"La justicia de Selb" - читать интересную книгу автора (Schlink Bernhard, Popp Walter)4. TURBO CAZA UN RATÓNDediqué la tarde a estudiar el dossier. Un hueso duro de roer. Intenté reconocer una estructura en los sucesos, encontrar un motivo impulsor en las manipulaciones del sistema. El autor o los autores se habían centrado en la contabilidad salarial. Habían provocado durante meses aumentos de quinientos marcos a las secretarias de dirección, entre ellas a la señora Buchendorff, habían duplicado la asignación de vacaciones de la franja salarial más baja y borrado todos los números de cuenta de asalariados y empleados que empezaban por 13. Habían penetrado en las vías internas de transmisión de informaciones, habían derivado comunicaciones confidenciales de la dirección al departamento de prensa y ocultado las efemérides de los empleados, que son confiadas a principio de mes a los jefes de departamento. El programa de asignación y reserva de pistas de tenis había confirmado todas las demandas relativas a los viernes, un día particularmente solicitado, de tal modo que un viernes de mayo se encontraron 108 jugadores en las 16 pistas. Además, estaba la historia de los monitos rhesus. Entendí la sonrisa de preocupación de Firner. Los daños, de aproximadamente cinco millones de marcos, podían ser asumidos por una empresa de la magnitud de la RCW. Pero, quienquiera que los hubiera causado, andaba como Pedro por su casa en el sistema de gestión y de información de la empresa. Fuera oscureció. Encendí la luz, accioné varias veces seguidas el interruptor, pero, aunque el sistema es binario, tampoco de esa manera obtuve mayor claridad sobre la naturaleza del procesamiento electrónico de datos. Me puse a pensar si había entre mis amigos y conocidos alguno que entendiera algo de ordenadores, y me di cuenta de lo viejo que era. Había un ornitólogo, un cirujano, un campeón de ajedrez, algún que otro jurista, todo señores de edad para quienes el ordenador era, al igual que para mí, un libro con siete sellos. Reflexioné sobre a qué tipo de persona le gusta manejar ordenadores y sabe hacerlo, y sobre el autor de mi caso: se me había hecho evidente la idea de un solo autor. ¿Travesuras de escolar tardías? ¿Un jugador, un manitas, un pícaro que está tomando el pelo grandiosamente a la RCW? ¿O un chantajista, una cabeza fría que señala como a lo tonto que también es capaz de un gran golpe? ¿O una acción política? La opinión pública reaccionaría con sensibilidad si se conociera este nivel de caos en una empresa que manipula productos altamente tóxicos. Pero no, el activista político habría ideado otro tipo de cosas, y el chantajista habría podido golpear mucho tiempo atrás. Cerré la ventana. El viento soplaba en otra dirección. Al día siguiente lo primero que quise hacer fue hablar con Danckelmann, el jefe de seguridad. Luego iría al despacho de personal a fin de revisar las fichas de los cien sospechosos. Realmente tenía pocas esperanzas de reconocer al jugador que yo me imaginaba por sus datos personales. La idea de tener que examinar a cien sospechosos de acuerdo con las reglas del arte hizo que el pánico se apoderara de mí. Yo esperaba que se corriera la voz de mi misión, que provocara reacciones y que, de esa forma, se redujera la lista de los sospechosos. No era un caso para echar cohetes. Sólo entonces fui consciente de que Korten no me había preguntado si lo aceptaba. Y de que yo no le había dicho que preferiría pensármelo. El gato estaba arañando la puerta del balcón. Abrí, y Turbo depositó un ratón a mis pies. Le di las gracias y me fui a la cama. |
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