tiempo, encuadernado en piel azul, con el título en letras doradas: – – Sí: yo no he inventado nada. Cathy es la heroína de la novela: léela, es tuya. Y si puedes hacer una buena traducción de ella… Pero Kamo se ha sumergido ya en el libro. Yo recorro la biblioteca con los ojos. Aparentemente contiene todas las novelas más bellas del mundo. Tomo al azar una italiana: – Pero ¿y los otros corresponsales? – No son más tontos que tú. querido: todos terminan por ponerse al acecho en la oficina de correos, siguen a mi amiga Simone, la portera (que me trae mi correo, me hace café y me llama su «pobre alma»), descubren el escondite de la llave… total, que se presentan aquí cuando son totalmente bilingües y sus corresponsales les piden socorro; como tú. Las preguntas se agolpan ahora en nuestros labios. Pero ella nos empuja suavemente hacia la puerta. – Después, señores, después: de momento estoy hasta arriba de trabajo. Y cuando estamos en el rellano: – ¡Kamo! ¿Qué tal si hicieras unas patatitas gratinadas con nata para esta noche? Volveré a casa dentro de una o dos horas. |
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