"Guianeya" - читать интересную книгу автора (Martinov Gueorgui)

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Murátov, con todo respeto para el interlocutor, no pudo contener la risa. Era cómico el rostro ofendido y perplejo de Bolótnikov, la nota lastimosa, completamente infantil, que resonaba en su voz.

— Ya lo sabía — dijo refunfuñando el profesor —. Todos se ríen. Pero a mí no me hace ninguna gracia.

— Perdone — contestó Murátov —. No quería ofenderle. Pero tiene usted que estar de acuerdo conmigo que todo esto no sólo es incomprensible, sino también un poco ridículo.

Tal fantasía en una persona mayor, y además cosmonauta, es sencillamente un absurdo.

Pero no es nada grave, el asunto puede tener arreglo.

— No le comprendo.

— Muy sencillo, a Guianeya nadie le ha hablado de este tema. Hace falta explicarle que no debe ofender a las personas. Por lo visto no se da cuenta de ello. Intentaré hacérselo comprender.

— ¿Usted piensa que ella escuchará sus palabras?

— Tengo la esperanza.

— Yo lo dudo. La antipatía de Guianeya a las personas pequeñas, por lo visto, tiene alguna causa. Esto no es una fantasía, como usted ha dicho, esto es algo distinto, más profundo y fuerte. Esto lo lleva en la sangre.

— Precisamente por esto, es necesario decirle que se encuentra en la Tierra y no en su patria. Debe comprender que en la Tierra son iguales las personas de estatura alta o baja.

Y que no debe traer aquí las costumbres… — De repente Murátov se cortó —. No le parece — dijo — que de este hecho se puede sacar una deducción muy interesante. ¿Cómo no se le orurrió a nadie? ¿Si todos los compatriotas de Guianeya tienen la misma estatura que ella, de dónde ha podido surgir su antipatía?

— Completamente cierto — dijo Bolótnikov —. He pensado mucho sobre esto. Está claro que la población de su planeta se divide en dos tipos distintos: unos altos y otros bajos.

Los de estatura alta tratan con desprecio a los de baja… Es posible que los de estatura baja sean salvajes.

— ¿Salvajes? ¿En el planeta donde está tan altamente desarrollada la técnica de los vuelos interestelares?

— ¿Qué tiene que ver esto? Perdóneme, pero no es usted lógico. ¿Acaso en la Tierra la técnica tiene un nivel bajo? ¿Las personas están todas al mismo nivel? ¿Acaso entre nosotros no hay pueblos que sólo ahora comienzan a incorporarse a la civilización? ¿Y cuál es la situación en América del Sur, en Australia, en las islas del Océano Pacífico?

— Pero nosotros no los despreciamos.

— He aquí donde está el quid. Donde está la diferencia.

— No sé — dijo pensativo Murátov —. Si usted está en lo cierto, Nikolái… perdone.

Nikolái Adamovich, entonces sus palabras conducen a un pensamiento desagradable.

Bolótnikov movió la cabeza.

— Justo — dijo —, muy desagradable. La conducta de Guianeya en relación con personas como yo, no se puede calificar nada más que con la palabra «desprecio». Este desprecio sólo pudo surgir de la conciencia de su superioridad. El origen de la conducta de Guianeya radica en que en su planeta existe la división de la sociedad en señores y esclavos.

«Presentarse ante nosotros como una señora, he aquí su objetivo», recordó Murátov las palabras de Leguerier.

— ¿No es demasiado fuerte? — preguntó con vacilación Murátov estando en su interior de acuerdo con la conclusión del profesor.

— Estaría contento si me equivocara — contestó Bolótnikov.

«Leguerier es de alta estatura — pensó Murátov — y yo todavía más. Stone es muy alto, Marina pasa en mucho la talla femenina media. Todos a los que Guianeya presta su atención son iguales en este caso. ¿Es posible que Bolótnikov tenga razón? ¡Pero esto pasa de la raya! Entonces la misma Guianeya sería una salvaje».

— ¡Es incompatible el régimen de esclavitud con los vuelos cósmicos! — dijo en voz alta —. En sus palabras sin duda alguna hay algo de verdad. Pero me parece que el caso es mucho más complicado y delicado. No queda más remedio que pensar.

— Piense — contestó bondadosamente el profesor —, esto siempre es útil.

Murátov llegó a Poltava con un retraso de veinticuatro horas por la mañana, en el día de la toma de tierra de la Sexta expedición lunar.

Quería recibir a la expedición porque formaba parte de ella Serguéi, y Murátov hacía mucho tiempo que no había visto al amigo de la juventud y lo echaba de menos.

Fiel a su promesa iba a buscar inmediatamente a Bolótnikov, que se alegró mucho de su llegada.

A la pregunta de que si, como él quería, había conocido a Guianeya, el profesor explicó muy ofendido que Marina había intentado presentarle a Guianeya, pero que ésta volvió la espalda e incluso no contestó al saludo. Bolótnikov ofendido se apartó inmediatamente de ella.

Era muy pequeño de estatura y la extraña antipatía de Guianeya se manifestó en todo su «esplendor».

Esta tesonera «ineducación» era difícil de explicar, cuanto más que Guianeya se portaba en todo lo demás modesta y cortésmente. Ya llevaba viviendo en la Tierra año y medio y era hora de comprender que aquí no había ni «señores» ni «esclavos». Para esto se necesitaba el espíritu de observación más elemental y superficial.

¡Y no obstante!..

Después de despedirse de Bolótnikov, Murátov se dirigió a la casa en la que vivían Marina y Guianeya. No era difícil encontrarla ya que todo el mundo sabía dónde paraba la huésped del cosmos.

Murátov estaba emocionado cuando se encontró ante la puerta. ¿Cómo le recibiría Guianeya? ¿A lo mejor estaba ofendida por la falta de deseo de Murátov de encontrarse con ella? Y de hecho no había ninguna causa que justificara su terquedad. Guianeya estaba acostumbrada a que sus deseos se cumplieran inmediatamente.

Llamó a la puerta con los nudillos ya que no vio en ninguna parte el botón del timbre, pero nadie le contestó. Esperó un poco, y al cabo de un rato empujó la puerta y entró.

En casa no había nadie.

En el comedor vio las huellas del desayuno que todavía estaban sin recoger. Sin duda alguna las dos muchachas salieron de prisa. Encima de la mesa había una nota escrita por Marina.

Murátov leyó:

«Querido Víktor: Si vienes a visitarnos y no estamos, es que hemos salido, para Selena.

Guianeya quiere visitar la ciudad. Nos veremos en el cohetódromo».

No había ninguna firma.

Murátov arrojó con desilusión la nota. Quería que su primera conversación con Guianeya fuera sin testigos, y no en el cohetódromo, entre la gente…

«Si vienes… y hemos salido», repitió enfadado las palabras de la nota ¡Y eso se llama lingüista! La manera bien conocida de su hermana de escribir cartas como si fuera intencionadamente en pugna con las reglas de la gramática, lo molestó.

Salió de casa. Pero no había dado nada más que unos pasos, se detuvo y… regresó.

Como ocurre con frecuencia, recordó de repente que en la mesa vio no sólo la nota de su hermana, sino también un dibujo, que entonces no le llamó la atención, y ahora inesperadamente surgió en su memoria. Había algo muy conocido en este dibujo.

Entró de nuevo en la misma habitación y se acercó a la mesa.

La memoria no lo había engañado. Allí estaba un álbum abierto que por lo visto pertenecía a Guianeya.

Murátov no consideró bien examinar todo el álbum, pues no sabía si esto le agradaría a Guianeya. Pero la página abierta él podía mirarla, teniendo además en cuenta que Guianeya sabía que él podía venir en su ausencia.

Estaba dibujado a toda página un paisaje de Hermes con sus rocas tenebrosas, el cielo estrellado y un extremo del disco del observatorio. En primer plano se veía una persona con escafandra que mantenía en sus brazos a otra. A juzgar por la forma cúbica del casco ésta era la misma Guianeya. Estaba representado el momento cuando Murátov sacó a Guianeya de la cámara de salida del observatorio para llevarla a la astronave insignia de la escuadrilla.

El dibujo estaba hecho con mano maestra. Murátov reconoció los rasgos de su cara que se veían a través del «cristal» del casco.

«Tiene una memoria admirable — pensó Murátov — ya que ha pasado año y medio desde entonces».

Estaba claro que Guianeya lo había dibujado recientemente, con probabilidad hoy mismo. Esto significaba que pensaba en él, que esperaba su llegada. Y era casi seguro que hubiera dejado a propósito el álbum abierto por esta página, para que lo viera.

«Pienso en usted y le quiero ver» — así se podía interpretar esto si se tratara de una mujer de la Tierra. Pero Guianeya tenía otras ideas, otras costumbres. Los motivos de sus actos no siempre eran comprensibles.

«Quién la comprende — pensó Murátov —. Es posible que esto signifique lo contrario:

«No le quiero ver, no he olvidado la ofensa». O alguna otra cosa, que no era posible averiguar.

Con indecisión mantenía el álbum en las manos. Si Guianeya había dibujado de memoria este episodio, entonces podía recordar y grabar otros. Más de la mitad del álbum estaba lleno. ¿Y si ella hubiera dibujado una vista de su patria?

A Murátov le temblaban las manos. No había más que volver una página y era posible que viera lo que nunca había visto el ojo humano.

Marina decía que Guianeya dibujaba con frecuencia pero que nunca mostraba sus dibujos.

La tentación era grande…

Pero a pesar de todo Murátov venció la curiosidad apremiante y dejó el álbum en su sitio.

El abusar de la confianza de la huésped sería una acción indigna. Probablemente estaba convencida de que nadie sin su permiso miraría el álbum. Guianeya ya conocía a las personas de la Tierra y creía en ellas.

«Era posible que ella misma mostrara los dibujos si se le pidiera».

Pero la esperanza tímida carecía claramente de fundamento. Una vez Marina se lo pidió, pero ni tan siquiera obtuvo una negativa cortés. Guianeya ni le contestó.

Murátov se dirigió lentamente hacia la puerta.

Tuvo que hacer un enorme esfuerzo para no retroceder. Volver violando todas las leyes de la moral, honradez y hospitalidad ¡y después toda la vida renegando de sí mismo!

Salió y cerró la puefta con violencia.

La Sexta expedición debía de aterrizar a las siete de la tarde. Ahora sólo eran las dos.

¿Qué iba a hacer durante estas cinco horas?

¿Ir a Selena e intentar encontrar en la enorme ciudad a Marina y a su acompañante?

Esto no sería tan difícil. Donde apareciera Guianeya inmediatamente lo notarían.

Cualquier persona le indicaría dónde buscarla. ¿Pero estaba bien mostrar tan a las claras su impaciencia? ¿No sería mejor verse en el cohetódromo como lo había indicado Marina en la nota?

Murátov entró en un comedor y encargó una comida de cuatro platos para alargar el tiempo.

Mientras le servían abrió una revista con fecha de ayer. Como suponía en una de las páginas se encontraba el retrato de Guianeya. Estaba al pie de un monumento al lado de Marina. Su rostro reflejaba animación y en sus labios se esbozaba una sonrisa.

¡Qué contraste entre esta Guianeya y la que recordaba Murátov! ¡Cómo había cambiado! No quedaba ni rastro de aquellos rasgos rígidos que le daban a su cara un aspecto de máscara. Ahora sabía con firmeza que entonces la cara de Guianeya, en el camino a la Tierra, era una máscara, la máscara trágica de la persona convencida de que lo que le espera puede ser triste y posiblemente terrible. ¡Este algo era desconocido para las personas de la Tierra, pero próximo y real para Guianeya!

Si no fuera por la forma de los ojos y el matiz de la piel, Guianeya podía pasar por la hermana de Marina, pues era muy grande el parecido entre ellas. Ambas tenían los cabellos negros, ambas iban vestidas de blanco, ambas esbeltas y altas. Guianeya le llevaba media cabeza a Marina y parecía la mayor. Pero en realidad cuántos años tenía, ningún terrestre lo sabía todavía.

Pronto se encontrarían. Ahora Murátov podía hablar con la huésped. Esto cambiaba en mucho sus futuras relaciones, ya que no le pasaría lo que antes cuando tuvo que explicar todo con gestos.

«Si no me vuelve la espalda como a Bolótnikov — pensó Murátov —. Y esto puede suceder si se ha ofendido por mi falta de atención.»

Pero en lo profundo del alma no creía que esto pudiera ocurrir así. Le parecía que Guianeya lo había dibujado en el álbum porque pensaba y quería esta entrevista.

«¡Es interesante cuál será la reacción de Guianeya cuando sepa que soy hermano de Marina!»

Rogó a su hermana que no dijera nada de esto, y estaba convencido de que su ruego había sido cumplido. Guianeya todavía no sabía nada de su parentesco.

Los pensamientos de Murátov fueron interrumpidos por la aparición del «camarero». Las manos mecánicas servían rápida y hábilmente la mesa. Un sonido silbante apenas perceptible acompañaba cada movimiento. Era de una construcción antigua, los modelos de última producción no emitían sonidos.

— ¡Gracias! — dijo maquinalmente Murátov cuando los platos fueron puestos.

El robot «inclinó la cabeza» y se marchó.

Murátov se sonrió. Los constructores habían incluso previsto esto.

Comió de prisa. Cada minuto aumentaba su impaciencia. Quiería con insistencia encontrarse lo antes posible con Guianeya, aclarar la duda más importante: ¡cómo lo trataría? Si los peores temores se confirmaban, éste sería un golpe terrible.

Demasiadas esperanzas habían sido puestas en la renovación de la vieja amistad, muchas e importantes cosas quería saber utilizando la antigua simpatía de Guianeya.

No cabía la menor duda de que Guianeya lo trataba con simpatía. Para esto era suficiente recordar el momento de su separación. Entró entonces para despedirse de ella.

Por medio de señas le explicó que se marchaba. Guianeya fue la primera en tender la mano, lo que antes nunca había hecho. Vio la tristeza reflejada en sus ojos.

Era muy grande el parecido de esta muchacha de otro mundo con las personas terrestres. La diferencia era insignificante. Y no se podían interpretar sus gestos y expresiones de los ojos de otra forma que «como los de la Tierra».

¡Y los innumerables ruegos de Guianeya de que Murátov viniera a visitarla! Esto también hablaba de su simpatía.

La comida fue en exceso abundante. Murátov no había comido nada hoy, pero no pudo comer más que la mitad.

Después de haber apretado el botón que daba la señal para retirar la mesa, salió a la calle.

Había «matado» sólo media hora. Quedaban cuatro y media.

«Voy a Selena — decidió Murátov —. A propósito, nunca he estado allí. Pasearé, veré la ciudad».

Volando se podía estar allí en cinco minutos. Pero con el fin de alargar el tiempo Murátov no subió a una de las numerosas estaciones de comunicaciones aéreas locales que estaban cerca, y eligió el transporte más lento: un vechebús urbano.

Pronto tuvo que lamentar su decisión. La máquina se detenía con una frecuencia insoportable, entraban y salían los pasajeros. Como regla, el vechebús urbano se utilizaba sólo para cortas distancias y Murátov tuvo que atravesar toda la ciudad que se extendía a muchas decenas de kilómetros, pasar la vasta región entre Poltava y Selena, llena de fábricas automáticas, y sólo entonces se encontraría en el lugar a donde se dirigía, pero en su rincón más apartado.

— ¿Cuánto se tarda en llegar al cohetódromo? — preguntó Murátov.

— Hora y media — le respondió la voz metálica del conductor automático.

Dio un suspiro de resignación y se arrellanó en el blando sillón.

Varias personas miraron con asombro a Murátov.

¡Que se asombren de su tontería! Ellas no pueden comprender que se encuentra en la absurda situación de la persona que no sabe en qué emplear el tiempo. Esto era la primera vez que le ocurría en la vida.

Por fin Poltava quedó atrás. Se extendían interminablemente los edificios uniformes de las fábricas. Ni un matorral verde, ni macizos de flores, nada en que pudiera detenerse la vista. Muros ciegos, sin ventanas.

Aquí no era necesaria la belleza: ¡no había personas!