"Anaconda" - читать интересную книгу автора (Quiroga Horacio)

IV

Un cuarto de hora después la Cazadora llegabaa su destino. Velaban todavía en la casa. Por las puertas, abiertas de par en par, salían chorros de luz, y ya desde lejos la Nacaniná pudo ver cuatro honbres sentados alrededor de la mesa.

Para llegar con impunidad sólo faltaba evitarel problemático tropiezo con un perro. ¿Los habría? Mucho lo temí¿ Nacaniná. Por esto deslizóse adelante con gran cautela, sobre todo cuando llegó ante el corredor.

Ya en él observó con atención. Ni enfrente, ni ala derecha, ni a la izquierda había perro alguno. Sólo allá, en el corredor apuesto y que la culebra podía ver por entre las piernas de los hombres, un perro negro dormía echado de costado.

La plaza, pues, estaba libre. Como desde el lugar en que se encontraba podía oír, pero no ver el panorama entero de los hombres hablando, la culebra, tras una ojeada arriba, tuvo lo que deseaba en un momento. Trepó por una escalera recostada a la pared bajo el corredor y se instaló en el espacio libre entre pared y techo, tendida sobre el tirante. Pero por más precauciones que tomara al deslizarse, un viejo clavo cayó al suelo y un hombre levantó los ojos. -¡Se acabó! -se dijo Ñacaniná, conteniendo la respiración. Otro hombre miró también arriba.

– ¿Qué hay? preguntó.

– Nada -repuso el primero-. Me pareció ver algo negro por allá.

– Una rata.

– Se equivocó el Hombre -murmuró para sí la culebra.

– O alguna ñacaniná.

– Acertó el otro Hombre -murmuró de nuevo la aludida, aprestándose a la lucha.

Pero los hombres bajaron de nuevo la vista, y la Nacaniná vio y oyó durante media hora.