"Guianeya" - читать интересную книгу автора (Martinov Gueorgui)

9

— De toda esta enigmática historia lo que me parece más raro es su aspecto exterior, me refiero a Guianeya — dijo Murátov —. Nunca he pensado en que encontraríamos tan completo parecido con las personas de la Tierra. Esto es sencillamente inverosímil. Y piensen ustedes lo que quieran pero no paso a creer que ella sea un habitante de un mundo extraño.

— ¿Entonces quién puede ser? — preguntó Leguerier.

— Es comprensible que como todos me vea obligado a reconocer el hecho. Pero, en verdad, no sé como explicarles, que hay algo en mí que protesta, que incluso me inquieta…

— No hay nada de particular — dijo Leguerier —. Es comprensible su estado de espíritu.

A las personas se les inculcó la idea de que los habitantes de otros mundos no podían ser exactamente iguales a nosotros. ¿Por qué? El universo es infinito y entre la innumerable cantidad de mundos habitados pueden encontrarse cualesquiera formas exteriores de vida, incluso hasta moho pensante, según escribió un científico a mediados del siglo pasado. Existen organismos pensantes de todas las formas imaginables. Pero no se puede olvidar que la parte del universo accesible a nosotros está compuesta de las mismas substancias, de los mismos elementos que nuestro sistema solar. Está establecido que los sistemas planetarios, repito, de la parte del universo accesible a nosotros, rodean estrellas que por su clase espectral son parecidas al Sol. De aquí se desprende una deducción lógica: las condiciones de vida son aproximadamente iguales.

¿Qué es el hombre si no el producto de un proceso largo, penosamente largo de adaptación a las condiciones circundantes? La forma exterior del cuerpo tiene a la fuerza que ser racional, ya que es el órgano ejecutor del cerebro. La naturaleza ha creado órganos, lo más adaptados posibles, para el cumplimiento de determinadas funciones, y siempre las realiza por el camino más sencillo. El cuerpo de la persona es la más sencilla de todas las variantes teóricas posibles. ¿Por qué entonces, en otros planetas, donde las condiciones de vida son parecidas a las nuestras, este proceso debe conducir a resultados diferentes? Otra cosa sería si la base de la vida fuera no el carbono y el oxígeno, sino otro elemento. Entonces el cerebro sería otro y como resultado habría otros órganos. Con tales seres no tendríamos nada de común y no sería concebible ningún contacto.

— Le comprendo — dijo Murátov — y estoy de acuerdo con usted. Pero aquí no hay algo parecido sino completa coincidencia.

— Y esto no tiene nada de asombroso. Desde el principio estaba completamente convencido de que veríamos a un hombre. Y así ha resultado. Y he aquí por que yo estaba convencido. Yo comparto su punto de vista. La nave, que voló hacia Hermes, pertenecía precisamente a los dueños de los exploradores. Conocen bastante bien nuestra Tierra, y decidieron, en el momento presente no es importante saber la causa, desembarcar en el asteroide a uno de los miembros de la tripulación de su nave. No sabemos por qué lo han hecho, pero podemos estar completamente seguros de que no han dudado que su camarada encontraría un idioma común con nosotros. Y nunca se podría partir de esta seguridad si ellos y nosotros no fuéramos parecidos. Nunca enviarían a una persona sola a los seres diferentes a ellos.

— Todo esto es verdad — dijo Murátov con acento de despecho —. Pero usted habla constantemente de ¡parecido, parecido! ¡Pero aquí no se trata de parecido, sino de una absoluta identidad! No creo que se pueda considerar como una diferencia decisiva el color verdoso de la piel. En la Tierra existen más grandes diferencias entre las razas.

Leguerier se encogió de hombros.

— Me asombra — dijo — la causa de su atavismo. Usted repite inconscientemente todo lo que hablaron y escribieron hace decenas de años. Entonces esto era comprensible.

Estaban todavía muy próximos los siglos de dominación de las creencias religiosas. La persona se consideraba a sí misma como algo extraordinario en la naturaleza. Era difícil concebir que pudiera existir en algún sitio algo tan «perfecto», un ser a semejanza de Dios, como el hombre en la Tierra. De aquí parte la teoría sobre la posibilidad de la naturaleza para crear formas infinitas, receptáculos para el cerebro. Subrayo, crear en condiciones semejantes. Si mantenemos firmemente el punto de vista de que el hombre ha sido creado por la naturaleza, entonces no es difícil comprender que la naturaleza creará una cosa igual en todos los lugares donde las condiciones sean semejantes. La naturaleza no razona, actúa, si se puede decir así, «intuitivamente», actúa sencillamente, y lo que es más importante, según sus leyes.

— No comprende lo que quiero — dijo Murátov —. Todo lo que usted dice yo lo sé.

— A usted le desconcierta el que Guianeya sea una copia de la mujer terrestre, y, además, de la mujer blanca. ¿No es así? Analicemos la cuestión desde otro punto de vista. Cambiemos los papeles. Supongamos que no ellos, sino nosotros, investigáramos el espacio alrededor de nuestro sistema planetario y encontrásemos algunos mundos habitados. Supongamos que los habitantes de estos mundos son diferentes exteriormente. Que hubiera no completamente parecidos y parecidos a nosotros. Y también completamente idénticos. ¿Con quién nos relacionaríamos primero? ¿Con quién tendríamos el primer encuentro?

— En la Tierra hay varias razas.

— Completamente cierto. Es natural que entre semejantes se puedan comprender.

Guianeya pertenece a una humanidad o parte de una humanidad que tiene la envoltura exterior del cerebro semejante a la de la Tierra, además tienen el mayor parecido con las personas de la raza blanca de la Tierra.

— ¿Es decir, esto es una casualidad?

— Sí, pero una casualidad sujeta a leyes y natural. Yo no veo nada de particular aquí.

Es más, me hubiera asombrado mucho, si hubiera ocurrido de otra forma.

— ¿Es decir, según usted, ellos podían elegir?

— Algo parecido. Pero puede ocurrir, claro está, que ellos no pudieran elegir.

Sencillamente, el primer planeta habitado que encontraron resultó que estaba poblado por personas iguales a ellos. Él hecho de que Guianeya respire con facilidad nuestro aire demuestra la semejanza de la Tierra con su patria. Y esta semejanza, según mi convencimiento profundo, no es una exclusión sino una ley de las regiones del universo próximas a nosotros. Hablo de las estrellas de la clase de nuestro Sol. No han sido hallados en otras estrellas sistemas planetarios. Por su parte sería completamente natural y lógico buscar mundos poblados en las cercanías de las estrellas más parecidas a su sol.

— ¿Usted piensa que su patria está en un lugar cercano?

— Esto se desprende de la suposición de que ellos fueron los que nos enviaron los exploradores. No se puede admitir que los enviaran de la Nebulosa de Andrómeda. A la fuerza tiene que existir un objetivo. Otra cosa sería si nosotros nos equivocamos y Guianeya no tiene nada que ver con los exploradores. Entonces podría proceder de cualquier sitio.

— ¿Gomo explica usted el matiz verdoso de su piel? — preguntó Murátov, deseando cambiar el tema en el que se sentía la superioridad de su interlocutor.

Leguerier se sonrió.

— Usted comprende que a esta pregunta no puedo contestar ahora — dijo Leguerier —.

La procedencia del matiz verdoso se aclarará cuando a Guianeya la ausculten los médicos. Si accede a ello.

— ¿Si accede? — preguntó con asombro Murátov —. ¿Cómo incluso se puede suponer la posibilidad de una negativa? Esto sería completamente absurdo por parte de un ser racional que fuera a otro planeta. ¿No puede dejar de comprender que la Tierra quiere conocer su organismo? Es su deber moral coadyuvar a esto. Leguerier calló unos minutos.

— Muy bien, Murátov — dijo a fin —. Estoy contento de que usted haya hablado de esto.

No he querido compartir con nadie mis observaciones, para no crear una impresión que pudiera resultar falsa. Pero ya que hemos tocado este tema… ¿Dígame, no ha observado nada de especial en la conducta de Guianeya?

— Sólo he notado que se mantiene con una tranquilidad asombrosa. Y esto no es natural en su situación.

— Sí, claro está. No es natural portarse como ella se ha portado al encontrarse en un mundo extraño, rodeada de personas extrañas no sólo a ella, sino a toda la humanidad a la que pertenece. Tiene usted razón. Pero me parece que hay otra cosa — Leguerier agitado comenzó a caminar por el camarote —. Quisiera que usted me demostrara que no estoy en lo cierto. Voy a hablar sin rodeos. ¿No le parece a usted que Guianeya se mantiene no tranquila, sino con altivez?

Murátov se estremeció. Todo lo que había dicho Leguerier coincidía con sus propios pensamientos. Le parecía, cada vez con más insistencia, que en la conducta de la extranjera influía la conciencia de su superioridad sobre los que le rodeaban, pero se esforzaba por no dejarse vencer por esta impresión.

— Sí — contestó Murátov —, me ha parecido esto más de una vez. Pero puede ser que no es altivez porque no hay ningún motivo para ello, sino que sea la manera propia de portarse estas personas, puesto que no son como las de la Tierra. — Es posible. No las conocemos. Pero con una coincidencia exterior tan completa, no sólo en el cuerpo, sino incluso en el vestido, la psíquica debe ser también igual. Pero dejemos esto. ¿Por qué ella ha considerada como obligatorias todas nuestras atenciones? No ha mostrado ni el menos gesto de agradecimiento. Recuerde, cuando Weston repitió la palabra «Guianeya», dicha por ella, suponiendo que esto era un saludo, entonces irguió la cabeza con orgullo, precisamente con orgullo, y repitió de nuevo la palabra indicándose a sí misma. Esta palabra significaba su nombre, y lo hizo esto de tal manera como si la incomprensión fuera una ofensa. ¿Acaso a las personas de la Tierra que por primera vez se encuentren con los habitantes de un mundo extraño, lo primero que les puede venir a la cabeza es dar su nombre? Me parece que esto es precisamente una muestra de altivez, de la conciencia de su superioridad. Bueno, supongamos que esto entre ellos sea así. Otro hecho cuando nuestro médico, cumpliendo el programa de defensa biológica, le propuso que se metiera en la piscina, lo comprendió perfectamente y cumplió sin discutir lo indicado, desnudándose delante de todos sin esperar a que salieran. Dígame ¿es que en su mundo no hay pudor y esto también es hábito en ellos? Contrapongamos esto con otros hechos. Se presentó ante nosotros con un vestido de mujer, y el corte de este vestido de ninguna forma indica la inexistencia en su mundo de virtudes femeninas como la coquetería y el pudor. Recuerde, la espalda estaba completamente descubierta por el vestido pero cubierta por la cabellera. Esto es muy característico. Incluso a la mujer más coqueta de la Tierra no se le ocurre presentarse en un mundo extraño vestida de tal forma. ¿Por qué ella no llevaba un traje de astronauta? ¿Por qué ha considerado necesario mostrarse ante nosotros «en todo el esplendor de su belleza»? Y después de esto desnudarse ante todos. En esto es oportuno recordar los tiempos ancestrales cuando las patricias romanas se desnudaban ante sus esclavos, no considerándolos personas.

— Cae usted en contradicciones — dijo Murátov —. ¿Si ella no nos considera iguales para qué entonces «asombrarnos» con el «esplendor de su belleza», como usted dice?

— Ninguna contradicción. Todo lo contrario. Se ha presentado ante nosotros no un astronauta de filas, sino precisamente la «señora». Este es, según mi criterio, el motivo de su conducta.

— La señora — repitió Muratov —. ¿Acaso en un mundo, donde la técnica ha llegado hasta los vuelos interestelares, se pueden conservar los conceptos de «señor» y «esclavo»? Usted se equivoca, Leguerier. Todo esto se puede explicar de una manera más sencilla, en una palabra: costumbres. Diferentes a las nuestras y por eso incomprensibles para nosotros.

— Para mí será una alegría si esto es así. Pero no tengo la menor duda de que su psicología es afín a la nuestra, ante una semejanza tan grande de otra forma no puede ser. Suponga que se pone usted en su lugar. Ha dado usted su nombre: Víktor, y de repente le comienzan a llamar, por ejemplo, Viko. ¿No lo corregiría? ¿Y ella, qué hizo?

Weston y después nuestro médico al dirigirse a ella pronunciaron su nombre «Guineya» en vez de «Guianeya». ¿Cómo respondió? Sonriéndose, y es más, sonriéndose despectivamente y no corrigiéndolo. Le importó poco. A los seres inferiores no se les puede exigir una pronunciación correcta.

— Se apasiona, Leguerier. En parte estoy de acuerdo con usted. Es cierto que ella tiene conciencia de su superioridad. Este sentimiento en realidad existe en ella. Pero no hay ningún fundamento para que nos trate como a seres inferiores. Es posible que piense que para nosotros es difícil pronunciar Guianeya. Si en un planeta extraño me llamaran Viko, yo no exigiría una pronunciación correcta. ¿Acaso no es lo mismo, si para ellos es más fácil?

— Cualquier hecho se puede explicar con diferentes puntos de vista. Pero en su conjunto ofrecen un cuadro determinado, que es difícil explicar como nosotros quisiéramos. ¡Veremos! A su tiempo se aclarará todo esto. Siento mucho — añadió Leguerier, dando un giro brusco a la conversación — el no estar presente en su llegada a la Tierra. ¿Cómo se comportará? ¿Cuándo salen ustedes?

— Mañana. Es decir, dentro de veinticuatro horas. Es mejor así porque no existen los días. Jansen considera que Guianeya durante estos dos días ya se ha acostumbrado lo suficiente a nuestras comidas. A propósito, ¿no es raro que ella tan a gusto, y sin temor, aceptó la invitación a desayunar?

— Esto es una prueba más de la justeza de su hipótesis, Murátov. Pertenece a aquellos que lanzaron hacia nosotros sus exploradores. Y ellos conocen la Tierra, su atmósfera, sus personas, y también nuestra alimentación.

— Y además no le quedaba más remedio si no quería morirse de hambre — dijo pensativamente Murátov.