"El ascenso de Proteo" - читать интересную книгу автора (Sheffield Charles)1El nuevo catálogo de otoño había llegado esa mañana. Behrooz Wolf, como millones de personas más, se había preparado para una velada de análisis y comparación de precios. Como de costumbre, había muchas variaciones sobre la mayoría de las viejas formas, más un atractivo conjunto de formas nuevas que la CEB lanzaba por primera vez. Bey pulsó las teclas para desplegar los catálogos, estudió las imágenes y los precios y marcó algunas formas para tenerlas en cuenta. Al cabo de una hora perdió interés y prestó menos atención. Bostezó, dejó el catálogo y fue hasta su escritorio. Recogió un par de textos sobre teoría del cambio de formas, los hojeó y al fin, inquieto, registró sus anaqueles. Recogió de nuevo el catálogo de la CEB. Cuando sonó el holófono, soltó un instintivo gruñido de fastidio, pero se alegró de la interrupción. Apretó el control remoto de la muñeca. —¿Bey? Conecta el enlace visual, por favor —dijo una voz desde la pantalla de la pared. Wolf se tocó de nuevo la muñeca, y la jovial y rubicunda cara de John Larsen apareció en el holograma de la pared. Larsen miró el catálogo que Bey tenía en la mano y sonrió. —No sabía que ya había salido, Bey. La fecha oficial de publicación es mañana. Aún no he podido ver si ha llegado el mío. Lamento llamarte a esta hora, pero todavía estoy en la oficina. —No hay problema. De todos modos, no me podía interesar demasiado en esto. Es la lata de siempre. Las formas más atractivas requieren mil horas de trabajo con las máquinas, o bien tienen un promedio de vida bajo. —O requieren gran cantidad de almacenamiento de datos, si se parecen a las ofertas de la primavera pasada. ¿Cómo andan los precios? —De nuevo arriba. Y tienes razón, también necesitan más almacenamiento. Mira éste, John. —Wolf mostró el catálogo abierto—. Ya tengo mil millones de palabras de almacenamiento primario, y aún no puedo manejarlo. Necesitas cuatro mil millones de palabras para pedirlo. Larsen soltó un silbido. —Aun así, ése es nuevo. Es lo más parecido que he visto a una forma de ave. ¿Cuál es su promedio de vida? Apuesto a que malo. Wolf consultó las tablas del catálogo y asintió. —Menos de 0,2. Tendrías suerte si te durara diez años. Supongo que estaría bien en baja gravedad, pero de lo contrario no. De hecho, una nota al pie indica que puede servir para volar en gravedad lunar o más baja. Supongo que esperan tener buenas ventas en la FEU. Cerró el catálogo. —¿Qué dices, John? Creí que tenías una cita. ¿A qué viene esta llamada nocturna? Larsen se encogió de hombros. —Tenemos un misterio. Estoy desconcertado, y es uno de esos problemas ideales para ti. ¿Quieres volver esta noche a la oficina? Tú mandas, pero de veras me gustaría tener tu opinión. Wolf titubeó. —No planeaba salir. ¿No podemos resolverlo por la holopantalla? —No lo creo. Pero quizá pueda mostrarte algo para persuadirte de que vengas. —Larsen alzó una hoja para que se viera en toda la pantalla—. Bey, ¿qué dices de este código de identificación? Wolf lo estudió con mucha atención y miró inquisitivamente a Larsen. —Parece bastante normal. ¿Conozco a esa persona? Déjame confirmarlo en mi ordenador personal. Larsen calló mientras Wolf tecleaba los dígitos del código de identificación cromosómica, que había reemplazado a las huellas dactilares, las huellas de voz y los patrones retínales como método absoluto de identificación. El enlace entre su ordenador personal y los bancos centrales de datos era automático y casi instantáneo. Cuando llegó la respuesta, Wolf frunció el ceño y miró con fastidio a John Larsen. —¿A qué juegas, John? No hay tal identificación en los archivos centrales. ¿Te la has inventado? —Ojalá, pero no es tan sencillo. Larsen estiró la mano y recibió un informe impreso. —Te dije que era algo raro, Bey. Hace tres horas recibí la llamada de un estudiante de medicina. Esta tarde él estaba en el pabellón de trasplantes del Hospital Central cuando entró un caso de trasplante de hígado. El estudiante sigue un curso sobre análisis de cromosomas, y había faltado a una de las sesiones de laboratorio en que debían probar la técnica en un caso real. Así que tuvo la idea de hacer un chequeo de identificación con una muestra del hígado del donante, para comprobar si había aprendido bien la técnica. —Eso es ilegal, John. No puede tener licencia para usar ese equipo. —No la tiene. Lo hizo de todos modos. Cuando llegó a casa, entró el código de identificación en los archivos centrales y pidió la identificación del donante. Los archivos no tenían ninguna identificación similar. Bey Wolf, escéptico pero intrigado, comentó: —Habrá cometido un error de medición, John. —Eso pensé al principio. Pero es un joven excepcional. Por lo pronto, llamó aun sabiendo que podría crearse problemas por hacer el análisis sin autorización. Le advertí que debía de haber cometido un error, pero dijo que lo había hecho tres veces, dos del modo habitual y una tercera con un método más rápido que quería poner a prueba. Obtuvo siempre el mismo resultado. Está seguro de haber manejado la técnica correctamente, y de no haber cometido errores. —Pero no hay modo de falsear una identificación cromosómica, y todos los seres humanos están registrados en los archivos centrales. Tu estudiante nos está diciendo que analizó un hígado procedente de una persona que nunca existió. John Larsen pareció complacido. —Eso quería oírte decir. Yo llegué a la misma conclusión. ¿Bien, Bey? ¿Te veo dentro de una hora? El chaparrón de esa noche había cesado, y las calles volvían a ser un colorido y salvaje caos. Bey salió de su apartamento y se dirigió hacia la acera móvil más veloz, abriéndose paso con experta facilidad entre la muchedumbre. Con una población que superaba los catorce mil millones de habitantes, el apiñamiento era habitual, de noche o de día, aun en las zonas más pudientes de la ciudad. Wolf, absorto en el problema de Larsen, apenas reparó en la multitud que lo rodeaba. ¿Cómo era posible que alguien hubiera eludido el registro de cromosomas? Se realizaba a los tres meses de edad, después de los tests de humanidad, y se había hecho así durante un siglo. ¿Era posible que el donante fuera viejo, un vejestorio moribundo? Eso era ridículo. Aunque el donante lo quisiera, nadie habría usado un hígado de un siglo para un trasplante. Bey contrajo el delgado rostro en una mueca de desconcierto. ¿Acaso el donante no era de la Tierra? No, eso tampoco lo explicaría. Las identidades de los habitantes de la Federación Espacial Unida estaban archivadas por separado, pero constaban en los registros de los bancos centrales de datos. La respuesta del ordenador habría tardado un poco, pero eso habría sido todo. Empezaba a sentir esa vieja sensación, una mezcla de entusiasmo con temor a la desilusión. Le agradaba su trabajo en la Oficina de Control de Formas, y no conocía ninguno mejor. Pero aunque le había ido muy bien, no era del todo satisfactorio. Siempre estaba esperando el gran desafío, el problema que llevaría su aptitud al límite. Quizá su oportunidad había llegado. A los treinta y cuatro años, tenía que saber qué hacer de su vida. Era ridículo buscar quimeras como un adolescente. En un intento de reprimir su ilógica ansiedad y de prepararse para el problema, Bey tecleó su implante de comunicaciones y sintonizó el noticiario. Aparecieron la nariz picuda y la frente curva de Laszlo Dolmetsch, simuladas directamente en los nervios ópticos de Bey. La gente y las aceras móviles eran imágenes tenues, fantasmales, superpuestas, pues la ley prohibía la exclusión total de los datos sensoriales directos. Las primeras muertes en las aceras móviles habían enseñado esa lección. Dolmetsch, como de costumbre, exponía los últimos indicadores sociales para hacer sus profecías pesimistas. Si no se reducía la concentración industrial alrededor de los puntos de acceso al Enlace, habría problemas… Bey ya lo había oído antes, y el hábito había quitado fuerza al mensaje. Claro que había inestabilidad en los indicadores sociales, pero así había sido desde que los habían creado. Bey volvió a mirar el perfil de Dolmetsch y se preguntó si el rumor sería cierto. Se comentaba que en vez de usar el cambio de formas para reducir ese gran pico, Dolmetsch lo había aumentado para convertirse en una figura inconfundible en toda la Tierra. Y sin duda era inconfundible. Bey no podía recordar un momento en que Dolmetsch no hubiera sido un célebre profeta del desastre. ¿Qué edad tenía ahora ese hombre? ¿Ochenta, noventa? Bey decidió cambiar de canal. Tuvo que regresar un instante al mundo real para dejar paso a dos enfermeros de chaqueta roja que iban a máxima velocidad por la acera más veloz. Luego sintonizó los otros canales. No encontró demasiado. Un accidente minero en Horus, tan lejos de la mayor parte de las actividades en el sistema solar que una patrulla de rescate tardaría meses en llegar; el prometedor descubrimiento de filones en el Halo, lo cual significaba una fortuna para un investigador afortunado y más energía gratuita para la FEU, y el perenne rumor de un cambio de forma que daría inmortalidad a quien la adoptara. Ese rumor surgía cada dos años, regular como las estaciones. Era un tributo al persistente poder de los deseos ilusorios. Nadie tenía detalles, sólo rumores vagos. Bey escuchó con desdén y se preguntó quién prestaba atención a esas habladurías. Volvió a sintonizar a Dolmetsch. Por lo menos las preocupaciones de ese hombre eran comprensibles y se basaban en datos sólidos. Era indudable que la escasez y la violencia estaban apenas controladas, y que la población seguía creciendo a pesar de todos los esfuerzos. ¿Llegaría alguna vez a quince mil millones? Bey recordaba una época en que catorce mil millones era una cifra intolerable. Las multitudes que corrían por las aceras móviles no parecían compartir las preocupaciones de Wolf. Todos parecían felices, apuestos, jóvenes y saludables. Para las personas de dos siglos antes habrían sido modelos de perfección. Desde luego, éste era el lado oeste, más cerca del punto de entrada del Enlace, y eso ayudaba. En otras partes abundaban la fealdad y la pobreza. Pero al margen de los altos precios y la cantidad de almacenamiento de datos que se requerían, la CEB —Corporación de Equipos Biológicos— tenía derecho a afirmar que había transformado el mundo, al menos esa parte del mundo que podía darse el lujo de pagar. En el lado oeste la opulencia era la norma, y el uso de los sistemas CEB era una condición sine qua non. Sólo los coordinadores generales compartían la visión de Laszlo Dolmetsch acerca de los problemas del equilibrio económico del mundo. La Tierra vivía al filo de recursos menguantes. Para mantenerla allí se necesitaban ajustes constantes y sutiles, calculados mediante la aplicación de las teorías de Dolmetsch. Cada semana había correcciones que tenían en cuenta los efectos de la sequía, las malas cosechas, los incendios forestales, las epidemias, los cortes energéticos y los suministros minerales. Cada semana los coordinadores generales examinaban los índices de violencia, enfermedad y hambruna, y esperaban temerosamente el momento en que las correcciones fallarían y el sistema se iría al traste en medio de un derrumbe mundial y un colapso económico. En un mundo unido, la quiebra de un sistema significaba la quiebra de todo. Sólo los habitantes de otros mundos, los tres millones de ciudadanos de la Federación Espacial Unidad, podían aferrarse a su inestable independencia, y la FEU observaba los indicadores económicos con la misma dosis de atención y nerviosismo que cualquier coordinador de la Tierra. Mientras llegaba a destino, Bey Wolf se mantuvo alerta a la presencia de formas ilegales. El maquillaje y la carne plástica podían ocultar muchas cosas, pero en la Oficina de Control de Formas lo habían adiestrado especialmente para ver más allá de la apariencia exterior y detectar la forma de la estructura corporal subyacente. Era improbable toparse con una forma ilegal en las aceras públicas, pero a veces Bey tenía pesadillas con la forma felina que había visto a poca distancia de allí dos años antes. Eso le había costado dos meses de inactividad en la sala de cambio y recuperación acelerada del hospital del Control de Formas. Mientras se desplazaba hacia la acera móvil más lenta, reparó de nuevo en la gran cantidad de frentes redondeadas e isabelinas de los viandantes. Había sido una oferta especial del catálogo de primavera, y había tenido un éxito inesperado. Se preguntó cuál sería la atracción del otoño —¿hoyuelos, cicatrices, nariz egipcia?— mientras entraba en Control de Formas y subía al tercer piso, a la oficina de Larsen. Mientras Bey Wolf subía la escalera, pocos kilómetros al este una solitaria figura de chaqueta blanca tecleaba un código de seguridad y entraba en la sala subterránea de experimentación, cuatro pisos por debajo del nivel de la ciudad. La cara y la figura habrían resultado familiares para cualquier científico. Era Albert Einstein a los cuarenta años, en el ápice de su potencial. El hombre caminó despacio por la larga habitación, inspeccionando los monitores de cada uno de los grandes tanques. Miraba la mayoría de ellos al pasar, asustando un par de controles, pero en el undécimo puesto se detuvo. Examinó los datos, gruñó, meneó la cabeza. Se quedó inmóvil, sumido en sus pensamientos. Al fin continuó su ronda y entró en la zona de control general del otro extremo de la habitación. Sentado ante la consola, requirió los registros detallados del undécimo puesto y los desplegó en la pantalla. Luego calló de nuevo varios minutos, anudándose un rizo de pelo largo y cano en el índice mientras examinaba tasas de alimentación, sustancias nutritivas y otros indicadores vitales. Los registros de diversos programas lo mantuvieron ocupado largos minutos, pero al final terminó. Emergió de su concentración, despejó la pantalla y sintonizó la modalidad de grabación de voz. —Dos de noviembre. Deterioro continuo en tanque once. La intensidad de respuesta bajó un dos por ciento más, y hay una constante inestabilidad en los bucles de biorrealimentación. Esta noche se recalibraron los parámetros de cambio. Hizo una pausa, negándose a dar el paso siguiente. Al fin continuó: —Pronóstico: pobre. A menos que haya mejoras en los dos próximos días, será necesario abortar el experimento. Permaneció sentado un instante, visiblemente conmocionado. Al fin se levantó. Avanzando deprisa por la habitación penumbrosa, reactivó los monitores y conectó los medidores de síntomas. Echó un último vistazo, cerró la bóveda y entró en el ascensor que lo llevaría al nivel del suelo. Más que nunca, la cara se parecía a la de Einstein. Sobre la calidez, el intelecto y la humanidad estaban tallados el dolor y el tormento de un hombre que sufría por el mundo entero. |
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