"Ron Goulart - Plumrose" - читать интересную книгу автора (Goulart Ron)

—La cosa empezó cuando Emily decidió arreglarse la den-tadura. Nuestro dentista había fallecido y
escogimos a uno que nos recomendó una amiga íntima, la hija de un respeta-ble directivo de la empresa
de ferrocarriles. Yo, por mi par-te, me dedico a la importación de té en gran escala. Pero, continúo. Mi
hija se enamoró del dentista en cuestión. Verá, mi esposa desapareció mientras realizaba un crucero de
pla-cer por el Sacramento, hace tres años. Desde entonces, he tenido que cuidar de Emily como si,
además de su padre, fue-ra su madre.
—Hace un rato mencionó usted un nombre —dije, quitán-dome el sombrero y colocándolo sobre
mis rodillas—. ¿De quién se trata?
—¿Se refiere usted a Plumrose? —inquirió Southwell, par-padeando y enarcando las cejas—.
¿Acaso no ha oído usted hablar de Edwin Plumrose?
—Creo que no.
—¿Que no ha oído hablar de Plumrose, el famoso detective fantasma, el investigador de lo
desconocido? Plumrose pe-netra los secretos de la Naturaleza más celosamente guarda-dos. Él inventó
este rayo del tiempo.
—¿Fue idea suya traerme aquí?
Southwell se encogió de hombros.
—Todos los demás recursos fracasaron. Sin embargo, me consta que ese dentista es culpable. Pero
es un hombre listo, muy listo. Mi buen amigo Plumrose consintió en asesorarme, a pesar del hecho que
no se trata de un caso de ocultismo.
—Para mí, como si lo fuera —dije, mientras el carruaje penetraba en un enarenado sendero—.
Todavía no sé por qué estoy aquí.
—¡Oh, sí! —dijo Southwell.
El carruaje se detuvo delante de una enorme mansión de estilo Victoriano. Nos bajamos. Southwell
tomó cuidadosamente la caja cuadrada y echamos a andar hacia la casa. Al llegar al primer peldaño de
la escalinata, Southwell me aga-rró del brazo y nos detuvimos.
—Plumrose ha llegado a la conclusión que en la época de usted el caso habrá sido resuelto —me
explicó—. Opina, también, que el presente puede ser modificado por un exper-to, y hay que reconocer
que Plumrose lo es. De modo que le hemos traído a usted aquí para que hable con Emily y le explique
cómo terminó el caso. Cuando le haya contado lo que sabe de ese hombre, bendecirá los esfuerzos que
hemos realizado para apartarla de él.
—Un momento, señor Southwell —dije—. ¿A qué caso se refiere usted?
—Claro. ¡Conoce usted tantos! Perdóneme. Mi ansiedad paternal me ha conducido a hablar con
cierta incoherencia. Me refiero al famoso caso del asesino de la Nob Hill. Temo que el hombre del cual
se ha enamorado Emily sea el ase-sino. Tengo varios motivos para creerlo. Emily se niega a dejar de
verle, y, como no soy un padre anticuado, no quiero utilizar la fuerza para impedírselo. El hombre se
llama Leo X. Guthrie.
Southwell espió ansiosamente mi rostro.
Finalmente, asentí.
—Leo X. Guthrie —repetí.
—Entonces, estoy en lo cierto. Es el asesino de la Nob Hill.
—Señor Southwell —dije, siguiéndole escaleras arriba—, nunca he oído hablar de Leo X. Guthrie.
La aldaba de bronce se desprendió de su mano.
—Es imposible que no sea el asesino.
—Puede serlo, y puede no serlo. Yo no puedo decirlo.
—Pero, en 1906 el caso tiene que haber sido resuelto...
Un mayordomo con una librea de guardarropía, de las que sólo se ven en el teatro, nos abrió la
puerta y se hizo cargo de nuestros abrigos y sombreros. A continuación, Southwell me introdujo en un
amplio salón. En el hogar ardía un alegre fuego y, después de depositar el rayo del tiempo sobre una
mesa con el tablero de mármol, Southwell acercó sus manos a las llamas.
—¿Qué tiene que ver 1906 con el asunto? —pregunté, in-clinándome a examinar la caja cuadrada